Capítulo 14
C atalina está paseando por el patio. Es domingo y hace frío, y la neblina de la mañana todavía no se ha despejado, dejando una imagen del Colegio de Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia bastante espeluznante.
Tiene las manos entrelazadas en la espalda y se mueve despacio, sin prisa por llegar a ningún sitio mientras intenta que sus pensamientos dejen de atormentarla.
Se pasa la lengua por el labio —justo donde Sara la mordió— y todavía nota una punzada de dolor atravesarla que viaja directamente hacia su vientre.
Tiene la cabeza como un bombo. La conversación con Isabel no sabe si la ayudó a desahogarse o a agobiarse más con un tema que ya no sabe cómo manejar.
Su amiga le dijo que tuviera cuidado y sabe que no le falta razón, pero ella no puede razonar, su mente solo piensa en los ojos avellana de su alumna, en esos labios gruesos que al fin pudo probar y en el placer exquisito que la atravesó cuando rozó su lengua.
Es un pensamiento que le gusta, recrearse en ese beso la transporta a alguna parte que de algún modo extraño y retorcido, la hace sentir en casa, pero siempre aparece otro que lo oscurece todo, porque de inmediato recuerda los gemidos de Sara cuando aquella intrusa la follaba en la caseta.
Aprieta los dientes y después se muerde ambos labios, furiosa, sin dejar de preguntarse cómo coño llegó hasta aquí o cómo sabía Sara a qué hora salir para encontrarse con ella.
Es algo que no se saca de la cabeza, algo para lo que no encuentra una explicación lógica salvo que las chicas puedan comunicarse telepáticamente o...
Catalina se detiene en seco, sintiéndose estúpida por no haberse dado cuenta antes.
—Tienes un móvil, zorra... —masculla, y se gira sobre los talones para volver al edificio.
No es capaz de pensar en nada, y menos en si esto está bien o mal, lo único que sabe es que Sara está en su habitación porque es la única alumna del colegio que está allí los fines de semana, y Sor Ernestina la ha mandado a su cuarto después del desayuno, exigiendo con un tono nada convincente que lo ordenara.
—El orden es importante, nos define, Sara. Si tu habitación está ordenada, tu cabeza también.
Catalina ha contenido la sonrisa burlona y la pedorreta que ha estado a punto de hacer al escucharla. Sara ha parpadeado ante la monja, pero después ha asentido y bajado la cabeza.
—Como ordene, hermana.
Catalina está perpleja, y también rabiosa, sin entender por qué es tan obediente con las demás y tan provocadora con ella.
Sus pasos se aceleran por el patio y atraviesa la puerta de la entrada con la misma intensidad que una ráfaga de aire frío.
Tiene claro a dónde va, su cerebro no necesita dar la orden para que su cuerpo se mueva hacia el ala de las habitaciones de las alumnas, simplemente se mueve mientras sus ojos azules se oscurecen por la rabia.
La monja no se molesta en llamar —tampoco tiene por qué hacerlo—, mueve el pomo de la puerta y la empuja, cerrándola a su espalda.
Sara está tirada en la cama, con la cabeza recostada sobre la almohada doblada, sostiene un libro entre las manos y sus piernas, cubiertas por un pantalón corto de pijama, están completamente desnudas bajo los ojos de la monja.
—Iba a ordenar ahora —miente, intentando descifrar el motivo de la presencia de la mujer que acelera su pulso solo con mirarla.
—¿Crees que me importa tu orden? Levántate.
La petición de Catalina es tan directa y su tono tan cortante que Sara deja caer el libro a un lado y se levanta, no por obedecer, sino por aprovechar la oportunidad de estar cerca de ella.
—¿Qué quieres que te dé? —pregunta Sara, acercándose un paso.
—Lo sabes de sobra.
Catalina no puede evitarlo; su lengua se desliza por la zona mordida de su labio mientras espera y Sara recibe una descarga directa entre las piernas.
—¿Quieres que te dé otro beso? Qué atrevida...
—Sara da otro paso y, por un momento, Catalina quiere olvidarse de lo que ha venido a buscar y responderle que sí, que necesita sentir su boca otra vez, que no puede cerrar los ojos sin transportarse a ese momento en el jardín, pero la furia de la humillación está por encima de eso, porque Sara dejó que otras manos la tocaran, y eso no puede consentirlo.
—Dame el maldito móvil —exige, y esta vez es ella la que recorta la distancia con la alumna.
Sara titubea un momento; el corazón le da un vuelco al escucharla y siente terror ante la idea de perder su única herramienta para comunicarse con su mejor amiga.
—No sé de qué me hablas.
—No me tomes por estúpida, Navarro. Tienes un móvil, probablemente te lo dio esa delincuente que tuvo la osadía de tomar lo que es...
Catalina se detiene en seco, tan turbada por lo que ha estado a punto de decir, que da un paso atrás.
Sara lo da hacia delante y da otro más que hace recular a la monja hasta que ya no tiene espacio y su espalda golpea contra la puerta.
—¿Lo que es tuyo? ¿Eso ibas a decir?
La voz de Sara ha bajado, se ha convertido en un susurro y Catalina ve el momento en el que las pupilas de la chica se dilatan.
—No —responde, sin poder apartar los ojos de ella, ni siquiera puede parpadear, temiendo que si lo hace la visión perfecta de Sara Navarro desaparezca frente a ella.
—Sí, ibas a decirlo. ¿Por qué no puedes admitirlo?
La expresión desestabiliza a Catalina, porque es la primera vez que detecta vulnerabilidad en Sara, en ese corto momento en el que su voz ha cambiado y su tono y su mirada se han vuelto suplicantes.
—Apártate, Navarro.
Sara hace lo contrario, da otro paso más y sus pies descalzos se juntan con los botines de Catalina.
—Apártame tú.
La alumna se pone de puntillas al decirlo, elevándose lo suficiente como para que sus labios puedan besar a Catalina debajo de la oreja.
Las manos de la monja se pegan a la madera que tiene detrás, como si fuera el único sitio donde tiene permitido ponerlas.
No puede tocar a Sara, no puede hundir sus dedos en ese coño que sabe que la espera empapado, y empieza a no poder respirar.
—No hagas eso —su tono está muy lejos de parecer una orden cuando Sara pone las manos en su cintura y la sujeta con firmeza antes de meterle la lengua en la boca.
La monja jadea con un sonido ronco que Sara saborea como si fuera la mayor de las delicias que ha probado.
El beso se profundiza y todo el cuerpo de Catalina entra en una tensión que le parece insoportable.
Las manos de Sara se mueven por su cuerpo encima de la ropa, acaba de apretar su pecho derecho con fuerza y ella ha podido gruñir de placer entre sus labios en lugar de apartarla.
—No podemos... —empieza en un susurro, pero no es capaz de terminar, y no porque haya algo físico que se lo impida —como la boca de Sara o el dedo con el que acaba de acariciar su labio inferior— sino porque no tiene voluntad para decirlo.
—Algún día tendrás valor para tocarme, para tomar lo que sabes que es tuyo —Sara lo dice contra su oreja y el temblor que le provoca es casi más intenso que un orgasmo—, pero mientras tanto, yo sí voy a tomar lo que es mío.
Catalina lo vive a cámara lenta, como si su mente no pudiera procesarlo todo de golpe. Ve a Sara agacharse para coger el borde de su hábito cuando la alumna ya se ha puesto de pie de nuevo, con él en las manos.
—¿Puedes sujetarme esto?
La monja parece una estatua con las manos de trapo. Sara se las ha cogido, las ha apartado de la madera y le ha puesto el dobladillo entre los dedos.
—Así mejor —murmura, y le da un beso en la barbilla mientras sus manos empujan las bragas de Catalina hacia abajo.
Sara se agacha y se las baja hacia los tobillos, luego mira hacia arriba, primero entre las piernas y después un poco más allá, buscando los ojos tormentosos de la monja.
A Catalina le tiemblan los muslos antes incluso de que la toque.
Siempre le ha gustado esta posición, ella de pie y cualquiera de las mujeres con las que se ha acostado de rodillas, saboreándola mientras ella las mira.
Es una sensación absoluta de control y poder, pero nunca ha sentido lo que está experimentando ahora cuando la mira.
Los ojos de Sara lo hacen de otro modo, uno tan intenso que Catalina se pierde en ellos y ni siquiera sabe el momento exacto en el que la hace levantar un pie para sacarlo de las bragas.
—¿Quieres separar las piernas? —Sara pasa un dedo suave por su abertura y Catalina se muerde el labio y gruñe con fuerza.
Abre las piernas, más de lo que lo ha hecho con nadie, porque necesita que Sara le dé lo mejor de ella, lo mejor de esa boca que tanto le gusta. Y Sara se lo da. Su lengua empieza plana, arrastrándose desde su entrada hasta su clítoris y volviendo hacia atrás, lenta y caliente.
La monja se muerde el puño, pero no cierra los ojos porque necesita seguir mirándola, sentir cómo aprieta sus nalgas con las manos, escuchar cómo suspira complacida entre sus piernas, como si lo que prueba la estuviera extasiando.
Sara es implacable y Catalina decide no pensar por qué es tan habilidosa con la lengua, se limita a disfrutar, a maldecir cuando la tensión se le arremolina en el vientre más pronto de lo que le gustaría.
Sara besuquea, la penetra con la lengua y sorbe su clítoris con fuerza mientras sus dedos se anclan cada vez más fuerte a sus piernas, como si necesitara asegurarse de que nadie la privará de lo que está tomando.
Un primer aviso empuja las caderas de la monja contra su boca.
Después el temblor descontrolado de sus piernas aumenta y cuando un gemido amortiguado contra su puño atraviesa los tímpanos de Sara, usa dos dedos para penetrarla y aplana la lengua contra su clítoris con una presión tan perfecta que Catalina no puede soportar más la tensión y empieza a correrse mientras retuerce una mano en el pelo de Sara y se muerde los nudillos de la otra mientras la alumna se traga todo su placer y se mantiene pegada a ella hasta que Catalina se escurre por la puerta para sentarse en el suelo.
Sara queda de rodillas frente a ella, con las manos en los tobillos de Catalina mientras contempla la visión más perfecta que ha visto en su vida.
El hábito en la cintura, las piernas desnudas de la mujer abiertas para ella, su coño brillante expuesto ante su mirada y los ojos azul oscuro de Catalina sobre los suyos.
No ve vergüenza en ella porque Catalina no la siente, no se avergüenza de su cuerpo ni tampoco de exponerse así tras un orgasmo.
Es algo glorioso lo que Sara percibe en ella, esa sensación de poder que siempre flota alrededor de la monja y que a ella la atrapó como la luz a una polilla desde el primer día, pero también hay algo más en sus ojos que no es debilidad, pero que puede ser peor porque lo que Sara detecta es un destello de miedo, el rastro de esa conciencia maldita que hace que las cosas sean complicadas entre ellas.
—Voy a cumplir dieciocho muy pronto —dice Sara cuando Catalina estira la mano para coger sus bragas y ponérselas.
La monja no contesta, tampoco la mira. Solo se incorpora, se alisa el hábito y se pasa la mano por el pelo para asegurar que todo está en orden al menos ahí arriba, porque entre sus piernas es un completo desastre.
—Recoge la habitación —ordena, y sale cerrando la puerta con un golpe suave.
Sara se queda quieta, dejando que su sonrisa se curve mientras se pasa los dedos por la barbilla, sabiendo que todo el sabor de Catalina sigue ahí, por toda su cara.
Es un elixir, la droga más excitante que ha probado y el único motivo para constatar que estar en este sitio es lo mejor que le ha pasado.
Tiene las bragas chorreando. Deseaba tanto que Catalina la tocara que todo su sexo palpita de dolor y necesidad, pero puede soportarlo, ni siquiera piensa masturbarse, porque los únicos dedos que quiere en su coño a partir de ahora son los de Catalina Loyola.