Capítulo 17
L as tres semanas que han pasado desde que Catalina Loyola fue en contra de la única regla que hasta ahora había cumplido en su vida —no tocar a una chica menor de edad— puede asegurar que han sido entre angustiantes y dolorosamente exquisitas.
Ha tenido que echar el freno, porque si fuera por Sara, la monja pasaría las noches sudando contra su cuerpo y por mucho que las ganas la asfixien durante todo el día, ella es la parte adulta de lo que sea que pasa entre las dos, y si no tiene cuidado, todo podría explotar de una forma devastadora.
Lleva siete días sin tocar a la alumna y ha empezado a buscar cosas que hacer fuera del colegio, a saltarse las comidas en el comedor e incluso ha delegado en sor Ernestina varias veces la vigilancia de Sara cuando está haciendo las labores de jardín.
Se ha visto obligada a hacerlo porque la intensidad con la que avanzaban los encuentros la marea, sobre todo porque la monja ya no puede fingir que lo que siente por la chica es un capricho como lo han sido todas las novicias que han pasado por su cama.
Catalina se ha empujado a empezar a aceptar que se está enamorando de la joven y eso sí que escapa de toda su comprensión.
—Me estoy volviendo loca —le dijo hace dos tardes a la doctora Mendizábal.
Isabel la miró por un segundo antes de cogerle la mano.
—Se te ha ido de las manos —la médica sabía que no se estaba equivocando—. No te estás volviendo loca, has perdido la cabeza por esa chica y ya no hay vuelta atrás.
Catalina se puso de pie casi de un salto.
—Siempre hay vuelta atrás, sobre todo en esto —le respondió mientras empezaba a caminar por el consultorio con los brazos cruzados en el pecho.
La certeza con la que lo dijo fue lo que hizo que Isabel se pusiera de pie y se acercara a ella. Usó la mano de Catalina para meterla en sus bragas y dirigir esos dedos que tanto conoce hacia su abertura.
La monja se tensó de inmediato y la doctora supo que iba por buen camino.
—Entonces puedes empezar a dar marcha atrás reventándome el coño como tanto me gusta —movió la mano de Catalina hacia arriba y hacia abajo—.
Sabes que siempre estoy preparada para ti y estaré encantada de que drenes en mí toda esa rabia que sientes porque te has dado cuenta de que te has enamorado de una cría.
Catalina deseó tener más poder en ese momento para callarle la boca a Isabel, para demostrarle que estaba completamente equivocada, pero no pudo.
Desde que Sara se arrodilló ante ella y devoró su sexo con tanta ansia, no ha podido ni siquiera pensar en volver a tocar a la doctora, mucho menos después de aquella noche en la que sor Pepita la despertó porque Sara había tenido una pesadilla y Catalina acabó en la cama de la estudiante hasta las cinco de la madrugada.
Sacó su mano del pantalón de Isabel, despacio, casi como una disculpa que jamás verbalizaría, y su amiga compuso un gesto que intentaba transmitir consuelo.
—Anda, ve a lavarte esa mano —suspiró con pena al confirmar que lo que había entre ella y Catalina había llegado a su fin—. Y vamos a hablar de lo que vas a hacer con ese enamoramiento tuyo.
Camina en dirección al aula dos donde tiene que dar clase y encontrarse con el rostro de Sara.
Es consciente de que la chica está sorprendida y quizá un poco rabiosa por esos rechazos mal disimulados de la monja, sobre todo cuando la estudiante ha visto el temblor en las manos de Catalina por llevar apenas horas sin tocarla y tener que estar toda la tarde cerca de ella, pero a la vista de todos en el jardín.
Suspira y entra en la clase haciendo que el murmullo de las estudiantes hablando cese de inmediato y todas se pongan de pie.
—Buenos días, sor Catalina —saludan al unísono.
—Sentaos y abrid el libro por la página catorce.
Las jóvenes obedecen, todas menos Sara, claro, que está repantigada en la silla con la corbata medio suelta y el libro cerrado.
En otro momento, la monja la hubiera reprendido y seguramente dado un castigo, pero sabe que es lo que está buscando Sara, llamar su atención de alguna manera porque lleva más de una semana ignorándola en todos los sentidos.
—Itziar, lee el primer párrafo para la clase —exige la profesora y ve de reojo cómo Sara chasquea la lengua y niega con la cabeza.
La chica empieza a leer con calma, haciendo las pausas adecuadas para evitar una regañina de la monja. Las alumnas escuchan con fingida atención y Sara no para de moverse e incluso hacer ruido, pero Catalina sigue ignorándola, se niega a seguir en ese juego que llevan meses protagonizando.
—¿Quién lee la siguiente página? —pregunta Catalina mirando al frente.
—Yo —se levanta Ainhoa y puede escuchar el bufido de quien es para ella la peste hecha persona y se gira para clavar sus ojos en Sara.
—¿Qué? —rebate Sara con un movimiento de cabeza, buscando confrontación.
—Ainhoa —la llama Catalina—, comienza a leer.
Los ojos de Sara son fuego cuando desvía la mirada hacia la monja, y Ainhoa se muerde la lengua para no protestar porque es obvio que la muerta de hambre de Navarro se está saliendo con la suya sin que la profesora la ponga en su lugar.
La clase continúa así hasta el final, con actividades que incluyen que la mayoría participe, con Sara intentando boicotearlas y con Catalina ignorando sus intentos.
Cuando suena la campana, la religiosa no espera ni un segundo, sale del aula como si tuviera una emergencia, haciendo que varias frunzan el ceño y que Sara no tenga tiempo de seguirla.
La chica recoge sus cosas y antes de que pueda salir, una mano la detiene.
—Das todo el asco, presidiaria —escupe Ainhoa, acompañada de Itziar y Paula como dos escoltas dispuestas a todo.
Sara está molesta, irascible y confundida.
Después de que por fin se acostara con Catalina, sus encuentros empezaban a ser lo que más deseaba durante el día.
Había miradas cargadas de lujuria, roces casuales en los pasillos y orgasmos alucinantes en su habitación.
De repente, un día, después de quedarse dormida sobre el pecho de la monja la noche anterior, todo había cambiado.
No hubo explicaciones ni una triste palabra, solo el desprecio de alguien que le había mostrado su cara oculta para luego volver a ponerse la máscara de la indiferencia.
Deja caer el libro que lleva en la mano sobre su mesa y da un paso hacia Ainhoa. La chica abre los ojos, pero se mantiene en su sitio, confiada de que tres pueden más que una.
—En unos meses todas estaremos fuera de este colegio —Sara sonríe con ironía—, y espero que papá contrate un guardaespaldas para ti porque no me cansaré de buscarte y hasta que no te abra en dos esa cara de puta barata que tienes, no voy a parar.
Así que sigue tocándome el coño, te suplico que lo hagas para que cuando esté sobre ti machacándote no sienta ni un ápice de pena.
Ninguna contesta e incluso las dos matonas de medio pelo parecen retroceder.
Sara recoge su libro y pasa por el medio de las tres amigas empujándolas.
Si no estuviera enfadada, incluso sonreiría por la cara que han puesto, pero en ese momento está tan rabiosa que lo único que quiere es salir de allí.
Cuando sale al pasillo, no hay ni rastro de Catalina, como ha ocurrido en la última semana, pero hoy ha llegado a su límite y por mucho que entre las dos no exista ningún compromiso, sabe que no se merece lo que está haciendo la monja.
Está bastante segura de que se oculta en su despacho, una zona en la que las alumnas no pueden transitar libremente porque siempre hay alguien asegurándose de ello.
—Sor Ernestina —la detiene Sara cuando la encuentra saliendo de la enfermería—. Perdone la molestia, pero sor Catalina me ha pedido que le lleve el libro a su despacho antes de la siguiente clase y como está prohibido que subamos solas, me pregunto si puede acompañarme.
La monja duda un instante porque todos en ese colegio saben lo estricta que es la hermana Loyola y lo poco que le gusta que la interrumpan.
—Por cierto, muchas gracias por las oraciones que me enseñó —Sara ha visto la indecisión en la religiosa y no ha dudado en jugar sus cartas—. Llevo algunos días sin pesadillas y estoy segura de que ha sido por eso.
Cuando acaba la frase, inclina la cabeza y cierra los ojos dándole más dramatismo al momento. Ernestina mira al cielo y pone las palmas hacia arriba.
—Alabado sea el Señor —sonríe—. Gracias a Dios has podido descansar.
Sara le devuelve el estiramiento de labios y sin que ninguna de las dos diga nada, empiezan a caminar hacia la zona de los despachos.
Saludan a otra monja que está sentada tras un escritorio —la que con seguridad habría detenido a Sara de pasar sola por ahí— y cuando llegan a la puerta dan varios toques a la madera.
—Adelante —se escucha la voz hosca de Catalina desde dentro.
—Gracias por acompañarme, hermana —Sara pone la mano en el picaporte antes de que lo haga Ernestina—. No le quito más tiempo.
Sara se mueve tan rápido que la monja no puede reaccionar y cuando se da cuenta, la alumna ya está cerrando la puerta tras de ella.
—¿Qué haces aquí? —sisea Catalina con los dientes apretados en cuanto la ve.
El corazón es un caballo de carreras que le revienta el pecho sin tregua porque ver a Sara Navarro frente a ella con la respiración agitada y las mejillas sonrosadas del enfado que la atraviesa hace que Catalina quiera levantarse y abrazarla.
—¿Me vas a decir qué te pasa? —la voz de la alumna sale tan filosa como el cuchillo de un carnicero.
La monja levanta una ceja.
—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones? —intenta huir desesperadamente de esa situación.
Sara bufa y se pasa la mano por el cabello en un intento fallido de recogerlo.
—Llevas una semana huyendo de mí, ignorándome por completo.
Y hoy ni siquiera me has regañado en clase cuando en otro momento me hubieras obligado a arrodillarme sin importar quién estuviera viendo —se cruza de brazos porque no sabe qué hacer con las manos—.
Así que si no te pasa nada, dime por qué coño no me has castigado.
«Porque estoy cansada de fingir que no me he enamorado de ti».
—Porque me aburre —suelta Catalina, torciendo los labios con fastidio—. Me he cansado de este juego. De ti, Sara. Es algo que iba a pasar tarde o temprano.
Sara no se mueve, no dice nada, solo la observa.
No puede saber si Catalina miente o dice la verdad, aunque si se deja llevar por su intuición, puede asegurar que la monja está fingiendo algo que no siente.
La chica respira profundamente durante unos segundos mientras espera que diga algo más, pero el silencio no parece que vaya a desaparecer.
—Te has cansado de mí —Sara repite las palabras para que su mente las asimile—. Vale.
La chica se gira y sale del despacho. No grita, no azota la puerta ni mucho menos ruega.
Sara ha tenido una vida de mierda desde que apenas era una niña y una de las tantas cosas que ha aprendido es que el cariño no es algo que se pueda forzar.
Lo sientes o no, y aunque ella puede asegurar que está completamente colada por Catalina, desde luego no piensa obligarla a estar cerca de ella.