Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 18. Teddy
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18. Teddy

Teddy

—¡Ay, mis niños!

Colleen se arrodilla en el porche con los brazos bien abiertos y Dalton y Penny se le echan encima.

Sonrío. Mi suegra les llena las mejillas y la frente de besos y los niños ríen.

Dalton se frota exageradamente la cara, como si quisiera deshacerse de los besos de su abuela, y sonríe de oreja a oreja.

Colleen lo mira entrecerrando los ojos, bromista, pero luego vuelve a besarlos en ambas mejillas, por si acaso.

—¡Abuelo, te juro que han crecido treinta centímetros desde la última vez que los vimos! —dice Colleen, girando la cara para hablar con su marido.

Dalton y Penny se sueltan de Colleen y se abalanzan hacia Kent, que los pilla a ambos mientras mis hijos lo abrazan por la cintura. Le tiendo una mano a Colleen y la mujer refunfuña con dramatismo al levantarse.

—Me estoy haciendo demasiado vieja para arrodillarme en el suelo de esta manera.

Río, pero ella me abraza con fuerza enseguida y me hundo un minuto bien largo en sus brazos. Mi suegra siempre huele a miel y a hierbabuena, y aprovecho la ocasión para impregnarme de su aroma. Durante este último año, Colleen ha sido mi pilar. No sé qué haría sin ella.

—Gracias por venir —susurro, abrazándola con más fuerza antes de soltarla.

Kent tiene a Penny en brazos. Mi hija le está hablando con sumo detalle del fuerte de mantas que construyeron ayer con Dalton en el salón y le dice que yo fui una «mamá mala» y los obligué a desmontarlo antes de que se fueran a la cama. Kent se ríe y me guiña un ojo antes de decir:

—Esta noche haremos otro, ¿qué os parece?

Penny chilla ilusionada y vuelve a reír. Dalton levanta el puño en el aire.

—¿Pediremos pizza para cenar? —pregunta el niño.

—¿Pizza? ¿Qué os hace pensar que vamos a cenar pizza? —contesta Colleen con tono inocente, a pesar de que ella también me guiña un ojo.

Las fiestas de pijamas con pícnic de pizza en el suelo son la especialidad de Colleen y Kent. A los niños les encanta. Hacen palomitas en los fogones y luego construyen una cama gigante con mantas en medio del salón para ver pelis acampados en el suelo.

—Ya he cambiado las sábanas de la cama. Os lo he dejado todo preparado —les cuento mientras los hago pasar a todos a casa.

Bea está frita en la mecedora que tengo en el suelo y que se va moviendo despacio gracias a ese mecanismo automático. Colleen se inclina para mirarla; luego se separa y deja que siga durmiendo.

—¿Seguro que queréis que me vaya? —le pregunto—. Puedo quedarme y...

—Ni de broma —murmura Colleen, yendo hacia la cocina—. Hoy tienes la noche para ti. Para darlo todo de ti, primero tienes que estar tú bien, cielo. Ya te lo dije.

Entiendo perfectamente a qué se refiere y estoy tremendamente agradecida de tener la oportunidad de irme y no hacer de mamá por una noche, pero me siento tan culpable y egoísta por marcharme que tengo la ansiedad por las nubes.

He escrito una meticulosa lista con la rutina de Bea en una libreta: cada cuánto hay que darle de comer, cuánta cantidad y cuál es su horario de sueño, tanto de día como de noche.

He dejado de todo en el cambiador y he preparado los pijamas de los tres niños.

Dalton y Penny son de trato fácil, y Colleen y Kent ya están familiarizados con las rutinas de mis dos hijos mayores.

—¿Qué tal la primera semana de cole? —se interesa Col­leen.

Dalton procede a contarle cómo le ha ido su primera semana en tercero de primaria con sumo detalle. Acto seguido Penny entretiene a sus abuelos explicándoles qué tal le va a ella en el jardín de infancia. Bea empieza a despertarse justo cuando ambos niños han terminado de contar sus historias.

Colleen me hace un gesto para que me vaya. Coge a mi bebé rechoncheta de casi cuatro meses en brazos y le acaricia su suave mejilla.

—Venga, chicos. Mamá se va. Dadle un beso y un abrazo —les dice Colleen a Dalton y Penny, que vienen corriendo hacia mí como si fueran minijugadores de fútbol americano.

Ya tengo la bolsa hecha, aunque he tardado todo el día en convencerme de que tenía que prepararla.

Uno de los pijamas más cómodos que tengo y una muda para mañana, zapatillas, dos novelas subidas de tono que me moría de ganas de leer y todo lo necesario para una buena pedicura, además de mascarillas faciales.

También he pillado un par de botellas de vino y varios tentempiés para pasar un fin de semana entero.

Abrazo a mis dos hijos con fuerza y les doy un beso en las mejillas. Dalton no se frota la cara para deshacerse de mis besos. Sonrío y le alboroto el pelo.

—Ayuda a los abuelos con Penny y Bea, ¿de acuerdo? Y portaos bien. Lavaos los dientes antes de iros a la cama. —Dicho esto, miro a Colleen y añado—: Y, por favor, nada de helado pasadas las nueve. Como les deis tanto azúcar a esas horas de la noche, no van a pegar ojo.

—No se me habría ocurrido jamás —bromea, a pesar de que sé que me hará caso.

Puede que sea la mejor abuela del mundo y que tanto ella como Kent mimen a mis hijos a rabiar, pero siempre han respetado mis normas.

Le doy un fuerte abrazo a Penny y le digo:

—Nada de escaparse de los abuelos ni de jugar en el jardín trasero sin el abuelo o la abuela. ¿Cuál es nuestra primera norma?

Penny me mira con sus grandes ojos marrones de gacela y susurra:

—Nada de correr hasia el arroyo.

Asiento y le coloco un rizo suelto detrás de la oreja.

—Eso es. Muy bien —la alabo.

Me giro hacia Colleen y Kent de nuevo y señalo la libreta. Colleen le pasa Bea a Kent, que la sujeta como si fuera un balón de fútbol americano y se la acerca.

—Está todo aquí. Ya tenéis mi número de teléfono, por supuesto, y he cogido el cargador por si acaso.

El número del hotel está aquí —le cuento señalando el número de teléfono que hay garabateado al final de la hoja—.

He dejado leche descongelándose, pero hay más en el congelador.

Los biberones ya están listos y esterilizados.

Cuando acabéis, no hace falta que los esterilicéis, tranquilos; ya lo haré mañana cuando vuelva.

Tengo un montón, así que no tendréis que reutilizar ninguno.

Los pañales, las toallitas, la crema protectora para los pañales, los pijamas... Está todo listo.

Kent me pasa a mi hija pequeña y achucho a Bea un segundo.

Es la primera vez que me separo de ella y estoy empezando a entrar en pánico.

Inhalo su aroma a bebé. Es solo una noche; estarán bien.

Yo también tengo derecho a desconectar y a ser una mujer normal por una noche. No habrá ninguna catástrofe.

—Si necesitamos algo, te llamaremos —me recuerda Col­leen con ternura al ver que empiezo a agobiarme—. Pero estaremos bien.

—Lo sé —susurro y, como tengo la carita de mi hija pegada a la mía, miro a mi suegra a los ojos por encima del pelo oscuro de Bea.

Le doy otro beso en la cabeza a la bebé antes de darle uno más en su mejilla pequeña y rechoncheta y pasarle la niña a Colleen. Me escuecen los ojos y la nariz, pero pestañeo para deshacerme de las lágrimas. ¡Que me voy unas dieciocho horas, no dieciocho meses, por el amor de Dios! ¡Puedo hacerlo!

Cojo la bolsa que he dejado al lado de la puerta, les sonrío y les lanzo un beso a todos.

—¡Buenas noches, mamá! —grita Colleen, cogiéndole la mano a Bea y moviéndosela. La bebé ríe.

—¡Pasadlo superbién! Os quiero —les digo a todos en general.

Acto seguido, me obligo a salir por la puerta.

Mientras camino hacia el monovolumen, me vibra el móvil en el bolsillo y lo pesco. Me acerco el aparato a la oreja con una sonrisa temblorosa en los labios.

—¿Cómo has sabido que necesitaba esta llamada?

—Porque sé lo duro que es alejarte de ellos por primera vez —responde Vi—. La primera vez que me tocó trabajar de noche en el hospital después de que naciera Hols, estuve hecha un flan.

Río, me siento detrás del volante y arranco el motor.

Exhalo y me recuesto contra el reposacabezas.

Clavo la vista en mi pequeño dúplex, al otro lado del parabrisas, y me los imagino a todos dentro.

Esta noche se lo pasarán en grande, lo sé.

Así que... ¿por qué me cuesta tanto hacer algo por mí? A decir verdad, ya sé la respuesta.

—Es la primera vez que me separo de Bea... Pero también es la primera vez que me separo de ellos en general desde que perdimos a Logan.

—Te entiendo. Los niños estarán de maravilla. Y nosotras nos hincharemos a comida basura y vino, y veremos las comedias románticas más cursis habidas y por haber.

—Tienes razón. Nos lo pasaremos genial —murmuro mirando por el retrovisor mientras saco el coche de la entrada—. Llego en quince minutos. Scottie tampoco debería tardar en llegar.

—Genial —canturrea Vi—. ¡Hasta ahora!

Al cabo de media hora, Vi y yo nos encontramos sentadas a lo indio en una de las dos camas de matrimonio que hay en la habitación del hotel, con una bolsa de Doritos abierta entre ambas y bebiendo White Claw.

Y, entonces, llaman a la puerta. Vi salta de la cama y va a abrir.

Está muy metida en el mundo del yoga y el pilates, así que tiene un cuerpo curvilíneo y tonificado, y está preciosa con este conjunto de color verde jade de tela waffle . La mujer es despampanante.

—¡Hombre, si nos has encontrado! —dice sonriendo y abriendo más la puerta para dejar pasar a Scottie.