Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 3. Xander #2
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3. Xander #2

—Parece que están a cinco minutos —responde ella.

Suelto un taco y miro a Teddy. No le aparto la mirada de la cara.

—No llegarán a tiempo —musito, y me arrodillo delante de Teddy—. Eh, lo estás haciendo genial. —Ella sacude la cabeza y solloza—. Teddy, mírame, cielo...

Teddy levanta los ojos, que parecen pozos de plata, y me mira mientras me coloco entre sus piernas. Tiene las rodillas flexionadas. Le pongo una toalla doblada bajo el culo, dejo otra al lado y le sonrío. Ya veo la cabeza del bebé.

—Vamos a sacar al bebé, ¿vale? Hace muchísimo tiempo que no lo hago, pero me he formado, ¿de acuerdo? ¿Confías en mí?

—No puedo hacerlo... —lloriquea con un hilo de voz y moviendo la cabeza contra los cojines. Sigue cerrando los ojos con fuerza, pero las lágrimas continúan bajándole por las mejillas y se pierden por su melena rubia oscura—. Él tenía que estar aquí...

Le cojo la mano y se la aprieto con dulzura.

—Teddy, escúchame, sí que puedes hacerlo. Lo has hecho superbién. Vamos a sacar al bebé y luego te llevaremos al hospital, ¿de acuerdo? Quiero que empujes con la siguiente contracción. ¿Puedes hacerlo?

Niega con la cabeza, pero, al cabo de unos segundos, le entra otra contracción y se encoge por pura reacción, a la vez que yo me arrodillo a sus pies.

—Muy bien. Otra más y ya tendremos al bebé fuera. Solo una. Vamos allá...

Se le escapa otro grito agónico de los labios y yo cojo a ese minúsculo y movedizo bebé con la toalla que he preparado.

Le paso el dedo por los labios a la criatura para limpiarle las vías respiratorias y lo giro antes de darle unos golpes en la espalda.

Tras el segundo más lento de mi vida, el bebé se pone a llorar a pleno pulmón.

Teddy solloza y se ríe a la vez mientras le paso a la niña, apoyándola en el pecho de su madre.

—Lo has conseguido —la alabo en voz baja y me inclino para apartarle el pelo de la cara a Teddy.

Está sonrojada y las lágrimas siguen resbalándole por las mejillas, pero ahora me mira con los ojos centelleantes. Y yo me pierdo en su mirada. Me pierdo... Y me resulta imposible apartarle la vista.

—Eres una campeona.

Traga saliva con tanta fuerza que se le mueve la garganta. Abre la boca para hablar...

Y llaman a la puerta de entrada. Le aparto la mirada a Teddy y la desvío hacia la puerta del baño. Oigo que abren la principal antes de que una voz masculina diga:

—¿Superintendente Macomb?

—Estamos en el baño del fondo —respondo intentando no gritar demasiado, por respeto a la minúscula criatura que tiene Teddy en brazos.

Oigo el revelador sonido de la camilla mientras atraviesan el salón y avanzan por el pasillo—.

Los de emergencias ya han llegado, Teddy.

Vamos a subiros a la camilla y os llevaremos a las dos al hospital.

—¿Y mis hijos? —pregunta en un susurro, abriendo sus ojos grises y mirando alternativamente a los míos—. No puedo dejarlos...

—Nosotros os seguiremos —la tranquilizo con amabilidad, cogiéndole la mano que tiene alrededor de la toalla con la que he envuelto a la recién nacida.

Levanto la vista hacia la persona que acaba de entrar por la puerta de la habitación.

No puedo evitar suspirar aliviado. Me alegro de que Prescott (Scottie, la novia de Cal) sea uno de los técnicos en emergencias sanitarias que ha enviado Laurel.

Me aparto de en medio y me pongo al lado de Teddy para dejar pasar a Scottie.

Teddy me aprieta los dedos con fuerza, como si ella tampoco quisiera soltarme la mano.

—Hola, reina —murmura Scottie arrodillándose al lado de Teddy, que suelta un delicado sollozo al ver esa cara amiga y familiar. Me escuece la nariz, llena de lágrimas. Scottie sonríe a Teddy de oreja a oreja y le susurra con devoción—. ¡Mira qué bien lo has hecho!

—¿Puedes llamar a Cal, porfa? ¿Y a lo-los padres de Logan para que uno de los dos pueda cuidar de Dalton y Penny...? —tartamudea Teddy.

Se le rompen las palabras al llorar y yo le aprieto la mano con fuerza. Teddy le aparta la vista a Scottie y me mira a mí.

—Eh, cielo, está todo controlado, ¿vale?

Os seguiremos directos al hospital —repito en voz baja, mirándola fijamente y deteniendo el aluvión de palabras que le salen de la boca.

Vuelvo a apretarle la mano—. Teddy, sé que todo esto te asusta y que has tenido que hacerlo todo por tu cuenta, pero ya no estás sola, ¿de acuerdo?

Las lágrimas le centellean en la mirada mientras asiente con suma discreción.

Tiene los labios apretados y, ahora que la adrenalina ha cedido un poco, atisbo el dolor que se esconde en su rostro.

Le hago un único gesto con la cabeza a Scottie y a Matthew, su compañero de trabajo, y vuelvo a centrar la atención en Teddy.

—No estás sola, cielo —le recuerdo—. Estamos aquí mismo.

Quiero reconfortarla de alguna manera. Abrazarla.

Hacer que se dé cuenta de que no, no está sola.

Porque yo estoy aquí mismo. Joder, si es que me alegro de haber vuelto a casa en lugar de haberme ido al Shifty’s.

Le aprieto la mano a Teddy una última vez y, acto seguido, pierdo la batalla interna que estaba librando conmigo mismo y me agacho para darle un beso en su cabellera rubia.

Cierro los ojos con fuerza un segundo y vuelvo a abrirlos al separarme.

—Estoy orgullosísimo de ti, Teddy —musito con ternura. Le sonrío y el desgraciado de mi corazón se pone a latir desbocado por esta mujer, tan valiente e increíble—. Lo has hecho genial, cielo. Jodidamente genial.