Impura Capítulo 21
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Capítulo 21

A Ainhoa Elorza le tiembla el cuerpo entero mientras una capa de sudor le humedece la cara.

Está en la biblioteca justo en el medio de ella, de pie y con los brazos estirados frente a ella.

Tiene una pila de cinco libros que descansan sobre las palmas de sus manos y no puede evitar seguir de reojo a la monja que camina alrededor de ella.

—No es justo —susurra la alumna, y Catalina se detiene frente a ella.

—¿Qué no es justo, señorita Elorza? —la pregunta le sale cautelosa como si la religiosa tuviera verdadero interés.

—Yo no he hecho nada —se defiende la chica antes de explicarse—. Fue esa muerta de ham...

La chica se inclina hacia adelante soltando un gemido cuando un pesado tomo cae sobre los cinco libros que ya sostenía.

—Por favor, continúe, estoy deseando escuchar su explicación.

Ainhoa no lo resiste más y deja caer los brazos haciendo que los objetos de su castigo se estrellen contra el suelo. Catalina chasquea la lengua y repite lo que hizo una tarde con Sara Navarro. Incorpora a la alumna, le levanta los brazos y vuelve a ponerle el peso encima.

Desde hace tres noches —cuando Sara entró en su habitación y le confesó el motivo por el que cumplía condena— Catalina no ha dejado de sentir una especie de furia que la quema por dentro.

Está rabiosa con el mundo, con cada persona en el universo que se atreve a dañar a otros y con cada madre como la desgraciada de María del Carmen Torres, que no solo permitió que ese hijo de puta violara a su hija, sino que no hizo nada para protegerla.

Desde entonces cualquier cosa que piense que puede dañar a su chica la hace sentir capaz de hacer arder el mundo, y esta mañana, cuando entró en el aula, todo explotó de tal manera que fue la misma Sara quien frenó el posible desastre que se avecinaba.

Paula —una de las tres zorras que siempre atacan en manada— estaba riendo a carcajadas mientras Itziar destrozaba unas hojas —que ahora la monja sabe que eran los deberes de Sara— y Ainhoa le susurraba palabras horribles a la chica en la cara.

—Eres una puta, una cerda que seguro que ha dejado que todos se la follen —decía con cara de asco—. Es un hecho que acabarás en una carretera solitaria chupando pollas por dos duros.

Catalina estaba entrando en el aula cuando oyó esas palabras y se detuvo un segundo con el corazón acelerado.

—¿Qué vas a hacer cuando ya no estés protegida por las monjas? —Ainhoa soltó una carcajada fría—. Seguro que te inflarás a mierdas porque solo colocada podrás soportar el asco de vida que te espera.

Entonces la religiosa empujó la puerta con tanta fuerza que cuando la madera se estrelló contra la pared, todas las alumnas dieron un salto, asustadas.

Catalina clavó su mirada en Sara haciéndole una pregunta silenciosa «¿por qué coño no te defiendes?

» y en vez de ir por Ainhoa, quería castigarla a ella por permitir que esas zorras la trataran de esa manera.

—Elorza, ¿qué está ocurriendo? —inquirió mientras caminaba despacio hasta las alumnas.

Ainhoa movió los ojos fracasando en el intento de ocultar que Catalina había podido escuchar algo.

—Nada, estábamos hablando, ¿verdad, Sara?

La monja se agachó a recoger las hojas rotas de los deberes de la alumna y se las enseñó exigiendo una explicación. Para su asombro, fue la misma Sara la que contestó y encubrió al trío de perras.

—Lo siento, sor Catalina, ha sido mi culpa —esos ojos miel que ella ya adoraba la miraron con intención—. Los haré nuevamente y esta tarde se los entregaré.

La monja apretó la mandíbula y decidió esperar a que Sara luego le aclarara el asunto.

Cuando la clase acabó, la alumna se acercó a la mesa manteniendo una distancia prudente.

—¿Estás enfadada? —le preguntó en voz baja y Catalina levantó una mirada que parecía envuelta en llamas.

—Te dejas humillar por ellas y no haces nada para detenerlas —lo dijo con los dientes tan apretados que escuchó cómo chirriaban entre ellos.

—Joder, Cata, te ves tan sexy así de enfadada que me encantaría follarte ahora mismo.

La monja cerró las piernas como un cepo al escuchar la voz melosa de la chica y, aunque no quería hacerlo, no pudo evitar que su gesto se relajara.

—Te dije que quería hacer las cosas bien —siguió Sara sin darle oportunidad de abrir la boca—.

Desde que llegué he aguantado cada una de las palabras de esas chicas y ¿por qué crees que no he hecho nada?

Ellas tienen la vida resuelta y si me defiendo, a sus padres no les costará nada hacer que vuelva al centro de menores, o peor aún, a la cárcel —Sara estiró la mano y le rozó el brazo—.

Quiero ser libre y que dentro de unos meses, podamos marcharnos sin huir de nada.

Catalina asintió dándole la razón y sintiéndose una inmadura al lado de una chica de diecisiete años que parecía tener las cosas bastante más claras que ella.

—No sabes cómo me jode verlo —murmuró la monja y se mordió el interior de la mejilla cuando notó la sonrisa de medio lado de Sara.

—¿Ahora te jode? Bastante que tú misma me castigaste.

—Eso es diferente —escupió levantando la barbilla.

Sara soltó una pequeña risa que se le escapó por la nariz.

—De verdad, no tienes de qué preocuparte.

Ainhoa cree que no respondo ante sus gilipolleces porque tengo miedo, lo que no sabe es que puedo apuñalarla sin pestañear —Sara le guiñó el ojo y Catalina negó con la cabeza—.

Si quisiera defenderme, ni lo dudaría, pero yo solo quiero salir de aquí y comenzar mi nueva vida. Ya te lo he dicho.

Entonces Sara se acercó con cuidado, vigilando que la puerta seguía cerrada, y la besó con tanta fuerza que Catalina supo que sería ella misma la que tendría que tomarse la justicia por su mano.

—Ella me ha empujado y yo solo le estaba diciendo que eso estaba mal —intenta salvarse la alumna mientras Catalina sigue caminando alrededor de ella con las manos unidas detrás de la espalda—. Por favor, hermana, tiene que creerme.

La monja guarda silencio y observa con un deleite casi enfermizo el sufrimiento de la alumna. Ainhoa tiembla y los ojos se le humedecen.

—A mi padre no le gustará esto —la chica de repente cambia hacia una táctica que siempre le ha funcionado.

Catalina se detiene a su lado y se pasa la lengua por los dientes antes de soltar el veneno.

—¿Es una amenaza, Elorza? Porque si es así, tienes que saber dos cosas —hace una pausa y mueve el cuello—. Aparte de que tu padre no puede detenerme, un Elorza jamás está por encima de un Loyola.

La chica abre mucho los ojos porque hasta ahora, sor Catalina siempre había sido esa monja dura de las que no te gustaría desafiar, pero jamás había dicho nada que se acercara al terreno personal como ahora.

Ainhoa deja caer los libros completamente dolorida al tiempo que la puerta de la biblioteca se abre. Por ella entra la madre superiora seguida de Paula e Itziar, quienes no dudaron en alertar a Pilar cuando se dieron cuenta del tipo de castigo que quería implementar la monja.

Catalina gira el cuello y antes de alejarse le susurra al oído:

—Si vuelves siquiera a mirarla, utilizaré todo el tiempo que me quede de vida para joderte —Ainhoa puede sentir el odio en sus palabras—. No respires cerca de ella, Elorza, porque el resto de tu existencia la vivirás mirando por encima de tu hombro.

—Sor Catalina —la llama la madre superiora—, acompáñeme a mi despacho. Y vosotras, recoged los libros del suelo.

La religiosa deja su mirada fría sobre la alumna antes de seguir los pasos de Pilar Castro fuera de la biblioteca.

Caminan por los pasillos en silencio, pero con la tensión tan presente que pudiera cortar si alguna de ellas se atreviera a tocarla.

Catalina no deja de preguntarse cómo esa mujer que parece una lámpara rota es capaz de aguantar los asaltos con Malick porque ahora ve al africano más veces de lo habitual rondando por Nuestra Señora de la pureza y la santa obediencia y sabe a lo que va porque Pilar no es precisamente discreta algunas noches.

Cuando llegan al despacho de la madre superiora, ambas toman asiento una frente a la otra, observándose durante unos segundos tan largos como incómodos.

—Estoy completamente segura de que se te está yendo la cabeza, Catalina —Pilar hace un gesto con los labios y coloca ambas manos sobre la madera—. ¿Cómo se te ocurre castigar a Ainhoa Elorza de semejante manera?

La monja cruza la pierna con calma mientras se recoloca el hábito.

—¿Te acuerdas de Urrutia? —ladea la cabeza—. Porque yo sí y tus castigos eran peores. O los que le impartías a González, que te daba igual todo lo que llorara.

Pilar, como siempre, levanta la barbilla y maldice el momento en que su vida se cruzó con la de Catalina.

—El detalle, Pilar —sigue la religiosa—, es que tú castigas a quien te conviene, y le lames el culo a los padres de las alumnas que tan generosamente aportan buenas sumas de dinero al colegio.

—Lo que no puedes hacer es castigar a una alumna ejemplar como ella por culpa de otra de la que pareces obsesionada y que además es una delincuente —rebate Pilar ignorando deliberadamente el comentario anterior.

Catalina suelta una risa, entre siniestra y fea, que desde luego no tiene una pizca de gracia y hace que la monja mayor la mire con cautela.

—¿Ejemplar? Tu problema, vieja zorra —paladea cada letra y la dice con ganas—, es que tienes los conceptos muy distorsionados —Catalina se pone de pie de manera tan repentina que Pilar retrocede con un gesto de sorpresa—.

Por ejemplo, tú deberías ser una persona modélica que sirve únicamente al Señor y, sin embargo, por los únicos que te arrodillas son por las familias influyentes que te llenan los bolsillos y por Malick cuando le devoras la polla.

Además, por supuesto, de encubrir violaciones y actos delictivos con tal de conseguir más poder.

Catalina da varios pasos hasta ella y Pilar solo puede levantar la cabeza para sostenerle la mirada nerviosa desde su silla.

—No me toques el coño, te lo advertí una vez y ahora te lo repito —pone ambas manos en los reposabrazos y queda tan cerca de la monja mayor que puede ver el miedo en su expresión—.

Haz la vista gorda como siempre lo has hecho, déjame en paz y ni siquiera pienses en Navarro.

Quedan unos meses para que el año escolar se acabe y ella se vaya lejos de aquí.

Catalina evita decirle que se marcha, prefiere seguir vigilando a esa mujer de cerca sin que se imagine que abandonará el hábito y se irá con Sara.

—No pienso seguir amenazándote con el apellido de mi familia porque yo misma tengo más poder que ellos y si de verdad me lo propusiera, podría arruinarte como quisiera —se incorpora y camina hacia la puerta—.

Disfruta de lo que aún tienes, Pilar, en vez de meterte en peleas que te quedan demasiado grandes.

Catalina Loyola sale del despacho azotando la puerta con fuerza sin importar lo que piensen las demás.

Está harta de esa mujer, pero lo que más le molesta es que de alguna manera se siente cómplice de sus fechorías porque, aunque no ha tenido nada que ver, tampoco ha hecho nada por hacerle pagar.

Recuerda que ayudó a aquella novicia para que comenzara una nueva vida y que decidió no ir en contra de Pilar porque estaba casi segura de que no lograría nada.

Es consciente de ello, pero igual le jode.

Se encierra en su habitación porque necesita calmarse y cuando abre el armario buscando una muda de ropa limpia, el cilicio cae a sus pies como un sangriento recordatorio.

No puede evitar pensar en lo mucho que ha cambiado su vida porque desde que aceptó lo que siente por Sara Navarro no ha vuelto a recurrir a él.

Respira con calma y se promete a sí misma que en los próximos meses hará todo lo necesario para que su futuro con la alumna esté asegurado.