Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 19. Xander
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19. Xander

Xander

—¡Sup, esto ya es lo último! —me informa Opp desde el lateral del segundo camión de equipaje.

Con tantos compartimentos pequeños repletos de puertas en ambos lados, que es donde guardamos todo el material durante los trayectos, estos vehículos parecen los típicos camiones de transporte de animales.

Si tenemos que ir a controlar un incendio lo suficientemente cerca de casa, vamos en camión y punto.

En otros casos, como ahora, que hemos tenido que ir a California del Sur, conducimos hasta el aeropuerto más cercano, desde donde, básicamente, un avión de carga nos lleva al destino.

Asiento para darle las gracias a Opp desde aquí.

Estoy acabando de descargar el primer camión.

Hace poco menos de seis años que Opp se vino a trabajar con nosotros.

Al principio, se unió a la brigada de forma temporal para sustituir a Dixon, que se rompió la pierna en el mismo incendio en el que perdió la vida mi padre, pero encajó tan bien con el resto del grupo que decidió quedarse.

Es grande y corpulento como un oso; nunca he visto a un hombre lanzando un obstáculo para apartarlo del camino como lo hace él.

Curly, Gareth y Dixon están llevando sus últimas pertenencias a lo que constituye, en esencia, nuestro parque de bomberos local.

Es una gran nave agrícola con postes metálicos venida a más a las afueras de Sky Ridge.

Está pintado de unos tonos verdes y grisáceos ya desgastados, pero tiene el espacio suficiente para guardar la equipación, aparcar los camiones, tener algo de material de gimnasio decente, que usamos a menudo para mantenernos en forma para el trabajo, una mesa de billar medio destartalada con el fieltro verde raspado, un tablero de dardos y un futbolín que se aguanta por un pelo.

O por una sola pata, mejor dicho. Lo tenemos apoyado sobre varias guías telefónicas viejas que encontré en el despacho cuando murió mi padre.

Yo tengo la oficina del fondo, con una pequeña cocina, y los chicos la usan a todas horas.

Pegadas a una pared hay un par de literas de tres, tamaño XL, para los miembros de la brigada que no viven en Sky Ridge y no quieren buscar alojamiento.

En la otra pared de hormigón blanco se encuentran las taquillas donde guardamos el material.

—Buen trabajo con este incendio, chicos —les digo—. Venga, a pegaros todos una puta ducha y a dormir. Apestáis de cojones.

Cal se despide con la mano mientras se sube a su coche y le devuelvo el gesto con la barbilla.

King no tarda demasiado en hacer lo propio.

Hemos llegado al aeropuerto a las seis de la madrugada pasadas.

Luego hemos tardado otras dos horas en llegar aquí, y la última nos la hemos pasado descargando los camiones y limpiando la equipación antes de irnos a sobar.

Por lo general, al regresar de algún incendio, nos vamos todos al Shifty’s para celebrar que hemos vuelto. Sin embargo, ahora es demasiado temprano (si es que es primera hora de la mañana, hostias) y estamos agotados, joder. Me muero de ganas de comer, ducharme y dormir.

Aunque, sobre todo, me muero de ganas de ver a Teddy.

En cuanto aparco en la entrada, en mi parte del jardín, arrugo la frente.

No veo el monovolumen y, en su sitio, hay un pequeño utilitario.

Bajo de la camioneta y estiro mis músculos cansados y doloridos mientras miro a mi alrededor.

Hay que cortar la hierba desesperadamente; tanto la de su parte del jardín como la de la mía.

Teddy ya no tiene el cortacésped ahí en medio; ahora está más cerca de la terraza, justo al lado de una pequeña lata roja de gasolina.

Del dúplex de Teddy sale un hombre mayor con Dalton detrás. Al verme, el niño me saluda ilusionado y echa a correr hacia mí a la vez que yo cojo la bolsa del asiento del copiloto.

—¡Xander!

—Buenas, campeón. ¿Qué tal? —le pregunto al crío, sonriéndole.

El niño sonríe con tanto ahínco que se le arrugan los ojos.

—¡Superbién! Hemos hecho una fiesta de pijamas con los abuelos y nos hemos quedado despiertos hasta tarde viendo pelis y comiendo helado, y ahora el abuelo y yo vamos a cortar el césped para darle una sorpresa a mamá. ¿A que mola?

Lo suelta todo del tirón, ilusionado y medio saltando sobre las puntas de los pies.

Río y le doy un apretón en el hombro antes de ir hacia el hombre, atravesando el césped triste y abandonado que nos separa.

Tiene los ojos del mismo tono marrón que los hijos de Teddy y el pelo grueso y canoso.

Lo reconozco de cuando fue a ver a Teddy al hospital después de que diera a luz a Bea.

Es su suegro, Kent Hansen. He visto a Colleen por aquí en varias ocasiones, pero no había vuelto a ver a Kent desde que nació Bea.

—¿Has estado en algún incendio? ¿Dónde? ¿Era peligroso? ¿El tío Cal está bien? —sigue Dalton, disparando las preguntas tan deprisa que no me da tiempo a responder.

Vuelvo a reír y desvío la atención hacia él.

—¿También has desayunado helado? —se lo pregunto medio en broma.

El crío tiene un subidón de azúcar o algo.

—No, pero la abuela nos ha dejado echar sirope extra a los gofres. El sirope me gusta un montón, pero mamá no nos deja comer demasiado.

—Eso de guardar secretos no es tu fuerte, ¿eh, Dalton? —dice riendo por lo bajo el hombre, que se detiene frente a mí. Me tiende la mano y yo le doy un fuerte apretón; él me mira fijamente con esos ojos marrones—. Me alegro de volver a verte.

Sonrío a Dalton y le guiño un ojo antes de volver a centrarme en Kent.

—Lo mismo digo, Kent. —Asiento, señalo el dúplex de Teddy y me intereso—: Eh... ¿Todo bien con Teddy?

—Uy, sí, todo en orden. Colleen y yo hemos venido a pasar el fin de semana con ellos y ayer la obligamos a que disfrutara de una noche de chicas.

—¿Y no ha vuelto a casa? —pregunto, intentando que no se me note la preocupación en la voz.

La última vez que Teddy se emborrachó, tuve que llevarla yo a casa, en coche, porque había bebido demasiado y no podía conducir. Esta mujer tolera menos el alcohol que una maldita ardilla.

Tenerla sentada a mi lado esa noche, a meros centímetros de mi cuerpo y con su aroma impregnando la pequeña cabina de mi camioneta durante todo el trayecto...

fue como una tortura. Esa noche la vi feliz: contentilla y risueña, y su risa sonora y liviana se aferró a la roca que hace décadas que es mi corazón.

Gracias a Dios que estaba todo a oscuras, porque casi no pude apartarle la mirada.

Me agarré al volante con fuerza y fui recordándome sin parar que estaba llevándola a casa, con su ma-ri-do. Estaba casada, leches; feliz y alegremente casada.

Con otro hombre.

—Qué va. La enviamos a un hotel para que pasara la noche allí.

Acaba de llamarnos. Ha salido a desayunar con sus amigas; volverá luego a casa —me cuenta, despeinando a Dalton y devolviéndome al presente—.

He pensado que podía arreglarle el jardín antes de que llegue.

Así tiene una cosa menos de la que preocuparse.

Este hombre siempre me ha caído bien, y ahora me cae aún mejor.

Al saber que Teddy no ha intentado coger el coche borracha y que, al menos, unas pocas personas más han cuidado de ella mientras yo no estaba, respiro un poco más ligero.

El nudo que notaba en el pecho se suelta un poco, aunque enseguida lo reemplaza una emoción a la que no sé si quiero ponerle nombre. Una emoción que llevo años rehuyendo.

Me recoloco la bolsa que llevo colgando del hombro y señalo el cortacésped con la cabeza.

—Déjeme que guarde las cosas y ya me ocupo yo. A mi jardín tampoco le vendría mal un repaso. Ya corto el césped de los dos y así usted puede disfrutar de los niños.

—No te ofendas, chaval, pero tienes pinta de estar reventado —musita Kent con sequedad.

Se me escapa una risa baja y me froto la nuca con una mano. Soy consciente de que, a la que deje de moverme, me quedaré frito de inmediato; además, tengo el cuello tenso de cojones. Pero quiero hacer esto por Teddy.

—De verdad que no me importa —insisto.

Kent asiente y responde:

—De acuerdo. El césped es todo tuyo, chaval.

Dalton me sigue hasta mi dúplex, donde dejo la bolsa y me apresuro a abrir las ventanas.

Entre el calor que hace en agosto y que llevo dos semanas fuera, el apartamento está cargado.

Me cambio en un santiamén, me quito la ropa del curro, me pongo unos pantalones cortos de deporte y una camiseta, y me calzo unas bambas gastadas.

Dalton se ha quedado esperándome en la puerta y le doy un apretón en el hombro al salir.

—¿Listo, campeón?

El niño me sonríe ilusionado y asiente. Y nos ponemos manos a la obra.