Capítulo 18
S olo hay una cosa con la que Catalina no había contado cuando decidió mentirle con crueldad a la alumna al decirle que se había cansado de ella: que fuera Sara la que la ignorase.
Desde entonces, se han cruzado en los pasillos, se han visto en el aula y en el comedor y han pasado la tarde juntas en el jardín porque una vez dijo lo que dijo, para la monja ya no tenía sentido seguir evitándola, no le iba a hacer falta.
Catalina termina de dar la clase y se queda quieta junto a su mesa en lugar de salir la primera.
Intenta disimular, pero sus ojos se detienen en la estudiante, que está recogiendo sus cosas como si no la estuviera viendo.
Se ha pasado toda la clase callada, sin molestar, sin entrar al trapo con Ainhoa y su banda y leyendo sin levantar la mirada la única vez que Catalina se lo ha pedido.
No es su actitud sumisa lo que tiene a la monja confundida —o preocupada—, es la tristeza que emana de la chica, como si algo se hubiera apagado dentro de ella y no encontrara la manera de encenderlo.
Ayer, en el patio, Sara se movía como si fuera un robot, no la miró ni una sola vez ni se quejó de que el maldito viento esparciera los montones de maleza que ella iba haciendo con el rastrillo.
De hecho, parecía aliviada cada vez que pasaba, como si quedarse sin nada que hacer significara tener que levantar la vista y cruzarla con la suya.
—¿Te encuentras mal? —preguntó Catalina hacia el final, exasperada ante la falta de reacción de la chica.
—¿Yo? —Sara la miró solo un segundo.
—Creo que es evidente, aquí no hay nadie más —bramó la monja.
Sara siguió arrastrando hojas y hierbajos como si nada.
—Estoy perfectamente.
Fue su tono lo que atravesó a Catalina. No había ni rastro de chulería, ni un intento de provocación. Al parecer, Sara se tomó al pie de la letra lo que le dijo y Catalina está a punto de volverse loca desde entonces.
La ve levantarse de la silla, colocarla bien antes de moverse y salir detrás de otra chica, de nuevo sin mirarla.
La monja siente la tentación de seguirla, o de exigirle que espere, incluso de castigarla por ignorarla, pero después cierra los ojos un momento, hace un par de respiraciones y sale del aula para ir a buscar a la única persona que la conoce de verdad.
Llega a la enfermería y tiene que esperar diez minutos porque hay una monja dentro.
—Sor Catalina —dice sor Irene al salir, haciendo una inclinación de cabeza que ella le devuelve con una sonrisa forzada.
Todavía no se ha movido cuando Isabel se asoma al pasillo para comprobar si queda alguien más y la ve.
—Venga, entra —la doctora se hace a un lado y cierra la puerta cuando pasa.
No se molesta en echar el pestillo, porque sabe que ya no le hace falta.
—¿Estás bien? —pregunta cuando ve que Catalina se queda de pie junto a la camilla, con los brazos cruzados y sus ojos azules enfocados contra el suelo.
—No.
—¿No? —Isabel da un par de pasos hacia ella y le pone una mano en el mentón para que la mire—. ¿Estás enferma? —su ceja se levanta y Catalina resopla.
—Quizá.
La monja aparta la mirada y camina hasta la mesa, sentándose en la silla de Isabel mientras que la doctora lo hace frente a ella, en la que ocupan sus pacientes.
—¿Qué pasa?
—A lo mejor tenías razón.
—Eso seguro, pero tendrás que ser más concreta, suelo decirte muchas cosas.
Catalina pone los ojos en blanco.
—A lo mejor sí que me he enamorado de ella —murmura al fin.
Isabel suspira, consciente de que no es una buena noticia para Catalina, de hecho, es una de las peores, porque la mujer que hasta ahora parecía tener un corazón de hielo imposible de resquebrajar se ha derretido ante la persona que más peligro supone para ella.
—El otro día me la quité de encima —Isabel frunce el ceño—, me refiero a que vino a mi despacho y le dije que me había cansado de ella. Le insinué que había sido un juego y que ya me había aburrido.
—¿Y cómo se lo tomó?
Catalina tarda un rato en contestar.
—No lo tengo muy claro, lo que sí sé es que desde entonces es ella la que me ignora a mí, pasa por mi lado y ni siquiera levanta la vista, estamos en el jardín y es lo mismo que estar al lado de una estatua. No me habla, no se queja ni me provoca, es como si... No sé, está rara.
—Está triste —corrige Isabel—. A lo mejor tú no lo sabes, pero que te rompan el corazón duele bastante.
—Yo no le he roto nada.
—Eso no lo sabes, puede ser provocadora, deslenguada y soberbia y solo ser su forma de llamar tu atención, de asegurarse de que la ves igual que ella te ve a ti. Ahora le has dicho que te has cansado y, aunque es muy joven, parece que ha entendido las reglas y simplemente ha dejado de jugar.
—¿La estás defendiendo?
—No defiendo nada, Cata, solo digo que su reacción es lo mejor que te ha podido pasar. Es una alumna de este centro, y mientras eso sea así, la única que corre riesgos si algo se tuerce eres tú.
Catalina gira la silla hacia la ventana y deja que su vista se pierda más allá de los muros del colegio de Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, donde solo puede ver bosque.
—¿Y si no quiero que me ignore?
Isabel se levanta, rodea la mesa y se apoya en el alféizar de la ventana.
—Escúchame bien, Cata, tienes que alejarte de ella y...
—se queda pensando un segundo—, maldita sea, tienes que dejar este sitio.
Siempre te he dicho que no te veía aquí, ni siquiera entiendo por qué sigues aguantando algo que no soportas.
Este no es tu sitio y las dos lo sabemos.
Tienes dinero y eres demasiado inteligente como para seguir viviendo una vida que no quieres.
Deja esto y vete lejos, Catalina. A Sara se le pasará y a ti también.
—¿A dónde coño voy a irme? —la monja resopla.
—Donde te dé la gana. Vete a la ciudad, a una grande como Madrid. Sal por la noche, muévete por el ambiente y fóllate a todas las mujeres que te gusten. Vive tu vida de una vez, creo que ya has dejado que tus padres y la Iglesia te quiten suficiente.
Catalina cruza los brazos sobre el pecho.
—Así que quieres que me vaya... —murmura sarcástica.
—A veces te juro que te abofetearía, eres insoportable.
La monja levanta la mirada y a Isabel se le encoge el corazón al ver lo apagada que está. Se inclina sobre la silla, apoyando las manos en los reposabrazos y acercándose a ella.
—Te echaré mucho de menos si te vas, pero seré feliz sabiendo que tú también lo eres. No te quedes aquí, no si no puedes controlar lo que sientes por Sara.
Por primera vez en su vida, Catalina se inclina hacia delante, buscando un tipo de contacto con Isabel que no tiene nada que ver con el sexo. Apoya la cabeza contra su vientre y cierra los ojos cuando Isabel rodea su cuerpo con los brazos.
—No sé si puedo alejarme de ella.
—Ya lo has hecho, la has alejado y mira cómo estás ahora. Vete de aquí antes de que se te vaya de las manos, prométeme que te lo pensarás al menos.
Catalina asiente. Lo que Isabel le ha propuesto no es algo en lo que ella no haya pensado cientos de veces, sobre todo antes de Sara, porque siempre ha sentido que no tiene ningún aliciente para estar aquí.
No comulga con Dios, no cree en la Iglesia y aborrece a las personas que la dirigen, como la madre superiora o los tres curas que violaron a la chica y se fueron de rositas.
Sabe que ella no es una santa, que siempre ha tenido debilidad por las novicias, pero jamás ha tocado a ninguna que no la haya mirado con ganas de comérsela.
—Lo pensaré —dice cuando se levanta, dando un apretón en el brazo de la única amiga que tiene.