Impura Capítulo 13
58%

Capítulo 13

C atalina tiene que respirar tres veces seguidas para calmar la ansiedad que se está arremolinando en su pecho. Mientras lo hace, se pasa la lengua por el labio y nota el escozor que le manda una punzada directa al centro de su sexo, pero que, de alguna manera, la tranquiliza.

Va en un taxi de camino a casa de sus padres y de solo pensar en tener que aguantar más de dos horas de charla falsa y devoción desmesurada, le dan ganas de entregar su alma al demonio para desaparecer de una vez por todas.

Si dijera que es solo la comida la que la tiene inquieta, estaría mintiendo porque Catalina lleva el alma en vilo desde el momento en que Sara se metió en sus ojos y bajó hasta su garganta para alojarse en alguna parte de su cuerpo que ahora la mantiene tan tensa que está segura de que si sigue así, se partirá en dos.

Lo que pasó ayer con Sara fue algo que se le fue de las manos, no lo había planeado porque a pesar de que lleva deseándolo mucho tiempo, la monja sabe controlar sus impulsos más viscerales y solo dejarlos salir cuando realmente quiere, pero es que esa maldita chica hace que le arda la piel, que se humedezca entera con una sola mirada y que se erice toda cuando le lleva la contraria.

Sabe que tensó demasiado la cuerda, sacando el tema, el motivo por el que desde los catorce años ha estado encerrada en centros de menores, pero una vez más, no pudo atar su lengua.

—Hermana, hemos llegado —la voz del conductor hace que Catalina parpadee y mire hacia la ventana.

Cierra los ojos un segundo y rebusca en el bolsillo del hábito el billete de cincuenta euros que le dan semanalmente a cada monja para movilizarse fuera del colegio y se lo ofrece al hombre.

—No, hermana, por Dios —se santigua con el gesto contraído—, no puedo aceptarlo. Con que me bendiga es suficiente.

Pobre imbécil, es lo que piensa la monja mientras lucha por no poner los ojos en blanco.

—Dios te bendiga —lo dice con desgana, pero con la mirada fija en el conductor.

Él sonríe complacido y ella se baja del coche con el mismo malhumor con el que se subió, pero todo cambia cuando ve la figura delgada de su hermana recostada contra la fachada de la casa de sus padres y el gesto burlón en sus labios.

—Sor Catalina, si no supiera que eres una gran religiosa entregada a nuestro Señor, hubiera pensado que se la estabas chupando al taxista —Inés se separa de la pared y da varios pasos hacia ella para abrazarla—. Has tardado tanto ahí adentro.

Catalina suelta una carcajada —de las que muy poca gente ha tenido el placer de oír— y se relaja en los brazos de su hermana pequeña. Es como si estar cerca de Inés le diera la paz que no ha podido conseguir en ningún sitio.

—¿Qué haces aquí fuera? —pregunta la religiosa. Le parece raro que no esté dentro con sus padres.

Inés tuerce una sonrisa pícara.

—Estaba hablando por teléfono y cuando vi que llegabas en taxi, he preferido esperarte para entrar juntas.

Catalina entrecierra la mirada y coge a su hermana del brazo para llevarla hasta la esquina. Hay un recoveco entre la verja y la puerta que hace de escondite perfecto para que puedan hablar durante unos minutos sin que nadie las interrumpa.

—¿Me vas a contar qué está pasando? —inquiere la monja bajando la voz.

Inés inclina la cabeza hacia un lado.

—Eso depende de a qué te refieres exactamente, Cata —se encoge de hombros—. Pasan demasiadas cosas en mi vida, tendrás que ser más específica.

—Con tu cuñada —Catalina no tiene tiempo para juegos—. Algo pasa entre vosotras y no me digas que nada porque lo vi en la última comida.

El rostro de Inés ya no tiene el gesto de burla, ahora está seria, pero la monja no percibe miedo en sus ojos.

—Estoy enamorada de Dani —lo dice sin que le tiemble la voz—, enamorada hasta los huesos y estoy buscando la manera de estar con ella sin que se vea perjudicada.

Acaba de volver de Madrid y su puto padre está buscándole pretendientes, si no hago algo lo antes posible, acabará con otro palurdo como Tomás obsesionado con la iglesia.

Catalina necesita un momento para procesar lo que acaba de escuchar, sobre todo con la ligereza con la que Inés lo ha dicho, como si ella no estuviera casada y se estuviese tirando a su propia cuñada.

—Pero... —a la monja se le atascan las palabras—, ¿estás segura?

—¿De qué estoy enamorada o de qué quiero dejar a Tomás y fugarme con su hermana menor?

—De las dos cosas, Inés —Catalina cierra los ojos un segundo—, papá y mamá...

—Cata, tengo veintinueve años, hace mucho salí de casa, tengo el fideicomiso de los abuelos, los beneficios que nos reporta la empresa y, gracias a ti, las inversiones que me dan lo suficiente.

Papá y mamá me importan una mierda si se oponen a esto y sé que lo harán, pero no pienso renunciar a Daniela a menos que ella no quiera estar conmigo —ahora sonríe y Catalina ve en sus ojos un brillo diferente—, y créeme, ella es la primera que quiere irse de este pueblo.

La cabeza de Catalina da muchas vueltas. Hoy cuando se subió en el taxi, lo último que se imaginó era que acabaría teniendo esta conversación con su hermana, una abogada casada con un hombre que ahora resulta que le gustan las mujeres y va a fugarse con una menor que ella.

—¿Hace cuánto estás con ella? —Inés levanta una ceja—. No pretendo actuar como una chismosa, pero tomar una decisión así es como para estar muy segura.

—Lo estoy, Cata. Lo mío con Daniela ha sido desde siempre, había algo que me tiraba siempre hacia ella y al principio me negué a aceptarlo, ¿sabes?

Apenas era una niña, pero yo también lo veía en sus ojos.

Hace unos seis años —la monja hace una cuenta rápida para confirmar que para ese tiempo, Daniela tenía quince años—, ella me besó.

Fue el mejor y el peor día de mi vida, porque supe que estaba enamorada, pero no precisamente del hombre con el que iba a casarme.

Inés hace una pausa; esto es algo que jamás había compartido con nadie más, pero le apetece hacerlo con su hermana.

—Seguí adelante con la boda porque era la única manera de seguir viéndola. Una noche comenzó lo nuestro y desde entonces estamos juntas.

—Esos viajes a Madrid —susurra Catalina, aún impresionada. Inés asiente—. Eran para verla.

—Cada uno de ellos —confirma la chica—. Se fue con diecisiete y volvió con veintiuno, pero nunca nos hemos separado y pronto será mi mujer.

El corazón de Catalina late rápido porque de alguna manera siente envidia de su hermana, de ese ímpetu que está demostrando porque está enamorada de una chica y punto. En cambio ella es una cobarde, siempre lo ha sido.

La verja empieza a abrirse y ellas saltan como si estuvieran cometiendo una fechoría. El coche de Javier Loyola aparece por la esquina y ellas aprovechan para entrar como si también acabaran de llegar.

—Hijas —sonríe el hombre y ellas se miran durante un instante, cómplices, y después saludan a su padre.

La comida esta vez transcurre más rápido, son solo ellos cuatro y Catalina tiene la mente tan abotagada por toda la información que ha recibido, que está bastante ausente en las conversaciones.

Sus padres, por fortuna, no le preguntan si le pasa algo, están demasiado distraídos contando que en un par de meses se irán de crucero con una congregación de Barcelona.

Cuando Catalina se despide de todos alegando que tiene que hacer una visita de orden religiosa, se abraza a su hermana con una fuerza perturbadora, como si supiera que un tsunami se acerca y es posible que después tarden en volver a verse.

El camino desde casa de sus padres apenas dura siete minutos.

El taxi sale del pueblo y gira en el primer camino de tierra que encuentra a la derecha.

Cuando el coche se detiene, Catalina se da cuenta de que casi al mismo tiempo la puerta de la casa se abre y se queda entornada.

Sonríe aunque no puede evitar sentir un murmullo molesto en el pecho, como si estuviera a punto de cometer una especie de infidelidad. Qué tontería.

—Estoy aquí —grita una voz al fondo del pasillo cuando Catalina entra y cierra la puerta principal.

Ha estado ahí varias veces y es capaz de reconocer el olor de cada estancia de ese lugar.

Camina hacia donde sabe que la esperan y cuando atraviesa el umbral, la boca se le seca.

La doctora Isabel Mendizábal está de pie con ropa interior de encaje rojo.

Lleva la melena suelta y una cara de necesidad que no puede ocultar.

—Puedes usar lo que quieras —es el saludo de Isabel mientras señala la cama.

Sobre el colchón hay varios juguetes: un consolador de color negro, tres plug anales de diferentes tamaños y un arnés que ya ha usado antes.

Catalina se despoja del hábito con calma mientras nota el temblor en el cuerpo de Isabel.

Es una mujer receptiva que necesita el sexo como respirar y el que le da Catalina es una dosis de oxígeno que le dura lo suficiente hasta el siguiente encuentro.

La monja elige comenzar con el arnés, así que pasa una pierna, después la otra y se ajusta las correas.

—Arrodíllate —sisea e Isabel cumple la orden de inmediato—. Abre.

Catalina empuja el falo de goma por los labios de la doctora y empieza a mover las caderas con lentitud. Al principio no llega al fondo, está lubricando el juguete con su saliva y dándole oportunidad para lo que viene.

—No quiero escucharte —la monja da otra orden y esta vez mete el juguete un poco más hondo.

Los movimientos dejan de ser sutiles y Catalina pone sus dos manos en la cabeza de Isabel.

Empuja con tanta fuerza que el cuello le cruje y la arcada se escucha de inmediato.

No se para, repite la acción dos veces más hasta que chasquea la lengua, se retira dando un paso hacia atrás y le da una bofetada que le gira el cuello a la doctora.

—Te he dicho que no quiero oírte —le da otra, esta más fuerte y vuelve a aferrarla para empujar el juguete hasta el fondo.

Isabel se estremece, las lágrimas empapan su cara y lucha para no hacer ningún ruido.

Catalina cierra los ojos y ahora en su mente la que está de rodillas no es la médica, sino Sara Navarro a la que piensa castigar por dejarse follar por otra en ese cuartucho asqueroso.

Aprieta en un puño el pelo de Isabel y la levanta del suelo para, con un movimiento brusco, empujarla hasta el colchón boca abajo.

Isabel tiene el coño brillante y los fluidos le resbalan por los muslos, completamente lista para el asalto.

—Eres una puta —escupe la monja y le abre más las piernas de un tirón. Coge el falo con una mano, lo coloca en la entrada de su vagina y empuja con fuerza—. Vas a aprender a comportarte —sisea mientras se mueve de atrás hacia adelante con golpes secos—, y dejar de abrirte de piernas para otras.

Catalina la folla con los ojos cerrados, imaginando el sexo ardiente de Sara mientras paga por lo que ha hecho. Dejarse tocar por esa fulana, ¿cómo se atreve? Y luego besarla ayer de esa manera, hacerle sentir que Catalina es lo que más desea en el mundo.

—Jo... jo-der, Catalina —a Isabel la voz le sale rota, apenas puede verbalizar lo que tiene en la garganta.

—Cállate —grita la religiosa y con dos dedos le penetra el ano sin dejar de moverse.

Cuarenta minutos después, Isabel está tirada en la cama temblando, con la cara mojada del llanto y sus agujeros demasiado sensibles.

—Toma —Catalina le ofrece un vaso de agua que acaba de traer de la cocina y un analgésico. Isabel niega con la cabeza rechazando la medicación.

—Estoy bien y por nada del mundo me tomaría algo que aliviara esta sensación tan exquisita.

Catalina se ríe porque Isabel Mendizábal es única.

—Pero lo que sí quiero es que me cuentes lo que te pasa —el silencio cae en la habitación como una piedra—. La última vez me dijiste que estabas teniendo pensamientos. Te conozco, sé que te cuesta decir lo que te pasa y te entiendo, aunque sabes que yo no voy a juzgarte.

Catalina se lo piensa por un momento y se siente tan asfixiada que necesita decirlo. Confía en Isabel, sabe que no dirá nada, primero porque hay cariño entre ellas, pero también porque su vida es un castillo de naipes que no quiere acercar a un lobo feroz como la monja.

—Estoy... —se detiene porque, ¿qué está?—, pensando demasiado en una alumna.

Isabel se sorprende, lo de Catalina habitualmente son las novicias.

—Sé que es mutuo, aunque no sé hasta qué punto —continúa la monja—. Me reta, me contesta y me mira de una manera que me hace querer castigarla.

—¿La nueva? —la pregunta de la doctora hace que Catalina la mire con el ceño fruncido—. Ninguna de esas crías tiene el coño de llevarte la contraria. En cambio... —Isabel rebusca en su memoria—, Navarro viene de un centro de menores y no se le ve precisamente asustada.

La religiosa asiente varias veces, despacio.

—¿Es a ella a quien castigas hoy? —pregunta y señala los juguetes usados en el suelo—, porque esto fue rabia. ¿Qué te hizo?

Catalina se pasa las manos por el cuello y se muerde los labios para aplacar el ataque de celos.

—Tiene una chica. Una de fuera que ha ido a verla —chasquea la lengua—. La pillé en la vieja caseta.

Isabel abre mucho los ojos.

—¿Y sigue viva?

Catalina se relaja mientras la risa escapa de sus labios.

—Por poco —suspira—. Si hubiera sido otra, estaría expulsada, pero con ella es como si no pudiera.

Le cuenta algunas de las cosas que han pasado, los castigos, las respuestas de Sara y el beso de ayer.

Isabel la escucha en silencio hasta que Catalina termina de hablar.

Intuye que lo que le pasa a su amiga y amante ocasional es que está sintiendo cosas por esta chica que antes no había experimentado.

Eso la tiene descolocada e incluso bloqueada porque Catalina Loyola es de esas monjas que dan miedo, que nadie socava su autoridad, y verla así aturdida es, como poco, increíble.

—No te puedo decir otra cosa que vayas con cuidado —Isabel le pone una mano en el hombro—. Es una chica joven y no sabes cómo puede responder a todo esto.

Catalina respira y echa la cabeza hacia atrás; de repente está muy cansada. Lo peor es que esa tensión que suele disiparse cuando folla sigue estando ahí, incluso peor porque de alguna manera siente que ha engañado a Sara y eso la hace enfurecer aún más.