Impura Capítulo 16
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Capítulo 16

—Sor Catalina... —escucha la monja justo después del ruido que acaba de despertarla.

Necesita varios segundos para situarse y conseguir que sus ojos se abran sin que sus párpados pesados vuelvan a caer.

—Sor Catalina... —la voz se repite y ella mira hacia la puerta, apoyándose en los codos para ver a Sor Pepita medio asomada en su puerta.

—¿Qué pasa? —pregunta, todavía desconcertada.

La monja da un paso hacia el interior de la habitación y se acerca a su cama sosteniendo una lámpara de aceite que la hace parecer siniestra.

—Siento despertarla, pero en la reunión de hace unas semanas dijo que si veíamos a Sara Navarro deambulando por el patio la despertáramos.

Los ojos de Catalina se abren de golpe cuando su corazón se desboca al escuchar el nombre de la alumna.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está? —pregunta, sentándose en la cama.

—Ahora está en su habitación, la he encontrado caminando cerca de los setos y la he acompañado dentro, pero estaba muy nerviosa, sudorosa e inquieta, y me ha preocupado.

—¿Te ha dicho qué le pasa?

La monja niega con la cabeza.

—¿Qué hora es?

—Casi las tres de la madrugada. ¿Quiere que me ocupe? Puedo hacerle una tila y rezar con ella hasta que se duerma.

Catalina se estremece solo de pensarlo.

—No. Yo me ocupo, iré enseguida a verla. Gracias por avisarme.

Sor Pepita asiente y sale de la habitación, cerrando la puerta.

Catalina enciende la luz y se levanta con una torpeza que sabe que le están provocando los nervios y una preocupación extraña que no debería sentir. Abre el armario y busca algo cómodo con lo que vestirse, porque ni de coña se va a poner el hábito ahora.

Busca entre la poca ropa de civil que tiene aquí y encuentra una camiseta de manga corta y un pantalón deportivo que se pone lo más rápido que puede. Entra al baño, se lava la cara para despejarse y también los dientes, y sale de la habitación para ir directamente a la de Sara.

Cuando llega, no se molesta en llamar, empuja la manecilla y abre, encontrando a Sara sentada en el suelo junto a la cama, con las rodillas abrazadas, la cara pálida, el flequillo pegado a la frente y una expresión vulnerable que ella no le había visto nunca y que le comprime las costillas.

Catalina cierra la puerta a sus espaldas y se acerca, agachándose frente a Sara que, al verla así con ropa deportiva, tiene que parpadear dos veces para entender que la mujer que tiene delante es la misma a la que siempre ha visto vestida con el hábito.

El pulso se le dispara, porque Catalina parece mucho más joven de lo que es vestida así, como cualquier mujer que no se ha casado con Dios.

Le parece accesible, sexi y más humana, y si no fuera porque todavía se siente muy turbada tras el sueño que la ha despertado a la misma hora de siempre, haría algún comentario para desestabilizarla y provocarla.

—¿Qué te pasa? —la voz de Catalina sale baja y algo ronca por el sueño, y a Sara la atraviesa una corriente que empieza en su nuca y estalla en forma de burbujas por su pecho.

Abre la boca para responder, pero no sabe qué decir y la vuelve a cerrar.

—Sara, ¿qué te pasa? —insiste Catalina, arrodillándose esta vez mientras se inclina y le aparta el pelo pegajoso de la frente con una delicadeza que hace suspirar a la alumna.

—Nada —dice al fin, y la monja frunce el ceño.

—Levántate del suelo, vas a coger frío.

No es una petición, Sara entiende que es una orden cuando Catalina se vuelve a poner de cuclillas y la coge por las manos para que se incorpore a la misma vez que ella.

Se quedan una frente a la otra unos segundos, con los cuerpos casi pegados. Ahora que va en zapatillas, Catalina no le saca tanta altura como cuando lleva sus zapatos cerrados de medio tacón.

—Nunca te importa que coja frío cuando me metes en la ducha con el agua helada —murmura sin mirarla.

Catalina le pone una mano en el mentón y le levanta la cabeza.

—¿Qué hacías en el patio?

De nuevo, la voz es suave, sin ese tono autoritario y exigente que usa la mayor parte del tiempo, y Sara se siente cada vez más cerca de ella, una conexión que no puede explicar y que le cierra la garganta.

—No podía dormir, necesitaba que me diera el aire.

—Mentira —susurra, todavía con su mano cálida en su mentón.

Sara parpadea ante la acusación.

—¿Por qué iba a mentir?

—Tú sabrás. Estás pálida, ¿te encuentras mal? ¿Te duele algo? ¿Es eso? ¿Por eso has salido?

—Te queda bien —Sara la señala.

—¿Qué?

—El pantalón, la camiseta —la alumna no puede apartar los ojos de su cuerpo—, pareces normal, una mujer cualquiera que está muy buena.

La ceja de Catalina se levanta, pero no puede evitar que su vientre se contraiga ante el comentario.

—No me has respondido.

Sara le coge la mano que tiene bajo la barbilla y se la aparta, pero no la suelta.

—He tenido una pesadilla —confiesa al fin—. A veces me pasa, me altera mucho y si no salgo de la cama me entra ansiedad.

Catalina se queda mirándola y, en algún momento, siente que los dedos de la chica se entrelazan con los suyos y no hace nada por evitarlo porque descubre que la sensación de sentirla así le gusta y le produce una calma de esas que te hacen sentir que todo está bien, que estás en el sitio correcto.

—¿Quieres contármela? —pregunta, sin dejar de mirarla.

Un jadeo bajo sale de la garganta de Sara cuando mira esos ojos tan azules de Catalina que ahora le parecen más oscuros.

—Sé que no es la primera vez que te pillan por el patio en mitad de la noche —dice la monja ante su silencio—. ¿Es por lo mismo? ¿Sueñas a menudo?

Sara quiere decirle que ese maldito sueño la despierta cada noche a la misma hora, que a veces no es tan intenso y lo puede soportar, pero que otras se despierta con la sensación de tener sus manos sebosas en la garganta y el peso de su cuerpo sobre ella, aplastándola hasta que no puede respirar.

Quiere decirle que otras veces no sueña —o no lo recuerda— pero se despierta llorando, ansiosa y asustada, pero Catalina está en su habitación a las tres de la mañana, en chándal y zapatillas, con su espesa melena suelta cayendo por detrás de sus hombros y, aunque por primera vez existe alguien en su vida con quién se siente cómoda para hablar de esto, es lo último que quiere hacer esta noche.

—¿Podemos dejar esa conversación para otro día? —Sara se pone de puntillas y la besa una vez, rápido y húmedo porque le ha pasado la lengua por los labios.

Ve la turbación de Catalina en ese momento, y también como se le agrandan las pupilas.

—Si no quieres contármelo, lo mejor es que me vaya y te acuestes.

Sara coge la goma de su pantalón y tira de ella para pegarla a su cuerpo.

—No te vayas —suplica contra su boca—. Quiero follarte otra vez, y quiero que me folles.

Antes de que Catalina pueda decir nada o reaccionar, la mano de Sara se ha colado bajo su ropa y la acaricia por encima de las bragas.

—¿Qué coño haces? —pregunta, cogiéndole el brazo para detenerla, pero es incapaz de apartarla cuando el deseo al notar el roce de sus dedos la deja sin voluntad para hacerlo.

—Hago lo que las dos deseamos, solo que yo tengo el valor para lanzarme y tú no.

Sara la empuja contra la cama y Catalina no es capaz de decir en qué momento exacto su espalda ha tocado el colchón, ni en qué momento Sara le ha quitado el pantalón y se ha sentado a horcajadas sobre ella.

Apoya las manos en el colchón para mantenerse sentada y no hace nada para detenerla cuando la chica la besa con la furia del miedo que todavía tiene metido en el cuerpo.

Las manos de Sara vuelan sobre su cuerpo y Catalina se pregunta de dónde demonios ha sacado tanta experiencia con lo joven que es, porque Sara parece tener un don para saber lo que le gusta y dónde tocar cuando quiere escucharla gruñir de placer.

Cuando le mete los dedos y los entierra en su cuerpo hasta el fondo, la mente de la monja se disocia de la realidad, se transporta a otro sitio, a uno donde solo existen ellas, donde el pensamiento de que Sara es tan joven ya no existe, donde se permite pensar que esos dos meses que le faltan para cumplir la mayoría de edad ya han pasado y donde lo prohibido se convierte en accesible.

Se corre ahogando los suspiros de placer contra su boca, con los ojos abiertos porque le resulta imposible dejar de mirarla, observando la determinación de Sara en todo lo que hace.

—Necesito que me toques, por favor —suplica la alumna, y le pone una mano en la boca cuando Catalina está a punto de protestar—.

Puede que solo tenga diecisiete, pero te juro que he vivido cosas que probablemente tú no has experimentado con tus treinta y siete.

Sabes de sobra que no soy virgen, así que no estarás haciendo nada que no hayan hecho otros antes que tú, con la diferencia de que a ti te lo estoy rogando, a ti te deseo y te necesito de una manera que no sabía que podía experimentar.

Con la mano todavía tapando su boca, se inclina sobre ella y acerca sus labios al oído derecho de la monja, que apenas puede respirar por la ansiedad que siente.

—Por favor, Cata, solo una vez. Solo esta noche, lo necesito. Si de verdad has venido a ayudarme, eso es lo único que lo logrará.

Lo que más sorprende a Catalina es que no lo hace por su propia necesidad, para calmar el hormigueo de sus dedos ni la pulsión que hay entre sus piernas, lo hace para calmar la de Sara, porque ha entrado aquí dispuesta a ayudarla y porque escucharla suplicar ha derrumbado hasta la última de las barreras que se había propuesto no atravesar.

Le ha dado la vuelta y ahora es la alumna la que está sobre el colchón, con ella encima, de rodillas con las manos apoyadas al lado de su cabeza, mirándola una vez más para asegurarse de que de verdad quiere esto.

—Por favor... —insiste en un susurro tembloroso.

Catalina le pasa una mano por el vientre y la detiene cuando nota su temblor y escucha su suspiro de necesidad.

Se recuerda que ya hay muchos motivos por los que probablemente irá al infierno, y después su mente se apaga y en lo único que piensa es en complacerla.

Le quita ropa y se tiene que tomar unos segundos para que su cuerpo se ponga en funcionamiento, porque le cuesta dejar de contemplar su desnudez, pero sobre todo, esa forma que tiene Sara de mirarla, como si estar desnuda debajo de Catalina fuera lo único que ha deseado durante su corta existencia.

Dos segundos después, tiene la lengua enterrada entre sus pliegues, las manos de Sara clavadas en su pelo y la presión de sus dedos apretándola contra ella mientras respira de forma entrecortada.

Nota el temblor de sus muslos contra la cara y el torrente de humedad deliciosa que le moja la nariz y la barbilla, y algo perturbador le dice que ha nacido para esto, para estar pegada al cuerpo de esta chica, para beber de ella y dejar que esa sensación de hormigueo se apodere de su cuerpo y se lo caliente por dentro y por fuera.

Cuando Sara se corre en su boca, Catalina no se aparta y recoge hasta la última gota de su placer con la lengua y, cuando levanta la mirada —todavía entre sus piernas— y ve la mirada tranquila de Sara y el color sonrosado que ha vuelto a sus mejillas, comprende que el delito habría sido negarle esto a la chica.