Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) 2. Teddy
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2. Teddy

Teddy

He decidido que las contracciones de Braxton Hicks son la cosa más inútil y molesta del universo.

Apoyo las manos a cada lado de mi enorme barriga y exhalo con pesadez. No es que sean dolorosas en sí, pero tampoco es coser y cantar.

—¿Estás bien, mami?

Sonrío a mi hijo de ocho años, Dalton, a través del retrovisor.

—Sí, estoy bien, peque. ¿Todo en orden ahí atrás?

Asiente y sus ojos color chocolate encuentran los míos a través del retrovisor.

—A Penny se le ha caído el bibe, pero ya se lo he cogido.

—Eres un superayudante —le digo.

Le dedico otra sonrisa mientras hago marcha atrás y saco el monovolumen del aparcamiento de la tienda de comestibles. Tengo la parte trasera del vehículo hasta los topes; la bebé nacerá en un par de semanas, así que estamos preparándonos y hemos comprado un montón de cosas.

Tiemblo nada más pensar que tengo que entrarlas en casa.

Me duele la espalda, tengo los pies hinchados (aunque, llegados a este punto, tampoco es que pueda vérmelos siquiera) y estas estúpidas falsas contracciones son tan incómodas que estoy más sensible que de costumbre.

Sé que Dalton, mi miniayudante, me echará un cable y cogerá algunas bolsas, pero las pesadas me tocará entrarlas a mí.

El trayecto hasta casa es corto; sin embargo, cuando aparco en la entrada, Penny, mi hija de cuatro años, ya está ansiosa por bajar de la sillita.

Dalton la ayuda a desabrocharse el cinturón mientras yo salgo del asiento del conductor y pillo el bolso.

La bebé se estira, yo apoyo una mano en el punto donde noto que me ejerce presión con el trasero justo debajo de las costillas y sonrío.

—Ya casi estamos, chiqui —susurro. Me da una patada y río.

A pesar de la sonrisa, se me encoge muchísimo el corazón. Ha sido un embarazo agridulce (y eso, siendo generosa).

Jamás pensé que haría todo esto sola. Ir a las citas médicas, ver las radiografías, oír el sibilante latido de su corazón a través de la pantalla... Todo sin Logan.

La cosa no tenía que ir así. Yo no tenía que estar haciendo esto sola.

No tenía que quedarme viuda a los treinta y uno, con dos (¡casi tres!) hijos.

Logan tenía que estar aquí. Mi dulce, tierno y gracioso Logan.

Mi amor de instituto y el mejor padre del mundo.

Un hombre con un corazón de oro y supergeneroso...

Aunque eso le costó su vida y, ahora, aquí estoy.

Sola. Muy sola, cansada y asustada constantemente. Odio que la cosa sea así.

Aunque lo prefiero. Porque esto es seguro.

Menos mal que tengo a mi hermano, a su novia (Scottie) y a los padres de Logan.

Mi nueva amiga Vi también ha sido un regalo caído del cielo.

Nos conocimos hará cosa de un mes, después de que me mudara a Sky Ridge para estar más cerca de Cal y Scottie, y su amistad ha sido justo lo que necesitaba.

Sinceramente, no sé cómo habría sobrevivido a los últimos seis meses sin todos ellos.

Dalton pulsa el botón para abrir la puerta corredera del coche y salta para ayudar a bajar a Penny.

Vamos hacia el maletero y lo abro. Suerte que la tecnología moderna nos ha regalado puertas que se levantan sin que tengamos que hacerlo nosotros con las manos porque, ahora mismo, lo de agacharme lo veo imposible.

—Ya llevo yo algunas —dice Dalton, mirándome.

Sonrío y lo despeino un poco. Él agacha la cabeza, pero sonríe.

—¿Y si cogéis vosotros estas dos? —sugiero mientras pesco un par de bolsas que pesan menos y se las paso a Dalton y Penny—. Entrad dentro con Penny mientras yo traigo las demás, ¿vale?

—¡Vale! —gritan al unísono, y echan a correr mientras yo cojo las tiras de plástico.

Me planteo colgarme tantas bolsas en los brazos como pueda llevar físicamente, pero al final desisto.

Pillo unas cuantas y sigo a mis hijos por la empedrada entrada que da a nuestra puerta principal.

Es una casa adosada de una sola planta dividida en dos dúplex con sus respectivas entradas.

No es grande, pero tenemos el espacio suficiente.

Y queda cerca de la casa de Cal y Scottie.

Miro hacia la puerta (idéntica a la nuestra) que hay al otro lado del tabique de ladrillos que separa los jardines y suspiro.

Estoy bastante segura de que Cal insistió en que me quedara esta casa en concreto porque su jefe (que también resulta ser su mejor amigo) vive justo al lado y así puede estar pendiente de nosotros por él.

Se lo agradezco y comprendo que mi hermano quiera asegurarse de que estemos todos bien, pero... ¿hacía falta que nos mudáramos al apartamento que hay pegado al de Xander?

Su lado de la entrada está vacío. La camioneta negra de Xander no está en su sitio habitual y, al darme cuenta de ello, suspiro aliviada.

Este hombre me pone nerviosa.

No en el mal sentido, sino como... «Dios mío, este hombre es apabullantemente atractivo y me mira de una forma que hace que me suban los colores».

Hace años que conozco a Xander Macomb. Primero lo conocí como el compañero de trabajo de mi hermano; luego como su mejor amigo, y más recientemente, como su jefe.

Estoy bastante segura de que, un par de años atrás, él, Logan y Cal se habían emborrachado juntos jugando al beer pong en alguna barbacoa familiar.

Ha venido con Cal a algunos partidos de béisbol de Dalton y le envió un oso de peluche a Penny cuando le quitaron las amígdalas a principios de año.

Y vino al entierro de Logan con Cal.

La verdad es que recuerdo más bien poco de ese día. Sé que estuvo ahí, pero el dolor me tenía tan aturdida que, básicamente, no recuerdo mucha cosa de esa semana, y menos aún de ese día.

Cojo las bolsas de la compra para dejarlas en la encimera, acomodo a Penny en el salón con la tablet para que se mantenga ocupada, y luego Dalton y yo salimos fuera de nuevo para ir a por más bolsas.

Me inclino como buenamente puedo para coger una que está en el fondo del maletero y refunfuño al oír el sonido familiar de la camioneta de Xander al acercarse a su entrada. «¿Por qué ahora?».

—¡Hola, Xander! —lo saluda Dalton desde la otra punta del jardín.

Acto seguido, oigo el sonido metálico de la puerta de su vehículo al cerrarse. Me entra una contracción de Braxton Hicks particularmente fuerte; se me tensa la barriga y siseo mientras voy soltando el aire por los dientes y me yergo, ejerciéndome presión en el estómago con la palma de la mano.

—¿Teddy? —pregunta Xander sumamente preocupado mientras se nos acerca.

Exhalo a medida que esta falsa contracción empieza a ceder, hago de tripas corazón y levanto la vista para mirarlo.

Tiene los ojos más bonitos que he visto jamás; nunca dejan de maravillarme.

Son de un gélido azul claro con unas esferas más oscuras hacia el exterior y unas motas grisáceas cerca del iris.

Unas oscuras pestañas, fastidiosamente largas, le envuelven la mirada.

Tiene la cara y los brazos morenos, como si se pasara mucho tiempo trabajando a plena luz del día, descamisado, y una finísima barba le ensombrece la mitad inferior del rostro.

Va con unos vaqueros que le quedan demasiado bien y una camiseta del Departamento de Bomberos de Petoskey que tiene pinta de ser un poco vieja, pero que se le ciñe bien al torso.

Lleva su pelo grueso y oscuro un poco demasiado largo y unas puntas sutilmente rizadas se asoman por debajo de esa gorra de los Detroit Tigers.

—¿Estás bien? —me pregunta con delicadeza, acercándose a mí.

Me estudia el cuerpo entero con la mirada, de arriba abajo, y yo no puedo hacer nada por evitar que el bochorno me tiña las mejillas de rosado.

Asiento mientras me quito la mano del vientre.

La bebé vuelve a estirarse. A ella tampoco le gustan estas contracciones.

A pesar de que noto cómo me arden las mejillas y soy plenamente consciente de que sigo sonrojada, le dedico una discreta sonrisa a Xander.

«¿Por qué ha tenido que estar aquí para presenciar esto? ».

—Solo ha sido una minicontracción falsa. Esta semana he tenido muchas...

—¿Deberías ir al hospital? —pregunta, arrugando esas cejas oscuras que le enmarcan los ojos.

Sacudo la cabeza y me río.

—No, no pasa nada. Es normal, no hay de qué preocuparse. Cuando tuve a este de aquí me entraron dos meses antes de dar a luz. —Río y le envuelvo los hombros a Dalton con el brazo.

—Mamá... —se queja mi hijo, meneándose para apartarse—. Qué vergüenza...

Xander se echa a reír y mi cuerpo reacciona a ese sonido grave, profundo y relajante. Echo de menos oír la risa de un hombre.

—Buenas, campeón —le dice Xander, tendiéndole el puño a mi hijo. Dalton le choca los nudillos y sonríe—. ¿Qué te parece si le llevamos las demás bolsas a tu madre?

—Xander, ya puedo llevar yo la compra... —protesto.

Aun así, cuando me mira fijamente con sus ojos azules, se me apaga la voz.

—Ni de broma —responde en voz baja—. Si tu hermano supiera que te he dejado entrar todo esto sola, no me perdonaría jamás. Tú entra y siéntate; ya nos ocupamos Dalton y yo.

—Xander...

—Teddy —me interpela con un tono que interrumpe mi protesta. Tiene una voz profunda y áspera que va acompañada de cierta calidez. Me sonrojo de nuevo mientras él continúa con los ojos puestos en mí—. Deja que te ayude.

Lo dice tan asertivo que sé que no me servirá de nada llevarle la contraria. Así que asiento y respondo:

—De acuerdo. Gracias.

Hago ademán de coger un par de bolsas, pero el hombre me gruñe. Me gru-ñe.

—No toques esas bolsas, Teddy. Te lo advierto.

Dalton suelta una risita y pongo los ojos en blanco.

—Eres un exagerado...

Xander me apoya las manos en los hombros y me aleja cuidadosamente del monovolumen y de todo ese montón de bolsas de la compra. Me da la vuelta y me coloca de cara a mi casa.

—He dicho que vayas a sentarte. Dalton y yo lo tenemos controlado. ¿Verdad que sí, campeón?

—¡Sí! —exclama mi hijo.

Vuelvo a sacudir la cabeza, pero obedezco.

Cuando cruzo la puerta, Penny me pide que me siente a su lado en el sofá, así que me hundo con cautela entre los cojines y dejo que se acurruque a mi lado mientras Dalton y Xander van haciendo viajes para entrar el resto de la compra.

El hombre estudia el espacio con la mirada y yo hago una mueca, mortificada.

Tengo los juguetes esparcidos por el suelo del salón porque no me ha dado tiempo a ordenarlos antes, y los platos de la comida siguen en el fregadero; debería enjuagarlos un poco y meterlos en el lavavajillas.

A la que hago ademán de levantarme, Xander me fulmina con la mirada y me señala con un dedo.

—No te muevas. Lo tenemos controlado, ¿recuerdas? —Se gira hacia Dalton y le pregunta—: ¿Me ayudas a guardar todo esto?

—¡Claro! —responde mi hijo, alegre.

No puedo evitar sonreír. Dalton echaba de menos tener a un hombre en casa.

En ese mismo instante, la aflicción regresa a mí. Echo de menos a mi marido. Muchísimo. Tener a otro hombre cerca resulta extraño, por más que solo esté aquí para echarme un cable porque es muy leal a mi hermano y punto.

No tardan demasiado en sacarlo todo de las bolsas, separarlo y guardarlo. Xander me ha preguntado dónde iban algunas cosas y yo le he respondido desde el sofá con una sonrisa.

Antes de terminar, Xander hace una bola con las bolsas de plástico y Dalton le enseña que tenemos «la bolsa de las bolsas» debajo del fregadero. Mi hijo parece superorgulloso de sí mismo y Xander vuelve a tenderle el puño para que se lo choque otra vez.

—Buen trabajo, campeón. Gracias por ayudarme.

Me acurruco en un lateral del sofá y me agarro al brazo del mueble para erguirme un poco, como buenamente puedo. Sin embargo, antes de que me dé tiempo a conseguirlo, Xander aparece delante de mí con los brazos tendidos.

Río, sonrojada, y pongo los ojos en blanco.

Verme así debe de ser todo un espectáculo.

Nunca he sido una chica menuda, pero al estar al final del tercer trimestre de embarazo me siento como una ballena encallada.

Le cojo las manos y dejo que me ayude a levantarme del sofá.

Dios, qué ganas de dar a luz a esta bebé.

Las últimas semanas han sido una tortura y ahora tengo el cuerpo machacado.

Xander me sujeta y da un paso atrás para que no le dé en el torso con el estómago.

Está duro de los pies a la cabeza, todo musculoso y bronceado.

Mi cuerpo entero, en cambio, es grande y mullido, y más ahora.

De modo que, al estar tan cerca de un hombre que parece un maldito dios, me siento cohibida. Menuda injusticia.

—Gracias —murmuro a la vez que agacho la cabeza y le suelto las manos para alisarme la camiseta. Como llevo unas mallas finas que se ajustan totalmente a la piel, agradezco haberme puesto una camiseta holgada que me cubra el culo entero—. Y gracias por ayudarme con todo eso. No hacía falta.

—Lo que no hace falta es que lo hagas todo tú sola, Ted­dy —dice con ternura, a pesar de que retrocede unos pasos—. Si necesitas cualquier cosa, estoy aquí mismo.

Me río y me cruzo de brazos por encima del barrigote mientras vamos hacia la puerta.

Me sabe mal que tanto Cal como él sientan que tienen que hacerme de niñera.

Intento hacer todo lo posible por esconder el dolor y ser valiente para que no se preocupen, pero está más claro que el agua que no lo estoy consiguiendo.

—Estás en casa una vez cada dos semanas, Xander.

—Bueno, si estoy en casa y necesitas algo, ven a buscarme, ¿de acuerdo? Ya tienes mi número —responde mirándome a los ojos.

Vuelvo a reír.

—Sí, tengo tu número. Cal me lo dio por si había alguna emergencia... Aunque diría que el 911 también funciona en esos casos. Y puede que, en la mayoría de los casos, hasta lleguen antes que tú.

Xander se ríe y asiente con timidez.

—Bueno, los dos nos quedamos más tranquilos si sabemos que tienes a alguien que procura por ti y por los niños. Al menos, cuando estamos en casa, yo estoy a cuatro zancadas.

—Estamos bien —le aseguro con el corazón en un puño.

Es un hombre tan bueno... Ojalá no me pusiera tan nerviosa.

¿Por qué no podía haberme tocado un vecino majo y de edad avanzada que no se asemejara en nada a Xander físicamente?

Alguien que no me mirase como me mira él...

Sacudo la cabeza para deshacerme de dichos pensamientos antes de volver a sonrojarme.

—Los padres de Logan vienen a menudo para ver cómo estamos. Y también tengo a Scottie cerca —añado.

Xander asiente.

—Lo digo en serio, Teddy —insiste mientras sale por la puerta—. Si necesitas cualquier cosa, a la hora que sea, ven a buscarme. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —susurro asintiendo con la cabeza.

—Intenta relajarte un poco, ¿vale? Nada de levantar peso.

Se me escapa una risa, lo miro y pongo los ojos en blanco. Ambos sabemos que está siendo un exagerado, pero si así se queda más tranquilo...

—Vale —respondo.

Me mira desde mi terraza delantera.

—Buenas noches, Teddy.

—Buenas noches, Xander —respondo con un hilo de voz antes de cerrar la puerta.

Sus pesados pasos se desvanecen hasta que el silencio lo envuelve todo mientras él se aleja y yo vuelvo a quedarme sola con mis hijos.