10. Teddy
Teddy
Gruño por lo bajo. Voy con la sillita del coche de Bea colgando de un brazo y agarrándole la mano a Penny con la otra mientras caminamos por la acera en dirección a El Recoveco: una pequeña cafetería-pastelería monísima; una de las pocas que hay en Sky Ridge.
Claro que, como el aparcamiento de la acera está atiborrado de coches, hemos tenido que aparcar a media manzana del local.
Me recuerdo que el café lo vale. Al igual que la magdalena de naranja y arándanos rojos absolutamente descomunal que pienso zamparme mientras Penny disfruta de su cita semanal con su mejor amiga, la pequeña Hollie.
Vi trabaja como enfermera en la unidad de quemados del Hospital Bakersfield, pero intentamos vernos una vez por semana para que las niñas jueguen.
Y a decir verdad, necesito tantísimo pasar un poco de tiempo con adultos que hasta podría llorar.
Adoro a mis hijos, pero a veces una necesita hablar con otro adulto, ¿sabes?
Algo que no incluya ruiditos de pedos, la frase «mira lo que sé hacer» sin parar o vómito de bebé.
Pfff. Mataría por una noche de chicas sin críos.
Aunque la idea me resulta tan absurda que me entran ganas de reír.
A lo mejor le pregunto a Violette si quieren venir pronto a casa, aunque sea para que los niños jueguen todos juntos mientras nosotras nos tomamos una copa de vino...
No sería la noche de chicas más relajante del mundo, pero sí podría mantener una conversación adulta.
Sé que siempre puedo pedirle a Scottie que venga, pero, como técnico en emergencias sanitarias que es, echa turnos muy largos, así que encontrar un hueco que nos vaya bien a todas es complicado.
Dalton abre la puerta de El Recoveco y me la aguanta para que pase.
—Gracias, peque —le digo con la voz cargada de aire.
Empujo a Penny para que entre primero y vuelvo a subirme la sillita de Bea por el brazo. Hay varias personas haciendo cola para pedir. Sonrío. «Hablando de Scottie...».
Nos ponemos detrás de una mujer pelirroja que se ha recogido el pelo en una elegante coleta. Es unos cuantos centímetros más bajita que yo y tiene un cuerpo delgado aunque atlético; algo que el mío no será jamás.
Lleva unos pantalones tácticos azul marino y un polo blanco de manga corta cuya ligera tela transpirable se le tensa a la altura de los hombros y por la espalda: el uniforme estándar de los técnicos en emergencias sanitarias.
Mira el móvil mientras espera; no se ha percatado de nuestra presencia y tampoco parece prestarle caso al ruido de alrededor.
—¡La tía! —grita Penny ilusionada al reconocer a la chica que tenemos delante.
Me suelta del tirón y abraza a Scottie por las piernas, desde atrás. Esta se gira sobresaltada y arrastra a mi hija con ella.
—¡Anda, hola! —Ríe bajando la vista por detrás, hacia Penny, que está abrazándole los muslos con toda su fuerza—. ¿Qué tal está mi niña? Hola, Dalton —le tiende el puño y él se lo choca sonriendo de oreja a oreja.
—Hola, tía Scottie —la saluda mi hijo, acercándosele para darle un abrazo.
El niño es alto para su edad y ya casi le llega a la barbilla a Scottie, que lo abraza por los hombros.
—Pfff, qué alto estás —se queja fulminándolo con la mirada antes de volver a sonreír.
—Yo diría que está pegando otro estirón —murmuro, aunque le guiño un ojo a Dalton—. Desde que ha empezado el verano, ya no le cabe la mitad de la ropa, te lo juro.
Sacudo la cabeza y vuelvo a colocarme la sillita de Bea en el brazo.
El asa me está cortando la circulación del codo para abajo.
Me he planteado sacar el cochecito, pero me ha parecido demasiado jaleo, total para esto.
Aunque ahora me arrepiento. Exhalo y clavo la vista en la pizarra de tiza que hay encima de la barra y donde aparecen los especiales del día escritos a mano.
—¿Podemos pedir cake pops ? —me pregunta Dalton, mirándome.
Lo miro de reojo y respondo seca:
—¿ Cake pops para desayunar?
Mi hijo sonríe y encoge sus hombros esbeltos. Penny le tira de la mano a Scottie y salta alegre. Pongo los ojos en blanco y cedo:
—Pfff. Vale. Pero solo porque hoy vamos a darnos un capricho. Además, como Penny te ha oído, si ahora no los cogemos, armará la de San Quintín.
—Los cake pops caen bajo la cláusula de relax maternal. Si con eso consigues evitar que no te monten ningún pollo, vale la pena —musita Scottie casi sin separar los labios y guiñándome un ojo.
Suelto una carcajada y sonrío mientras asiento.
—Pues cake pops para desayunar se ha dicho. —Río sacudiendo la cabeza.
Dalton levanta el puño en señal de victoria y Penny se pone a bailar ahí mismo.
La camarera llama a Scottie en voz baja para captar su atención.
La novia de mi hermano levanta un dedo y se gira hacia el mostrador.
En cuanto la persona que tiene delante se echa a un lado, ella da un paso al frente.
Vuelvo a mirar la pizarra en un intento por decidir qué quiero mientras Scottie pide y paga.
Cuando se da la vuelta y la veo con dos cake pops cubiertos de chocolate y fideos de colores en la mano, bajo la mirada.
—A ti también te he pedido lo de siempre, por cierto —dice sonriéndome.
Protesto, pero ella continúa con una sonrisa en los labios y le pasa un cake pop a Penny y otro a Dalton.
Le aprieto la mano a Penny y miro a Dalton con segundas, con la mejor mirada de madre que sé poner. Luego, miro con seriedad lo que tengo delante.
—Chicos, esos modales. ¿Qué le decimos?
—¡Muchísimas grasias ! —grita Penny a la vez que abre sus ojos marrones como platos para estudiar el cake pop que tiene en la mano.
Dalton sonríe y dice:
—Gracias.
—De nada. Procurad no ser demasiado terremotos con vuestra madre hoy, ¿de acuerdo? —les pide Scottie riendo.
Vuelve a guiñarme un ojo.
Soy muy afortunada de tener una cuñada como Scottie (eso de «cuñada» espero que se oficialice pronto). Molly, la ex de Cal, nunca me cayó bien. Que le vaya bien a la terrible mujer que le rompió el corazón a mi hermano. Ella y Dave, su marido, son tal para cual.
Scottie vuelve a agacharse y arrulla a Bea, que le balbucea animada.
—Eres una monada —le dice. Se yergue de nuevo, me mira y murmura con ternura—: Lo has hecho genial, Teddy.
—Gracias —musito un tanto incómoda.
Es la segunda vez que me lo dicen en una semana y, al oírlo, me acuerdo del tono ardiente y profundo que adoptaron los ojos de Xander al mirarme. Me entra un escalofrío. Le echo la culpa al aire acondicionado que tenemos justo encima.
Scottie vuelve a sonreír y se coloca al final del mostrador para esperar a que acaben de prepararle el pedido. Avanzamos como un caótico grupo para que yo pueda pedir dos aguas con tapa y pajita y la magdalena de naranja y arándanos rojos con la que llevo dos días soñando.
Scottie sigue con Penny de la mano porque sabe que mi hija es experta en desaparecer de repente.
Agradezco que esté aquí mientras yo saco la cartera como buenamente puedo del fondo de la bolsa de los pañales que llevo colgada del hombro.
Pago mientras sacan la bebida de Scottie junto con el iced coffee con caramelo y crema dulce que me ha pedido a mí.
Se queda con nosotros mientras esperamos.
Pesco la magdalena que la camarera ha envuelto y ha metido en una bolsa. Acto seguido, la guardo en el bolsillo abierto de par en par de la bolsa de los pañales mientras nos ponemos al final del mostrador para esperar a que nos den todo lo demás.
—¿Habéis quedado con Vi y Hollie? —me pregunta Scottie al acercarme. Continúa sin soltarle la mano a Penny y va balanceando los brazos mientras mi hija se termina el cake pop —. Era hoy, ¿verdad?
—Sí. En cuanto salgamos de aquí, vamos directos—le cuento mientras me subo la sillita de Bea otra vez.
Cuando salgamos de la cafetería, tendré el pliegue del codo lleno de ronchas.
La camarera me sonríe amablemente mientras me deja las dos aguas en el mostrador.
—Muchísimas gracias. Penny, toma, el agua —le digo a mi hija mientras cojo uno de los vasos transparentes de plástico, con la tapa y la pajita ya puestas (todo un detalle por parte de la camarera).
Le paso la otra a Dalton y cojo mi café, ese que aún no había tocado—.
Venga, chicos, vamos. Penny, tú, pegadita a mí, Dalton y la tía Scottie.
Con el asa de la sillita aún en el brazo, cojo el café con la mano y lo sujeto por encima de Bea mientras echamos a andar hacia la puerta. Quién nos viera... Dalton abre la puerta y Penny ve la oportunidad perfecta para soltarle la mano a Scottie y echar a correr hacia la luz cegadora del día.
—Por el amor de... —me quejo echándome hacia delante.
«Tiene que ser una puta broma». Manda narices con la criatura. El sol me ciega un segundo y, acto seguido, oigo el estridente grito de Penny. Se me detiene el corazón y salgo disparada.
—¿Tendré que comprarte una correa? Ya hablamos de esto hace unos días, señorita Penny. Me acuerdo.
Al reconocer esa voz, mi corazón vuelve alegre a la vida. Salgo a la acera y sacudo la cabeza. Xander tiene a Penny en brazos (esta vez, no la está sujetando bocabajo), pero no tiene sus ojos azules puestos en la fugitiva de mi hija, sino en mí.
Desvío la mirada hacia Scottie, que está detrás de Xander.
Mi cuñada me guiña un ojo sonriendo de oreja a oreja y se despide de los niños con la mano mientras va hacia mi hermano, que salta del asiento de copiloto de la camioneta de Xander, aparcada no muy lejos.
Cal me saluda rápidamente con la mano, pero centra su atención en la chica que se detiene frente a él.
La besa en los labios y ella se pone de puntillas para quedar más a su altura.
Me sonrojo y aparto la mirada solo para que mis ojos colisionen de nuevo con los de Xander.