Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 5. Teddy
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5. Teddy

Teddy

Tres meses después

Después de que la minidiablilla de mi hija de tres meses la haya tirado en un ataque de rabia, esa botella de oro líquido (mi leche, que tanto esfuerzo me ha costado bombear a mano) acaba saltando de la sillita del coche que llevo colgando del antebrazo.

Miro cómo rueda bajo los estribos de mi monovolumen y desaparece.

Cierro los ojos con fuerza, inhalo para tranquilizarme y suelto el aire despacio.

—No te preocupes, mami. Yo lo cojo —dice Dalton con ternura.

Se pone a cuatro patas y pesca el biberón de detrás del neumático derecho trasero del monovolumen. Gracias a los dioses, el tapón no ha saltado, de modo que la tetina no se ha manchado ni ensuciado. No voy a tener que tirar todo el contenido por el desagüe cuando entremos.

Como tenga que tirar aunque sea un poco más de ese sustento que tanto me cuesta conseguir, igual me echo a llorar.

Me subo la sillita de Bea hasta el codo y me cuelgo la bolsa de pañales en el otro hombro. Dalton mete el biberón en el bolsillo lateral. Le sonrío y le digo:

—Gracias, peque. ¿Puedes darle la mano a Penny?

—No nesesito cogerle la mano a Talton —se queja Penny. Se cruza de brazos y se esconde las manos bajo las axilas mientras fulmina a su hermano mayor con la mirada—. Ya soy mayor, mami.

Suspiro y me froto el entrecejo con el dedo índice y el corazón. Tengo un dolor de cabeza de mil demonios, pero ser madre es un trabajo a tiempo completo.

Y sobre todo si eres madre soltera de tres niños de menos de nueve años.

—¿Me prometes que no saldrás corriendo hacia el arroyo? —le pregunto.

Miro a mi hija, a sus grandes ojos color chocolate, y le dedico la mejor «mirada-con-segundas» de madre que sé.

Vuelvo a colocarme la sillita de Bea en el brazo. Por el amor de Dios, cuánto pesa la niña.

—Lo pometo .

Suspiro de nuevo y me giro hacia la entrada empedrada que da a nuestro lado de la casa. Pongo mala cara al ver lo alta que está la hierba de nuestro jardín delantero y suspiro. Tengo que cortar el césped, pero ya. Y arrancar las malas hierbas. Pfff.

Cuando llego a la terraza empedrada que tenemos delante de la puerta, Penny suelta un grito estridente, ríe con voz aguda y echa a correr.

—¡Penny! —grito dejando que la bolsa de los pañales me caiga del hombro. Dejo la sillita en la terraza y echo a correr tras mi hija—. ¡Dalton, quédate con Bea!

Joder, qué poco en forma estoy... Echo a correr a toda pastilla por el lateral de la casa, refunfuñando.

Mi hija mueve sus cortas piernas tan deprisa como puede para llegar al arroyo y el pequeño cobertizo que hay justo al lado: su nuevo lugar favorito desde hace unas semanas.

El arroyo en sí no es profundo, pero hay una parte que, cuando llueve, se vuelve más honda.

A pesar de que hace semanas que no llueve, me basta con imaginarme a Penny acercándose allí para que el corazón me vaya a mil.

—¡¡¡Penelope Louise!!! —vuelvo a gritar mientras hago un sprint .

Justo cuando está a punto de poner los pies en el agua, una figura sale de detrás del cobertizo y la coge por la cintura, apartándola del agua y alzándola en el aire.

Me detengo de una forma embarazosamente extraña, jadeando. Me doblo y me apoyo las manos en las rodillas mientras respiro pesadamente, en un intento por recobrar el aliento. Madre bendita, menuda humillación.

—Bueno, no es lo que quería pescar, pero voy a tener que conformarme...

Se me ha ido soltando el pelo del moño despeinado en el que me lo había recogido.

Soplo para apartarme el mechón solitario que me cae por delante de la cara mientras me yergo y levanto los ojos hacia el hombre que tengo a tres metros.

«Dios, ¿por qué tenía que estar él aquí justamente hoy? Y con estas pintas, además».

Xander sujeta a Penny como si fuera un saco de patatas con ese brazo descomunalmente musculado, y cuando le hace cosquillas en la parte de la tripa que le ha quedado al descubierto a mi hija, esta suelta una risa estridente.

Le cae la cabeza por el pecho de Xander y empieza a patalear a diestro y siniestro al aire, por encima de la cabeza de nuestro vecino.

Yo sacudo la mía. «Hay que ver, Penny... ».

—Oye, pues igual te dejo que la cocines... —refunfuño mientras acabo de acercarme los pocos metros que quedan.

Soy dolorosamente consciente de que los shorts de ir en bici de color lila ciruela se me han subido por mis gruesos muslos.

Y la camiseta Lainey Wilson de corte holgado se me aferra al pecho y a esta barriga mullida que no se va; he aquí el souvenir que menos me gusta de haber dado a luz a mis hijos.

Vuelvo a subirme las gafas por el puente de la nariz y sacudo la cabeza.

—¡No! ¡No quiero que me cosine ! —lloriquea Penny, agitándose otra vez.

La risa grave que se le escapa a Xander del pecho es profunda y liviana.

Hoy lleva su barba oscura desaliñada, un poco más larga de lo habitual.

Va vestido con unos vaqueros que no deberían quedarle tan bien y una camiseta de la brigada de Sky Ridge que parece vieja y gastada y a la que le ha cortado las mangas.

Tiene el pelo grueso y un poquito demasiado largo; igual debería cortárselo. Es absurdamente atractivo.

Que yo no me he fijado en eso, eh. Nop. Qué va.

Es intocable. Intocable nivel: chillonas señales de advertencia de neón y bocinazos bien fuertes. Sobre todo, cuando me mira así.

Desvío la atención de nuevo hacia Penny, que sigue dando patadas frenéticamente por encima de la cabeza de Xander.

—Bueno, entonces igual no deberías haberte escapado corriendo después de pro-me-ter-me que no lo harías. Ya hemos hablado de esto, señorita.

Alargo el brazo y cojo a la traviesa de mi hija por la cintura mientras Xander la acomoda en mis brazos.

Deja la mano entre la barriga de Penny y mi pecho y yo me pongo más roja que un tomate.

«Ay, Dios... ¿Estoy sudada? Claro que estoy sudada, si estamos a treinta y dos grados.

¿Lo notará Xander? Pfff, espero que no».

Hace un calor abrasador. Las temperaturas de finales de verano son brutales y el pequeño sprint que he tenido que pegarme para llegar hasta aquí no ha ayudado, seguro.

Xander aparta la mano de entre mi cuerpo y Penny, que sigue moviéndose, y yo me obligo a contener el suspiro de alivio que casi suelto cuando se aleja un poco. Señala la parte trasera de la casa con la barbilla y dice:

—Anda que no estás ocupada ni nada, con esta de aquí.

Gruño mientras me subo un poco a Penny, que sigue colgando bocabajo. Mi hija vuelve a reír y yo no puedo evitar sonreír y poner los ojos en blanco. Echamos a andar hacia casa.

—Ocupada y encantada —me río con picardía.

Es mi respuesta habitual. Porque es lo que dice todo el mundo cuando me ve con los niños.

Doblamos la esquina y veo a Dalton sentado en los peldaños de la terraza, meciendo la sillita de Bea.

Está jugando con ella al escondite: Dalton se tapa la cara y la niña gorjea; ha empezado a hacerlo hace poco.

Se me derrite el corazón. Es el mejor hermano mayor del mundo.

Xander carraspea.

—Si alguna vez necesitas algo, no dudes en decírmelo, por favor —insiste en voz baja.

El peso que notaba en los hombros regresa a mí, como siempre. Quiero tocarme la alianza que llevo en la mano izquierda, pero me contengo. Trago saliva para deshacerme del nudo que siento en la garganta y respondo:

—Xander, estamos bien. Igual que la última vez que me lo preguntaste. Cal, Scottie y los Hansen vienen a menudo para ver cómo estamos.

Clava sus increíbles ojos en los míos durante lo que parece una pequeña eternidad (para no variar), como si estuviese intentando atravesarme el alma.

Nada puedo hacer para evitar que se me sonrojen el pecho y las mejillas.

Es tan impíamente atractivo que no puedo sino aguantarle la mirada.

A pesar de que en mi pecho habite un corazón marchito y por más que yo misma haya estipulado esa norma de no volver a salir con nadie nunca más, sigo teniendo ojos y sé apreciar a un atractivo portento de hombre.

—Gracias por pescarme a esta fugitiva —digo con cierta torpeza y con un tono áspero y extraño en la voz. Me suben los colores de nuevo y le aparto la mirada a Xander—. Te juro que cumple con todo lo que se dice por ahí del hijo del medio.

Vuelve a reír y se hunde las manos en los bolsillos de los vaqueros. Yo giro a Penny para que vuelva a quedar en una postura normal y la bajo. Aun así, le agarro la mano con fuerza a mi hija.

—Bueno, la oferta sigue en pie. Como siempre —insiste Xander.

Bajo la vista hacia Bea, que continúa en la sillita y a quien por fin ya se le están llenando las mejillas.

No puedo evitar sentirme eternamente agradecida por el hombre que vive en la casa de al lado.

Aunque ahora mismo preferiría que se me tragase la tierra para así no tener que volver a hablar de esa noche nunca más.

Ni tener que reconocer que puede que tenga un minúúúsculo flechazo con él. Total, ¿qué más da?

—Gr-gracias —musito con la voz temblorosa. Vuelvo a bajar la mirada—. Eh... Bueno, debería entrar a los niños...

Xander asiente, le tiende el puño a Dalton y este se lo choca y lo mira con una sonrisa de oreja a oreja. Me quedo mirando a Xander igual de fascinada que siempre mientras él le guiña un ojo a mi hijo, señala a Penny con un dedo y dice:

—Deja de escaparte de tu mamá. Sé que te ha dicho que no te acerques a ese arroyo. Podrías hacerte daño.

Penny asiente con sus grandes ojos marrones bien abiertos.

Xander se agacha delante de la sillita de Bea y le sonrío.

Juro que me basta con mirarlo para que casi me estallen los ovarios, que llevan muchísimo tiempo mustios.

La bebé mueve los brazos como loca y se le dibuja una amplia sonrisa desdentada en su cara minúscula.

—Madre mía, señorita Bea... ¡Cómo creces!

Xander gira la cabeza sin moverse de ahí y la levanta para mirarme con una sonrisa igual a la de mi hija en los labios. Tiene los dientes perfectamente alineados y blancos; he aquí otra patada en el estómago. ¿Por qué es tan asquerosamente guapo?

—Buen trabajo, Teddy.

Dios, la forma en que pronuncia mi nombre es embriagadora.

La grave y rasposa vibración de su voz surte cierto efecto en mi interior, provoca que se me acelere el corazón y despierta partes de mí que tenía olvidadas desde hace casi un año.

Hace tanto tiempo que no oigo a un hombre pronunciar mi nombre con un tono tan grave y áspero...

Hay días en los que se me olvida que tengo un nombre más allá de las variaciones de «mamá».

Aturullada con mis pensamientos y rezando para que Xander no pueda leérmelos en la cara porque estoy absurdamente roja, no puedo sino asentir y esbozar una media sonrisa temblorosa que parece forzada como la que más.

Él se levanta y se endereza. Casi no le llego ni al hombro y tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo; sobre todo, ahora que está tan cerca.

Asiente una última vez y, acto seguido, su alta figura desaparece por el tabique que separa su mitad de la casa de la nuestra.

El corte casero que le ha hecho en la camiseta deja a la vista sus hombros musculados y su espalda.

—Eh... Mamá. Lo siento mucho. No me he dado cuenta hasta que has salido corriendo detrás de Penny. —La voz de Dalton me devuelve al presente y bajo la vista hacia él, curiosa. Sujeta la bolsa de pañales en alto y añade—: Cuando se ha caído el bibe, ha saltado la tapa y se ha ensuciado.

Suspiro y le acaricio la mejilla a mi hijo con ternura.

—No pasa nada, peque. Estas cosas pasan...

Sigo a Dalton y a Penny y entro en casa con Bea, que sigue en la sillita del coche. Intento no llorar mientras tiro esos casi doscientos mililitros de leche materna por el desagüe.