16. Xander
Xander
Miro el despertador de la mesita de noche, mientras escucho atentamente las órdenes que me dan a través del teléfono que tengo pegado a la oreja. Joder, qué temprano es. Pues nada... «A levantarse, colegas».
—Gracias. Salimos en una hora —le digo a quien me está hablando desde la otra línea.
Cuelgo y abro el grupo que tengo con Cal y King.
Les mando un mensaje rápido para informarles de las órdenes que acabo de recibir sobre nuestro último turno.
Es temprano de cojones, pero sé que verán el mensaje enseguida.
Como capitán y jefe de cuadrilla que son respectivamente, se encargarán de contactar con el resto de la brigada y asegurarse de que se preparen para arrancar.
Envío el mensaje, me levanto y echo a andar hacia el armario.
Casi siempre tengo la bolsa llena y preparada para pillarla y largarme.
La cojo y voy hacia la cocina para poner a hervir el café.
Es temprano que te cagas, pero el incendio este lleva activo unas nueve horas tranquilamente.
Me vibra el móvil y desvío la vista hacia el aparato para leer las respuestas a medida que van llegando:
King: Oído, sup.
King: Un poquito temprano para los fuegos artificiales del Día del Trabajador, ¿no?
Cal: Toda California del Sur tiene prohibido encender fuegos. Idiotas.
Por lo visto, ha sido un turista de fuera.
King: Tarado.
Y, por lo visto, ha fallecido.
Cal: La selección natural en su máximo esplendor, peña.
Refunfuño y pongo los ojos en blanco. A pesar de que yo he pensado exactamente lo mismo, escribo:
Que ha muerto una persona, chavales.
Moved el culo.
Nos marchamos en una hora.
Cal: Perdón, sup.
Cal: Nos vemos en una hora.
De pie al lado del fregadero de la cocina y con la vista puesta en el jardín delantero, le doy un sorbo al café.
La luna brilla con fuerza, marcando el relieve del exterior.
Teddy tiene el cortacésped en medio del jardín, con parte de la hierba cortada; es como si hubiese parado en mitad de la tarea.
Dejo el café y arrugo la frente. Si sigue aquí cuando regresemos del incendio, acabaré de cortarle el césped.
Apoyo la cadera contra la encimera y me cruzo de brazos mientras me bebo el café.
Y entonces lo oigo. El grito indignado de un bebé.
Suena amortiguado, pero lo oigo igualmente a través de la ventana que me queda detrás.
Me pregunto si Teddy también estará en la cocina, deambulando mientras intenta tranquilizar a una Bea llorona cuyo llanto suena cada vez más fuerte hasta que para abruptamente.
Y, entonces, oigo que le murmura y le habla a la niña y me doy cuenta de que ha salido por la puerta de entrada. Veo que baja del porche y echa a andar hacia el monovolumen. Lo desbloquea con el mando que lleva en la mano y las luces del vehículo se encienden.
Atravieso la cocina y salgo por la puerta delantera de mi casa en un santiamén.
—¡Teddy! —la llamo en voz baja, intentando no asustarla.
Aun así, ella grita, alarmada, y se gira hacia mí. Cuando veo lo que tengo delante, se me olvida todo.
—¡Aypordios, Xander! —exhala.
Las mejillas le adoptan un vibrante y bonito tono rosado, cortesía de la vergüenza.
Va con el pelo recogido en un moño alto despeinado, las gafas sobre el puente de la nariz, sin maquillar.
Lleva las típicas pintas de cuando te acabas de despertar y está guapa de cojones.
No puedo dejar de mirarla; de mirar al cuerpo que ahora está todo al descubierto.
Está amamantando a Bea, que tiene la cara pegada al pecho expuesto de su madre, y la acuna expertamente con un brazo.
Lleva un sujetador de tipo bralette muy fino y que parece cómodo (aunque se ha bajado una de las copas para darle acceso a Bea) y unos minishorts que le llegan justo hasta debajo del ombligo; he ahí todo lo que lleva de cintura para abajo.
Tiene las piernas al descubierto, de la cadera a los tobillos, y su vientre suave queda expuesto entre la cintura de los pantis y la tira inferior del sujetador.
Se ha puesto el mismo albornoz delicado y corto de antes por encima, pero no se lo ha atado, y los bordes le caen por los laterales; además, la tela le ha resbalado de un hombro y le ha dejado un brazo medio expuesto.
Es como si hubiese saltado de la cama y ni siquiera se hubiese tomado el tiempo de pasar los brazos por las mangas de la prenda.
Coge el lateral del albornoz con la mano que le queda libre y se cubre el cuerpo.
Joder, ojalá no lo hubiera hecho. Esta mujer me tiene total y completamente fascinado.
—¿Necesitas que te ayude con algo? —le pregunto con la voz rasposa.
Carraspeo. Mierda.
—Hm... Creo que se me ha caído el chupete de Bea del bolso y debe de estar en el coche. Va atado a un peluche. Iba a buscarlo... —musita y señala a sus espaldas, hacia el vehículo. Sigue sonrojada como la que más—. Siento haberte despertado.
Me acerco y paso por su lado. Teddy hace ademán de seguirme, pero le digo:
—Espera aquí. No llevas zapatos. Ya lo busco yo.
Abro la puerta corredera del vehículo, estiro el brazo y enciendo la luz del techo.
Meterme entre esos estrechos asientos, que resultan aún más estrechos por las sillitas de los niños, no es tarea fácil.
Aun así, lo consigo y salgo al cabo de un minuto con el chupete pegado al minúsculo peluche de un perrito rosa.
—Dios... ¡Muchas gracias! —susurra después de que haya cerrado la puerta y haya vuelto con ella—. Debería haber salido a buscarlo anoche, pero estaba agotada, los niños por fin se habían quedado dormidos y no me apetecía lo más mínimo volver a salir de la cama...
Bea sigue succionándole felizmente el pecho izquierdo, cuya pendiente le queda al descubierto.
Me detengo cerca de ella y le paso el chupete extraviado a la vez que Teddy alarga el brazo para cogerlo.
No sé cómo (las madres nunca dejan de maravillarme, porque siempre pueden hacer de todo con una sola mano), pero ha conseguido juntar ambas partes del albornoz y ahora se ha hecho un nudo suelto alrededor de la cintura para cubrirse el cuerpo. Muy a mi pesar.
—Siento haberte despertado —repite levantando la cabeza para mirarme.
Tiene la marca de la almohada en una mejilla. Me la imagino profundamente dormida y sonrío.
—No me has despertado —respondo con un hilo de voz mientras le paseo los ojos por todos los centímetros de la cara.
Es muy temprano, pero no hace nada de frío.
La ola de calor sin precedentes que ha llegado a Sky Ridge no está cediendo lo más mínimo.
Aunque a lo mejor soy yo. Tal vez estoy que ardo porque esta mujer me pone a cien.
Sopla un poco de brisa; a Teddy le cae un mechón suelto de ese moño enmarañado y le roza la mejilla.
No me contengo. Alargo el brazo y se lo coloco detrás de la oreja.
Al notar mi tacto, se le entrecorta la respiración, separa sutilmente los labios y...
Hostia puta, si es que yo solo quiero agachar la cabeza y ver si ese sonido sabe igual de bien en mis labios.
—Ya estaba despierto. Acaban de llamarnos para que nos vayamos a California. Estaba a punto de irme.
—Ah... —exhala arrugando sus cejas rubias y oscuras. Me estudia la cara con la mirada y la alterna entre los ojos y la boca. Se humedece los labios y asiente—. Bueno, me alegro de que no te hayamos despertado, pues.
—Si necesitas cualquier cosa, llámame —murmuro en voz baja, alargando la mano para acariciarle el hombro y el brazo, ahora cubiertos. Tiene mi número, aunque nunca lo haya usado—. A cualquier hora. Para cualquier cosa. Lo digo en serio, Teddy.
Pone los ojos en blanco y se le escapa una ligera risa, pero vuelve a asentir. Me encanta ese sonido tan dulce y ronco y cómo se le encorvan los labios cuando sonríe.
—Claro. Si Bea vuelve a perder el chupete mientras estés controlando un incendio a tres estados de distancia, prometo que te llamaré.
—Y yo prometo que llevaré el móvil encima y cargado en todo momento —contesto con tono bromista, aunque, joder, lo digo muy en serio—. Venga, os acompaño a casa.
Esboza una sonrisa de medio lado, pero se gira y echa a andar hacia su puerta de entrada.
No puedo evitarlo y bajo la vista hacia la curva generosa y exquisita que dibuja su culo bajo la fina tela del albornoz al andar.
No puedo apartar los ojos de ese punto. Se le mece y menea el cuerpo con cada paso que da y yo acabo casi salivando y medio empalmado, hostia.
Dios, esta mujer me pone a mil sin intentarlo siquiera.
Yo diría que no sirve de nada que niegue las ganas que le tengo, joder.
Sube los peldaños de su porche y se gira para mirarme. Ahora quedamos a la misma altura, a pesar de que yo sigo sacándole entre dos y cinco centímetros. Arruga la nariz y sonríe, y ese gesto se me clava directo en el pecho.
—¿Debería darte las buenas noches o los buenos días?
Sonrío y se me escapa una risa. Joder, qué mona es.
—¿Cuando entres intentarás dormir unas cuantas horas más? —le pregunto.
—Sí. Siempre y cuando esta de aquí me lo permita —responde meciendo muy sutilmente a Bea con los brazos.
La bebé, que ha dejado de succionarle el pecho, ha vuelto a quedarse dormida y, cuando Teddy la mece, su pequeña boca se separa del pecho de su madre y le deja el pezón al descubierto.
Bajo la vista a la vez que Teddy baja la mano para cubrirse con el albornoz mientras ríe avergonzada.
Se tapa la cara con la mano que le queda libre y refunfuña estrepitosamente.
—Dios-mio-de-mi-vida. Es como si no pudiera evitar ponerme en ridículo cuando estás cerca, en serio.
Estas cosas solo me pasan cuando tú estás aquí para presenciar mi humillación, te lo juro.
Lo siento muchísimo. Por favor, olvida que acabas de ver todo esto...
—susurra soltando las palabras del tirón mientras se señala entera con la mano.
Aprieto tanto la mandíbula que me late un músculo. A ella se le vuelve a escapar otra risa, avergonzada, y se sonroja todavía más.
—Dios, espero no haberte aterrado de por vida —añade.
Doy un paso al frente, invadiendo su espacio personal y obligándola a retroceder un poco. Teddy baja el brazo a un costado, levanta la vista para mirarme y separa los labios.
—Ni de puta broma, Teddy.
—¿Qué? —pregunta con un hilo de voz casi inaudible.
—Has dicho que me olvide de todo esto —digo con la voz rasposa, rompiendo el contacto visual para pasearle los ojos por todo el cuerpo en dirección descendente antes de volver a mirarla a los ojos—.
Ni de puta broma, Teddy —repito marcando bien todas las palabras—.
Me moría de ganas de ver más de ti. Y lo que he visto de momento no me ha decepcionado, preciosa.
Sigue con la boca abierta, pero sin decir nada. Se le escapan unas jadeantes exhalaciones mientras me mira alternativamente a los ojos.
Aúno la valentía para pasearle la punta del dedo por el borde de la parte del albornoz con la que tan rápidamente se ha cubierto y, cuando llego al valle de su pecho, le rozo su cálida piel.
—Entra. Esperaré a que corras el pestillo —murmuro con tono grave y áspero.
Teddy da un paso hacia atrás y luego otro, aunque no me aparta la mirada en ningún momento. Señalo la puerta con la barbilla. Ella se gira, la abre y entra.
—Buenas noches, Teddy.
Asiente con un movimiento de cabeza tembloroso y responde:
—Buenas noches, Xander.
Antes de que le dé tiempo a cerrar la puerta, echo a andar hasta quedar cerca de ella otra vez.
—Ah y... ¿Teddy? —la llamo.
La voz me sale rasposa. Me siento osado y necesito que sepa que lo que le he dicho iba en serio.
—¿Hm? —susurra ella alternando la mirada entre mis ojos.
Alargo el brazo y recorro el cinturón del albornoz con un roce suave como la seda. Teddy inhala con fuerza y me mira. Con un grave hilo de voz, exhalo:
—Me encanta oír cómo gritas mi nombre mientras te corres, mama.
Se queda literalmente boquiabierta, se sonroja y en sus bonitos ojos grises veo el momento exacto en el que se da cuenta de a qué me refiero. Dejo que se me dibuje una media sonrisa antes de bajar la mano y volver a bajar del escalón de su porche.
—Corre el pestillo, Teddy.
Me quedo donde estoy hasta que oigo que ha cerrado la puerta con pestillo desde dentro, aunque no oigo pasos que me indiquen que se está alejando de ahí. Y no puedo evitar preguntarme si seguirá al otro lado de la puerta, al igual que sigo yo aquí, porque ella tampoco quiere marcharse.