Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 20. Teddy #2
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20. Teddy #2

La mujer intenta no sonreír, pero se le encorvan muy sutilmente los labios.

Paso por su lado y por el de Xander y Penny, y echo a andar pasillo abajo.

Dejo la bolsa en el armario y voy directa al espejo de pie que tengo en una esquina.

Me paso las manos por mis shorts coloridos de ciclista que se me pegan a los muslos.

Muevo los dedos de los pies sin quitarme las chanclas; anoche nos pintamos las uñas.

La camiseta me cuelga de un hombro y deja a la vista el moreno discreto de mi piel.

Levanto el brazo y me coloco bien la pinza con la que me he recogido el pelo, soltándome unos cuantos mechones.

Acto seguido, voy corriendo al baño para aplicarme un par de toques de rímel más y me echo un poco de colorete en las mejillas.

Cuando salgo del baño, freno en seco y retrocedo para rebuscar en el armario hasta dar con ese perfume en roll-on que ya está casi vacío.

Me lo paso por las clavículas y por las muñecas.

Vuelvo a taparlo y lo dejo otra vez en el armario antes de que mis ojos atisben el destello plateado que me brilla en el dedo de la mano izquierda.

Hundo la cara en mis manos temblorosas y la culpabilidad se adueña de mí al notar el frío metal en mis mejillas acaloradas. «¿Qué estoy haciendo, emperifollándome por un hombre cuando todavía llevo el anillo de otro en el dedo? ¿Y con los padres de mi difunto marido aquí? Pero ¿qué me pasa?».

Cuento hasta cinco, inhalando por la nariz y exhalando por la boca. Solo es Xander. Es mi vecino. El mejor amigo de mi hermano. El je-fe de mi hermano. Y solo me ha cortado el césped. Ni que me hubiera pedido matrimonio, por el amor de Dios.

Refunfuño con la cara entre las manos y sacudo la cabeza, desilusionada conmigo misma.

—Diosmiodemivida —protesto miserablemente.

Las palabras me suenan apagadas porque sigo tapándome la cara.

Bajo las manos y me miro en el espejo que hay encima del lavamanos para recordarme que soy una mujer adulta y madura (que soy viuda, por el amor de Dios) con tres hijos que cuidar.

No puedo permitirme distracciones. Y menos si vienen de la mano del superintendente Xander Macomb.

Cuando regreso a la cocina, Xander está tomándose un vaso de agua con hielo al lado de la encimera, con Colleen.

No presto atención a cómo se le mueve la nuez cada vez que da un trago ni a cómo agarra el vaso con fuerza con sus dedos, dejando que los músculos del antebrazo se le tensen y se le marquen con cada movimiento.

Penny está sentada en la extensión de la encimera, con las piernas cruzadas a lo indio.

—Penny, ¿aquí nos sentamos? —le pregunto, deteniéndome al lado de la encimera.

—Hmmm... —suelta una risita y mira a Colleen, a quien pillo guiñando un ojo a la diablilla de mi hija. Sacudo la cabeza y pongo los ojos en blanco para no mirarla—. ¿No?

—No te veo yo muy convencida —mascullo. La fulmino con la mirada, juguetona, y mi hija ríe aún más—. Baja de la encimera, por favor.

Xander deja el vaso y coge a mi hija por las axilas para levantarla de la encimera como si fuera un avión, antes de sentarla en uno de los taburetes altos que tengo al lado.

—Ha sido culpa mía, mama. La he sentado yo ahí —me cuenta, girando la cabeza para guiñarme un ojo.

Asiento, aunque hago todo lo posible por mantenerme cuadrada de hombros y no encorvarme como tanto suelo hacer últimamente. Sobre todo cuando está Xander cerca. Sobre todo cuando me llama así. Seguro que sabe lo que consigue esa palabra.

De hecho, estoy casi convencida de que es plenamente consciente de lo que consigue y lo hace a propósito.

Me penetra con esa intensa mirada con la que juro por Dios que es capaz de atravesarme el alma y la comprensión que le atisbo en los ojos me destroza.

Es un buen hombre. Lo noto en lo más profundo de mi ser.

Pero... no puedo hacerlo. Xander vuelve a girarse hacia Penny, la despeina un poco y luego le dice a Colleen:

—Muchas gracias por el agua. Debería irme. No quiero que la casa de Teddy apeste por mi culpa; bastante me he quedado ya y, a decir verdad, debería dormir un poco.

Mi suegra le da unos golpecitos en el antebrazo y le sonríe con amabilidad.

—No apestas, pero un poco sí deberías dormir. El césped está perfecto. Y me he alegrado mucho de volver a verte. Ted­dy, hazme el favor de acompañarlo a la puerta —insiste Col­leen cogiendo a Penny y apoyándosela en la cadera—. Creo que he oído algo. Bea debe de estar despertándose.

A pesar de que está de espaldas a mí, la fulmino con la mirada porque sé que eso de que ha oído a Bea despertándose es una mentira como una catedral. Será traicionera...

Me abrazo a mí misma por la cintura y sonrío a Xander mientras vamos juntos hacia la puerta. Al salir a la terraza, suspiro con pesadez.

—Lo siento muchísimo —río y señalo mi casa—. Tienen buenas intenciones, pero se entrometen un poco.

—Está clarísimo que te quieren —señala Xander con ternura, bajando del porche y quedándose en el camino empedrado—. Me alegro de que puedas contar con ellos.

—Yo también —murmuro sonriente. Me abrazo con más fuerza y, cuando él vuelve a clavar los ojos en mí, hago lo de siempre y me encojo. Como me pongo nerviosa bajo su atención, farfullo—: Me alegro de que hayas vuelto sano y...

—Deja de hacer eso —susurra con aspereza, mirándome fijamente a los ojos.

Juro que este hombre me tiene demasiado calada.

—¿Que deje de hacer el qué? —pregunto con un nudo en la garganta. Trago saliva con fuerza.

Me señala con los brazos en general, aunque se centra en mi cintura, por donde estoy abrazándome a mí misma.

—Eso —repite marcando bien la palabra—. Hacerte pequeña. Como si quisieras esconderte o encogerte o algo.

Bajo los brazos a los costados y noto que el corazón me late desbocado ante la aspereza de su voz. Habla con un tono directo y peligroso y, hostia puta, excitante. Lo odio. No quiero que me guste tanto su voz.

Vuelve a subir a la terraza hasta quedar cerca de mí y añade:

—Lo que te dije antes de irme iba en serio, Teddy.

No pienses ni por un puto minuto que no me he pasado todos los segundos de estas dos semanas pensando en lo que vi ese día o en el sonido de tu voz.

—El calor me sube por el cuello y él prosigue con la voz rasposa—: Eres...

Eres perfecta, Ted­dy, joder. Espero que lo sepas.

Ay, Dios. Esto está fatal. Es superpeligroso.

Para mí, para mis hijos y para mi fragilísimo corazón.

Y como Cal no lo lleve tan bien como, por lo visto, piensa Scottie, seguramente también lo sea para su cara.

Porque no sé si estoy preparada para volver a salir con nadie, y yo no tengo rollos informales.

—Xander...

—Para —exhala en lo que viene a ser casi una súplica. Me mira con sus ojos azules como el cielo, atormentado—. Ya lo sé. No pasa nada. No hace falta que lo digas. Yo solo... quiero que sepas que estoy aquí. Y que te veo, cielo. A toda ti, preciosa.

Me muerdo el labio inferior mientras Xander pega media vuelta y se aleja hasta desaparecer de mi vista.