Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 15. Xander
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15. Xander

Xander

—¿Qué tal va la mudanza?

Oigo que mi hermano Zach refunfuña al otro lado del teléfono, aunque solo puedo distinguir muy sutilmente un «Barbies para días».

Río. Tiene tres hijas (mis sobrinas) de entre cinco y once años.

Mi hermano siempre ha sido un tío muy machote, así que tener tres hijas ha sido todo un proceso de adaptación para él.

Si a eso le sumamos que la madre de las criaturas cogió y se largó (porque es una frívola de mierda), Zach está ocupadísimo haciendo de padre soltero.

Acaban de mudarse de su antigua casa a un apartamento más pequeño; algo más económico, ahora que está solo, que ya es otro gran cambio de por sí. Me siento mal por él, que quede claro.

—Parece increíble la de mierda que se acumula con el tiempo —se queja—.

Y que no se me ocurra tirar uno de esos zapatos desparejados de las Barbies.

A Chloe casi le dio un puto ataque ayer cuando vio que había un montón en la basura.

Me miró tan mal que cualquiera habría dicho que acababa de matarle al gato.

Suelto una risotada, me cruzo de brazos y me recuesto en la silla que tengo en la terraza trasera. Ya me imagino la cara de traición que debió de ponerle mi sobrina pequeña.

—Es que hay que ordenar tanta mierda... —suspira. Detesto oírlo tan agotado—. Aunque he encontrado algo. Te lo he enviado.

—¿Ah, sí? ¿Qué es?

—Pues... una carta de papá —aclara. Me quedo petrificado—. Hace años, nos envió cartas a Joel y a mí, y esta iba dirigida a ti. Nunca acabé de enviártela. Lo siento, macho.

¿Una carta de mi padre? ¿Me la escribió para que la recibiera antes de morir o después?

—¿Cuándo recibisteis las vuestras? —le pregunto inclinándome hacia delante sin levantarme de la silla y apoyando los codos en mis piernas despatarradas.

—Joder, pues hará —exhala—… ¿seis años? Antes de que mi ex se quedara embarazada de Chloe, segurísimo. Bailey tenía... ¿un año, más o menos? O sea que hace bastante... No sé por qué acabó la tuya sepultada entre mis cosas.

—¿La...? Eh... ¿La has leído?

—Nah —contesta en voz baja y asiento a pesar de que él no pueda verme—. He pensado que como la tuya sea igual de personal que la mía, no debía leerla. Te la envié hace un par de días, así que debes de estar a punto de recibirla.

Joder. Una carta que escribió mi padre antes de morir. ¿No será la mar de raro leer algo suyo a sabiendas de que ya no está aquí? ¿A sabiendas de que falleció poco después de que, técnicamente, yo leyera esa carta?

Una familiar punzada de dolor se me clava hondo, con fuerza.

Ya no suelo afligirme tan a menudo como antes, pero el dolor no ha conseguido mitigar para nada esa sensación.

Mi padre era una gran persona; era un padre maravilloso, un líder y un jefe justo y honrado, además de uno de mis mejores amigos.

Perderlo fue una de las peores experiencias de mi vida, hostia.

Durante semanas y semanas, un despiadado vacío se me comió entero.

Tardé muchísimo tiempo en salir de la maldita oscuridad en la que me hundí tras perder a mi padre.

Bebí demasiado. Follé demasiado. Me puse en peligro en varias ocasiones a propósito, como si estuviese preso de algún absurdo deseo suicida o algo. Y luego esa neblina desapareció y me di cuenta de la puñetera decepción que se habría llevado mi padre conmigo si me hubiese visto por aquel entonces.

Salí de esa con uñas y dientes y nunca volví a mirar atrás.

Todavía bebo (a veces, puede que demasiado), pero me mantengo lo suficientemente sereno para saber cuándo parar.

Ya no le meto la polla a la primera que se muestra interesada, aunque me alegra poder decir que nunca jamás, ni siquiera en mis peores momentos, me he tirado a una pava sin condón.

Siempre voy con una precaución de cojones.

Ya solo me faltaría tener hijos sueltos por ahí por no andarme con cuidado.

—¿Y Abigail? —le pregunto con la voz ronca y saliendo de los oscuros pensamientos en los que me había perdido.

Zach suspira de nuevo y me lo imagino frotándose la nuca como si estuviese intentando aliviar el estrés que le pesa en los hombros.

—Le cuesta —confiesa en voz baja—. No la culpo.

Es lo bastante mayor para entender que Brit se ha ido y llega un punto en el que no puedo seguir tergiversándole la realidad de la situación, como sí puedo hacer con Bails y Chloe.

Creo que, en parte, me culpa por que su madre se haya ido.

—Percibo la tristeza que se le cuela en la voz, pero mi hermano continúa antes de que me dé tiempo a interrumpirlo—.

Chloe está fatal emocionalmente. A ver, que siempre ha sido una niña vergonzosa y sensible, pero, joder, tío...

Basta con que la mire mal para que se ponga a llorar y me pregunte si yo también las voy a abandonar, como Brittanee.

Me rompe el puto corazón. ¿Cómo abandonas a tus hijas?

Su pregunta queda suspendida en un silencio absoluto.

En realidad, nunca me pregunté cómo lo había hecho mi padre cuando nosotros éramos críos.

Para mí, tenía una buena razón para marcharse.

Este trabajo, la alarmante falta de personal que hay siempre en esta profesión...

Lo entendí. Zach y Joel eran más pequeños, así que a ellos les costó más.

Y luego, enseguida que pude, me vine a trabajar aquí con mi padre.

—En fin... Deberías recibir la carta en un día o dos. Solo quería que lo supieras para que estés pendiente del correo. Nunca sé cuándo tienes que irte a currar fuera —añade Zach, conteniendo el dolor y el cabreo que le provoca su propia situación—. Debería seguir deshaciendo cajas.

—Claro —contesto, deseando con todas mis fuerzas que pudiera hacer algo para ayudar más a mi hermano. Sin embargo, soy consciente de que poco puedo hacer a medio país de distancia—. Gracias por avisarme y por enviar la carta. Cuídate, Z. Y dales un abrazo a las niñas de mi parte.

—Lo haré, tío. Vigila por ahí.

—Siempre —respondo serio antes de colgar.

He ahí la única promesa que puedo hacerle.