Capítulo 11
C atalina aprieta los dientes cuando siente el dolor punzante en su muslo derecho, pero eso no le impide tirar un poco más del cilicio para que se ajuste mejor, para que le recuerde que está viva y, en consecuencia, que es capaz de cometer grandes estupideces.
Cierra los ojos y la ve; su cerebro recrea el rostro de Sara con una claridad impresionante, con los ojos húmedos, aunque arrogante como siempre, con la mirada afilada y ese gesto burlón que desearía arrancarle a mordiscos.
La escena de la biblioteca de esa tarde es de las que la monja va a almacenar en su mente por mucho tiempo porque Sara Navarro bajo sus órdenes, recibiendo un castigo por haberse comportado como una cualquiera con esa chica que, desde ya, detesta, es una imagen con la que puede recrearse durante muchas noches.
La religiosa se arregla el hábito y, al ponerse de pie, siente un tirón tan fuerte en la pierna que tiene que apoyar una mano en la pared para estabilizarse.
—Joder —suspira de forma entrecortada y endereza la espalda. Cuando está lista, toma una respiración profunda y sale de su habitación.
A esa hora, los pasillos del colegio Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia están silenciosos, oscuros, apenas iluminados por algunas luces y el reflejo de los focos exteriores.
Es el momento perfecto para Catalina, cuando se imparte ese castigo que su alma parece necesitar cada vez más y puede regocijarse en su dolor sin que nadie la moleste.
No tiene ni idea de quién está de guardia esa noche, pero duda que se la encuentre porque la hermana seguro que estará en el edificio en el que duermen las alumnas o la zona del patio que ella siempre intenta evitar.
Cuando va a girar por la esquina para bajar las escaleras, un sonido ronco la hace detenerse en seco.
Es como el de un ganso que se queja o incluso el de un animal herido, pero Catalina sabe bien que no es nada de eso porque reconoce ese quejido de las veces que, por desgracia, lo ha oído desde lejos.
Da varios pasos y se maldice por apresurarse porque el cilicio se ha clavado con más fuerza haciendo que la piel se le erice por el dolor.
Cuando llega frente a la puerta, los sonidos son tan altos que no se puede creer la poca vergüenza que tiene esa mujer. Gira el pomo y la abre con fuerza sin llamar; sin desviar la mirada, niega con la cabeza.
La respetable Madre superiora, Pilar Castro, está a cuatro patas en el suelo, con los codos apoyados en las baldosas y el hábito tirado a su lado de cualquier forma.
Detrás de ella, Malick, un hombre fornido de metro noventa y de origen africano que tiene su enorme polla clavada en el culo de la monja.
Catalina se pregunta cómo esa mujer tan menuda y que parece que en ocasiones va a romperse en dos, puede aguantar semejante monstruo.
No es la primera vez que Catalina lo ve por el colegio, de hecho, Malick en muchas ocasiones hace de recadero para el colegio y a menudo se le ve llevando bolsas o trayendo correspondencia.
Es un hombre educado, de mirada amable que ha revolucionado al pueblo desde que llegó hace unos años y aunque algunas de las familias lo miren con cierta desconfianza, la realidad es que la mayoría desearían estar como Pilar en este momento.
—Tus berridos se escuchan por todo el pasillo —Catalina lo dice con la voz fría y sin apartar la mirada de sus ojos—. Ten la decencia de bajar la voz.
Pilar abre la boca, pero en vez de palabras le sale un gemido agudo que hace que Catalina arrugue la nariz porque Malick, al que al parecer tener público le gusta, ha dado un golpe de cadera que ha dejado a la monja casi muda.
Sor Loyola le da una última mirada y se arrepiente; la madre superiora tiene la cara tan roja, sudada y los ojos llenos de lágrimas que parece que en cualquier momento va a caer muerta a causa del severo empalamiento.
Da media vuelta y sale del despacho cerrando la puerta tras de sí e intentando borrar la horrorosa escena que acaba de presenciar.
Ya no se escuchan los gemidos, pero sí cómo Malick arremete contra Pilar soltando sonidos secos parecidos a los aplausos.
Catalina vuelve a su habitación porque lo que ha visto le parece suficiente castigo por esa noche, así que se sienta con cuidado en su cama y suelta el apretado cilicio con un quejido lastimero.
La rutina es la de siempre, limpiarse el muslo con cuidado, desinfectarlo una primera vez, tomar una buena ducha y al salir aplicar una crema que la mantiene protegida de infecciones.
No tiene sueño aunque ya pasen de las dos de la madrugada, las guardias nocturnas y el estrés que se ha apoderado de ella últimamente desde que Sara Navarro llegó al colegio, la mantienen en un estado constante de alerta que no es bueno para su salud.
Decide que leerá una de las novelas que ha ido dejando a medias por cualquier razón y cuando va a elegir una, ve la carpeta que le entregó Pilar hace unas semanas con el expediente de la alumna trasladada de un centro de menores a este colegio.
Los dedos le pican porque una parte de ella quiere leerlo y por otra, tiene la sensación de que va a descubrir cosas que no le van a gustar.
Ese tipo de centros son una especie de safari sin control donde los recluidos, lejos de reformarse, aprenden de los peores y salen siendo seres detestables para la sociedad.
Su brazo cobra vida para estirarse y coger el dosier. Apenas son un par de hojas, pero ella se acomoda pegando la espalda a la pared y empieza a leerlo.
—Sara Navarro Torres —dice en voz baja mientras pasa un dedo por la foto de la chica.
Es una instantánea que debe tener varios años porque Sara tiene el rostro más joven, lleva el cabello a la altura de la mandíbula y en sus ojos no hay arrogancia —como ahora— sino algo que parece miedo o quizá rabia.
Los ojos de Catalina bajan despacio pasando por cada dato del archivo. Sus labios se estiran cuando lee el lugar de nacimiento porque de inmediato viene a su cabeza ese acento sevillano tan marcado que la hace parecer más engreída a la vez que preciosa.
Cuando llega a la parte en la que detalla que desde los catorce años ha estado en distintos centros de menores, algo desagradable se instala en su pecho.
Es una molestia que le resulta ajena porque solo la ha sentido cuando, hace años, su hermana Inés fue víctima de un accidente de tráfico y tuvo que llevar una escayola en el brazo varios meses.
Por lo demás, jamás lo ha experimentado por nadie más, menos por una chica que lleva apenas meses conociendo.
La menor ha mostrado, a lo largo de su permanencia en el centro, una evolución irregular.
En numerosos periodos ha mantenido una actitud colaboradora con el equipo educativo, participando de forma adecuada en las actividades programadas, respetando las normas de convivencia y mostrando capacidad para establecer relaciones positivas con algunos compañeros y profesionales de referencia.
No obstante, su expediente también recoge diversos incidentes relacionados con conductas disruptivas, episodios de desafío a la autoridad, incumplimientos normativos y reacciones impulsivas ante situaciones de conflicto o frustración.
Estos comportamientos han tenido un impacto negativo en la valoración global de su trayectoria dentro del recurso y han generado intervenciones disciplinarias en distintas ocasiones.
Catalina solo se sorprende de la parte en la que se ha comportado de forma educada y colaboradora cuando en el Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, Sara Navarro ha sido de todo menos amable y servicial.
Pasa a la siguiente hoja y la respiración se le corta. Justo debajo del nombre de su madre está el motivo por el que la alumna ha estado en centros desde que apenas era una niña.
—Joder —murmura la monja y se acerca más la hoja a la cara como si necesitara confirmar que lo que está leyendo es real.
Los primeros informes lo describen como un acto de violencia extrema cometido por la menor con problemas de control de impulsos.
No obstante, las evaluaciones posteriores revelaron circunstancias significativamente más complejas.
Manuel Morales, padrastro de la imputada, recibió catorce puñaladas en distintas zonas del cuerpo que le ocasionaron la muerte.
No hay más información, no hay motivo ni explicación de por qué alguien de apenas catorce años cose a puñaladas a su padrastro.
Catalina está segura de que los latidos de su corazón se deben escuchar incluso en el pasillo y aunque debería experimentar miedo, lo que siente es algo más que le cuesta describir.
Lo peor de todo es que no puede ignorar esta información, no después de leerla y el problema es que no sabe qué hacer con ella.