10. Teddy #2
Me pasea la mirada de arriba abajo antes de subirla otra vez para estudiarme entera y volver a clavar los ojos en los míos.
La intensidad de su mirada es tal que me quedo sin aliento.
El calor se me arremolina en la parte baja del vientre y me sonrojo al acordarme de lo que lo imaginé haciéndome anoche...
Pestañeo y bajo la mirada, tímida, antes de reparar mentalmente en lo que llevo puesto. Violette me ha retado a que me vista con ropa que me saque de mi zona de confort, y esta mañana he sido más atrevida que de costumbre. Sin embargo, ahora que me está mirando Xander, estoy atacada de cojones.
El bodi ajustado con escote cuadrado a modo de top que Vi me convenció para que comprara me aprieta la barriga y se me ciñe la cintura a más no poder, por no hablar del descarado efecto push-up de la prenda.
Es de color blanco y de canalé, y encima no llevo sujetador (valiente por mi parte, sí, ya lo sé...) porque la tirantez y la compresión de la cosa esta hacen maravillas.
Lo he combinado con unos shorts vaqueros de tiro alto, claros, sin dobladillo y desgastados, que dejan más bien poco a la imaginación, pero es que Vi dijo que me hacían culazo.
Me he vuelto a aplicar autobronceado en las piernas para que no se me vean tan pálidas y voy con las uñas de los pies pintadas con esmalte blanco crema. El toque final: unas chanclas.
El pelo me cae suelto a la altura de los hombros y llevo las puntas sutilmente onduladas.
Me he hecho un medio recogido, apartándome unos cuantos mechones de la cara con una pinza.
Hoy incluso he conseguido maquillarme, cosa que ahora agradezco enormemente, porque Xander sigue estudiándome con su mirada intensa y ardiente. Es injustamente atractivo.
Tiene uno de sus robustísimos brazos doblados bajo el culito de Penny, como si fuera un asiento, y sujeta a mi hija por la pierna con su mano gigantesca. Exhalo con fuerza mientras me acerco a ellos. Penny parece arrepentida. Esta niña me va a matar.
Abro la boca dispuesta a regañar a Penny por haber salido corriendo oootra vez.
Antes de que me dé tiempo a decir nada, Xander me pilla completamente desprevenida al dar un paso al frente e invadir mi espacio personal.
Estira el brazo y agarra el asa de la sillita de Bea sin mediar palabra.
Muevo las manos de forma totalmente inconsciente (porque, al tenerlo tan cerca, mi cerebro ha dejado de funcionar) y vuelvo a coger el café con la mano que me queda libre, dejando que Xander me quite la sillita del brazo.
Como me he pasado tanto rato con el artilugio colgando, me han quedado unas fuertes marcas rojas en el pliegue del codo.
En un acto reflejo, estiro mi brazo entumecido hacia abajo para activar la circulación.
Me quedo mirando a Xander, que sujeta la sillita con fuerza, con la mano que le quedaba libre, y la deja colgando en su costado, asegurándose de que no le dé el sol a Bea. No me aparta los ojos de la cara en ningún momento, de modo que yo me pongo como un tomate y acabo apartándole la mirada.
Pero es que pfff, su cuerpo es igual de espectacular que su cara.
Va con unos pantalones cargo tácticos de color verde militar que se le ajustan a los muslos y a las caderas, y una camiseta negra un poco ceñida con el emblema de los bomberos de Sky Ridge en el pectoral izquierdo.
Lleva su gorra habitual, cuya visera le cubre parte de la cara y lo protege del sol de media mañana. Vuelvo a mirarlo con timidez.
Xander saluda a Dalton con la cabeza.
—Hey, campeón. ¿Por qué no le coges la bolsa de los pañales a tu madre para que no tenga que llevarlo todo ella sola? Deberíamos ayudar siempre que podamos.
Dalton asiente con los ojos bien abiertos, pero yo murmuro:
—No, no pasa nada. Ya puedo...
—Eh —me corta Xander fijando su mirada láser en mí—. Déjanos ayudar, mama.
Me paso el día (¡los! días) escuchando variaciones de las palabras mami o mamá . Pero... ¿esto?
Mama . Lo ha dicho con un tono de voz tan áspero e íntimo que me ha cortocircuitado el cerebro. Me lo quedo mirando embobada antes de asentir.
Me bajo la bolsa de los pañales por el brazo y se la tiendo a Dalton, que se la carga en el hombro. Se encoge un poco con el peso y alargo el brazo enseguida para volver a cogérsela, pero mi hijo sonríe y dice:
—¡Yo puedo, mamá!
Trago saliva con fuerza y vuelvo a dejar el brazo al costado.
Ahora, sin la bolsa de los pañales, la sillita o mi hija pegada a mí como de costumbre, me siento desnuda.
De repente, sin mis frecuentes escudos, me siento superinsegura y cuestiono mi elección de vestimenta.
De modo que le dedico una sonrisa de agradecimiento a mi hijo, aunque me tiemblan un poco los labios.
—Gracias, peque.
—Ahora ya puedes darle un sorbo al café antes de que se te derrita —comenta Xander en voz baja, señalando la bebida que llevo en la mano con la barbilla.
Río nerviosa. ¿Cómo será? Eso de beberte el café con hielo antes de que se te derrita o el café caliente antes de que se enfríe, digo.
Quien ríe ahora es Xander, y lo hace con un sonido profundo y relajante. Al sonreír, se le arrugan los ojos.
—Teddy, veo que esa idea te resulta tan ajena que a tu cerebro le cuesta imaginárselo. Bebe. ¿Dónde has aparcado? Os acompaño.
Obedezco y le doy un sorbo al café. La nata dulce con caramelo me aviva las papilas gustativas.
Dios, qué rico está cuando aún sigue frío y no se ha derretido todo el hielo.
Me mancho el labio superior con un poco de nata y me lo lamo para limpiármelo enseguida, atreviéndome a mirar a Xander otra vez.
Sin embargo, él ya no tiene la vista clavada en mis ojos. No. La tiene clavada en mi boca. Y el calor de su mirada es suficiente para abrasarme viva.