Impura Capítulo 12
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Capítulo 12

S ara levanta la mirada hacia el cielo cuando escucha el primer trueno.

Son las seis y media de la tarde y está con Catalina en el exterior, arrastrando hojas secas con el rastrillo en la zona de los setos, un lugar por el que nadie suele caminar y por lo tanto no molestan, pero forma parte de los castigos de Catalina, que está de pie bajo la copa de un árbol, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en la alumna.

—Va a llover —dice Sara, encogiéndose con un escalofrío cuando una ráfaga de aire helado le atraviesa la ropa.

—¿Crees que la lluvia hará que te libres de hacer tu trabajo? —la voz de la monja es más fría que el propio viento, y Sara inspira profundamente ese olor húmedo que deja claro que el agua ya está cayendo muy cerca.

Catalina la ve inspirar y hace lo mismo, dejando que uno de sus olores favoritos la inunde mientras sigue observando a Sara.

—No quiero librarme de mi trabajo, me basta con deshacerme de ti —espeta Sara, que a veces no sabe por qué dice ciertas cosas porque lo último que desea es que esta mujer de mirada penetrante se aleje de ella.

Catalina ve cómo sus propios pies se mueven por inercia y la hacen caminar los tres pasos que la separan de la chica.

Se coloca justo a su espalda y por un momento cierra los ojos e inhala el aroma de su pelo, después los abre y se inclina un poco, acercando sus labios ansiosos por probar su piel a su oído.

—¿Quieres librarte de mí como lo hiciste de tu padrastro o cambiarás de modus operandi esta vez? —sisea como una serpiente.

No tenía intención de decir nada, pero sigue rabiosa porque cada vez que recuerda a Sara siendo follada por aquella chica en la caseta, jadeando y gimiendo para unos oídos que no eran los suyos, algo muy oscuro se apodera de su alma, y desde que encontró el expediente de la alumna hace casi una semana, la monja no puede dejar de pensar en aquello, preguntándose qué impulsó a una chica como esta, que para entonces debería medir una cabeza menos y no pesar más de cuarenta y cinco kilos, a matar a un hombre a puñaladas.

Ahora no deja de fijarse en sus manos, y la monja ha visto ya al menos dos cicatrices de cortes que la chica no se molesta en esconder. Cortes que se hizo mientras hundía el cuchillo en la carne de ese hombre.

Sara se pone rígida cuando la escucha, el aire se le escapa de los pulmones y su mirada se desenfoca por un momento, aunque Catalina no puede verlo porque está detrás de ella, pero sí que se da cuenta de que los nudillos de la mano con la que aprieta el palo del rastrillo se han vuelto blancos.

De repente, se gira enfurecida y suelta el palo, haciendo que la herramienta caiga sobre un montón de hojas húmedas que apenas hacen ruido.

—No te metas en mi vida —los ojos de Sara están inyectados en sangre y Catalina tiene la sensación de estar frente a una chica que, a pesar de estar rabiosa y enfadada, solo le parece asustada.

—Tu vida me pertenece mientras estés aquí —suelta Catalina, sin ver venir el bofetón que le cruza la cara.

El impacto hace que le pique la mejilla y ella parpadee un par de veces antes de volver a mirar a Sara, que parece más sorprendida que la propia monja, pero no pide disculpas ni se aparta mientras espera la reacción de Catalina.

A Catalina le arde la cara y en cualquier otra situación habría reaccionado de forma distinta, probablemente, devolviendo la bofetada y aplicando un castigo ejemplar a la alumna, pero sigue viendo esa mirada de niña asustada en algún punto de los ojos avellana de Sara, y algo dentro de ella se ablanda, cosa que detesta y además no comprende, pero es consciente de que ella la ha provocado, de que no debería haber mencionado ese hecho tan oscuro, así que llega a la conclusión de que merece la bofetada.

Da un paso atrás, mirándola de un modo que hace que Sara casi pueda ver la electricidad que fluye entre ellas, y señala el rastrillo.

—Sigue trabajando —ordena la monja, y vuelve a cruzar los brazos mientras analiza mentalmente si las bragas se le han humedecido antes o después del bofetón.

Un relámpago lleno de ramificaciones cae a lo lejos, seguido de un trueno que termina de rugir justo cuando empiezan a caer las primeras gotas, que van aumentando de intensidad conforme pasan los segundos.

El agua las va calando y Sara la va mirando de reojo mientras sigue pasando el rastrillo entre las hojas con frustración, porque ahora que están empapadas se pegan a la herramienta y al suelo y arrastrarlas se convierte en una tarea prácticamente imposible.

—Ya nos hemos mojado bastante, ¿no? —pregunta cuando otro relámpago las ciega.

—Sigue —la voz de Catalina es implacable.

La alumna sigue moviendo el rastrillo, pero lo hace sin ganas, más bien lo pasea frente a la monja esperando provocar alguna reacción en la mujer que todavía tiene su mano marcada en la cara.

Se detiene un momento cuando ve cómo las gotas de agua resbalan por el rostro de Catalina y pasan por encima de sus labios de forma lenta y sensual.

Sara quiere dejar el maldito rastrillo y morderlos, atraparlos con su boca y clavarle los dientes hasta hacerle sangre, pero cuando mira al cielo y ve lo negro que se está poniendo, decide que no piensa seguirle el juego a esta perturbada.

—A la mierda —dice soltando el rastrillo—, si quieres quedarte aquí para que te parta un rayo, es tu problema, yo me largo.

—¿A dónde crees que vas? —pregunta Catalina, cogiendo su mano para detenerla—. Vas a quedarte aquí haciendo tu trabajo hasta que yo decida que es suficiente.

Sara da un paso hacia ella, y la distancia que hay entre las dos es tan pequeña que ahora prácticamente está pegada a su cuerpo.

—¿Y qué pasa si no me quedo? —provoca Sara en un susurro, levantando la barbilla hacia ella.

La mente de Catalina colapsa. No soporta su soberbia ni su desfachatez, y tampoco puede con ese cosquilleo que se mueve por su vientre ni con el latido que pulsa directamente contra su coño mientras la mira.

—No querrás saberlo —susurra la monja, al mismo tiempo que la coge por el cuello con una mano, la empuja con su cuerpo hasta que la espalda de Sara golpea el tronco de un árbol y la besa.

No tiene cuidado, solo estrella su boca para tomar esa que tanto ansía, y Sara, en lugar de apartarla o mostrar sorpresa, lo que hace es cerrar la mano en la nuca de Catalina y apretar con fuerza para que no se separe de ella mientras le mete la lengua en la boca.

Catalina siente la presión de ese músculo contra sus dientes y la recibe como una descarga que baja directa hacia su clítoris.

La monja sabe que debe parar lo que ha empezado, pero las manos inquietas y ansiosas de Sara —que ahora toca uno de sus pechos con descaro y está bajando la otra por su espalda hasta su culo— la tienen completamente extasiada y no es capaz de detenerla.

Sara la besa con rabia. Está del todo encendida, primero cabreada por el comentario y segundo azotada por esas ganas infernales que tiene de follar con esta mujer desde que la vio el primer día.

La mano de Catalina sigue en su cuello, sin apretar, pero asegurándose de que permanece donde quiere, y esa sensación de control y autoridad es algo que Sara no soportaría de otro y que, sin embargo, ejercida por la monja, le provoca una sensación de seguridad y placer que no entiende del todo.

Atrapa el labio inferior de Catalina con los dientes y aprieta con ganas, notando el sabor metálico de la sangre al mismo tiempo que el jadeo de contención de la monja.

—Te lo mereces —dice Sara cuando Catalina se separa unos centímetros de su boca para lamerse la sangre con un gesto demasiado sensual a pesar de su ceño fruncido.

Catalina la mira y aprieta un poco el agarre en su cuello justo antes de que Sara la coja por las solapas y tire hacia ella para besarla de nuevo.

Sus manos vuelven a recorrer el cuerpo de la monja y, cuando están a punto de colarse entre sus muslos, se escucha el sonido de una campana que retumba en los oídos de ambas.

—¿Qué coño...? —dice Sara, mirando hacia el edificio a pesar de que no pueden verlo desde aquí.

—Vamos —Catalina la coge de la mano y tira de ella mientras se pasa los dedos por el labio y trata de limpiar la sangre con la ayuda de la lluvia.

—¿Por qué suena así? ¿Se ha muerto alguien?

Sara está impactada. El campanario del colegio solo suena en las horas de misa, y no lo hace con esta intensidad ni dura tanto.

—Es un toque de queda —explica Catalina, pasándose los dedos por los ojos para arrastrar el agua que la ciega, porque la tormenta ha aumentado tanto su intensidad que ambas tienen la sensación de que les están cayendo cubos de agua encima.

—Toque de queda, ¿para qué? —grita Sara.

—Para asegurar que ningún alumno o personal adulto está fuera del edificio.

Llegan por fin a los escalones y, cuando atraviesan la puerta, se encuentran con todas las alumnas y las monjas reunidas en la entrada.

—Por el amor a Jesucristo —dice Sor Ernestina, santiguándose cuando ve el labio ensangrentado de Catalina—. ¿Qué ha pasado?

Sara mira de reojo a Catalina, que todavía la tiene cogida por la muñeca como si temiera que fuera a escaparse.

—He debido rozarme con alguna rama cuando corríamos hacia aquí.

—Atención —grita la madre superiora mientras da una palmada fuerte.

Todas se giran hacia ella, que permanece en las escaleras como si necesitara una posición más elevada para mostrar su poder.

—Vamos a hacer recuento —dice, mirando a Catalina fijamente.

La monja suelta el brazo de Sara mientras le mantiene la mirada a la mujer, consciente de que es la única ahí que no se cree su historia sobre la herida del labio.

Mientras Sor Clemencia y Sor Ignacia cuentan a las alumnas y a las hermanas, Catalina da un paso atrás para alejarse de Sara y acepta un pañuelo de papel que le ofrece Sor Ernestina para limpiarse la sangre.

—Deberías haberte quedado fuera —escucha Catalina—, con suerte un rayo te habría fulminado y enviado al único lugar donde debe estar una muerta de hambre como tú.

La voz es un susurro, algo apenas inaudible, dicho solo para que lo escuche la persona a la que va dirigida, pero ella parece tener un radar para captar cualquier cosa que tenga que ver con Sara Navarro, y cuando ladea la cabeza, ve cómo Ainhoa Elorza se aparta de Sara con una sonrisa de hiena y se coloca en medio de Itxiar y Paula, sus dos lacayas.

La monja mira a Sara, sorprendida de que no haya dicho nada para defenderse, y decide que ella tampoco va a tomar medidas ahora, pero lo hará cuando llegue el momento.

—Estamos todas —anuncia Sor Ignacia.

—Muy bien —grazna Pilar Castro—. El parte meteorológico dice que será una tormenta fuerte, así que queda terminantemente prohibido salir del edificio hasta que termine.

La madre superiora hace un gesto hacia la puerta y Sor Clemencia saca una llave enorme y da dos vueltas en la cerradura, encerrando a todas las mujeres en el interior.