3. Xander
Xander
Hace casi una semana que no estaba en casa. Acabamos de regresar de un incendio en Wyoming. Como ahora somos uno menos porque King sigue de baja, no ha sido tarea fácil, pero prefiero que esté aquí recuperándose a tenerlo ahí fuera con nosotros.
Ya hemos descargado y limpiado los camiones, y casi todo el equipo está de camino al Shifty’s para celebrarlo con una birra o dos.
Mientras conducíamos de vuelta al pueblo, Cal ha llamado a Teddy para asegurarse de que estuviera bien y me ha hecho un gesto con el pulgar para confirmármelo e informarme de que estaba en casa.
Me paso la mano por la cara y hago una mueca al notar el polvo y la suciedad que me cubren la piel.
Me muero de ganas de pegarme una ducha de agua caliente; podría ducharme en las que tenemos en el parque de bomberos, pero prefiero usar la de mi casa.
Así de paso tengo una excusa para ver cómo está Teddy.
Cuando aparco en la entrada, el sol brilla bajo en el cielo y empieza a oscurecer a lo lejos. Me alegra ver el monovolumen de Teddy en su lado de la casa. Veo que tiene las luces de la cocina y el televisor encendidos. Cojo la mochila del asiento del copiloto y salto de la camioneta.
Me muero de ganas de pegarme una ducha de agua caliente, comer y dormir.
Empiezo por ducharme. Dejo la mochila encima de la cama, me meto en el baño y abro el grifo.
Me quito mi asqueroso uniforme de Nomex y me ducho en un santiamén.
Me froto bien para deshacerme de la suciedad, el hollín y la mugre que he ido acumulando a lo largo de la semana hasta que el agua vuelve a caer limpia.
Meto la cabeza bajo el chorro. Cuando oigo un ruido en el piso de al lado, me alarmo y me quedo petrificado.
Presto atención, pero no se oye nada. Debo de habérmelo imaginado.
Apago el agua, salgo de la ducha, pillo una toalla y me seco el cuello y el pelo un poco apresuradamente. Regreso al cuarto, me pongo unos calzoncillos y unos vaqueros y luego cojo una camiseta del cajón y me la paso por la cabeza.
Descalzo, voy hacia la cocina y pesco una cerveza de la nevera. Me la acerco a los labios y le doy un buen sorbo.
Oigo que llaman tímidamente a la puerta, me separo el botellín de la boca y bajo la mano. Vuelven a llamar y, acto seguido, oigo un grito de dolor al otro lado de la pared. Me da un vuelco el corazón y reacciono de inmediato con un nudo en la garganta.
Abro la puerta y me detengo en el acto porque, con las prisas, casi me llevo a Dalton por delante.
Está pálido, con su rostro pueril inundado por el pánico, y las lágrimas le resbalan por las mejillas.
Lleva unos pantalones kaki manchados de algo húmedo y rosado.
Me pongo en cuclillas delante de él y lo cojo por los hombros.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Te has hecho daño?
Dalton niega con la cabeza y traga saliva antes de señalar el otro lado de la casa. Otro grito de dolor retumba bajo la oscuridad. Y ya sé lo que va a decir.
—Es mamá. Ha...
Me levanto y me pongo las bambas. Cojo al niño de la mano y vamos corriendo hacia el tabique que separa su puerta de entrada de la mía. La abro con un empujón, detengo a Dalton en el umbral y le digo con delicadeza:
—Quiero que cojas a tu hermana, te la lleves a la habitación y cierres la puerta, ¿vale? ¿Tienes una tele en el cuarto? ¿Una tablet para que se entretenga?
Dalton asiente y desvía la vista hacia la habitación del fondo mientras oímos otro sollozo. Al darme cuenta de que Teddy tiene los minutos contados, hago una mueca.
—Muy bien, campeón. Voy a ayudar a tu madre. Puedes ser valiente por ella, ¿a que sí? —le pregunto.
El niño asiente. Penny está llorando, así que la cojo en brazos y sigo a Dalton por el pasillo. Dalton se detiene frente a una puerta; dejo a la niña en el suelo y me agacho para preguntarle:
—¿Dónde tienes el peluche? ¿Lo coges y le das un abrazo por mí? —Penny sorbe por la nariz y asiente, cogiéndole la mano fuerte a su hermano. Me levanto, le tiendo el puño al niño y él me lo choca—. Lo harás genial, campeón.
Cierra la puerta y yo continúo andando por el pasillo.
—¿Da-Dalton? —oigo que dice Teddy con la voz débil. Se me encoge el estómago—. ¿Has encontrado mi teléfono, peque?
—¿Teddy? —la llamo con discreción—. ¿Puedo entrar?
—Va-Vale —responde jadeante y con un sutil titubeo en la voz.
Abro más la puerta.
Está de pie en la entrada del baño, intentando limpiar con una toalla el suelo de azulejos que ha manchado al romper aguas.
Tiene los nudillos blancos de lo fuerte que se está agarrando al pomo de la puerta; se dobla y veo cómo su barriga esférica se contrae y se le tensa bajo la tela de la camiseta.
Dios, eso tiene que doler un huevo. Aprieta los dientes y jadea mientras la contracción cede.
—Perdona —musita mirándome—. No sabía que Dalton había ido a buscarte. Le he pedido que fuera a por mi móvil para llamar a una ambulancia.
Me acerco a ella y le sonrío con amabilidad.
—Ha hecho justo lo que debía hacer, Teddy. Ya te pediré yo la ambulancia, o puedo llevarte al hospital o llamar a Cal...
Empieza a negar con la cabeza y la echa hacia atrás en cuanto le entra otra contracción.
No dudo ni un segundo más. Me acerco a ella y me coloco a su alrededor para quedar justo a sus espaldas.
El sonido de su sollozo dolorido se me clava bien hondo.
Teddy tiene la frente sudada y, a pesar de que lleva una camiseta holgada, se le pega a la piel con el sudor.
Al romper aguas, también se le han empapado las mallas.
—¿Puedo? —pregunto antes de tocarla.
Asiente con fuerza y le tiembla el cuerpo mientras la contracción amaina.
Le paso los brazos por los costados, por debajo de los suyos, y le coloco las manos bajo el bulto de su enorme barriga.
Teddy se recuesta contra mi pecho y deja caer la cabeza contra mi hombro mientras le levanto la tripa para aliviarle un poco la presión y el dolor.
—¿Cuánto hace que has roto aguas?
Inhala y exhala por la boca, despacio y de forma metódica.
—¿Diez minutos, tal vez? Estaba bien. Ha sido muy repentino. He venido a por el bolso y he roto aguas. Dalton ha intentado ayudarme a limpiar, pero le he dicho que fuera a por el móvil...
Como sigo aguantándole la barriga y Teddy continúa apoyando todo su peso en mi pecho, noto cómo le viene otra contracción. Vuelve a apretar los dientes y se le escapa otro grito agonizante. Tiembla bruscamente y las lágrimas le resbalan por las mejillas.
—Eso, otra más —le susurro al oído para tranquilizarla—. Voy a soltarte solo un segundo para sacarme el móvil del bolsillo.
Ella vuelve a asentir y yo me llevo el brazo atrás para cogerme el teléfono del bolsillo trasero. Llamo al 911 y pongo el altavoz antes de dejarlo en la encimera del baño. Al cabo de dos tonos, responde una voz familiar:
—Emergencias. ¿En qué puedo ayudarle?
—Laurel, buenas. Soy Xander Macomb. Tengo a una mujer que está de parto; el tiempo entre contracciones parece ser de menos de un minuto y ya ha roto aguas. ¿Puedes enviarnos una ambulancia, por favor?
—Por supuesto. ¿A qué dirección, superintendente?
Hago una mueca al oír ese título; a pesar de que hayan pasado seis años, sigo sin acostumbrarme del todo.
Sin embargo, a Teddy le entra otra contracción y me aseguro de volver a sujetarla bien.
Ahora tiembla con más intensidad, incluso después de que la contracción ceda.
Canto la dirección del tirón y Laurel nos asegura que llegará una ambulancia enseguida. Le pido que no cuelgue.
—¿Cómo te llamas, cielo? —le pregunta.
—Te-Teddy Hansen —logra responder antes de que vuelva a gritar de dolor.
La sujeto con toda la fuerza que me atrevo a ejercer. Como tengo miedo de hacerle daño de alguna forma, me modero un poco.
—¿Hansen? —pregunta Laurel.
Parece sorprendida y yo sé por qué. Puede que Logan no trabajase como paramédico local en este distrito, pero las noticias vuelan; sobre todo, en pueblos pequeños y tan unidos como Sky Ridge y Cedar Valley.
Bajo la vista hacia Teddy y me fijo en cómo le resbala una lágrima por la mejilla mientras ella cierra los ojos con fuerza. Pongo los ojos en su mano izquierda y veo que todavía lleva la alianza en el dedo anular; no se la ha quitado. No la culpo.
—Tiene a dos niños más en casa —le cuento a Laurel cuando la contracción amaina de nuevo, para obligarme a centrarme. Acto seguido, me dirijo a Teddy y susurro—: Teddy, cielo, ¿quieres que llame a Cal?
Niega con la cabeza mientras las lágrimas continúan resbalándole por las mejillas.
—Ni siquiera sabía que ya habíais vuelto. L-los padres de Logan están en Cedar Valley.
Al oír la tristeza que se esconde en su voz, la angustia y la desesperación de su tono, se me encoge dolorosamente el corazón.
Odio que esté aquí sola después de haber enterrado a su marido hace seis meses.
Se me cierra el estómago. Hostia puta...
La abrazo con más fuerza y dejo que apoye todo su peso sobre mí.
—Estoy aquí —le susurro. Tantas emociones hacen que se me cierre la garganta, aunque sé que esas palabras poco significan para la mujer a la que estoy sujetando ahora mismo. Aun así, espero que la ayude, aunque sea un poco—. Apóyate en mí, Teddy.
Aprieta los dientes con dureza y se le escapa un sonido lastimoso y penetrante.
—No puedo. No puedo esperar. Tengo que... —solloza, con las piernas temblorosas.
Se toca débilmente el dobladillo de la camiseta buscando la cintura de las mallas con los dedos. La ayudo con toda la delicadeza que puedo aunar y le bajo las mallas y la ropa interior por las piernas. Ella me agarra los antebrazos con fuerza.
—Teddy, voy a dejarte en el suelo, ¿de acuerdo?
La dejo en el suelo, me levanto y voy hacia la cama. Cojo todos los cojines de la cama y vuelvo corriendo hacia ella para levantarla un poco y que no quede del todo tumbada sobre el duro suelo del baño. Acto seguido, voy directo hacia el lavabo y me lavo las manos.
—Laurel, ¿cómo van? —pregunto, girándome hacia el teléfono.