Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3)
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Prólogo. Xander
Prólogo
Xander
Hace seis años
—Gracias por venir.
La voz me suena hueca; lo noto hasta yo. He repetido esta misma frase hasta la saciedad y, ahora, las palabras parecen menos reales y más un idioma extranjero que no domino.
A mi alrededor es todo ruido, aunque moderado. Los asistentes están reunidos en pequeños grupos mientras esperan pasar a la otra salita para rendir homenaje a mi padre.
El superintendente Garrett Macomb, perdido en combate.
Miro al otro lado de esas oscuras puertas dobles de madera, abiertas de par en par y que dan a la entrada del tanatorio, a ese solitario altar que hay en el centro de la tarima.
Flanqueado por una fotografía grande y enmarcada en un lateral y una bandera americana (doblada dentro de la vitrina pertinente por cuestiones de seguridad) en el otro.
La Pulaski de mi padre (una herramienta que combina un hacha y una azada) está apoyada de pie, con su casco amarillo justo encima.
Hay unos cuantos helechos y lirios de la paz esparcidos por el suelo.
La luz de la tarima ilumina la urna de metal que descansa en el altar y cuyo color rojo pulido resplandece como las llamas.
Lo único que distingo es el emblema dorado metálico de los bomberos, la Cruz de Malta, que decora la parte delantera de la urna.
Detesto ver esa urna. Está ahí para aparentar. Las cenizas de mi padre están en la montaña, donde dio la vida para salvar a su equipo.
Mi madre está a la izquierda de esa gran fotografía, mirando al hombre que sale en ella con su habitual buzo amarillo de bombero y el casco puesto y que le cae justo por encima de sus cejas canosas.
Se le aprecian unas cuantas arrugas alrededor de los ojos; tiene la cara un poco manchada de mugre y hollín, pero sonríe de oreja a oreja.
Es una instantánea; me acuerdo de cuando se la hicieron.
Aunque han recortado la foto para que salga solo él, sé que estaba envolviéndome los hombros con el brazo.
Estábamos posando para la foto después de enfrentarnos a un incendio en Arizona que duró más de un mes.
Estábamos agotados, muertos de hambre, y teníamos unas ganas desesperadas de pegarnos una ducha, pero... Dios, fue un buen día.
Mi madre, vestida toda de negro, está de espaldas a mí, de espaldas a la sala aún vacía.
Sola en su sufrimiento, llorando al hombre a quien amó y perdió hace casi treinta años solo para volver a perderlo ahora.
Cuando veo que le tiemblan los hombros, las lágrimas provocan que se me cierre la garganta; mi madre estira el brazo y le acaricia la mejilla a mi padre en la foto.
Ha pedido que le diésemos unos minutos a solas con él, de modo que mis hermanos y yo hemos salido.
Cuando aparece una sombra a mi lado, levanto la vista y abrazo a mi hermano pequeño, Zach.
Es bombero estructural en casa, en Michigan, y va con su uniforme azul.
Mi madre, Zach y el menor de los tres hermanos, Joel, han volado desde Michigan hasta Sky Ridge (Washington) para asistir al funeral.
Michigan fue mi hogar durante los primeros veinticinco años de mi vida, pero, luego, para decepción de mi madre, seguí a mi padre hasta Sky Ridge.
Opté por la profesión que le arrebató mi padre a mi madre hace tantísimos años; la profesión que, ahora, le ha arrebatado la vida a él.
Somos todos conscientes de los riesgos que implica este trabajo. Él lo sabía. Yo lo sé. Somos bomberos de élite, bomberos forestales, y el riesgo de no regresar a casa siempre está muy presente, por muy bien que nos hayamos formado y por muy meticulosos que seamos en el terreno.
En esa época, mi madre le dio un ultimátum a mi padre.
Dios, si es que aún oigo esa discusión, el llanto, las súplicas.
Mi madre le rogó que no se fuera, que no volviera a dejarnos.
Le dijo que como saliera por esa puerta, no le dejaría volver a entrar.
Que lo necesitábamos más en casa de lo que lo necesitaba su brigada ahí afuera.
Yo tenía once años, Zach, ocho, y Joel, seis.
Mi madre le dijo que lo necesitábamos en casa, que los niños que están en edad de crecimiento necesitan a su padre.
Mamá no se equivocaba... Pero mi padre tampoco.
Quiero a mi madre, en serio. Y sufro más por ella de lo que se imagina.
Perdió al amor de su vida por culpa del amor de la vida de mi padre: este trabajo.
Pero mi madre no lo entiende; no entiende que todos esos hombres y mujeres también son familia.
Que el trabajo que hacemos, las vidas que salvamos...
todo importa. Y para quienes nos dedicamos a ello, explicárselo a quienes no son del gremio es complicado.
Así que mi padre besó a mi madre por última vez y se marchó.
Porque su brigada, sus hermanos, lo necesitaba.
Y al cumplir los veinticinco, yo ya tenía decidido que iba a abandonar la seguridad que me ofrecía quedarme en casa, en nuestro pequeño paraíso en el norte de Michigan, para irme a Washington con mi padre.
Porque mi corazón estaba ahí. Me uní al Departamento de Bomberos a los diecinueve, pero mi pasión no era extinguir incendios estructurales.
Había nacido para ser bombero de élite. Yo lo sabía; mis padres lo sabían. Incluso por aquel entonces.
No miré atrás. Desde entonces, nunca miré atrás.
Trabajamos codo con codo, año tras año. Mi padre era un superintendente justo pero exigente. Daba exactamente lo mismo a nivel personal que lo que le exigía a cualquier miembro de la brigada.
Zach me da una palmada en la espalda y me aprieta el hombro, y yo vuelvo al presente.
Inhalo y me paso la mano por el pecho en dirección descendente, por encima de mi buzo amarillo.
Está limpio (bastante) y los pantalones de Nomex de color verde aceituna que llevo puestos son los más limpios que tengo.
Tengo las botas rayadas y desgastadas, pero también las he lavado lo mejor que he podido.
Estoy bastante seguro de que a mamá casi le ha dado un aneurisma cuando he aparecido con la ropa de trabajo; ha insistido para que me marchara a casa y me pusiera un traje negro, pero me he negado.
Para nosotros, el uniforme es como un símbolo de honor. Es la forma que tenemos de mostrar respeto a quienes hemos perdido.
Zach se saca una petaca plateada del bolsillo interior de su uniforme y abre el tapón antes de pasármela.
Intercambiamos una discreta sonrisa antes de que yo levante el recipiente en cuestión y le dé un buen sorbo.
El whisky favorito de mi padre me abrasa la lengua y la garganta al tragar.
Le devuelvo la petaca a Zach y él hace lo propio antes de volver a guardársela.
—Superintendente.
Al oír el título, me tenso, me giro y asiento para saludar al hombre que me ha llamado.
Mack Treynor, el superintendente de la brigada de bomberos forestales de Vantage, Colorado, un hombre que trabajó con mi padre durante gran parte de su carrera.
La solemnidad le inunda esos ojos color avellana y muestra una expresión estoica mientras alterna la mirada entre Zach y yo.
—Sé lo terrible que debe de sonarte ahora mismo este nombre —me dice el amigo de mi padre con ternura, alargando el brazo para darme un fuerte apretón en el hombro.
Lo hace con firmeza, enraizándome—. Tu padre era un hombre increíble, y te ha dejado el listón muy alto, hijo.
Estaba muy orgulloso de saber que ibas a seguir sus pasos.
Lamento que no haya llegado a jubilarse.
—Se me encoge el estómago. Doce putas semanas y se habría jubilado, no habría estado de guardia ese puto día, no habría muerto en esa puta montaña...
Mack carraspea porque sus propios sentimientos le impiden hablar.
Desvía la mirada hacia Zach y dice—: Estaba orgullosísimo de todos sus hijos por haber seguido sus pasos.
Mis dos hermanos son bomberos en Michigan.
Cuando yo aún vivía allí, antes de que me mudara, los tres estábamos en la misma brigada.
Joel acababa de unirse cuando me fui. Ahora Zach está casado, tiene las dos hijas más monas que he visto jamás (no es que lo diga yo porque soy su tío ni nada, eh) y está esperando una tercera.
No tengo ni idea de qué se lleva Joel entre manos últimamente; lo único que sé es que mamá está hasta el moño de él.
Zach asiente.
—Gracias, Mack —le dice—. Este trabajo era el amor de su vida.
Pero el hombre sacude la cabeza y se le llenan los ojos de tristeza. Desvía la vista hacia mi madre, que sigue llorando delante de la foto del altar, y responde:
—No solo este trabajo.
Me da otro apretón en el hombro, se gira y se aleja, dejándonos a Zach y a mí a solas.
Aunque no nos quedamos solos durante mucho rato porque, a través de las puertas de vidrio cromado que dan al exterior, veo a un grupo de hombres acercándose desde el aparcamiento y vestidos con los uniformes de bomberos de élite más limpios que tienen.
Mis hermanos, mi brigada; un total de dieciocho hombres. Todos formidables, algunos de los cabrones más valientes que haya conocido nunca.
Callahan Woods, que se ha convertido en mi capitán hace poco, guía al grupo.
Dos de nuestros nuevos fichajes lo siguen de cerca: Jacob Taylor y Rowan Kingsley.
Son jóvenes, no deben de tener más de veintidós años, pero hay que ver lo mucho que se lo curran.
Jack Taylor, el padre de Jacob y la mano derecha del mío, camina unos cuantos pasos por detrás del resto.
Lleva siendo el líder de nuestra cuadrilla desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdo cuándo empezó.
Ha decidido prejubilarse. Quiere acabar esta temporada trabajando con su hijo, Jacob, pero luego lo dejará.
Perder a mi padre le ha afectado mucho y nos ha abierto los ojos a todos para que no se nos olvide cuáles son los riesgos de nuestro trabajo.
Jack tiene familia, esposa... Y ha optado por apartarse para centrarse en ellos.
Teniendo en cuenta lo que estamos haciendo hoy aquí, no puedo culparlo.
La esposa de Jack y su hija, Violette (la hermana melliza de Jacob), siguen al grupo.
También han venido a rendir homenaje a mi padre.
Somos una familia. Sobre todo, en días como hoy.
Jack se ha colocado al lado de Dixon, uno de mis compañeros, que camina más despacio porque va con las muletas y una pesada escayola en la pierna derecha.
El corazón me late con fuerza, y el miedo y la ansiedad vuelven a adueñarse de mí, al igual que ocurrió en esos aterradores minutos en la montaña.
Estuve a nada de perderlos a casi todos y ese recuerdo me atormentará de por vida.
Los salvaron la valentía y el liderazgo a los que tanta importancia daba mi padre; y sé que él habría vuelto a arriesgar su vida cien veces más con tal de salvar a su brigada, igual que hizo hasta su último aliento.
Las puertas se abren y entra mi equipo. Hoy el grupo entero está decaído y nada tiene que ver con los escandalosos juerguistas a los que estoy acostumbrado. Han venido a rendir homenaje al hombre que los guio en tantas situaciones; un hombre que fue jefe, amigo y padre de todos y cada uno de ellos.
Cal se detiene frente a mí y nos damos un apretón de manos.
Me saluda con la cabeza. Tiene los ojos más ensombrecidos que de costumbre.
Sé que está sufriendo. Fue el último en salir de ese incendio; oyó el crujido de un tronco que había caído y fue él mismo quien presenció los últimos instantes de vida de mi padre.
Ser consciente de que no podría haber hecho nada para salvarlo le afectó demasiado.
Le doy un fuerte apretón en el hombro y él me agarra el codo con firmeza; una silenciosa conversación antes de que pase dentro.
Acto seguido, Rowan y Jacob se acercan para darnos un apretón de manos primero a mí y luego a Zach, y enseguida entran en la sala con Cal mientras el resto de mi cuadrilla va desfilando, tendiéndonos la mano y dándonos el pésame con la voz áspera.
A duras penas soy consciente de lo que le digo a King; algo parecido a que mi padre estaba muy orgulloso de la temporada que habían tenido él y Jacob.
Me siento tan jodidamente desconectado de todo... Es como si estuviera aquí sin estarlo.
En ese instante, el cura de la iglesia local se nos acerca para informarnos de que ya ha llegado la hora y Zach les pide a los asistentes que, por favor, tomen asiento. Las personas que han venido atraviesan las puertas y llenan las filas de bancos y sillas.
Mi cuadrilla sola ocupa dos filas enteras.
Camino hacia el frente y cojo a mi madre por los hombros con ternura para guiarla hacia el primer banco.
Zach y Joel se sientan uno a cada lado de mamá, ambos vestidos con su uniforme azul, y le dan la mano.
Voy hacia el frente de la sala y, antes de dirigirme a los asistentes, me aclaro la voz.
—En nombre de mi familia, me gustaría empezar dando las gracias a todas las personas que habéis venido hoy aquí y a todas aquellas que nos han hecho llegar su pésame.
Vuestras efusivas muestras de amor y vuestro apoyo nos han reconfortado en estos momentos y han sido un claro recordatorio del impacto que tuvo mi padre en tantas otras personas.
En nombre de mi cuadrilla, os damos las gracias por ayudar a la comunidad mientras hay tantísima gente más sufriendo.
—Carraspeo y trago saliva para deshacerme de las emociones que me impiden seguir hablando.
Prosigo—: A mi padre le encantaba su trabajo; lo que hacía, las vidas, los hogares y los bosques que salvaba año tras año...
Una vez me dijo: «Todo el mundo nace siendo igual, pero solo unos cuantos acaban convirtiéndose en bomberos».
Y esa frase se me quedó grabada de por vida.
Murió haciendo lo que más le gustaba, luchando por aquellos que no podían hacerlo y protegiendo a aquellos que sí.
Lo honraremos con sacrificio; honraremos su valentía en vida y su estoica muerte.
—Agacho la cabeza y carraspeo de nuevo mientras los ojos y la nariz me escuecen con la presencia de unas lágrimas poco viriles—. Gracias.
Tomo asiento a la izquierda de Zach y mi madre alarga el brazo por encima del regazo de mi hermano para apretarme la mano. La miro a los ojos, esos ojos azules que tanto se parecen a los míos y que ahora están llenos de lágrimas. Le tiemblan los labios.
—Os quería, chicos. Esto era el amor de su vida. En serio. Habría querido irse así —dice.
Y, finalmente, las lágrimas empiezan a resbalarme por las mejillas a la vez que veo, en los ojos de mi madre, algo que ella no dirá: que ojalá ella también hubiese podido ser el amor de su vida. Que ojalá la hubiese amado lo suficiente para quedarse.
Prometo honrar a mi padre, su valentía y su sacrificio lo mejor que pueda.
Porque, con el paso de esta aflicción, lo único que me queda es el honor.