Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 14. Teddy
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14. Teddy

Teddy

—¿Qué tal los niños? ¿Duermen? ¿Y tú? ¿Duermes? ¿Bea come bien? ¿Cómo va ese frenillo?

Me apoyo el móvil entre la oreja y el hombro y suspiro tan bajito como puedo.

—Los niños están bien. Dalton está a punto de empezar la escuela la semana que viene y Penny está entusiasmada con la guardería. Dalton ya no tiene tantas pesadillas como antes, y Penny ha vuelto a dormir en su propia cama. Y Bea come bien; el otorrino le cortó el frenillo hace semanas.

Me estremezco al acordarme del frenillo bucal de Bea. Comer se convirtió en un infierno absoluto durante sus primeras semanas de vida.

—¿Y tú? ¿Duermes?

—Como a Bea le están saliendo los dientes, no ha dormido demasiado en las últimas dos semanas. O sea que yo tampoco estoy durmiendo especialmente bien...

—Kent, ¿tenemos algo previsto para el próximo fin de semana? Podemos pasarnos por casa de Teddy y quedarnos con los niños un par de días, ¿verdad? —le pregunta mi suegra a su marido, alzando la voz para que el hombre la oiga desde el otro lado de la sala.

Colleen y Kent Hansen son los mejores suegros que podría haber pedido jamás.

A medida que me he ido haciendo mayor, he agradecido muchísimo que no me hubiesen tocado unos suegros monstruosos.

Tras perder a Logan, los dos me ofrecieron todo su apoyo y ayuda, y lo mismo ocurrió después de que naciera Bea.

Colleen se quedó quince días con nosotros, y la verdad es que no sé cómo habría sobrevivido sin ella esas primeras semanas.

Mis padres fallecieron hace años. Cal y yo estamos solos.

Sin embargo, los Hansen (los padres de Logan) son verdaderamente maravillosos.

Tuvieron a Logan tarde, así que cuando él creció, ellos ya estaban a punto de jubilarse.

Disfrutan de su tiempo libre en la costa, y les gusta jugar al golf y visitar bodegas locales.

De lejos, al otro lado de la línea, oigo la grave voz de Kent, pero no consigo distinguir lo que dice.

—Ay, genial —comenta Colleen, alegre. No puedo evitar sonreír—. Vendremos el viernes que viene, cariño. ¿Por qué no te coges una noche en un hotel y nos quedamos nosotros a dormir con los niños?

La idea en sí suena de maravilla, pero sé que no pasará jamás. Imaginarme durmiendo sola en una cama sin el vigilabebés al lado o despertándome en mitad de la noche para darle el pecho a mi hija... es como un pedacito de cielo.

—No sé si...

—¿Tienes leche en la nevera? —se interesa Colleen, que me corta antes de que pueda rechazar su oferta del tirón.

Vuelvo a sonreír. Puede que me conozca demasiado bien. Río por lo bajo, en silencio. Pues claro que me conoce demasiado bien. Logan y yo empezamos a salir en el instituto, y antes de que el accidente se lo llevara, estuvimos más de quince años juntos.

—A ver, sí...

—¿Suficiente para pasar una única noche sola? —insiste.

Suspiro y sacudo la cabeza en señal de rendición.

—Sí —respondo.

—¿Acaso no confías en los abuelos para que cuiden de los niños?

Pongo los ojos en blanco. Ahora solo está poniéndose dramática para hacer coña, así que le sigo la corriente.

—Ni por un segundo.

—Maravilloso. Helado para desayunar, comer y cenar, pues.

Se me escapa la risa mientras me hundo en una esquina del sofá.

—Gracias. A los niños les hará mucha ilusión veros. Y a mí no me vendría mal un achuchón.

—Ay, mi niña... —murmura Colleen, cuyo tono de voz liviano y risueño pasa a convertirse en uno franco—. ¿Qué pasa?

Trago saliva para deshacerme de las emociones que tengo atascadas en la garganta y me río un poco de mí misma.

—No, si es una tontería...

—Si te molesta, no es ninguna tontería —dice ella con amabilidad.

Inhalo profundamente y exhalo despacio.

—Me han llamado de una agencia local. Les quedará una vacante a partir de octubre y ya tienen mi solicitud de cuando nos mudamos. Me han pedido que vaya a hacer una entrevista... Pero no sé si estoy preparada. No sé si volveré a estarlo nunca para volver a...

Las lágrimas vuelven a mí y me escuecen los ojos y la nariz. Jolín. Me prometí que no me pondría sensiblona con esto.

—Sé que debería volver a trabajar. Ya casi se me acaban los cuatro meses de baja maternal que me di para cuando naciera Bea...

No puedo vivir de lo que saqué al vender la casa ni...

, ni de la indemnización del seguro de Logan para siempre.

Y no quiero que penséis que es justo lo que estoy haciendo —me apresuro a añadir—.

Lo he puesto todo en cuentas de ahorro de alto rendimiento para los niños.

Solo me quedé lo justo para ir tirando hasta que naciera Bea...

—Teddy, no hace falta que me des ninguna explicación —me corta Colleen con ternura.

Sorbo por la nariz y asiento, a pesar de que sé que no puede verme—.

Siempre has sido muy lista y responsable, y sabemos que harás lo que consideres mejor para ti y para los peques.

Conmigo no tienes que justificarte. Y si no estás preparada para volver a trabajar de teleoperadora, puedes quedarte en casa el tiempo que necesites.

Quédate en casa hasta que Penny empiece párvulos.

Mira, por mí, como si te quedas en casa hasta que Bea empiece la escuela.

Tu prioridad siempre serán esos niños y siempre procurarás su bienestar. Lo sabemos.

Me da a mí que ahora vendrá con un «pero». Y no tengo que esperar demasiado. Sonrío cuando oigo que continúa:

—Pero también tienes que procurar el tuyo, Teddy. Encuentra algo que te haga feliz. Para darlo todo de ti, primero tienes que estar tú bien.

Las lágrimas me resbalan por la cara y me las seco a la vez que suelto el aire. Al exhalar, se me hinchan las mejillas.

—Lo echo de menos —confieso en voz baja—. Me encantaba mi trabajo.

—Y se te daba de maravilla —añade Colleen.

—Hasta que la pifié —añado con un hilo de voz.

—Teddy, tienes que dejar de culparte. Nadie te culpa; solo tú.

¿Cuántas otras veces derivaste a Logan a un sitio después de que te llamaran y no le pasó nada?

—«Cientos», pienso—. Era imposible que supieras lo que iba a pasar.

Fue uno de esos accidentes imprevisibles, tan terribles.

Y sé que esto no hace que sea más fácil aceptarlo, pero la cosa fue así.

Tú no hiciste nada mal; Logan no hizo nada mal.

Echaré de menos a mi hijo hasta el fin de mis días, igual que tú.

Igual que esos niños. Pero tú no tienes la culpa de que Logan no esté aquí.

Dime que eres consciente de ello, por favor.

¿Has ido a las sesiones de terapia de duelo?

—Desde que nació Bea, no —admito, cohibida. Jugueteo con el dobladillo de la camiseta con los dedos—. Es que no he tenido ni el tiempo ni la energía para ir hasta allí.

No es que quede lejos. En coche, no se tarda ni media hora en llegar al pueblo donde solíamos vivir, donde todavía residen los padres de Logan.

Sin embargo, encontrar canguro para tres o meterlos a todos en el coche para dejarlos en casa de Kent y Colleen y que yo pueda seguir yendo a terapia me parece un esfuerzo gigantesco.

—No me obligues a mudarme allí con Kent para asegurarnos de que te cuidas —me amenaza con ternura. Sé que lo dice medio en broma—. ¿Crees que irás a la entrevista, aunque sea?

—No lo sé. Puede. Quiero ir. Si es que lo echo un montón de menos... Pero tengo muchísimo miedo. ¿Y si la lío y a alguien más se le muere la pareja o el hijo por mi culpa? No me lo perdonaría jamás.

—No puedes seguir teniendo miedo de salir ahí afuera y vivir, cielo.

Reniego, derrotada. Odio que tenga razón, leches. Si algo tiene Colleen es que no te insiste en las cosas, de modo que cambia enseguida de tema y yo se lo agradezco.

—Seguro que hablamos antes, pero, de momento, nos vemos el viernes, ¿de acuerdo?

—Sí, vale. —Río y me siento algo más aliviada que antes de que me llamase—. Gracias, de verdad.

—No hay de qué, Teddy. Nos vemos pronto. Te quiero.

—Y yo a ti. Hasta pronto.

Cuelgo, pero me quedo mirando la pantalla del teléfono. Antes de que me dé tiempo a acobardarme, llamo a Vi.

Cuando responde, lo hace preguntando directamente:

—¿Qué ha pasado?

—¿Acaso tiene que haber pasado algo para que te llame? —respondo, riendo.

—Sí. Porque si no, me mandarías un mensaje y ya —murmura.

Debo reconocer que seguramente tenga razón.

—Estoy intentando vivir sin miedo.

—Claro, porque esto no es para nada misterioso —suelta, seca, y yo vuelvo a reír.

—Mis suegros vendrán el finde que viene y se quedarán con los niños el viernes por la noche. ¿Tienes turno en el hospital? —me intereso.

—No, pero el viernes por la noche me toca trabajar en el Shifty’s.

—Ah. Jolín, vaya.

—¿Por qué? —me interroga.

Oigo que se sienta, como si le preocupara lo que tenga que contarle a continuación.

—Quieren que me vaya a pasar la noche a un hotel para desconectar unas horas.

Quería preguntarte si te apetecía pasar una noche de chicas —añado apresuradamente—.

¿Comida basura, comedias románticas de las empalagosas y alcohol?

—Como no tendré que darle el pecho a Bea en toda la noche, podré tomarme una copa de verdad.

Supongo que lo que importa son las pequeñas cosas—. También convenceré a Scottie.

Vi ríe y responde:

—Ostras, pues sí. Total, mis padres se quedarán con Hollie. Le pediré a Lou que me cambie algún turno la semana que viene. Ufff, sí. Cien por cien. ¡Noche de chicaaasss! —canturrea Violette y sonrío—. Sin niños, sin hombres... Cuenta conmigo.

Sí, será genial. Justo lo que el médico (digo... mi suegra) me ha prescrito.