Impura Capítulo 10
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Capítulo 10

—Mirada al frente, señorita Navarro.

El siseo que sale de la boca de Catalina es más peligroso que el sonido que emite un animal salvaje cuando ya tiene a su presa en la boca, pero Sara no se inmuta y aunque tiene la frente perlada de sudor, no se queja.

Después de una noche especialmente agotadora —para la monja llena de dolor por el cilicio y para Sara de desconcierto— el día ha pasado entre clases, reuniones y algún examen.

Luego sor Catalina ha mandado a llamar a la alumna, que se disponía a realizar sus tareas en el jardín, para que se reuniera con ella en la biblioteca.

Sara supo en el mismo instante en el que una de las religiosas fue a buscarla que no le auguraba nada bueno.

Aun así, ha entrado a la biblioteca con la barbilla levantada y esa sonrisa burlona que parece tener pintada en los labios cuando se trata de Catalina, pero no le ha durado demasiado porque, después de que la monja mascullara un «gracias» y echara educadamente a la otra hermana, ha cogido una pila de libros y se ha parado frente a su alumna.

—Brazos estirados —se lo ha dicho sin mirarla a la cara—. Palmas hacia arriba.

Sara la ha obedecido, con la misma altanería de siempre y esa pose prepotente que le ha causado problemas muchas veces.

Entonces Catalina Loyola le ha puesto los libros sobre las manos y al principio parecía que el castigo sería de los fáciles, pero al cabo de un minuto la chica se ha dado cuenta de su error.

Los brazos le han empezado a temblar y el dolor se ha instalado en sus hombros, en los omoplatos y en el pecho.

—¿Quién era la chica que… —Catalina hace una pausa porque el recuerdo le da de lleno en la cabeza y siente una rabia que le cuesta controlar—, la acompañaba anoche?

Silencio. Sara ni siquiera separa los labios.

No piensa vender a su amiga porque sabe la cantidad de problemas que le traerá el que la acusen de invadir una propiedad privada, y Nagore no se lo merece porque es una chica que ha luchado por reinsertarse a pesar de que en este país eso no existe.

Un polvo a medias no justifica el castigo que la monja quiere imponerle.

—Tal parece, señorita Navarro, que aún no es consciente de la suerte que tiene al haber sido elegida para acabar su último año aquí y no en uno de esos reformatorios —Catalina no levanta la voz, se mueve como una serpiente alrededor de la alumna que empieza a temblar ligeramente—.

Ya se lo dije una vez y se lo repito ahora: la disciplina en este colegio es importante, pero para mí es imprescindible, y créame —se detiene frente a Sara, coloca otro libro más sobre la pila que sostiene y sonríe de medio lado—, usted está muy lejos de ser aplicada.

Sara no soporta el dolor que le genera el peso de los libros, pero no va a quejarse ni a abrir la boca.

Catalina sigue rodeándola y ella puede sentir el calor de la tela de su hábito casi rozándola.

De nuevo siente esa sacudida interna que le hace apretarse de forma involuntaria.

Todo en ella le gusta: su olor, sus facciones, el tono de voz severo y cada castigo que le ha aplicado hasta ahora.

Todavía siente el escozor de la bofetada que le dio anoche y cada vez que su lengua roza la herida, una punzada de excitación la invade.

Unos pocos segundos después, los brazos de Sara caen y los libros se estrellan contra el suelo.

Aprovecha para moverlos porque están tan rígidos que siente que no tiene extremidades sino palos.

Catalina chasquea la lengua y, mientras niega con la cabeza, coge otros libros de la mesa, le levanta los brazos a la estudiante y vuelve a ponerlos sobre las palmas de las manos.

—Hasta que no me diga quién era esa persona —puta, esa puta, quiere decir Catalina—, no acabaremos aquí. Y no crea, Navarro, que el castigo termina una vez me diga el nombre. Lo que hizo ayer es grave y lo pagará.

La escena de brazos caídos de la alumna y libros puestos sobre las manos se repite varias veces, cada vez más seguidas porque Sara apenas aguanta unos segundos sin que el dolor le corte la respiración.

De repente explota: está harta de que la monja siempre la someta a las peores sanciones.

En el poco tiempo que lleva en el colegio, le ha pegado con la mano, con una regla, la ha dejado bajo la lluvia y metido en la ducha fría.

Sabe que alguna reprimenda se merece, pero esto ya es demasiado.

Coge uno de los libros que tiene en las manos y deja caer el resto.

Se lo lanza a Catalina, pero está tan entumecida que el tomo cae a medio metro de distancia.

La religiosa rechina los dientes y se acerca a ella cogiéndola por la muñeca con fuerza.

—Te estás confundiendo de persona —la tutea Catalina hablándole muy cerca de la cara—. No tienes idea de quién soy, de lo que puede llegar a ser para ti y hacer de tu vida de mierda un puto infierno.

Sara sonríe; es una sonrisa de dientes expuestos y labios muy estirados. Sabe que ha logrado que Catalina pierda el control, y en eso es algo que al parecer muy pocas logran.

—Hermana, tendrá que lavarse esa boca sucia con jabón —Catalina aprieta el agarre y Sara la mira a los ojos—. Y estoy deseando que cumpla su amenaza; en realidad me encantaría ver hasta dónde es capaz de llegar.

Ninguna de las dos retira la mirada y aunque por fuera parecen enteras, ni la una ni la otra imagina que ambas tienen el corazón desbocado y las bragas empapadas.

El ruido de pasos y risas hace que Catalina suelte a la alumna.

Levanta la mirada al reloj de pared y se da cuenta de que la hora de lectura en la biblioteca está por empezar.

Así que cuando la puerta se abre y aparece la cara redonda de sor Ernestina, Catalina sale sin siquiera saludarla.

Aprieta los puños con fuerza mientras camina tan rápido por el pasillo que parece que está corriendo.

Cuando visualiza la puerta a la que va, se convierte en un caballo de carreras con anteojeras que no le permiten desviarse de su objetivo.

—Me has asustado, Catalina —la doctora Mendizábal se lleva una mano al pecho porque no se esperaba que su amiga entrara de esa manera ni que cerrara la puerta con tal fuerza.

La monja da varios pasos hacia ella y la coge del pelo con firmeza.

Hace que se levante de la silla donde estaba sentada y le pega la cara a la pared.

Isabel jadea; la sorpresa la ha puesto muy cachonda y tiene que morderse los labios para no gritar cuando siente que Catalina le baja el pantalón de un tirón y tira de su cintura hacia atrás para que el trasero quede empinado.

—No quiero escucharte —le dice al oído a la médica mientras le pasa el brazo izquierdo alrededor del cuello y lo cierra con firmeza.

Isabel obedece porque está demasiado excitada y porque Catalina le está cortando el paso del aire.

La mano que le queda libre la usa para metérsela en la boca a Isabel, que la llena de saliva al instante. Catalina no es amable ni tiene piedad; usa dos de sus dedos lubricados y la penetra por el culo con ímpetu, hasta el fondo, para después empezar a mover el brazo con fuerza.

—Eres una puta —le sisea la monja, y tiene los ojos cerrados mientras lo dice—. Y a las putas como tú se las castiga.

La doctora Isabel Mendizábal abre la boca buscando oxígeno; el placer de sentir los dedos de Catalina y la falta de aire la están matando de éxtasis.

Sabe que el orgasmo será brutal, pero cuando el sexo es anal, ella necesita prestarle atención al botón hinchado que tiene entre sus piernas.

Empieza a masturbarse mientras las embestidas la torturan.

—¿Crees que te has ganado que permita dejarte correrte? —Catalina mueve el brazo más rápido; las piernas de Isabel empiezan a fallar—. Voy a joderte porque eres una puta y te lo mereces.

Isabel se corre y todo empieza a oscurecerse.

Siente el placer recorriéndola a la vez que solo puede ver puntos blancos por más que abra los ojos.

Las piernas le ceden, pero Catalina no permite que se desvanezca y en cuestión de una décima de segundo siente cómo el aire entra a sus pulmones devolviéndola a la vida.

—Joder —Isabel respira profundamente con la cabeza echada hacia atrás, recostada en el pecho de Catalina.

La monja aprieta la mandíbula; sabe que esta vez se ha excedido, aunque a su amiga le encante el sexo de esa manera.

—¿Estás bien? —pregunta mientras ayuda a Isabel a sentarse.

La médica coge unas toallitas húmedas y empieza a pasárselas por la cara.

—Vaya si lo estoy —a Isabel la sonrisa le tiembla; todavía siente corrientazos por todo el cuerpo—. Anda a lavarte las manos y luego vuelves para contarme qué es lo que te tiene así.

En los minutos que Catalina tarda en el pequeño servicio, se debate sobre qué decirle a la médica.

No puede hablarle de Sara; en este punto ni siquiera ella misma sabe lo que le está pasando con la alumna, porque una cosa es el morbo que siente con las novicias —incluso alguna que le ha atraído más que las demás— y otra muy distinta es esa obsesión enfermiza que experimenta con la chica.

—¿Más tranquila? —pregunta Isabel cuando Catalina regresa y se sienta frente al escritorio que ocupa la doctora.

—Estoy bien —contesta de manera mecánica.

—A mí no tienes que engañarme y lo sabes. ¿Has visto a tus padres?

—No.

Isabel aguarda unos segundos sin decir nada más, dándole oportunidad a Catalina de ser ella quien le cuente lo que quiera.

—Últimamente he estado teniendo pensamientos… diferentes —Catalina elige esa palabra tan ambigua porque no sabe cuál otra es apropiada para lo que le pasa—. No sé; hay días en los que me siento confundida y eso me lleva a estar rabiosa.

La doctora Mendizábal asiente, todavía en silencio.

—Mi puerta siempre está abierta para ti —no lo dice con doble sentido; Isabel quiere a Catalina como a una amiga. Que follan de vez en cuando es solo un plus—. Quizá ahora no sepas cómo contarme lo que te ronda la cabeza, pero cuando estés lista, aquí estaré.

Catalina levanta la barbilla con prepotencia.

—¿Y cómo estás tan segura de que pasa algo que no sé cómo explicar?

Isabel adelanta un brazo y le coge la mano a Catalina.

—Te conozco bien; no soy solamente la mujer con la que te ves algunas veces. También soy tu amiga y tu médica. He pasado más de dos horas observándote y estoy bastante segura de que sabes lo que te pasa, pero no estás lista para decirlo en voz alta.

Lo que le pasa tiene cara de arrogancia, unos labios que fueron creados por el mismo demonio y unos ojos que podrían acabar con el mundo de Catalina Loyola.

El problema es que no sabe qué nombre ponerle a eso que siente en el pecho a cada segundo desde que Sara llegó a Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia.

—Cada vez que te veo, creo que será la última —la voz de Isabel hace que Catalina levante la mirada y la enfoque—.

Siempre he pensado que todo esto no es para ti, ¿sabes?

Eres una profesora brillante y quizá pueda imaginarte en un colegio enseñando a muchos alumnos, pero ¿sirviendo a nuestro Señor? No. Eso no es lo tuyo.

A Catalina todavía le sorprende escuchar a Isabel cuando habla así, con esa fe ciega.

Esa misma Isabel a la que hace unos minutos le tenía dos dedos metidos en el culo mientras la follaba hasta casi ocasionarle un desmayo.

Una mujer que engaña a su marido, se acuesta con una monja, pero aun así va a misa los domingos y se arrodilla para rezar por todos los necesitados.

—Otro día hablamos —Catalina se pone de pie e Isabel la imita.

La médica la acompaña hasta la puerta y antes de abrirla la besa.

—Vuelve a follarme así la próxima vez —dice Isabel pegada a sus labios—, y si me desmayo, no pares; me encanta tenerte dentro incluso estando inconsciente.