Impura Capítulo 23
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Capítulo 23

A pesar de lo mal que fue la tarde de ayer en la que Catalina salió de la casa familiar oyendo los gritos coléricos de su padre, tuvo una buena noche y el día pinta bastante bien.

Ha dado clases esa mañana y se ha divertido al ver la actitud nerviosa de Ainhoa Elorza todo el rato.

Tras el castigo y la amenaza directa que le dejó en la biblioteca, la alumna no es capaz ni de sostenerle la mirada, mucho menos de meterse con Sara, por lo que los días están transcurriendo en relativa calma.

Se ha mantenido alerta porque ella, que viene de una familia poderosa, sabe que Ainhoa pudo contarle a sus padres lo ocurrido y que estén buscando formas de hacerle pagar lo que le ha hecho o que la zorra de Pilar Castro —que se ha mantenido al margen— pueda estar tramando algo.

Levanta la mirada del libro que está leyendo por un segundo porque siente el mismo calor de siempre que le avisa de que alguien la observa, y cuando sus ojos conectan con los de Sara, no puede evitar guiñarle uno ganándose la sonrisa abierta de su chica.

—Navarro, continúe con el trabajo —sisea como una serpiente porque en público tiene que seguir siendo la misma sor Catalina que tiene un palo metido por el culo—. No haga que me levante y la castigue.

La alumna se lame los labios y Catalina siente una pulsión caliente entre las piernas.

Sara siempre la provoca de una manera que la enloquece y cuando están en medio del colegio, lo único que desea la monja es cogerla del pelo, arrodillarla ante ella y verla desde arriba con esos ojos brillantes y complacientes.

La chica sigue abonando la tierra con tranquilidad, no hay nada que le guste más que trabajar en el jardín y si tiene como compañía a Catalina, todo mejora.

Está contando los días para que acaben las clases, pueda firmar toda la documentación que le confirme que es libre y empezar con su nueva vida con la que, próximamente, será una exreligiosa.

Por fortuna, al estar en el Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, su salida es prácticamente automática y la misma tarde que el curso finalice, ella ya podrá hacer lo que desee.

Un trueno retumba en el cielo y ambas mujeres miran hacia arriba. La monja se pone de pie de inmediato —algo que hace unos meses no hacía ni que se obrara un milagro— y le hace una señal con la mano a Sara.

—Recoja las herramientas, Navarro, va a llover.

Sara obedece y en un minuto tiene guardadas las palas de plástico con los guantes dentro de una bolsa de tela con el logotipo del colegio.

Catalina echa a andar, pero no se dirige a la puerta principal, sino al jardín lateral, ese que tiene los setos altos, muy cerca de la caseta en la que un día pilló a Sara follando con Nagore.

En cuanto se adentra en una zona que conoce bien, se gira de golpe y coge a la alumna por el cuello. Sara siente la corteza del árbol arañándole la espalda y suelta un suspiro que nada tiene que ver con una expresión de dolor.

—Deja de provocarme —susurra Catalina, y cuando ve cómo se oscurecen los ojos de la chica, la besa.

Sara la coge por la cintura y la aprieta con fuerza, clavándole las yemas de los dedos sobre el hábito en un gesto que seguro dejará marca.

El calor que emanan sus cuerpos sin duda provocaría un incendio forestal, pero antes de que todo se descontrole, es la monja la que da dos pasos hacia atrás.

—Eres tú quien no para de seducirme —dice Sara, mordiéndose los labios—, pero luego solo eres capaz de darme un beso.

Catalina ladea la cabeza y Sara se ríe porque sabe que lo que acaba de decir no es del todo cierto.

—Hoy estás muy guapa —dice Catalina de repente, y la alumna se pregunta dónde dejó a la monja maldita que habita en ella.

—Si quieres, esta noche puedes verme mejor —se toca los pechos sobre el uniforme y nota cómo la mujer aprieta la mandíbula—. ¿Te pasas por mi habitación?

Catalina tarda en responder porque se está recreando en los movimientos de la alumna.

—Esta noche vuelvo tarde —habla por fin y vuelve a acercarse a ella para dejarle una caricia en el cuello—. Voy a cenar con mi hermana y hablar con ella sobre… —hace un gesto con las manos—, nosotras y los planes que tenemos.

Sara acorta la poca distancia entre los cuerpos y la besa otra vez. Catalina se pierde en ese toque y por un instante no piensa. Sara Navarro es capaz de paralizar el mundo en su cabeza solo con tocarla.

—Entonces nos vemos mañana —gira el cuello para mirar hacia el colegio—, y mejor entramos. No quiero que nadie nos vea.

El último roce de dedos ocurre antes de empezar a caminar y en cuanto el jardín queda atrás, Catalina compone el mismo gesto adusto con el que todos la conocen en la institución religiosa.

—Estaba buenísimo. —Catalina echa su plato a un lado y suspira complacida.

—Lo he pedido en el bar de Sergio. —Inés acaba su copa de vino y se sirve más mientras su hermana niega con la cabeza—. ¿Qué? No iba a cocinar esta noche, no tenía ánimos.

La monja se endereza.

—¿Todo bien?

Su hermana se encoge de hombros y se pone de pie.

—Supongo —contesta parca—. Vamos al sofá, estaremos más cómodas.

Inés se sienta en una esquina y sube los pies descalzos para apoyarlos sobre la tela. Catalina lo hace en la butaca que está frente a su hermana mientras la mira con las cejas juntas.

—Estoy harta de esperar, eso es todo —dice Inés tras un corto silencio que tenía tensa a la religiosa—. No soporto seguir al lado de Tomás, pero soportaría aún menos estar lejos de Dani, así que esto es el pez que se muerde la cola.

Levanta la copa como si estuviera brindando y se bebe la mitad de un solo trago.

—¿Qué te impide dejarlo? —pregunta Catalina—. En la conversación que tuvimos me dijiste que estabas muy segura y…

—Lo estoy —la interrumpe, confirmándolo—, pero tengo que ser inteligente porque como lo haga mal, Daniela será la única perjudicada, así que tengo que esperar el momento adecuado.

No te preocupes, Cata, hoy he tenido un día asqueroso porque se suponía que pasaríamos unos días juntas mientras Tomás estaba fuera trabajando y el muy idiota se la ha llevado para que vaya aprendiendo no sé qué coño.

Inés suspira hastiada de su propia situación y mira a la monja.

—Soy una hermana de mierda —suelta la menor de repente—. Has venido a contarme algo y aquí estoy con mis dramas.

—No te preocupes, lo tuyo también es importante. —La religiosa se levanta y se sienta a su lado, cogiéndole la mano.

El gesto de Inés pasa de la amargura a la preocupación cuando ve que los ojos de su hermana se humedecen.

—¿Te pasa algo? —Se endereza—. Joder, Cata, no me digas que vas a darme una mala noticia.

—Para papá fue terrible, pero estoy segura de que para ti no lo será —dice, estirando los labios—. Dejo el hábito.

Inés abre tanto la boca que parece una caricatura. Y antes de que salga de su asombro, Catalina dispara la siguiente bala sin miramientos.

—En cuanto acabe el curso escolar, lo dejo. He comprado una finca a unos kilómetros de aquí para irme a vivir con Sara, una alumna del colegio.

Los ojos de Inés parecen dos platos y su cabeza bulle como una olla de presión.

—Solo para que me quede claro… —Inés se gira para quedar frente a su hermana—. ¿Te vas a vivir con esa alumna porque la chica no tiene dónde ir o algo así?

Catalina niega con la cabeza y levanta la comisura izquierda.

—Sara es mi mujer. Bueno, lo será en cuanto sea mayor de edad y… —vuelve a negar con la cabeza, dicho así suena fatal—, en fin, estamos juntas.

Inés sigue sin moverse y durante unos largos segundos la monja se siente asfixiada. Piensa que quizá se ha equivocado pensando que su hermana, al estar enamorada de otra mujer, iba a entenderla.

—Jo-der —grita Inés y se pone de pie de un salto—. La monja lesbiana que se folla a sus alumnas. Mierda, otra Loyola desviada —se ríe como una auténtica loca—. Si el abuelo nos viera, nos desheredaría.

La chica salta sobre Catalina y sigue riendo mientras la abraza.

—Es la mejor noticia que me han dado en meses. —Le besa la mejilla y luego vuelve a su asiento—. Gracias por alegrarme el día.

La religiosa expulsa el aire de golpe y se contagia de la felicidad de su hermana.

—Mejor deja al abuelo donde está —se pasa la mano por la melena recogida—. Y no me follo a mis alumnas, solo pasó con Sara.

—¿Entonces solo has estado con ella?

Catalina tuerce el gesto, tampoco quiere darle demasiados detalles a su hermana. No estaría bien visto que dijera que se acostaba con las novicias que pasaban por el Nuestra Señora de la Pureza.

—No es la única mujer con la que he estado, pero sí la única alumna.

No sé cómo pasó, se me fue de las manos y simplemente un día me di cuenta de que no podía dejar de pensar en ella.

—Catalina se pierde un instante en el recuerdo de la primera vez que vio a Sara—.

Ella tampoco me lo puso fácil para dejar de hacerlo, así que aquí estoy: con una casa nueva, quitándome el hábito y dejándolo todo por comenzar una nueva vida a su lado.

Inés sonríe mostrando todos los dientes.

—Te felicito, Cata, de verdad. Soy consciente de que no es fácil tomar una decisión como esa, pero por amor… ya sabes, se hace lo que sea. —La coge de la mano—. ¿Has tenido bronca con papá?

—Digamos que no soy bienvenida a la casa familiar —se encoge de hombros—, pero si el precio a pagar por dejar toda esta farsa es que papá no me hable, estoy dispuesta a pagarlo.

Inés siempre intuyó de alguna manera que su hermana no había hecho los votos por vocación propia, sino que su familia con su arraigada fe la empujó a hacerlo.

Cuando tuvo la edad suficiente también se sintió culpable porque nunca le dijo a Catalina lo que pensaba por miedo a que lo dejara y entonces fuera Inés la que tuviera que ordenarse.

—Ojalá pronto pueda seguir tu ejemplo —susurra la chica.

Catalina se acerca y la abraza con fuerza.

—Ya verás que sí —le dice bajito—. Y entonces seremos dos las repudiadas por la familia y las desviadas del pueblo.

Ambas rompen a reír por el comentario, aunque las dos saben que es lo que ocurrirá.