Impura Capítulo 20
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Capítulo 20

S ara tendría que estar sintiendo nervios ahora mismo porque sabe que no debería estar aquí.

Son las doce de la noche y está frente a la puerta de la habitación de Catalina, hasta donde ha venido descalza por miedo a que sus pasos delataran su presencia ante la monja que esté de guardia.

Quería hacer esto de día, acorralar a Catalina en algún sitio, tal vez en su despacho, pero la monja hoy ha sido una presencia fantasmagórica a la que Sara no ha visto ni siquiera por la tarde, cuando sor Ernestina ha acudido a supervisar sus tareas de jardinería en su lugar.

—Sor Catalina está ocupada hoy —la explicación de la monja, que Sara no había pedido, solo la ha enfurecido más.

Con cuidado, Sara gira el pomo y empuja la puerta. Catalina, que estaba leyendo en la cama, se incorpora de golpe al ver entrar a la alumna.

—¿Qué haces aquí? Sal ahora mismo —exige, casi saltando de la cama.

Sara ya ha cerrado y se ha colocado a un lado, con la espalda tocando la pared mientras, por un momento, mira las piernas desnudas de la monja. Ya la ha visto sin ropa otras veces, pero nunca se cansa de ver su piel.

—Tengo que hablar contigo —dice al fin.

—No puedes estar aquí y lo sabes, vete. Hablaremos mañana.

Sara suelta el aire por la nariz con expresión irónica.

—Y mañana huirás de mí como haces siempre. No pienso irme.

—Sara, no... —los pasos furiosos de Catalina, que se acercaba a ella para sacarla de su habitación, se detienen en seco cuando la escucha.

—Lo maté porque me violó.

La monja siente que se ha golpeado el cuerpo y la cabeza contra un muro. Los oídos empiezan a zumbarle y por un momento tiene la sensación de haberse quedado sorda.

—¿Qué...? —empieza, pero no sabe qué decir y solo mira a la alumna, cuya mirada se ha apagado.

—Tenía catorce años. Entró una noche en mi habitación a las dos de la mañana y cerró la puerta.

Me desperté aturdida, sin entender qué hacía ahí porque nunca había insinuado nada que me hiciera sospechar o estar alerta.

Pensé que a mi madre le había pasado algo porque estaba trabajando de noche, y cuando fui a incorporarme se me echó encima.

Catalina está paralizada, sintiendo una rabia visceral que hasta ahora no había experimentado.

Por primera vez en su vida se asusta de sí misma y de lo que sería capaz de hacer, porque solo puede pensar en lo que haría si tuviera a ese hombre delante ahora mismo, y nada de lo que le gustaría hacerle acabaría con él respirando.

—Lo recuerdo todo, cada detalle, cada cosa que hizo o me dijo mientras me tenía inmovilizada.

Me aplastó la cara con una mano y lo único que podía ver era el maldito reloj.

Mientras lo hacía no dejaba de amenazarme, de decirme lo que me haría a mí o a mi madre si me iba de la lengua.

Entendí que se iba a repetir, así que me preparé.

Robé uno de los machetes que tenía en el garaje, era un maldito cazador borracho, y estuve despierta tres noches con el arma en la mano hasta que la puerta volvió a abrirse.

Lo que hice cuando se me echó encima de nuevo ya lo habrás leído.

Catalina no sabe qué decir. Siempre tiene respuestas para todo, pero ahora está bloqueada, aunque su mente es un hervidero de pensamientos que no puede ordenar.

No deja de imaginarse a una Sara mucho más joven, confiada e indefensa mientras ese salvaje que su propia madre había metido en su casa la violaba como si fuera un trozo de carne que él podía utilizar para satisfacerse.

—¿Y tu madre? —logra preguntar con una voz tan baja que a Sara le cuesta escucharla—. ¿Le llegaste a contar lo que había pasado?

Sara suelta una risa amarga, pero esta es muy diferente a la que le ha dedicado antes a ella. Ahora mira el suelo y se ha encogido de hombros.

—No hizo falta decírselo, aquel cabrón me había destrozado la cara a golpes y me dolía tanto el cuerpo que apenas podía caminar.

Las sábanas estaban llenas de sangre, así que era muy evidente.

Yo sabía que no había que ducharse, lo había visto en las pelis, así que esperé con toda su mierda en mi cuerpo a que ella llegara, pero cuando me vio me dijo que hiciera el favor de lavarme, y ahí entendí que las amenazas de él no eran para que no se lo contara a ella, sino para que no se lo contara a los demás.

Ahora Catalina quiere arrancarle la piel a tiras a otra persona.

—Está en la cárcel —explica Sara—. Cuando todo pasó, quedó demostrado en el juicio que ella lo sabía y no hizo nada. No te cuento todo esto para darte lástima, solo porque no quiero que pienses que soy una psicópata que asesina sin razones. Quería evitar que siguiera pasando.

Catalina no puede dejar de mirarla. Sabe que debería decir algo, como por ejemplo lo orgullosa que está de ella, o acercarse y abrazarla, aunque no le parece que Sara esté buscando su abrazo ahora mismo.

La información la ha dejado tan descolocada que lo primero que dice no es exactamente lo que debería, pero sí algo que quería decir antes de saber esto.

—Me voy del colegio, lo estoy preparando todo para marcharme en unos días.

Sara siente que la habitación empieza a dar vueltas a su alrededor, hasta que se mueve enfurecida y da unos cuantos pasos hasta situarse delante de la monja.

—¿Y qué pasa con nosotras? —dice, notando que le pican los ojos.

—Ya te dije que...

—¿Estabas cansada de mí? —la corta la alumna—. Una mierda, sé que es mentira, sé que sientes algo por mí, lo noto —sisea rabiosa—, pero eres tan cobarde que prefieres hacer las maletas y largarte.

—Tú y yo no tenemos ningún futuro. No sé si te has dado cuenta, pero eres menor de edad. Es imposible que funcione.

—¿Y si tuviera dieciocho? —pregunta Sara, limpiándose los ojos con rapidez porque no quiere llorar de frustración delante de ella.

Catalina abre la boca, pero titubea porque sabe que si la chica fuera mayor de edad lo suyo no se habría detenido en ningún momento. Sara le gusta a unos niveles que sospecha que está enamorada.

—No los tienes.

—¡Faltan dos meses! —gruñe conteniendo la voz—. Espérame, no te vayas de aquí sin mí.

—Sara...

—Me fugaría contigo ahora mismo, pero si me voy incumpliré la sentencia del juez y nunca podré ser libre del todo.

Quiero hacer las cosas bien, salir y empezar de cero...

Espérame, por favor. He tenido sexo con varias personas desde los quince, la psicóloga decía que era un mecanismo de defensa, una forma de demostrarme a mí misma que el control lo tenía yo, que yo decidía cómo y cuándo, pero nunca he sentido nada más allá del orgasmo, ningún tipo de conexión con nadie.

No he sentido las jodidas mariposas en el estómago hasta que te conocí a ti —Sara da un paso atrás, pero para su sorpresa, Catalina lo da hacia delante y le aparta los mechones alborotados de pelo que caen sobre su rostro.

Se queda mirándola fijamente como si pudiera leer a través de sus ojos marrones, y entonces se inclina y le da un beso.

—Siéntate —susurra, señalando la cama.

Sara obedece y Catalina se sienta a su lado, frotándose las sienes.

—Lo que propones es una jodida locura.

—Lo sé, pero quiero estar contigo, y sé que tú...

—Sí —la corta—, yo también.

Sara parpadea y se queda muy quieta mientras los latidos de su pecho le golpean las costillas con la fuerza de un martillo neumático.

—Estoy buscando casa por la zona —empieza Catalina sin mirarla, apoyada contra sus rodillas mientras se frota las manos—. No me quiero ir lejos, mi hermana vive aquí y no quiero alejarme de ella. La gente nos vería y hablaría.

—Me importa una mierda la gente —espeta Sara, y Catalina ladea la cabeza con una sonrisa torcida.

—La verdad es que a mí también.

El corazón de Sara da un vuelco.

—Entonces, ¿me esperas?

Catalina asiente, no tiene sentido seguir negando algo que desea tanto. Ya ha sacrificado media vida por los deseos de otros, y ahora ha llegado el momento de centrarse en los suyos, y ella quiere a Sara, y seguir negándoselo es completamente absurdo.

—Has dicho que quieres hacer las cosas bien —dice, y Sara afirma con vehemencia—. Pues hay que tener cuidado a partir de ahora. La madre superiora ya sospecha, así que te portarás bien y no volverás a presentarte en mi habitación en mitad de la noche.

—¿Vendrás tú a la mía? —pregunta Sara, buscando una de sus manos.

Catalina las separa y pone las palmas hacia arriba, dejando que Sara deslice sus dedos y los entrelace con los suyos.

—Ya veré —responde misteriosa, y Sara sonríe y se inclina sobre ella para darle un beso en la mejilla que deja a Catalina con la cara hormigueando.

—Quiero que sepas que no pretendo vivir de ti, quiero trabajar cuando salga de aquí.

Buscaré cualquier cosa y ganaré dinero. Quiero hacer algún curso específico de jardinería, me gusta estar fuera con las plantas, al aire libre —explica, sin darse cuenta de lo embelesada que está ahora mismo la monja mientras la mira—.

Cuidaré de ti, te demostraré que no te has equivocado al elegirme.

—¿Me cuidarás? —la ceja de Catalina se levanta y su sonrisa se curva solo hacia un lado.

—¿Crees que no puedo?

—Sé que puedes, has cuidado de ti desde los catorce —Catalina le aprieta la mano y se la cubre entre las suyas.

Ve el destello de miedo que pasa por los ojos de Sara en ese momento, y también de vulnerabilidad.

—Así que ahora seré yo la que cuide de ti —asegura la monja, negando lentamente con la cabeza—, si alguien se atreve a tocarte un solo pelo haré que desee no haber nacido.

Se inclina sobre ella y le besa el pelo, y Sara se deja caer contra su cuerpo, aceptando el único abrazo que necesita y que la reconforta.