Capítulo 15
S ara Navarro tiene la mirada clavada en la pizarra mientras la monja explica algo sobre el impacto de los aerosoles en la capa de ozono.
No tiene claro que sea exactamente eso lo que esté diciendo porque lleva toda la clase perdida en sus pensamientos.
Agradece que esta no sea la clase de Catalina porque si no, le costaría mucho más fingir que no tiene las bragas mojadas desde la tarde anterior.
No ha dejado de recrear el momento en el que la religiosa irrumpió en su habitación con los ojos envueltos en fuego y las venas saludando en ese delicioso cuello que Sara quisiera marcar.
Lo único que le molesta es que, a pesar de que Catalina le ha gritado con cada gesto que la desea a rabiar, fue incapaz de follársela tal y como esperaba.
Podía ver las ganas temblando en su barbilla, en sus besos húmedos y en el manantial que brotaba de su sexo, y aun así no hizo nada.
—La semana que viene quiero un ensayo individual de este tema —anuncia la profesora, y empieza a borrar lo que había escrito en la pizarra.
A Sara no le da tiempo de tomar apuntes y chasquea la lengua porque sabe que ninguna de las perras con las que estudia le dirá de qué trata ese ensayo y mucho menos ella les preguntará.
Se levanta cuando el timbre anuncia el final de la clase y recoge sus cosas con calma.
Siempre intenta salir o la primera o la última, jamás mezclada con sus compañeras, porque aunque no les tiene miedo, Sara no es tonta y sabe que tiene mucho que perder al lado de un grupo de ricachonas que no dudarán en llorarle a papá para que castiguen a la maleante de turno.
Y ella lo único que quiere es cumplir lo que le queda de condena, salir de allí como lo tenía planificado y quizás vivir con Nagore como han hablado tantas veces.
En cuanto lo piensa, un sonido agudo en los tímpanos hace que su corazón se acelere porque de repente ese plan ya no es tan increíble; más bien está incompleto, porque lo que ella quiere ahora es tener la libertad, pero junto a Catalina.
Sacude la cabeza, tiene que sacar esos pensamientos absurdos de su mente.
Por mucho deseo que flote entre ellas, Catalina Loyola seguirá sirviendo a Dios —a su manera, eso está claro— y Sara intentará labrarse un futuro como jardinera si puede ser, y si no, de cualquier cosa.
Las posibilidades de que entre las dos exista algo más allá de miradas cargadas de lujuria, órdenes lascivas y la alumna arrodillada comiéndole el coño a la monja son bajísimas. Eso tiene que tenerlo claro.
Sale del aula con el estómago rugiendo de hambre, así que se gira para ir hacia el comedor, pero no ha dado dos pasos cuando una figura altiva y envuelta en las llamas de su infierno particular camina en sentido contrario por el mismo pasillo en el que está Sara.
La alumna compone un gesto burlón y la reacción de Catalina es levantar la barbilla, pero no la esquiva, no desvía su rumbo.
—Sor Catalina —la detiene Sara en voz alta mientras hace una ligera inclinación de cabeza como si fuera una creyente consagrada.
La monja se ve obligada a frenar y cuando clava sus ojos en ella tiene que apretar con fuerza la mandíbula para poder controlar los espasmos de su cuerpo.
La alumna ladea una sonrisa sucia que disimula llevándose la mano a la cara como si se estuviera limpiando la mejilla, a la vez que se acerca un poco más a Catalina.
—Después de que salieras de mi habitación ayer, no me lavé la cara y estuve toda la noche saboreando tu coño —reproduce un gemido bajo que le pone la piel de gallina a la profesora—.
Lástima que esta mañana tuve que ducharme.
Pásate cuando quieras otra vez, tengo ganas de follarte hasta que te desmayes.
Sara da un paso hacia atrás y contempla la obra que han creado sus palabras. Catalina tiene el cuello veteado de rojo y sus pupilas están completamente dilatadas.
—No vuelvas a...
—Gracias, Sor Catalina —la interrumpe la alumna y sigue caminando como si no hubiera desestabilizado el mundo de la monja.
La que no ha perdido detalle de la escena es Pilar Castro; la madre superiora está en la planta de arriba y no puede evitar apretar sus delgadas manos alrededor de la barandilla. Sabe que al final, esa mujer la meterá en un lío por no saber mantener sus escarceos a raya.
—Sor Catalina —ruge Pilar sin alzar demasiado la voz, y la monja levanta la mirada con las cejas juntas—. La espero en mi despacho. Ahora.
—Joder —sisea entre dientes porque la madre superiora se ha propuesto no dejarla en paz.
Catalina camina erguida como siempre, pero con una parsimonia que no le da la gana de disimular. Cuando llega frente a la puerta de Pilar, entra sin tocar y se encuentra a la mujer con el gesto torcido sentada detrás de su escritorio.
—¿Qué pasa? —pregunta todavía de pie.
La madre superiora la mira durante un instante y desea que la maldita monja caiga muerta frente a ella para no tener que verla nunca más.
—Creí que había sido clara con respecto a tus... gustos peculiares —empieza Pilar—. Las novicias son un problema, pero una alumna tiene que estar completamente fuera de tu elección.
Catalina levanta una ceja y decide tomar asiento para verle la cara a la madre superiora más de cerca.
—¿Vas a hablarme tú de gustos peculiares? —la carcajada teñida de ironía sale de sus labios con calma—. Debo decir que te admiro, tener sesenta años y aguantar semejante pollón en el culo es digno de una heroína.
Pilar sufre un leve tic en el ojo izquierdo y Catalina no sabe si es por vergüenza o por si la muy asquerosa está recordando el momento y se ha excitado.
—A mí desde luego lo que hagas o dejes de hacer con tu cuerpo me trae sin cuidado —Catalina se inclina hacia adelante y endurece el gesto—. Te aconsejo que sigas mi ejemplo porque no me gusta que se metan en mi vida.
La mujer mayor se pone de pie con ímpetu y apoya ambas manos sobre la madera de manera intimidante.
—Mucho cuidado con la forma en que me hablas porque...
—¿Qué? —la reta—. ¿Qué vas a hacer?
Catalina también se pone de pie. Está harta de la puta vieja.
—La que tienes que tener cuidado eres tú —sigue—, estoy cansada de repetirte que te mantengas alejada de mis asuntos porque yo sí que puedo convertir tu vida en un miserable infierno.
—Yo solo quiero quedarme cerca de ti —dijo la novicia, pegándose más a su cuerpo desnudo, y Catalina se sintió tan incómoda que quiso echarla de su habitación enseguida—. Me da miedo estar tan sola y que me pase... ya sabes.
Esa frase fue la que detuvo a la monja de inmediato e, incorporándose, se giró para mirarla.
—¿Miedo a qué? No te entiendo.
La novicia movió los ojos de un sitio a otro sin abrir la boca.
—Silvia, mírame —le dijo Catalina con la voz fría—. ¿A qué le tienes miedo?
—A que me pase lo mismo que a Esther —susurró la chica con la garganta estrangulada.
Algo dentro del seco corazón de Catalina se movió. Sintió vértigo y supo en ese momento que sabría algo que no la dejaría dormir en semanas.
—Cuéntamelo, Silvia, ¿qué le pasó a Esther?
El colegio Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia no siempre fue una institución de familias adineradas; mucho tiempo antes de eso, era una especie de orfanato para adolescentes que, en su mayoría, se preparaban para servir al Señor.
Como dependía económicamente de la iglesia, todos los años un grupo de párrocos iba para revisar las instalaciones y corroborar que todo se estaba haciendo tal como las normas dictaban.
Entonces ocurrió: Esther Gaeta fue violada por los tres curas, una novicia comprometida y demasiado inocente a la que unos animales le destrozaron la vida.
—¿Por qué no denunció? —Catalina lo preguntó, histérica, mientras se vestía con el hábito.
Silvia la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Quién va a creernos? —dijo la chica—. El padre Tomás es uno de los más respetados, de los que mandan cada año al Vaticano.
Catalina pasó tres noches enteras sin dormir, enferma por lo que se había enterado, sin saber qué hacer. Quería recurrir a sus padres; los Loyola tenían mucho poder y en algo podrían ayudar, pero enseguida recordó su fe ciega y supo que, tal como dijo Silvia, no creerían en la historia.
Tomó la decisión de investigarlo por su cuenta; para ese momento Catalina ya tenía suficiente dinero como para pagar a un detective privado que buscara hasta debajo de las piedras.
Un mes después, un hombre bajito con apariencia de carnicero se reunió con ella para darle todos los detalles. Catalina tuvo que quedar con él fuera de la provincia, vestida de paisana, porque no quería que supiera que era monja.
—La chica ahora vive en Huelva, no fue fácil encontrarla —le dijo para recordarle lo costoso que iba a salir todo aquello—. No quiso dar detalles, ya sabe, nadie quiere hablar de eso.
—Vaya al grano —exigió Catalina, harta de sandeces.
—Confirmó que unos curas abusaron de ella y que hablaron con una monja para que la trasladara a otro colegio sin abrir la boca —el tipo rebuscó en unos documentos que había llevado consigo y cuando encontró la hoja que buscaba, se la entregó—.
Esta es. Fue la que se encargó de todo y según mis fuentes, lo hizo para conseguir un cargo al que estaba optando.
De hecho, está en un colegio en Otxandio.
Catalina sintió cómo la bilis le subía por la garganta.
—¿Sus fuentes? —preguntó mirando la foto de Pilar Castro, la madre superiora, una mujer a la que hasta ese momento respetaba.
—Tengo gente aquí y allá, señorita, por algo soy bueno en lo que hago —el hombre lo dijo con soberbia—. Y le digo algo: si lo que busca es que esa gente pague por lo que hizo, pierde el tiempo.
La monja levantó sus ojos azules y los clavó en el detective.
—¿Por qué lo dice?
Encogió los hombros y se frotó las manos despacio.
—Llevo muchos años en esto y no sabe todas las injusticias que he visto, pero ¿sabe dónde se han cometido las peores?
En la iglesia —dijo sin esperar a que Catalina contestara—.
A esa chica, Esther, la amenazaron hasta que no pudo más.
Lo dejó todo y se fue a la otra punta de España.
Está mejor; me dijo que está recibiendo ayuda psicológica y esas cosas que se llevan ahora.
Catalina lo intentó, lo hizo con ahínco durante semanas, buscando la forma de fastidiar a toda esa gente, pero cuando supo que no podía hacer nada más que mandar a matarlos a todos —y de eso no era capaz— tomó una decisión.
Se puso en contacto con Esther y aunque la chica al principio fue reticente, la monja insistió.
Pudo escuchar el horror en primera persona y confirmar que ese tipo de gente vive en impunidad porque la iglesia no es capaz de castigarlos sino, más bien, señalar a sus víctimas.
Además, no tenía pruebas; de eso había pasado tiempo y era imposible denunciarlos.
Catalina le dio una buena cantidad de dinero a Esther para que comenzara una vida nueva como quisiera, y ella volvió a Otxandio con la firme convicción de que, al menos, se aprovecharía de lo que sabía.
—Deja de amenazarme, Catalina —escupe Pilar, que lleva años bajo el yugo de la monja—. Si pudieras hacerme algo, ya lo habrías hecho. No tienes cómo probar nada, así que déjame en paz.
Catalina niega con la cabeza.
—Te recuerdo que soy una Loyola y que el peso de mi apellido vale más que cualquier prueba —esboza una sonrisa que no le llega a ninguna parte—.
Podemos retirar el apoyo a este colegio y decir que eres una madre superiora de mierda para que te manden a un agujero en África donde puedas orar por los más desfavorecidos.
Catalina se gira para marcharse y cuando está a punto de abrir la puerta, mira a Pilar.
—Y antes de que me preguntes por qué no lo he hecho —hace una pausa dramática—. A las perras como tú prefiero vigilarlas de cerca.