Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 4. Teddy
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4. Teddy

Teddy

Tengo los acontecimientos de la semana pasada borrosos y dolorosamente claros, todo a la vez. Xander llevó a Dalton y a Penny al hospital en mi monovolumen, siguiendo a la ambulancia en la que íbamos la bebé y yo, y aguardó en la sala de espera con mis hijos hasta que Cal le dio el relevo.

Los padres de Logan llegaron al hospital poco después que mi hermano, y Colleen, mi suegra, se va a quedar un par de semanas con nosotros para ayudar.

Cuando ha llegado Violette hace un rato, mi suegra ha salido a hacer algunos recados para dejarnos disfrutar de un rato de chicas y que los niños jugaran.

Hoy, Vi ha sido mi salvadora. Les ha traído unos Happy Meal a Dalton y a Penny y me ha dejado comer toda una ración de deliciosas patatas fritas saladas mientras aún estaban calientes.

Mi amiga ha aprovechado para achuchar a Bea que, por increíble que parezca, ya tiene una semana.

Tanto Violette como su hija Hollie se han ido hace nada.

Dios, si es que les debo tanto a todos...

De no ser por Colleen o Vi, no podría con todo esto.

Cal llamó a la mañana siguiente de mi parto domiciliario de emergencia para contarme que los habían destinado a Wyoming para ayudar con un incendio, de modo que se han pasado la última semana fuera.

Aun así, esto no ha impedido que mi hermano me haya mandado mensajes a diario y me haya pedido fotos de la bebé para farolear, por supuesto.

Vi me ha dicho que, según Rowan (que, por lo visto, se muere de ganas de volver a trabajar tras el accidente), la brigada regresará esta noche.

No he visto a Xander desde la tarde en que nació Bea, cosa que me parece ideal.

Después de eso, creo que no voy a ser capaz de volver a mirar a ese hombre a la cara nunca más.

Por más que me encantaría sufrir un poco de amnesia y ahorrarme los momentos de mortificación que siguen tragándoseme entera cada vez que me acuerdo de lo ocurrido ese día, todavía no se ha dado el caso.

—Ay, Dios... —me quejo y hundo la cara en la mano.

El hombre está de buen ver (de muy buen ver) y no solo presenció el parto de mi hija, sino que, además, lo asistió. Tooodo ahí para que él lo viera. Fantástico. El pobre hombre debe de haber quedado traumado de por vida.

Ni confirmo ni desmiento estar con la vista puesta al otro lado de la ventana para ver si aparece una camioneta negra en la entrada y así evitar al absurdamente sexi de mi vecino hasta el fin de mis días.

«Veo la cara que se te queda cuando hablas de todo lo que hace por ti. Creo que el hecho de que fuese él quien viniera a tu rescate fue cosa del destino».

Ahora no paro de oír las palabras que me ha dicho antes Violette mientras conversábamos. Maldita Vi. A mí no se me queda ninguna cara.

En serio.

Bueno, a ver, no del todo.

Lo que pasa es que está de buen ver. Y es muy majo y amable y odiosamente bueno con mis hijos. Además, seguro que estoy así de sensiblona por culpa de las malditas hormonas posparto.

¿Verdad?

Abrazo a mi bebé para notar su cuerpo minúsculo contra el mío y me la acurruco contra el pecho mientras echo a andar por la cocina con sus tres quilos doscientos a cuestas. Tiene el mismo pelo marrón claro que Dalton y Penny, y los mismos ojos oscuros, también.

Le doy un beso en el pelo e inhalo ese aroma de bebé mientras las lágrimas me inundan los ojos. Vuelvo a subirme las gafas por el puente de la nariz y me seco la humedad que me resbala por la mejilla.

Logan se aseguró de seguir a mi lado. Con todos nuestros hijos. Los tres han salido con su pelo y el mismo color de ojos marrón chocolate.

Es como si mis genes ni siquiera hubiesen intentado esmerarse lo más mínimo.

Se me escapa una especie de risa; sin embargo, noto una punzada de dolor en el vientre y hago una mueca.

Me llevo a Bea conmigo, me siento despacio en la esquina del sofá y pongo los pies en alto.

Me alegra poder anunciar que ya vuelvo a tener tobillos y unos dedos de los pies que no parecen salchichas.

Es una pequeña victoria, pero algo es algo. Bienvenida sea.

Todavía no me he permitido mirarme en el espejo desnuda; no estoy del todo preparada para pegarle semejante revés a mi autoestima. Mi cuerpo está hecho de otra pasta; siempre lo ha estado.

No me malinterpretéis, he aprendido a agradecer todo lo que ha hecho este cuerpo por mí. Ha gestado y dado a luz a tres bebés preciosos y sanos. Pero estoy bastante segura de que el vientre de mamá que tengo me acompañará de por vida. Yupi.

Me llega el ruido revelador del motor de una camioneta y me hundo en el sofá como si así pudiera evitar que me viera el dueño de dicho vehículo.

Como si el hombre tuviera visión de rayos X y pudiera atravesar paredes con la mirada o algo por el estilo.

Oigo el sonido metálico de la puerta del coche al cerrarse y luego el chasquido sutil de su puerta de entrada.

Hay un momento de silencio. Después de jugar con Hollie, Penny se ha quedado frita, y Dalton está en su cuarto. Con Bea dormida en mi pecho, casi me duermo yo también; sin embargo, oigo que llaman a la puerta y me activo de un sobresalto.

Me impulso para levantarme despacio y sin soltar a Bea, voy hacia la puerta y abro.

Encuentro a Xander en el porche, con un ramo de flores y una bolsa de cartón en la mano.

Parece que acabe de salir de la ducha; lleva el pelo mojado y las puntas sutilmente rizadas, y va con unos vaqueros limpios y una camiseta que parece haber visto días mejores.

Está guapísimo, cómo no.

Y yo soy dolorosamente consciente de que cuando he salido de la ducha no me he maquillado y me he recogido el pelo en el moño más despeinado del mundo.

Voy con unos pantalones de pijama holgados y una sudadera holgada.

Las gafas tienen un borrón en una esquina de la lente porque estaba demasiado cansada para limpiarlas.

«La alta costura de las madres» en todo su esplendor. Casi vuelvo a reír por lo bajo. Pfff.

—Aquí están las dos chicas más guapas de Sky Ridge —dice en voz baja, desviando la vista hacia la bebé que llevo acurrucada contra mi pecho.

Me sonrojo y pongo los ojos en blanco. Menuda tontería.

—Hola, Xander —murmuro, y le acaricio la espalda a Bea.

—¿Cómo estáis? —Señala a mi hija con la barbilla—. ¿Te encuentras bien? No hice nada que os hiciera daño a ti o a la pequeña, ¿no?

Sonrío y niego con la cabeza mientras me echo un poco a un lado.

—Estamos las dos de maravilla, gracias. No habría sabido qué hacer sin tu ayuda. ¿Quieres pasar?

Entra y cierra la puerta tras de sí. Me sigue hasta la cocina y deja el ramo de flores y la bolsa de cartón en la encimera.

—Mi madre dice que lo mejor que se le puede traer a una mujer que acaba de dar a luz es comida casera. Mi mejor alternativa ha sido un sándwich completo del Leo’s. Cal me ha dicho que es tu favorito.

—¿Con pepinillo encurtido cortado en cuartos? —pregunto sonriente.

Él asiente. Como también sonríe, se le arruga la piel alrededor de los ojos y le aparece un pequeño hoyuelo en una de las mejillas, aunque queda parcialmente escondido bajo su barba oscura.

Noto el aleteo sutil de unas minúsculas mariposas que todavía no están preparadas para alzar el vuelo en el corazón.

—¿Quieres cogerla?

Xander alterna la vista entre mis ojos y la cabeza de Bea, que tengo apoyada bajo mi barbilla, y asiente.

Cojo a mi diminuta hija con las manos y la giro antes de colocársela en los brazos.

Parece tan pequeñita en comparación con los brazos musculados y las manos grandes de Xander que las lágrimas vuelven a mí y me escuecen los ojos mientras él se inclina y le tararea algo en voz baja.

Bea no sabrá lo que es tener un padre.

Me apresuro a secarme la lágrima que me resbala por la mejilla y me giro para quedar de espaldas a él.

No quiero que Xander me vea desmoronándome.

Tengo que ser fuerte. Por mis hijos, aunque sea.

Como Cal o él piensen que no puedo cuidar de mí misma o de mis hijos, no me dejarán ni a sol ni a sombra.

—¿Quieres comerte el bocadillo mientras la sujeto? —sugiere a mis espaldas.

Asiento, voy hacia la encimera y saco ese contundente sándwich completo de la bolsa.

—Siéntate, Teddy. No hace falta que comas de pie.

Me llevo el bocadillo y el pepinillo encurtido hacia la otra punta de la encimera de la cocina y me siento en uno de los taburetes. Al notar un tirón en la parte baja del estómago, hago una mueca y siseo.

Xander se me acerca enseguida y me apoya una mano en la espalda sin dejar de sujetar a Bea con firmeza con el otro brazo.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo?

—Sigo un poco dolorida, pero ya está —susurro muerta de vergüenza mientras me acomodo en la silla. Mis ojos encuentran los suyos, pero le aparto la mirada enseguida, tímida—. Estoy bien, en serio. Es solo que me he movido un poquito más deprisa de lo que debería. En una semana ya estaré como nueva.

Xander regresa hacia el otro lado de la encimera para seguir de pie en la cocina, meciéndose despacio para acunar a Bea. Le pego un mordisco al bocadillo y gimo ante la esponjosidad de ese pan recién hecho y la salsa gourmet . Él ríe con discreción y yo me sonrojo de nuevo. Mecagüen...

—Está riquísimo. Muchas gracias —le digo—. Y tu madre tiene razón. Buenísima idea.

—De nada. Necesitaba una excusa para venir a ver cómo estaba la pequeña. Y para ver cómo estabas tú —añade mirándome—. ¿Seguro que estás bien? Estaba preocupadísimo por si os había hecho daño...

Niego otra vez con la cabeza mientras me limpio la comisura del labio con una servilleta.

—Estamos bien, de verdad. Lo hiciste todo bien. No hace falta que te preocupes por mí, Xander.

Él traga saliva con fuerza sin apartarme la mirada y responde:

—Claro que hace falta.

Pestañeo repetidamente sin apartarle la mirada. Al oír la aspereza de sus palabras, me ha cortocircuitado el cerebro.

Y me saltan las alarmas. Estamos adentrándonos en terreno pantanoso. Mi corazón está cerrado. Es decir, para siempre. Xander debe de saberlo, ¿verdad? Niego para mis adentros. Se me está yendo la chaveta. Xander solo está siendo amable. Porque es mi vecino. Y el mejor amigo de mi hermano.

Le doy otro mordisco al bocadillo y, cuando Bea se mueve en sus brazos, rezo en silencio. Me levanto, rodeo la esquina y cojo a la niña.

—Hmmm, debe de tener hambre —susurro sin demasiada convicción y con la vista baja para no cruzar miradas con él—. Gracias por el bocadillo. Y por las flores.

—Si necesitas algo...

—Lo sé —respondo con un hilo de voz, y lo miro a los ojos mientras se aleja—. Gracias, Xander.

Acto seguido, Xander se acerca y le pasa los nudillos por la mejilla a Bea una única vez.

Cuando le deja un beso en el pelo, me escuece la nariz llena de lágrimas y cierro los ojos con fuerza.

«Mierda». Necesito que Xander se vaya. Necesito que se vaya para así fortificar los muros alrededor de mi corazón frágil e hipersensible.

Solo es eso. Tengo las hormonas del embarazo descontroladísimas, claramente.

Además, hice una promesa. A mí y a mis hijos.

—Teddy.

Sacudo la cabeza y doy un paso atrás. No sé qué quiere decirme, pero no puedo oírlo. Trago saliva para deshacerme del nudo que noto en la garganta y pestañeo para que desaparezcan las lágrimas.

—Tengo que darle el pecho —le susurro casi desesperada—. Igual deberías irte...

—De acuerdo —murmura con delicadeza, casi dubitativo, antes de desaparecer por la puerta.

Cuando esta se cierra tras de Xander, dejo caer la cabeza hacia atrás y clavo la vista en el techo para inhalar profunda y temblorosamente.

Mi marido lleva solo seis meses muerto... Me centro en acordarme de la cara dulce y bonita de Logan. En cómo le centelleaban esos ojos color café cuando me miraba; lo cariñoso y pasional que era cuando me hacía el amor...

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, su rostro se vuelve cada vez más y más lejano; el rostro que conocía como la palma de mi mano se ha vuelto borroso.

Es como si intentase mirarlo a través de un cristal empañado; siempre se me escapa como volutas de humo.

Tengo fotos suyas por toda la casa; para mí, para Dalton y para Penny.

Dalton tiene una foto de Logan enmarcada al lado de la cama; es del último partido de béisbol al que fue a verlo.

Dalton hizo un home run , su primer home run , y lo celebramos sacando una foto y yendo a tomar helado al terminar el partido.

A mi hijo se le había caído una pala, pero sale sonriendo de oreja a oreja, feliz, mientras sostiene la pelota del home run en alto.

Logan le envuelve los hombros con los brazos, y su enorme y orgullosa sonrisa lo dice todo; demuestra cuánto quería a sus hijos.

Me hundo en la esquina del sofá y tumbo a Bea bocarriba el tiempo suficiente para quitarme la sudadera por la cabeza y echarla a un lado. Me bajo un lateral del top, vuelvo a coger a mi hija en brazos y guío su boca perspicaz hacia mi pecho. Empieza a succionar. Suspiro y cierro los ojos.

Al abrirlos, me encuentro con la foto de nuestra boda al otro lado del salón, en el soporte del televisor.

Éramos unos críos. Éramos muy jóvenes y no teníamos preocupación alguna, igual que tampoco teníamos ni idea de lo que nos deparaba el futuro.

Del poco tiempo que tendríamos juntos. A pesar de nuestra absurda ingenuidad y de algún que otro momento complicado, diez años de matrimonio no fueron suficientes.

Yo quería más tiempo. Y detesto lo cruel que fue el destino al arrebatármelo.

Al arrebatarnos a Logan a todos nosotros.

Al arrebatárselo a Dalton, a Penny y a Bea.

Ahora tendrán que crecer sin su padre. Y la culpa es mía.

Bueno, nadie me culpa; solo yo. Fue un maldito accidente, algo que nadie habría podido predecir o evitar. Una crueldad del destino.

Al igual que es otra crueldad del destino poner delante de mí al atractivo e infinitamente amable Xander a sabiendas de que yo nunca morderé el anzuelo. Es un violento recuerdo de lo que ya nunca volveré a tener.

Nunca volveré a salir con nadie. Y punto.

Me lo prometí el día que enterré a Logan.

Mis hijos han perdido a su padre; no pienso condicionarlos a que vuelvan a perder a una figura paterna.

No permitiré que vuelvan a experimentar semejante dolor nunca más.

Aunque para eso tenga que quedarme soltera hasta que sea vieja y me haya marchitado y la soledad que habita en mi alma lo haya teñido absolutamente todo de gris.

Mis hijos serán mi alegría, mi luz. Y tendrá que bastar con eso.

Yo me aseguraré de que baste. No me queda otra.

«Que Xander viniera a mi rescate no fue cosa del destino, Vi», pienso para mis adentros. El destino se ha asegurado de que nunca pueda estar con Xander. Porque yo misma he estipulado esta norma.

Porque Xander es bombero de élite en Sky Ridge. Es su trabajo.

Y yo nunca volveré a estar con alguien que arriesgue la vida en el trabajo.