Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 7. Xander
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7. Xander

Xander

La oigo llorando desde aquí.

Me apoyo contra la pared que sé que separa mi baño del suyo y dejo caer la cabeza hacia atrás. El sonido del agua que se cuela a través de estas finas paredes es casi imperceptible. Sus sollozos profundos y exasperantes son más pronunciados y se me rompe el corazón.

Aunque no se permite llorar demasiado. Como siempre. Al cabo de unos pocos minutos, lo peor remite y luego se hace el silencio absoluto. Teddy cierra el agua y yo me obligo a no pensar en la hermana pequeña de mi mejor amigo saliendo de la ducha, desnuda y mojada, justo al otro lado de la pared.

Exhalo con pesadez y dejo caer la barbilla hacia delante.

Clavo la vista en el suelo con las manos en los bolsillos de los vaqueros.

Le pido a mi cuerpo que no se ponga a pensar en Teddy desnuda, pero sé que es una causa perdida, por más que dicha acción venga acompañada de un autodesprecio aplastante.

Estaba tan guapa hoy, leches... Con su melena rubia color miel atada en un moño deshecho, las gafas que le resbalaban por el puente de la nariz y las mejillas sonrojadas a causa del calor del verano.

Esos pantalones cortos de ir en bici de un tono lila oscuro delineaban todas y cada una de las curvas deliciosas y generosas de ese cuerpo suave que ofrece de dónde agarrarse.

La camiseta que llevaba era más fina que el papel de liar y se le aferraba al cuerpo, y el cuello ancho se le resbaló por el hombro moreno después de que echara a correr tras esa pequeña fugitiva.

Ese fino material dejaba entrever la silueta de su sujetador de deporte y, cuando le cayó la camiseta por el hombro, dejó a la vista una de las tiras.

Aunque sé que no debería, me muero de ganas de cruzarme con ella. Como el diablo que soy, cuando estoy en casa y no currando por ahí o de turno en el parque de bomberos, espero encontrármela.

Heredé este apartamento hace seis años, cuando falleció mi padre; por aquel entonces, estaba decidido a venderlo.

Pero debo reconocer que, de vez en cuando, eso de tener un lugar al que ir para alejarme del alboroto del parque no está mal.

Así que me quedé la casa y paso el tiempo entre un sitio y el otro.

El último inquilino del apartamento de Teddy se jubiló y se fue a vivir a Florida (jamás entenderé por qué narices se iría alguien a vivir en un infierno atestado de cocodrilos).

Y, hace cuatro meses, Cal y yo ayudamos a la embarazadísima hermana de mi amigo, que se había quedado viuda hacía poco, a mudarse aquí con sus dos hijos.

Ahora que ella vive en la puerta de al lado, paso muchísimo más tiempo que antes en casa.

Es como si fuera incapaz de mantenerme alejado.

Suelto un taco, me desnudo y abro el agua de la ducha.

La pongo tan fría como puedo hasta que al final está casi helada y me meto dentro.

Cuando noto el frescor del agua en la piel, aprieto los dientes y siseo.

Después del calor que ha hecho hoy, agradezco la sensación, aunque la verdad es que tardo varios minutos en acostumbrarme.

Ha sido un verano de locos. No hemos parado de enfrentarnos a incendios y hemos pasado más tiempo fuera de casa que de costumbre. Algo que, por lo general, me encantaría. Cuando estoy en el terreno, con mi brigada, es cuando más feliz soy; sin embargo, detesto saber que Teddy se queda aquí sola.

Después de asistir el parto de Bea, los chicos se pasaron semanas vacilándome y haciéndome bromas, y me dijeron que, de ahora en adelante, cuando se acabe la temporada de incendios, puedo dedicarme a hacer de comadrona.

Sé que lo decían siempre de buena fe, pero yo me sentía extraordinariamente protector (y preocupantemente posesivo) con esa madre soltera.

Y lo cierto es que, con el paso de los meses, ese sentimiento no ha disminuido lo más mínimo.

Al salir de la ducha tan solo unos minutos más tarde, al otro lado de la pared que separa el apartamento de Teddy del mío, solo se oye silencio.

Me seco de forma perezosa con la toalla, la meto en el cesto y atravieso el cuarto para ir hacia la cómoda y pillar un bóxer y unos pantalones de deporte anchos.

Paso la cabeza y los brazos por otra camiseta vieja y andrajosa cuyas mangas están cortadas y echo a andar a toda prisa por la oscura casa hasta llegar a la cocina, donde pillo una birra de la nevera.

Si estoy hoy aquí es porque no tengo guardia, para empezar.

Antes solía dormir única y exclusivamente en el parque de bomberos, en una de esas minúsculas literas que les hemos ofrecido a los miembros de la brigada que no son del pueblo.

Pero, por lo visto, mi debilidad es una madre soltera de pelo rubio color miel y con curvas para dar y regalar. Así que aquí estoy.

Abro la puerta corredera que hay en la parte de atrás y salgo a la terraza, cerveza en mano.

Teddy tiene la misma terraza en su lado de la casa, aunque yo nunca había estado allí hasta hoy, cuando hemos regresado tras pararle los pies a Penny la Fugitiva.

Solo he visto algunos atisbos porque no quería que pareciera que estaba espiando.

Una pequeña mesa exterior con cuatro sillas; una pequeña mesa de pícnic de madera repleta de juguetes de jardín, y un bate, un guante y un cubo pequeño de pelotas de béisbol.

Y tiene el cemento de la terraza recubierto de dibujos hechos con tiza.

En comparación con la suya, la mía tiene un aire triste y aburrido.

Solo tengo una silla plegable al lado de una vieja caja plegable de plástico puesta del revés para que haga las veces de mesita.

También hay una barbacoa de propano en un lateral.

En vida, mi padre casi nunca estaba en casa; cuando no nos destinaban a otro sitio para ir a controlar algún incendio, prefería quedarse en el parque de bomberos.

De hecho, solo estaba en casa cuando se acababa la temporada, pero el hombre nunca supo relajarse; siempre tenía otros proyectos entre manos.

Me dejo caer en esa silla plegable de cuero gastado y descolorido por el sol, y las patas de metal chirrían bajo mi peso.

Otro recordatorio de la edad que tengo. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y tres, pero sigo siendo más rápido que la mayoría de mis compañeros de brigada con toda la equipación puesta.

Y puedo decir con convicción que disfruto de una excelente forma física.

Aunque debo reconocer que mi cuerpo está empezando a ralentizarse y a cambiar.

La fuerte musculatura de mis brazos, hombros y espalda (en su día, definidos) ha empezado a ablandarse un poco.

No disfruto de la misma condición física que a los veinte.

Me rio por lo bajo mientras le doy un largo sorbo a la cerveza.

Joder, cuánto ha llovido desde entonces...

Al cabrón de Cal le encanta recordarme mi «avanzada edad».

El sol se ha ido poniendo por delante de la casa y ya va cayendo la noche. En el horizonte, el color violeta aterciopelado del cielo va dejando paso a un azul marino más oscuro, aportando unas delicadas sombras a mi jardín trasero.

Estoy a medio camino de acercarme la cerveza a los labios cuando aprecio un movimiento por el rabillo del ojo, a mi derecha, y me obligo a no pegar ningún salto.

Ni siquiera la había oído abriendo la puerta de su terraza, pero, bajo esa sutil luz oscura, veo que Teddy sale de su apartamento.

Lleva el pelo suelto, con las puntas un poco rizadas, y le cae por encima de los hombros.

Dejará que se le seque al aire; un aire que continúa siendo empalagosamente caluroso y húmedo.

Con el brillo del cielo al oscurecerse, sus mechones rubios parecen adoptar cierto tono azulado.

En su cara no hay rastro de lágrima alguna y la luz del crepúsculo que nos rodea parece aportarle algo de brillo a los ojos.

Me muevo un poco en el asiento y le suplico a mi polla que no se empalme al ver a Teddy con lo que parece un albornoz suave y fino que no le llega ni a las rodillas.

Se lo ha atado por la cintura y camina con los brazos cruzados.

Va descalza, con las piernas completamente desnudas hasta el dobladillo del albornoz.

Tiene la piel morena, y parece tersa y tan jodidamente suave que me muero de ganas de acariciársela entera.

De subirle las palmas por las piernas, por sus muslos y caderas mientras ella se coloca a horcajadas encima de mí...

—Hola —la saludo con brusquedad desde el otro lado de los cuatro metros y medio que nos separan.

La voz me suena ronca y áspera, cortesía de mis caprichosos pensamientos.

Teddy me saluda con cierta incomodidad al detenerse, aunque veo que me está mirando. Mi polla también se da cuenta y se pregunta si le gustará lo que ve. «Hostia... Relájate, colega».

—He oído que abrías la puerta de la terraza y solo quería salir a darte las gracias otra vez por haber frenado antes a Penny —me cuenta con un tono dócil. Señala su apartamento con la mano y añade—: A veces no sé qué hacer con ella. Creo que me la envió el mismísimo Satanás para ponerme a prueba.

No puedo evitar soltar una carcajada. Ella ríe con ligereza, modesta.

—Creo que es por eso de ser la hija mediana. O igual es que le están saliendo los genes Woods.

Teddy vuelve a reír echando la cabeza hacia atrás y ese sonido me llega muy hondo.

Y a la polla, también. La tensión me tira de la tela del bóxer.

Dios, ¿cuánto hace que no follo? Sin soltar la cerveza, recuesto el brazo en el muslo para cubrir la erección, aunque dudo que Teddy pueda ver demasiado con tan poca luz.

Se acerca un poco más. Vuelvo a moverme para quedarme mirando hacia delante y apoyar los codos en mis piernas separadas con la esperanza de disimularlo un poco.

—Ahí te doy toda la razón. Es una mini-Cal de los pies a la cabeza.

Y también se parece muchísimo a su padre; va siempre directa al lío sin pensarlo dos veces —musita y niega con la cabeza.

Veo que se yergue físicamente, como si fuese una marioneta y alguien acabara de tirar de la cuerda que le sujeta por el pelo para tensarle la columna vertebral.

Ted­dy se obliga a sacudir un poco la cabeza, como si quisiera aclararse las ideas, y dibuja una media sonrisa.

Joder, si es que es guapísima—. Bueno, solo quería darte las gracias.

Estoy tan... Bueno —se señala el cuerpo con la mano, marcando sus anchas curvas, y vuelve a sonreírme pesarosamente antes de añadir—: No la habría alcanzado antes de que llegara al arroyo.

Frunzo el ceño y la fulmino seriamente con la mirada.

—Teddy.

—¿Sí? —pregunta con la voz un poco temblorosa ante la severidad de mi tono.

Ya vuelve a cubrirse con los brazos. Y dale con ese maldito instinto cohibido que tiene de esconder tanto el cuerpo como pueda. Lo odio, joder. Quiero verla entera. Y eso también lo odio.

Suavizo la dureza de mi voz, pero no la intensidad de mis palabras al decirle:

—No quiero volver a oírte hablando así de ti misma, ¿entendido? Eres perfecta tal y como eres.

Arquea las cejas y, sorprendida, separa esos labios rosados que tantas veces he fantaseado con saborear.