Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 6. Teddy
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6. Teddy

Teddy

Asomo la cabeza por la puerta de la habitación y dejo la luz del pasillo encendida para iluminar un poco el cuarto de Dalton.

Tiene su pelo castaño enmarañado, pero duerme plácidamente.

Cierro la puerta con tanto sigilo como la he abierto y echo a andar hacia la habitación que comparten Penny y Bea, aunque esta última acabe pasando la mayoría de las noches en la cuna que tengo al lado de mi cama.

Penny está fritísima, tumbada en diagonal sobre su nueva cama de niña grande que mi hermano me ayudó a montar la semana pasada.

Eligió ella misma las sábanas y la colcha nuevas (de dinosaurios de arcoíris, por supuesto). Por fin duerme mejor.

Y ahora que ya no duerme conmigo y ha vuelto a dormir en su cama, yo también estoy durmiendo mejor. Por fin.

Bea se despertará en un par de horas reclamando su dosis de medianoche, pero, de momento, me contento con dejarla dormir en la cuna. A lo mejor puedo pegarme una ducha de agua fría y quitarme el sudor y la mugre del día.

Sky Ridge (Washington) ha alcanzado temperaturas récord esta semana. Y, según los meteorólogos, no tiene pinta de que vaya a amainar pronto.

Me meto en el baño, dejo el vigilabebés en el lavamanos y abro el agua de la ducha para dejar que se entibie un poco.

Me desnudo y tiro la ropa sudada y arrugada en la cesta de la ropa sucia.

Está a rebosar, pero estoy demasiado ocupada para ponerme a lavarla esta noche.

Tener que hacer la colada siendo madre de tres críos (¿cómo puede ser que los recién nacidos ensucien tanta ropa en un solo día?) es un no parar.

Si existe el Infierno, seguro que consiste en montañas y más montañas de ropa minúscula por lavar durante toda la eternidad.

Una vez delante del espejo, no puedo evitar criticar todas las formas en las que me ha cambiado el cuerpo desde que di a luz a Dalton.

Se me han ensanchado las caderas y tengo más grasa en el tronco de la que me gustaría.

Cuando me siento, la celulitis se me marca en mis gruesos muslos, aunque con el autobronceado parecen finos y lisos.

Me paso las manos por las costillas y por la barriga; ese vientre de mamá sigue siendo una piedra en el zapato.

Recorro una de las estrías más perceptibles que tengo en la parte derecha del ombligo.

Esa fue cortesía de Penny y ya nunca desapareció; ni esa ni la infinidad de estrías más que acumulé con el embarazo de Bea a principios de este año.

Suelo tener unos pechos bastante pequeños, pero la lactancia me los ha llenado más (y también me pesan más). Cierro los ojos y suspiro.

Sacudo la cabeza para no ponerme más de bajón. Me quito las gafas de montura clara y las dejo en la encimera, al lado del vigilabebés. Me meto en la ducha y dejo que la tibieza del agua me refresque tras esta jornada tan calurosa.

«Ufff... Menudo día».

Hay días fáciles, en los que me relajo y disfruto de la falsa convicción de que puedo hacer esto sola. Otros... mis hijos se comportan como verdaderos herejes incivilizados. Esos días suelo llorar hasta quedarme dormida, porque es muy complicado, leches.

Mientras el agua me resbala por los dedos, bajo la vista al anillo sencillo de oro blanco que todavía llevo en la mano izquierda.

Me quité el de prometida hace dos meses y lo guardé en el joyero de la cómoda, pero no soy capaz de quitarme la alianza.

Todavía no. Hace que todo sea demasiado real.

Si me la quito, no me quedará más remedio que admitir que Logan se ha ido.

Que por más que yo lo desee, ya no volverá a entrar por la puerta de casa.