20. Teddy
Teddy
Puede que esta mañana tenga un poquitín de resaca, pero las últimas veinticuatro horas han sido justo lo que necesitaba. Nada que una ducha caliente, puede que una aspirina y el resto de este gigantesco café de El Recoveco no puedan remediar. Ah, y muchísima agua.
Me he despedido de Vi y Scottie en la acera al salir de El Recoveco; las he abrazado y les he dado las gracias por esta espléndida noche de chicas.
Hemos prometido que volveremos a quedar pronto, aunque sea solo en casa de una de las tres para tomar una copa de vino y hablar de cosas de mujeres adultas.
Me siento renovada (dejando de lado esta resaca sutil) y lista para comerme el mundo.
Hay que ver lo mucho que pueden alegrarte el alma las buenas amistades; es increíble. Y yo soy afortunada como la que más de poder decir que estas dos mujeres son mis amigas; familia, en realidad. Hermanas, aunque no compartamos sangre.
Giro para adentrarme por mi calle mientras canto al son de la música que suena por la radio; hace meses que no me sentía tan ligera. Y, entonces, lo veo desde lejos: la furgoneta negra de Xander, en su lado de la casa.
Llevaba dos semanas fuera.
Las mariposas alzan el vuelo en mi pecho (aunque tal vez se trate de unos grandes e incómodos pelícanos, porque ocupan muchísimo espacio). No lo he visto desde la mañana en que se marchó... Y ahora no sé si estoy preparada. Me pongo nerviosa.
Venga. No pasa nada. Puedo hacerlo. «Es solo Xander».
Xander... Que por lo visto me ha oído «mimándome» y sabe que pienso en él cuando lo hago.
¡Ay, Dios! Me voy a morir de la vergüenza.
Me miro en el retrovisor y suspiro aliviada al ver que no llevo el pelo hecho un absoluto desastre y que, al menos, me he maquillado un poco antes de que saliéramos a desayunar.
Y voy con ropa cómoda, aunque nada sexi; me llevé mis shorts favoritos de ir en bici (de color coral) y los he conjuntado con una parte superior blanca holgada que me cae de un hombro y me deja esa articulación y medio brazo al descubierto.
Sin embargo, cuando me acerco, me quedo literalmente boquiabierta y no tengo muy claro si sigo respirando.
«Por el amor de Dios... Sí que tengo un vecino buenorro. Ser tan atractivo debería ser ilegal, en serio».
Cualquiera podría sufrir un accidente mirando a Xander con tanto cuerpo al descubierto.
Acerco el monovolumen a la entrada de mi casa, despacio, y aparco al lado del coche de Colleen y Kent, aunque sea solo para tener mejores vistas de la escena que hay montada en mi jardín delantero.
Tengo casi todo el césped cortado y solo quedan un par de franjas terriblemente altas.
Xander está empujando el cortacésped. Descamisado, con el torso desnudo, morenísimo, dejando que se le marquen sus fuertes músculos y sudadísimo, porque estamos a finales de verano y hace calor.
Los pantalones cortos negros de baloncesto que se ha puesto le caen por debajo de la cadera (justo encima se le aprecia la cinturilla de los calzoncillos) y lleva unas bambas sucias y manchadas de hierba.
Su pelo oscuro y grueso está empapado en sudor y no para de caérsele por la frente.
Desvía la mirada hacia mí y clava sus intensos ojos azules como el hielo en los míos desde el otro lado del jardín.
No puedo evitar sonrojarme. Le aparto la mirada enseguida y se me acelera el corazón hasta adoptar un ritmo frenético.
Apago el motor y cojo la bolsa del asiento del copiloto.
Inhalo con fuerza para tranquilizarme y salgo del monovolumen.
Dejo de oír el ruido del cortacésped y levanto la vista hacia él de nuevo.
Echa a andar hacia mí y yo vuelvo a sonrojarme a más no poder.
Intento (vamos que si lo intento) no mirarlo como si no hubiese visto a un hombre desnudo en mi vida.
Pero es que, Dios Santo, este hombre es demasiado atractivo para no hacerlo.
Se sube una mano por la frente para hundirse los dedos por el pelo sudado y se lo echa hacia atrás mientras sonríe y se le arrugan los ojos.
Tras dos semanas sin verlo, esa sonrisa ancha y blanca es como un bálsamo para mi alma.
—Hey —me saluda, deteniéndose a pocos centímetros de mí.
Lleva la barba un poco más gruesa y desaliñada de lo habitual, pero no hace sino potenciar esa pinta de leñador ultramasculino que emana ahora mismo. A las mariposas que habitan en mi estómago les encanta.
—Buenas —musito devolviéndole la sonrisa en un acto reflejo y mirándolo bien. Sus profundas ojeras no me pasan desapercibidas. ¿Cuántas horas debe llevar sin dormir?—. ¿Cuándo habéis vuelto?
—Hace un par de horas. —Baja la vista hacia la bolsa que llevo en la mano—. ¿Qué tal si te cojo eso?
Lo miro con los ojos entrecerrados y me obligo a mantener la vista clavada en los suyos para no desviarla por todos esos centímetros de piel desnuda; lo tengo tan cerca que podría tocársela.
Su cuerpo es músculo sobre músculo, y los dedos me piden a gritos que lo toque, que recorra con los dedos la sinuosidad de sus abdominales.
Quiero pegar un bocado a esos bíceps como si de unas grandes y jugosas manzanas se tratase.
Por el amor de Dios... «Frena, gatita».
Sacudo la cabeza para dejar de pensar en esas cosas y, despacio, murmuro:
—Llevas dos semanas trabajando fuera de casa y lo primero que haces en lugar de irte a dormir es cortarme el césped...
Gira la cabeza para mirar el césped que ya ha acabado de cortar y luego vuelve a girarse hacia mí con una sonrisa de medio lado. Mecagüen la leche, esos ojos me vuelven loca. Cuando me mira así, me vuelvo impotente.
—Eh... ¿Sí? ¿Qué tiene que ver eso con que me ofrezca a llevarte la bolsa?
—Xander... —lo reprendo con delicadeza y sacudiendo la cabeza de nuevo.
—Teddy... —responde con el mismo tono y acercándose a mí un poco más.
Tengo que levantar la barbilla para seguir mirándolo a la cara y no clavar los ojos en ese majestuoso cuerpo que ahora tengo aún más cerca. Me bastaría con levantar las manos para pasearle las palmas por...
—¿Qué tal tu noche de chicas? —se interesa con un suave tono de voz, sacándome de mi propio sueño, sutilmente pornográfico.
Me pongo más roja que un tomate. ¿Cómo puede ser que este hombre consiga hacerme perder mi más absoluto raciocinio?
—Eh... —murmuro. Mi cerebro está intentando ponerse las pilas. Xander alarga el brazo hacia mí y, como me he quedado tan anonadada, no rechisto cuando me coge la bolsa del hombro. Este hombre me deslumbra demasiado. No es justo—. Bien. Con un poco de resaca, pero lo pasamos genial.
—Me alegro de que hayas tenido algo de tiempo para ti —comenta mientras se cuelga la bolsa en el hombro y nos giramos hacia la casa—. Te lo mereces, mama.
Cuando susurra esa palabra con tono grave, me quedo sin aliento.
Y cuando noto la calidez de su mano en la espalda, inhalo con fuerza.
Es como si estuviese marcándome a fuego.
Ya no me acuerdo de cuándo fue la última vez que me tocó un hombre, ni siquiera de forma tan simple como esta. Es... Ay, Dios.
—Teddy, como sigas haciendo este ruidito, voy a quedar en ridículo delante de tus suegros —susurra con aspereza, acercándome su aliento al oído.
«Hostia Santa»—. Y me caen bastante bien, así que preferiría evitar situaciones incómodas, a poder ser.
Aunque, como se me empalme debajo de los pantalones de chándal, complicado lo veo.
Me sorprende tanto su atrevimiento que, más que una risa, se me escapa una especie de ronquido.
Me tapo la boca con una mano y lo miro aterrada por culpa de este sonido.
Es como si me resultara literalmente imposible no dejarme en el más absoluto ridículo cuando estoy con este hombre. Y con lo que me acaba de decir...
Su risa es grave y profunda. Mientras vamos hacia la puerta de mi casa, soy dolorosamente consciente de que continúa con la mano en mi lumbar, justo por encima de la curva del culo.
Me cubre el ancho de la espalda con los dedos, como si acabase de estirarlos, y, acto seguido, los aprieta sutilmente.
—Y antes de que te pongas a cuestionar lo que acabo de decir, sí, joder, lo decía en serio, preciosa.
Juro que tengo la cara al rojo vivo. Justo en ese instante, Colleen decide abrir la puerta con Penny apoyada en su cadera.
—¡Ay, hola, mi niña! Ya decía yo que te había oído aparcando el coche.
Bea está en plena siesta matutina y el abuelo y Dalton han ido a ver si encuentran cangrejos de río en el arroyo.
Xander, ¡has dejado el jardín impecable!
Debes de morirte de sed, con lo sudado que estás.
Pasa, deja que te dé algo de beber; así te refrescas un poco.
—Claro. Voy a por la camiseta, un segundo.
Deja mi bolsa dentro de casa y luego deslumbra a mi suegra con su sonrisa antes de bajar del porche a toda prisa para coger la prenda que había dejado allí.
Sigo con la vista pegada a su cuerpo mientras él pasa los brazos y la cabeza por los agujeros de la camiseta (a la que le ha cortado las mangas, para no variar) y luego echa a correr hacia nosotras otra vez.
Colleen nos hace pasar a todos y cierra la puerta.
Mi suegra deja a Penny en el suelo, mi hija se lanza hacia Xander y él la coge en brazos. La niña suelta una estridente risotada y le pasa los brazos por los hombros, que sigue teniendo empapados en sudor, y le hunde los dedos en el pelo.
—¡Puaaaj! ¡Estás suraro !
Xander se ríe liviano, mira a mi hija y le sacude la cabeza. Ella ríe con más ahínco.
Aparto la vista de ellos dos y me giro para coger la bolsa que Xander ha dejado al lado de la puerta. No por nada, sino porque así tengo con qué mantener las manos ocupadas. Es la primera vez que Xander entra en mi casa desde que me trajo ese bocadillo después de que naciera Bea.
Me enderezo, pego media vuelta y me encuentro a Colleen mirándome con segundas. Me acomodo un mechón de pelo detrás de la oreja y sonrío lo mejor que puedo.
—Voy a dejar esto en mi cuarto.
—Mhmmm... —musita ella.