1. Xander
Xander
Presente
Qué cerca ha estado, joder.
Camino con firmeza mientras salgo del Hospital Bakersfield, pero lo hago con los hombros tensos y la mente cargada.
Me froto la cara con la mano y exhalo mientras salgo fuera, donde me recibe la cálida luz del mes de mayo. Atravieso el aparcamiento y voy hacia la camioneta. Me giro la gorra para que la visera me aporte cierta sombra a los ojos.
Dios, me están saliendo canas antes de hora por culpa de estos cabrones.
Somos todos conscientes de los riesgos que conlleva este trabajo, pero no por eso resulta menos aterrador verlo con tus propios ojos, leches.
Ver a tu compañero de brigada, tu hermano, retorciéndose de dolor o conectado a máquinas y vendado de los pies a la cabeza...
Es sobrecogedor. El incendio de Skykomish fue brutal y tardaré muchísimo tiempo en quitarme de la cabeza la imagen de King en ese cenicero.
Nos sirve a todos de recordatorio de que no somos invencibles y de que las bestias a las que nos enfrentamos son más fuertes que nosotros, más despiadadas y muchísimo más diabólicas.
King saldrá de esta, aunque todavía le esperan bastantes días de curas por delante.
Casi me río mientras salgo del aparcamiento.
Si Violette Taylor puede tomar cartas en el asunto, se recuperará; la chica es demasiado tozuda para no asegurarse de que King esté bien del todo, y él está demasiado pillado de esa mujer para decepcionarla.
Por más que ninguno de los dos se dé cuenta todavía, están colgadísimos el uno del otro.
Me vibra el móvil en el bolsillo. Lo pesco y deslizo el dedo por la pantalla para responder.
—¿Sí?
Soy hombre de pocas palabras. Denunciadme.
—¿Comemos en el Shifty’s? —pregunta Callahan, mi capitán, sin preámbulo alguno.
Miro la hora en el salpicadero. Todavía es temprano, pero ¿por qué no? A la mierda. Después de haber visto a King en el hospital, no me vendría mal una copa.
—Hecho.
—¿En diez minutos?
—Sip.
Veinte minutos más tarde, nos encontramos sentados el uno al lado del otro en el Shifty’s, el abrevadero que, aunque me avergüence reconocerlo, se ha convertido en un segundo hogar, más que mi propia casa.
Tras pedir cada uno un plato de alitas picantes y una cerveza, comemos en silencio.
Cal es mi hermano en todos los sentidos de la palabra menos en el biológico, y llevamos años trabajando en la misma brigada.
—¿Qué tal has visto hoy a King? —se interesa, con la boca pegada a la cerveza.
—Bien. Le daban el alta luego —respondo dándole un sorbo a la birra. Apoyo los antebrazos en el borde de la barra y clavo la vista en el plato—. El cabrón ha tenido suerte.
Cal suspira, se lame la salsa de los dedos y asiente.
—No, si ya. Nos acojonó a todos, tío. Fue como revivir lo de Jacob.
Asiento sin decir nada porque tiene razón: fue justamente eso.
Lou, el camarero que nos atiende, nos deja delante un par de cervezas más y le damos las gracias con la cabeza.
—Oye, gracias otra vez por echarme un cable con la mudanza de Teddy y los niños —dice, arrancando un trozo de carne con los dientes y masticándolo—. Ahora que ya no vive a cuarenta y cinco minutos de aquí, puedo estar más pendiente de ella.
Vuelvo a asentir y me llevo un palito de zanahoria a la boca.
—¿Cómo está?
Cal resopla, se encoge de hombros y sacude la cabeza al mismo tiempo.
—Sobreviviendo, supongo —contesta. Me da un vuelco el estómago y él continúa—: Detesto no estar aquí para ayudarla más.
No me imagino por lo que debe de estar pasando.
Perder a Logan estando embarazada... Está a punto de dar a luz y me preocupa que nos destinen por ahí cuando pase.
Pero al menos tiene a Scottie, que se queda mientras yo no estoy.
Y me alegro de que, cuando estamos en casa, tú vivas justo al lado.
Asiento de nuevo y le doy un buen trago a la cerveza.
Hace unos seis meses, Teddy, la hermana de Cal, perdió a su marido justo después de enterarse de que estaban esperando un tercer crío.
Cal, que es un hermano mayor muy protector, insistió en que Teddy se viniera a vivir más cerca de él y su novia para poder ayudarla.
Sin embargo, como solemos estar fuera muy a menudo, tampoco lo tiene tan fácil.
Aunque el hecho de que sea mi nueva vecina ayuda.
—Estaré pendiente, en serio —digo con la voz rasposa—. No está sola, Cal.
—No sabes cuánto te lo agradezco —responde con un hilo de voz—. Ya, eh... Ya sé que procuras por ella, Xander.
Trago saliva con fuerza. Sigo con la vista puesta al frente sin apartarme la cerveza de los labios. Nosotros no hablamos de estas cosas. Al menos, no en voz alta.
—Siempre, tío —reconozco con un grave susurro.
Cal asiente. Porque lo sabe. Aunque yo nunca lo haya verbalizado y, seguramente, nunca lo haga.