Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 9. Xander
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9. Xander

Xander

Echo la cabeza hacia atrás, contra el marco metalizado de la silla plegable, y cierro los ojos a la vez que Teddy desaparece por el otro lado del tabique y regresa a la seguridad de su apartamento.

Casi estallo al ver cómo se le ciñe el albornoz al cuerpo y, por lo visto, soy demasiado masoquista para apartarle la vista del culo mientras se va.

Me ejerzo presión en el pene con la mano y obligo a mi erección a calmarse.

Me termino la cerveza, me pongo en pie y me quejo al notar cómo me duelen los músculos y las articulaciones.

Una vez dentro, tiro el botellín en el cubo de reciclaje y echo a andar pasillo abajo.

Estos pisos hacen efecto espejo el uno con el otro, de modo que mi habitación y el cuarto de baño adjunto comparten pared con la habitación y el cuarto de baño adjunto de Teddy.

A veces oigo a Bea quejándose por la noche, pero nunca dura demasiado.

Me subo a la cama, me acuesto boca arriba, me coloco un brazo debajo de la cabeza y clavo la vista en el techo. Al pensar en Teddy con ese albornoz que le haría perder la cordura a cualquiera, noto que sigo medio empalmado.

Y entonces lo oigo.

Es un sonido discreto y acallado que proviene del otro lado de la pared.

Una vibración silenciosa y... Hostia santa. Un gemido quedo que se convierte en uno más fuerte; uno que suena sospechosamente a mi puto nombre. Y ahí sé exactamente qué está haciendo Teddy al otro lado de la pared.

Nunca había estado tan agradecido de que las paredes fuesen tan finas como en este preciso instante.

Se me pone dura como una roca al instante.

Los gemidos bajos y acallados que suelta Teddy mientras se toca me ponen a cien, joder.

Me bajo los pantalones y me envuelvo la polla con los dedos para ir cascándomela de arriba abajo.

Me aprieto la punta, estrujándomela y escuchando con atención a ver si oigo algo más. Soy insaciable; quiero más.

Debería avergonzarme de mí mismo, pero no lo hago. No cuando ella está haciendo lo mismo, pensando en mí.

«Xander...», oigo que dice al otro lado de la pared.

Esta vez no hay lugar a dudas: es mi nombre.

Me pajeo moviendo las caderas al compás de sus sonidos.

Un escalofrío me recorre la espalda y se me contraen los cojones mientras mi inminente orgasmo me azota enseguida y me corro con brío, pringándome el abdomen de semen.

Oigo a Teddy corriéndose y suelto un sonido gutural mientras sigo navegando el orgasmo, con la boca abierta y la respiración acelerada.

Jo-der. Lo que daría por presenciarlo con mis propios ojos. Notarlo con mis propios dedos, con la lengua, con la polla.

Ahora sí que siento vergüenza. Porque sí: soy un cabrón. A pesar de lo que siento por Teddy, eso que tan en secreto llevo, sé que nunca podrá haber nada entre nosotros. No puedo darle lo que está claro que se merece.

De modo que, mientras me limpio, me voy recordando todas las razones por las cuales lo que siento por ella tiene que seguir en las sombras. Y punto.