Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 8. Teddy
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8. Teddy

Teddy

Como la buena cobarde que soy, me apresuro a musitarle un «buenas noches» a Xander y salgo corriendo como si los mismísimos sabuesos del infierno estuvieran pisándome los talones hasta refugiarme entre las seguras paredes de mi apartamento.

Cierro la puerta que da a la terraza y corro el pestillo, más por costumbre que por temor a que el hombre que vive en la puerta de al lado vaya a seguirme.

Estoy casi jadeando, con la respiración acelerada y el corazón desbocado.

Sigo intentando asimilar las palabras fuertes y ásperas que ha pronunciado y la forma en que las ha dicho. A pesar del tenue brillo azulado del crepúsculo, he visto que me miraba. No ha dejado de mirarme en ningún momento, simplemente me miraba y esa intensidad se ha abierto paso entre nosotros.

Muy a mi pesar, una importante parte de mí, una que llevaba mucho tiempo muerta, se ha despertado hace poco. No me he permitido sentir nada, no me he dado tiempo para pensar, sentir o hacer nada que no sea sobrevivir al día a día.

La atracción que siento por Xander viene siempre acompañada de una ola de culpabilidad.

Por la noche, soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea en cómo sería notar esos brazos morenos y cálidos con mis manos, con mis dedos.

Cómo sería notar su boca pegada a la mía; cómo sería notar todo su peso encima de mí...

«No», me reprimo mientras camino por la cocina, donde solo se aprecia la luz del horno. Lo que pasa es que estoy cachonda y me siento sola. Se me pasará. Espero.

Además, aunque quisiera salir con alguien (que no es el caso, por más que Vi vaya dándome empujoncitos últimamente), Xander es intocable.

Es el jefe de mi hermano. Y su mejor amigo.

Y por si fuera poco, es bombero forestal.

Por más muros que haya construido alrededor de mi corazón a sabiendas de que mi vecino es sexi de narices, no puedo evitar preocuparme por él cuando se va con Cal a controlar algún incendio. Me digo que es porque es el mejor amigo de mi hermano y porque me importa como amigo y vecino. Nada más.

Gruño, echo la cabeza hacia atrás y clavo la vista en el techo. Estoy mintiéndome a mí misma. Un poquito, al menos.

Porque es verdad que Xander me importa. Como amigo y como vecino, pero... También como algo más. Este maldito flechazo al que llevo meses intentando resistirme es una estupidez; sobre todo, porque sé que nunca me permitiré actuar en ningún sentido.

Puedo mirar. Pero no puedo tocar.

Bueno, no puedo tocarlo a él, vaya.

Lo que sí hago, en cambio, es tocarme yo, por la noche, cuando... Cuando me permito fingir, aunque sea un ratito (juguete de silicona en mano), que no estoy sola en la cama.

Lo que decía: estoy cachonda y me siento sola.

Es patético, sinceramente. Estoy hecha un desastre descomunal (y eso, siendo amable).

Apoyo la cadera contra la encimera de la cocina y me abanico. Ni siquiera puedo echarle la culpa al calor del mes de agosto, porque si estoy así ahora es solo por Xander y por cómo me afectan sus palabras profundas y ásperas y esa mirada tan intensa.

Desvío la vista un segundo hacia la puerta de la terraza, sumida en la oscuridad que lo envuelve todo fuera, y me muerdo el labio. A la mierda.

Echo a andar despacio por el pasillo, cierro la puerta de mi cuarto y me meto en la cama antes de alargar el brazo hacia el cajón de la mesita de noche y sacar a mi fiel amigo.

Enciendo el juguete, lo meto por debajo de los pliegues del albornoz y abro las piernas.

—Ah, Dios... —susurro envuelta por la oscuridad cuando el vibrador me roza la piel.

Me dibujo círculos en el clítoris mientras cedo y pienso en Xander.