Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 11. Xander
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11. Xander

Xander

Hostia. Santa.

Casi estallo al ver cómo saca la punta de la lengua para relamerse esa espumosa nata del labio. Sobre todo, después de que mi mente se haya imaginado ya lo que podría hacerle esa boca a otra cosa...

Trago saliva en un acto reflejo y me cuesta tanto que noto, físicamente, el nudo que se me instala en la garganta y del que tanto me cuesta deshacerme.

Tengo la boca más seca que el papel de lija, aunque por un segundo pienso que igual se me está cayendo la baba y entro en pánico.

Soy perfectamente consciente de que su hermano está a escasos metros de aquí.

Ha sido verla salir de la cafetería y...

al traste con mi cerebro (y con él, todas mis buenas intenciones de mantenerme alejado de Teddy).

El maldito top que lleva puesto debería ser ilegal.

Es tan ajustado que mi polla reacciona en el acto, y la forma en que se le ciñe a la cintura y cómo le eleva las tetas...

Me la imagino bajándose esa tela delicada y flexible cuando tenga que darle el pecho a Bea, que balbucea y gorjea en la sillita que llevo colgando de la mano. «Manda huevos».

Y esos shorts ... Son de tiro alto, lo cual no hace sino acentuar su estrecha cintura y la ancha curva de sus caderas. Los deshilachados bajos del vaquero le acarician esos muslos morenos y suaves que ofrecen a qué agarrarse.

Soy un puto pervertido. Además de un amigo y un jefe horrible.

La brisa le hace volar las puntas del pelo alrededor de los hombros y se le sueltan algunos mechones de la pinza con la que se ha medio recogido la melena por detrás, para apartársela de la cara.

La fina montura de las gafas le cubre los ojos, aunque puedo seguir viéndoselos, porque no para de levantar la vista hacia mí.

Luego se sonroja y me aparta la mirada. Solo para volver a fijar sus ojos en los míos al cabo de poco.

Como si ella tampoco fuese capaz de dejar de mirarme.

A la que vuelve a mirarme a los ojos, el orgullo masculino me late con fuerza en el pecho; parezco un cavernícola. Echamos a andar por la acera. Tengo a Penny en un brazo y la sillita de Bea en el otro. Bajo la vista para asegurarme de que no le dé el sol a la pequeña.

Cal me mira por encima de la cabeza de Scottie mientras me alejo, arquea una ceja y sonríe de medio lado. Agacho la cabeza, consciente de que me está mirando; él ríe con discreción y envuelve a Scottie por los hombros cuando pasamos por su lado.

Cuando regrese me atormentará que flipas, pero el capullo este puede esperar.

Localizo el monovolumen blanco de Teddy, un Chrysler Pacifica, a lo lejos.

Joder, ¿ha caminado todo este trozo para ir hasta la cafetería con la sillita del coche de Bea y la bolsa de los pañales en brazos y, seguramente, llevando a Penny de la mano?

Con razón tiene esas marcas tan rojas en la parte interior del codo. Esta mujer es una maldita superheroína.

—¿No había aparcamiento más cerca? —le pregunto, señalando el coche con la cabeza.

Teddy se encoge de hombros y responde:

—No, pero no pasa nada. Ahora ya se me da bastante bien hacer todo esto sola.

Lo odio. Odio que tenga que hacer todo esto sola.

La muerte de Logan conmocionó el área entera el invierno pasado.

Y sirvió para recordarnos que por mucho tiempo que llevemos en nuestro trabajo y por muy bien formados que estemos...

no hay nada que podamos hacer para prevenir ciertos accidentes, simple y llanamente.

Teddy frena a Dalton y le sonríe. El niño le devuelve el gesto mientras se quita la bolsa de los pañales por la cabeza y se la pasa a su madre.

Teddy mete la mano en uno de los bolsillos pequeños que hay delante y le da al mando para desbloquear el coche.

Dalton abre la puerta, se sube cerca de los asientos individuales que hay en la fila de en medio y luego se acomoda en los asientos en fila que hay detrás de todo.

Teddy abre la puerta del copiloto y deja la bolsa de los pañales en el asiento antes de inclinarse para dejar el café en la consola central.

Se estira un poco más y levanta sutilmente una pierna al inclinarse.

Ahora que está medio doblada sobre el asiento para llegar bien donde tenga que llegar, no puedo apartar la mirada de su culo generoso, envuelto por esos shorts vaqueros sin dobladillo que le dejan los muslos a la vista, justo por debajo de la pendiente del culo.

Ya me he empalmado. Al erguirse, la chancla le rebota contra el talón. Se gira y me sonríe.

—¿A quién te paso primero? —le pregunto.

La voz me sale más rasposa de lo que pretendía. Carraspeo. Joder, cómo me puede esta mujer...

—A Penny —responde tendiendo los brazos.

Le coloco a la niña en brazos, pero se me queda el mío atascado entre el pequeño cuerpo de Penny y el torso de Teddy. Permanecemos así un segundo más del necesario para haber sido un accidente.

Ni confirmo ni desmiento que puede que me haya dado el gusto de rozar su pecho mullido por error al apartar el brazo.

El peso sólido de sus pechos rozándome el antebrazo me perseguirá durante toda la semana, no me cabe duda.

Igual que la forma en la que se le separan los labios para soltar una delicada y temblorosa exhalación justo cuando me separo sutilmente de ella. Qué guapa es, me cago en la hostia.

Teddy traga saliva con fuerza y alterna la mirada entre mis ojos antes de darse la vuelta para abrir la puerta corredera. Deja a Penny de pie en el coche y le ordena que se siente en su sillita. Dalton salta de inmediato para ayudarla a abrocharse el cinturón.

Cuando Teddy se da la vuelta y se acomoda un mechón suelto detrás de la oreja, me doy cuenta de que le tiembla la mano. Levanto la sillita de Bea haciendo fuerza con el bíceps (ojalá ella también vea cómo se me tensan los músculos). En cuanto Teddy lo coge por el asa, nos rozamos los dedos.

Sin embargo, en esta ocasión no titubea y se gira de inmediato para colocar la sillita del coche de la bebé en la base fija que hay en el asiento que nos queda más cerca.

Le da a un par de botones para doblar el asa hacia atrás y luego pliega el parasol.

Tiene un pequeño espejo en el reposacabezas del asiento que intuyo que será para ir controlando a Bea mientras conduce.

Teddy tarda varios segundos en dejarlo todo listo. La seguridad de sus hijos es su máxima prioridad, eso está claro.

—Ahora vengo y miro que estés bien atada, Pen —informa a su otra hija—. Dalton, peque, el cinturón.

Antes de que le dé tiempo a cerrar la puerta, asomo la cabeza dentro del coche, apoyándome con una mano en la parte alta del vehículo y con la otra en el lateral de la puerta, y le digo al niño:

—Gracias por tu ayuda, campeón.

Dalton sonríe pletórico y asiente mientras responde:

—De nada.

Le ofrezco el puño y él me lo choca con suavidad. Sonrío. Para ser tan pequeño, este crío carga con mucho peso (en el sentido metafórico de la expresión). Miro hacia Penny y le pregunto:

—Señorita Penny, ¿empezarás a portarte bien con mamá?

La niña asiente mientras pega patadas en el aire con sus pequeñas piernas.

—Sí. Lo pometo .

Teddy tose discretamente detrás de mí, como si quisiera disimular la risa.

Yo echo mano de todas mis fuerzas para no reír.

Ambos sabemos que Penny intentará escaparse de nuevo, pero de momento podemos fingir que ha sido la última vez.

Esta pequeña diablilla me tiene comiendo de la palma de su mano, esa que seguro que está escondiendo para cruzar los dedos.

Bea se está comiendo un puño alegremente, entretenida con los nudillos. Las babas le gotean de su mano minúscula; suerte que Teddy le ha puesto un bonito babero de flores, porque está empapada. Río y sacudo la cabeza.

—Hasta luego, renacuaja —digo.

La niña me sonríe, desdentada, con sus grandes ojos marrones bien abiertos y esas oscuras pestañas tan largas. Qué mona es, narices.

Me separo y Teddy le da a un botón para que las puertas se cierren de forma automática.

Rodea el monovolumen por detrás y abre la puerta del otro lado, donde está Penny sentada.

Una vez satisfecha, vuelve a cerrarla. La he seguido hasta el otro lado y me he colocado entre ella y los coches que avanzan por la calle a escasos centímetros de nosotros.

Estamos en pleno centro del pueblo, así que tampoco se puede conducir demasiado deprisa, pero cada vez me resulta más difícil ignorar este instinto protector.

Teddy me mira mientras yo me inclino por su lado y le abro la puerta. Sonríe y sacude un poco la cabeza.

—No hace falta que hagas todo esto, Xander.

—Ya lo sé, pero quiero. Venga, sube —murmuro señalando el asiento del conductor con la barbilla.

Teddy obedece y le cierro la puerta con cuidado.

Arranca el motor y pulsa un botón para bajar la ventanilla.

Levanto la mano para colocarme la gorra del revés y que la visera me quede detrás antes de apoyar los antebrazos en el hueco de la ventana del coche mientras Teddy se pone el cinturón.

Me tiene jodidamente hipnotizado. Y, por lo visto, nada puedo hacer por remediarlo.

Ahora que estamos tan cerca, veo que unas cuantas pecas le atraviesan el puente de la nariz y se le expanden por las mejillas; me entran unas ganas apabullantes de recorrérselas con los dedos.

Le quedan medio escondidas bajo el fino marco acrílico de las gafas.

Siempre había pensado que tenía los ojos de un azul pálido, pero, a tan poca distancia, me fijo en que son de un espectacular color gris pizarra plateado.

Y me deja fascinado; tanto que me quedo completa e irrevocablemente prendado de su mirada.

Como siempre que la tengo cerca.

—Gracias —susurra con los ojos puestos en los míos.

A pesar de que no debería, estiro el brazo y le acomodo ese maldito mechón de pelo que no para de caérsele a la cara detrás de la oreja.

—No tienes que darme las gracias por nada. Nunca —le digo.

Teddy asiente y agacha la cabeza mientras se le tiñen el cuello y las mejillas de rojo.

Joder, está monísima cuando se sonroja. Me pregunto si alguna de las veces que se ha sonrojado hoy habrá sido por lo que hizo anoche pensando en mí.

Eso espero, joder. Quiero verla así de sonrojada; quiero ser el único que oiga todos esos ruiditos tan sexis.

Sonrío y, cuando vuelve a mirarme, le guiño un ojo. Antes de que le dé tiempo a apartarme la mirada de nuevo, musito con la voz áspera:

—Nos vemos pronto, mama.

Joder, me flipa cómo se le dilatan los ojos y cómo se le separan sus rosados labios cuando la llamo así. Ya me he dado cuenta antes, cuando casi le ha cortocircuitado el cerebro, y no pensaba alejarme de ella sin volver a ver esta reacción.

Se muerde su carnoso labio inferior y yo le guiño el ojo de nuevo antes de dar una palmada en el hueco de la ventanilla mientras me enderezo.

Me despido de Penny y Dalton con los dedos mientras rodeo el monovolumen por delante y regreso por la acera.

Teddy sale del aparcamiento y veo cómo desaparece por la calle mientras yo sigo andando y regreso con Cal, que ahora ya está solo, sin compañía, y apoyado en el lateral de mi camioneta.

Tiene un café en una mano y ha dejado otro apoyado en el capó de la camioneta, a su lado.

Debo de haber pasado el tiempo suficiente con Teddy para que le diese tiempo a entrar y pedir la bebida.

«Ups...». Cuando llego, Cal pilla el vaso que ha dejado en el capó y me lo pasa.

Esos ojos color avellana le quedan escondidos tras los oscuros cristales tintados de las gafas de sol, pero su sonrisa comemierda lo dice todo.

—Ni una puta palabra —suelto con aspereza, rodeando el vehículo por delante.

Me responde con una retorcida risa y pongo los ojos en blanco.

El cabrón me la está devolviendo. Yo lo vacilé que daba gusto cuando empezó a salir con Scottie.

Menuda mierda será todo esto, leches. ¿He mencionado ya que Teddy es su hermana pequeña?

¿Y que yo soy el jefe de Cal? «Me cago en mi puta estampa».

Me siento detrás del volante, y él, en el asiento del copiloto. Vuelvo a girarme la gorra para que la visera quede hacia delante y me proteja aunque sea un poco de su escrutinio. Noto su mirada fija en mi perfil, pero me niego a desviar la vista hacia Cal.

Arranco el motor y me alejo de la acera, rumbo al parque de bomberos.

Cal le da un sorbo al café antes de pasar un brazo por detrás del reposacabezas del asiento que nos queda en medio.

Esta camioneta era de mi padre; es una Dodge Ram del 93 que ya ha sobrevivido a demasiados inviernos.

La pintura negra ha perdido todo su brillo y tiene los bujes algo oxidados, pero es eficaz y va bien para conducir por las carreteras de Washington en invierno.

—Bueno... ¿Por eso no te has quedado en el parque? ¿Te mola mi hermana? —me pregunta Cal, sonriéndome.

Refunfuño. Supongo que ha llegado la hora de hablar de esto.

Cal me conoce mejor que nadie. Lo sabe, por más que yo no haya dicho nada.

Me repiquetea el brazo con los nudillos para llamarme la atención y lo miro.

Se ha subido las gafas de sol, que ahora descansan en lo alto de su cabeza, y está mirándome con solemnidad, serio.

—Ve con cuidado con ella, Xander. Bastante ha sufrido ya. Como le hagas daño, te pegaré una buena paliza. Es una cuestión de principios.

Me muevo en el asiento y aprieto el volante con fuerza hasta que se me quedan los nudillos blancos.

—Lo sé —respondo con aspereza.

Él carraspea y se recuesta en el asiento para darle un buen sorbo al café.

—Quién te ha visto y quién te ve...

Vuelvo a moverme y me agarro con firmeza al volante. El corazón me late dolorosamente fuerte.

Mierda.

El muy capullo tiene razón.