Impura Capítulo 19
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Capítulo 19

S ara siente que la ansiedad la está asfixiando de tal forma que, si sigue en ese estado, acabará enfermando.

Ha perdido la cuenta de los días que han pasado desde que Catalina Loyola le dijo que se había cansado de ella y que lo que habían tenido no era más que un entretenimiento con fecha de caducidad.

Las frases aterrizaron en su pecho como varios manotazos con la mano abierta, pero Sara no dejó que sus rodillas se doblaran ni que su cuerpo se desvaneciera ante la cantidad de sentimientos confusos que estaba experimentando.

Lo aceptó con madurez porque a pesar de su edad, ha vivido tantas vidas que entiende muy bien lo que significa un rechazo porque, al fin y al cabo, eso es lo que ha sentido siempre.

Sara comprende que nunca ha sido lo suficientemente importante para las personas que deberían haberla querido como para que una desconocida con la que ha follado varias veces la tome realmente en serio.

Toda esa teoría la entiende muy bien, pero la forma en que le ha afectado al corazón es otra cosa.

Por alguna razón que poco comprende, las pesadillas han parado esos días para dar paso a esa ansiedad maldita que la está destruyendo por dentro, por eso está encerrada en su baño, sentada en el suelo con la espalda pegada a la puerta mientras habla con Nagore por mensaje de texto.

No han vuelto a verse desde aquella noche en que Catalina las atrapó follando en la vieja caseta porque su amiga no puede permitirse que las amenazas de la monja —llamar a la policía— se cumplan.

Para ella sería devastador porque no puede soportar otra mancha más en su expediente judicial.

Sara: Necesito verte, si no hablo con alguien me voy a ahogar.

Los tres puntos en la pantalla le indican que la otra chica está contestando y ella solo puede morderse las uñas mientras espera.

Nagore: Sabes que no puedo, la jodida monja no me quiere cerca.

Sara: Hablaremos a través de la verja, no habrá peligro. El móvil no puedo usarlo demasiado rato.

La respuesta tarda varios minutos en llegar, pero hace que Sara suspire con calma.

Nagore: Espérame esta noche, estaré ahí un poco antes de las doce.

La estudiante se levanta de un salto y termina de vestirse para después salir de su escondite y guardar el aparato en el mismo sitio que lleva oculto desde que lo tiene.

Todavía es pronto, pero ella prefiere llegar la primera al comedor, desayunar rápido y salir de ahí antes de que sus ojos la traicionen y se desvíen hacia la mesa que siempre ocupa Catalina.

Lleva días haciéndolo de esa manera porque no puede evitar sentirse entre dolida y rabiosa con la monja, no solo por jugar con ella de esa forma —Sara estaba haciendo lo mismo—, sino porque está segura de que la religiosa está en el mismo punto que ella, que ese estira y encoge se les ha ido de las manos, pero en vez de ser sincera, la echa de su vida como la mayoría de personas siempre ha hecho y por muy fuerte que sea Sara, eso la destruye por dentro.

—Todo el mundo merece ser querido, Sarita —le dijo una vez una trabajadora social cuando tenía quince años—. Este mundo ya es suficientemente cruel como para quedarnos donde no nos quieren.

Esas palabras se le quedaron tan grabadas que las ha aplicado desde entonces, de hecho, lo está haciendo ahora con Catalina, pero no está funcionando demasiado bien.

Cuando llega, son las once y media de la noche. Sara sale con sigilo de su habitación, deteniéndose en cada esquina para cerciorarse de que nadie está cerca. Hoy lo hace con más cuidado que nunca porque esta vez no quiere que ninguna monja la coja por el camino y la devuelva a la habitación.

Cuando baja las escaleras, observa a una de las religiosas que está de guardia y Sara se pega a la pared en silencio.

Avanza dando pasos largos hasta que logra salir de la zona de peligro.

Atraviesa el jardín lateral encorvada y cuando gira en la esquina puede ver a una figura agachada al otro lado de la verja.

—Hola —susurra la estudiante, y Nagore se lleva la mano al pecho después de dar un respingo.

—Joder, qué susto me has dado —la chica mira a un lado y a otro—. Todavía tengo el miedo en el cuerpo desde la última vez.

Sara saca la mano por la reja y entrelaza los dedos con los de su amiga.

La echaba de menos, Nagore de alguna manera ha sido la única persona que se ha mantenido en su vida desde que se conocieron y, aunque sus encuentros a menudo conllevaban sexo, la relación entre ellas es más fraternal que de dos amantes.

—Gracias por venir, necesitaba verte.

—¿Ha pasado algo? —se preocupa Nagore—. Pensé que estabas bien aquí.

—Y lo estoy, tranquila —Sara le suelta la mano y se acomoda bien sentándose frente a la verja—, pero es que hay algo con lo que me está costando lidiar.

Nagore levanta las cejas porque cuando Sara decía algo parecido, incluía una cara magullada o un moretón para alguna chica que se había pasado de la raya con ella y luego amenazaba con denunciarla a las que custodiaban el centro donde estaban recluidas.

—No es eso —Sara ladea una sonrisa porque sabe bien lo que está pensando su amiga—. Creo que me he enamorado.

La alumna empieza a contarle el momento exacto en que se dio cuenta de que lo que estaba sintiendo por sor Catalina iba más allá de un simple capricho por una mujer increíblemente atractiva que la miraba en el jardín como si la chica fuera la última bebida fría que quedaba en el desierto.

Le explica cómo comenzó todo, sus discusiones, el primer beso robado y la última noche que pasaron sudando en el colchón de la cama de la religiosa.

—Joder con la monja —suelta Nagore con los ojos muy abiertos—. ¿Entonces llevas acostándote con ella todo este tiempo?

Sara niega y ahora sí que la otra chica puede ver la tristeza en su gesto.

—Se ha acabado —se pasa la mano por la cara—. Hace días que no estamos cerca, ya sabes... nos vemos en el colegio porque no hay otra opción, pero no hemos estado a solas ni vuelto a hablar de nosotras.

Nagore la observa durante unos segundos tratando de entender toda la situación y, aunque está de parte de Sara —siempre lo ha estado—, por alguna razón desconocida comprende también a Catalina.

—Quizá es que ella no se lo esperaba, ¿no? —inquiere—. Es monja y tal vez es la primera vez que le pasa esto y no sabe cómo manejarlo.

La alumna suelta una carcajada que nada tiene de graciosa, más bien está cargada de ironía y oscuridad.

—Créeme, no es la primera vez para ella —Sara deja ir un suspiro—. Se nota que ya lo ha hecho en otras ocasiones porque, aunque al principio se resistió, luego se dejó llevar y lo ha hecho bastante bien.

—¿Y qué crees que pasa entonces?

Sara se encoge de hombros y la tristeza ahora la baña por completo.

—Puede ser que sea real que se haya cansado de mí, que tenga miedo o que haya descubierto la verdad... —Sara se aprieta la frente y cierra los ojos por un instante—. Que no quiera estar con alguien que...

—Eh, detente —Nagore mete la mano por la verja y atrapa la de Sara—. Tú no tienes la culpa de nada y si esa mujer quiere estar contigo, eso no debería suponerle un problema. ¿Le has preguntado qué siente ella?

La estudiante chasquea la lengua. Ella y Catalina pocas veces han hablado como dos personas civilizadas y cuando lo han hecho, no ha sido precisamente para hacerlo sobre lo que siente una por la otra.

—No tuvimos tiempo —resume la chica—, y tampoco es que quiera ir a preguntarle si me quiere o no.

Nagore, que se sabe la historia completa de Sara Navarro, le da un apretón en la mano que tiene cogida y la mira con una ternura que solo es capaz de darle a su amiga.

El poco amor que ha recibido ha sido a cuentagotas y a menudo de gente que buscaba algo a cambio.

Sabe que para Sara es más difícil esta situación de lo que le podría suponer a cualquier otra persona sin tantas heridas emocionales.

—Te quedan apenas unos meses en este colegio si no te metes en problemas —Nagore le guiña un ojo imprimiendo un toque de humor a la situación—.

Nuestro plan sigue en marcha, ¿recuerdas?

Y si no quieres enfrentarte a esa mujer para que te diga qué siente por ti, solo tienes que esperar hasta el último día de clases para que yo te recoja y te lleve fuera de aquí.

Suena tan fácil.

—¿Qué harías tú? —Sara se muerde los labios y Nagore ladea la cabeza pensando.

—Creo que si sintiera algo por una mujer que me ha demostrado que lo que tenemos no es solo sexo, la buscaría para decirle qué siento y le preguntaría si estamos en la misma página —se explica Nagore—.

Y si me dice que no, al menos no me habré quedado con la duda y me hincharía a follar para sacármela de la cabeza.

Sara se ríe porque Nagore siempre tiene una forma de alegrarle el momento, sea lo que sea por lo que esté pasando, su amiga busca la manera de sacarle una sonrisa. Nunca podrá agradecerle lo suficiente por estar a su lado.

Un sonido hace que las dos den un salto involuntario y el corazón se les acelere.

—Es mejor que te vayas —susurra Sara mirando a un lado y a otro—. Las monjas no dejan de hacer guardia y no quiero que te vean.

—¿Vas a estar bien? —Nagore lo pregunta con preocupación.

Sara ladea una sonrisa gamberra.

—Al final siempre he logrado estarlo, ¿no?

Nagore sabe que eso tiene una parte de verdad y otra de mentira porque Sara nunca ha estado bien del todo, ¿quién podría estarlo con su historia? Y justamente porque la de ella no es muy diferente, sabe lo difícil que es encontrar un lugar donde ser feliz y estar tranquila.

—Cuídate, ¿vale? —Nagore le deja una última caricia—. Si me necesitas, dímelo y aquí estaré.

Se despiden cuando Sara se pone de pie y luego se pierde por la oscuridad del jardín lateral.

Unos minutos después está cerrando la puerta de su habitación con la respiración agitada, no ha visto a ninguna monja merodeando, pero con el miedo metido en el cuerpo cualquier cosa la asustaba.

Se deja caer en la cama decidida a que mañana buscará a Catalina, le explicará su verdad y le dirá lo que siente por ella.