Capítulo 22
Dos meses después.
—¿Qué opinas? —pregunta Catalina mientras salen a una pequeña terraza desde la planta superior de la vivienda que ha comprado en las afueras de Vitoria-Gasteiz.
Se trata de una casa rural que está situada a los pies de la montaña.
Consta de dos plantas y garaje, está soleada prácticamente todo el día, tiene terreno y toda la finca está vallada, pero el encanto de la casa no es lo que hizo decidirse a Catalina por ella, sino que también cumplía con los dos requisitos que había establecido como primordiales.
El primero: que no estuviera en Otxandio, el pueblo donde está el colegio Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia y también la casa de sus padres.
La monja —por muy poco tiempo— quería estar un poco alejada para poder hacer vida sin cruzarse con nadie conocido, pero tampoco muy lejos porque no quiere poner tanta distancia entre ella y su hermana Inés.
El segundo, que tuviera terreno para construir un vivero para que Sara pueda trabajar en él y organizarlo como quiera cuando termine su formación.
La casa resultó que no solo tenía terreno, sino que además contaba con un pequeño almacén cerca de la puerta de acceso a la finca que era perfecto para Sara.
Estaba un poco deteriorado, pero Catalina mandó hacer una reforma para acondicionarlo, y ahora está ahí con Isabel.
La reforma está acabada y el servicio de limpieza que envió para dejarlo todo impoluto terminó ayer por la tarde, así que su casa está lista.
A Catalina le habría encantado escogerla junto a Sara, pero dadas las circunstancias de ambas y que cuando acabe el curso escolar ninguna tiene adónde ir, ha tenido que hacer las visitas hasta decidirse en compañía de su única amiga, aunque en cada una de ellas hacía varias fotos que por la noche le enseñaba a Sara.
—Me encanta —dijo la alumna cuando vio esta en concreto.
Catalina se mordió el interior de la mejilla, satisfecha, y optó por no mostrarle el almacén porque quiere que eso sea una sorpresa.
—Ha quedado preciosa —responde Isabel, siguiendo a Catalina hacia la planta inferior.
Ambas salen al exterior y empiezan a caminar por los alrededores mientras hablan.
—Me alegra muchísimo que al fin te hayas decidido. Ya va siendo hora de que vivas la vida que te corresponde —Isabel se detiene y mira hacia el cielo, cerrando los ojos mientras el sol le da en la cara.
—¿Y tú? —pregunta la monja.
—¿Yo qué? —los ojos de Isabel se abren y la mira con curiosidad.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con un marido del que no estás enamorada?
Isabel aspira con fuerza, llenando sus pulmones.
—El divorcio no está bien visto, todo el mundo sabe que somos muy creyentes...
—Déjate de gilipolleces, Isabel. Tu marido tiene más cuernos que un desfile de caracoles. ¿Eso sí está bien visto?
La doctora reanuda la marcha y se encoge de hombros.
—Supongo que no estoy lista para enfrentarme a todo eso todavía.
Catalina le pone una mano en el hombro y no insiste más.
Isabel ha estado ahí siempre, aguantándola cuando ni ella misma lo hacía, sin presionarla, sin decirle que era una cobarde por vivir la vida que sus padres habían elegido por encima de lo que ella quería, así que si su amiga no está lista para esto, ella también estará a su lado y será su punto de apoyo cuando se decida.
—Deberíamos volver. Tengo que hacer la compra y preparar la cena —dice Isabel—. Te dejaré en el colegio y después iré al supermercado.
—En el colegio no, llévame a casa de mis padres.
Isabel desbloquea el vehículo.
—No sabía que cenabas ahí esta noche.
—No voy a cenar —explica la monja mientras se abrocha el cinturón de seguridad.
La doctora la mira de reojo, intrigada.
—Voy a decirles que cuando acabe el curso dejo el colegio, y obviamente, el jodido hábito.
Isabel suelta un silbido y después se santigua, haciendo reír a Catalina.
—Te espera una noche movida, ¿quieres que te espere fuera? No creo que tu padre tarde mucho en echarte de casa.
—No te preocupes, después llamaré a un taxi que la Iglesia pagará.
Isabel suelta una carcajada.
—¿Les vas a hablar de Sara?
—No, bastante tendrán con asimilar que su hija perfecta ya no tiene intención de servir a Dios.
Nombrar a Sara solo complicará las cosas, podrían sufrir un paro cardíaco si se enteran de todo al mismo tiempo: rechazo a Dios, soy jodidamente lesbiana y estoy liada con una chica que cumplirá la mayoría de edad en dos semanas.
—Tienes razón, sería un desastre médico y yo esta noche quiero cenar tranquilamente con mi marido cornudo.
Las dos se echan a reír, aunque es una risa amarga de la que ninguna habla, porque se dan cuenta de que, a su manera, ambas son dos mujeres viviendo la vida que no quieren, aunque Catalina ya ha decidido poner fin a esa parte de la suya y empezar una nueva etapa junto a Sara, lejos del colegio, de las monjas y de unos padres manipuladores que anteponen sus creencias a la felicidad de su hija.
—En fin —la doctora pone el intermitente para girar a la derecha—, llámame más tarde para contarme cómo te ha ido.
—Chismosa —murmura Catalina.
Media hora después, se despide de su amiga en la entrada de la casa de sus padres y pulsa el timbre con parsimonia. Catalina accede al interior, deja el abrigo en la entrada y saluda a su madre cuando sale a recibirla.
—Qué sorpresa, hija, ¿va todo bien?
—Sí, solo vengo a veros —la monja le sonríe con suavidad, pero su madre no se queda convencida del todo porque desde que se fue de casa, Catalina jamás se ha presentado sin avisar.
—Pasa, tu padre está en el salón. ¿Te quedas a cenar? Hay guiso del que te gusta.
—Gracias, pero no creo que me quede.
Cuando entran al salón, Catalina saluda a su padre, que también la observa un poco desconcertado.
Ella, sin embargo, está sorprendentemente tranquila.
Siempre se había imaginado que si algún día se atrevía a dar el paso, este sería el peor momento, que estaría tan nerviosa y asustada por defraudarlos que apenas podría hablar sin echarse a temblar.
Se mira las manos un momento comprobando que tiene el pulso perfecto, que su corazón late a un ritmo normal y que no siente ese vacío de anticipación en el estómago que experimentas cuando sabes que va a pasar algo malo o tienes que explicar cualquier cosa que no vaya a gustar a tu interlocutor.
—Voy a dejar el colegio de Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia —anuncia, sentada frente a ellos.
—¿De verdad? —los ojos de su padre se abren mucho—. Vas a aceptar dirigir tu propio...
—No voy a aceptar nada, papá, y lo único que voy a dirigir a partir de ahora será mi vida.
—No te entiendo —la voz de su madre sale baja, temblorosa.
—Cuando acabe el curso, dejo el colegio y también el hábito. No quiero seguir siendo monja, nunca lo he querido.
—¿Pero qué demonios dices? —las mejillas de su padre, pálidas casi siempre, arden como las brasas de una hoguera—. No puedes hacer eso...
—Por supuesto que puedo.
—No te tolero que me hables así —su padre se levanta y Catalina también lo hace—. Esta es mi casa, y tú me debes obediencia.
—Lo siento, papá, pero no te debo nada, y con todo respeto, nunca te lo he debido. Tengo treinta y siete años y todo lo que he hecho en mi vida ha sido complaceros a vosotros, y eso se ha terminado.
Su madre también se ha levantado, pero en lugar de decir nada, tiene la mirada baja, incapaz de mirar a su hija porque en el fondo se siente avergonzada.
Ella siempre ha sabido que Catalina no era feliz, que nunca quiso ser monja y que solo está ahí porque fue lo que ellos impusieron para ella, al igual que elegir el marido para su otra hija.
—No sé qué te pasa, pero quiero que te vayas y se lo cuentes a la madre superiora, ella sabrá hacerte entrar en razón.
—¿La madre superiora? —Catalina lo suelta con sarcasmo y el ardor de su padre se extiende ya por su cuello y su frente, haciendo que parezca que su cabeza está a punto de explotar—.
Te aseguro que no hay nadie en este mundo que logre hacerme cambiar de opinión, pero si lo hubiera, no sería ella.
Te sorprendería saber lo grande que le queda ese cargo.
—¡No te tolero que hables así! —grita su padre, colérico—. Vete de esta casa y no vuelvas hasta que hayas recapacitado y estés dispuesta a pedir perdón por el disgusto y la vergüenza que estás causando a esta familia.
—En ese caso, no volveré —dice sin perder los nervios—. Cuidaos.
Catalina atraviesa el salón y sale de la vivienda con la sensación de que su cuerpo es mucho más ligero.
Le hubiera gustado que todo fuese de otra manera con su familia, pero los conoce y ya venía mentalizada, y sabe que ha hecho lo correcto.
Tiene derecho a ser feliz, y Sara también, y le importa una mierda lo que los demás piensen de ellas.