Impura Capítulo 9
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Capítulo 9

S ara se levanta sin hacer ruido —esta vez no es porque haya tenido una pesadilla—; ni siquiera ha llegado a dormirse: ha permanecido tumbada en su cama, con los ojos clavados en el techo mientras su mente piensa en lo que pasará en un rato y sus pensamientos se mezclan.

Ha quedado con Nagore esta noche y no deja de imaginarse todo lo que harán, pero cuando lo hace y su sexo se contrae, la figura femenina que se materializa en su imaginación no es la de su amiga, sino la de una monja con mirada tormentosa y un hábito que Sara desea quitarle.

Abre el armario mientras mira la hora en el reloj de su mesilla.

Son las doce menos cuarto de la noche y se humedece los labios con anticipación.

Con esfuerzo, mete la mano detrás de un cajón y saca el móvil que Nagore le dio cuando vino a verla.

Sara lo tuvo apagado tres días después de que se le mojara cuando Catalina la metió bajo el chorro de la ducha, pero por suerte, el aparato no sufrió ningún daño y funciona perfectamente.

Aunque sabe que a esa hora ninguna monja va a entrar en su habitación, Sara se lo mete debajo del pijama y se encierra en el baño para asegurarse de que a Nagore no le ha surgido ningún imprevisto y no ha cancelado su cita.

Se sienta en la taza del váter, desbloquea la pantalla y su sonrisa se tuerce de pura satisfacción al no ver nada más que la conversación de hace un par de días, cuando ella le explicó por dónde podía colarse y Nagore le dijo cuándo iría.

Sale del baño, apaga la luz de la mesilla y abandona la habitación en pijama y una sudadera que se pone encima.

La luz de los pasillos del colegio siempre le parece tenebrosa cuando sale por la noche; apenas alguna lámpara con luz amarillenta y tenue, demasiado separada de la siguiente para su gusto.

No tiene ningún problema en salir, como siempre, y, aunque no sabe qué monja hace guardia esa noche, tampoco le importa.

Es rápida y sabe moverse como un fantasma y, cuando al fin sale del edificio, mira a un lado y a otro para asegurarse de que no hay nadie y empieza a correr hacia la zona de setos, que le proporciona la invisibilidad que necesita para moverse más tranquila hacia el muro exterior.

Divertida y excitada, Sara recorre el lateral hasta que al fin llega a la zona que le indicó a Nagore. Se agarra con las manos a los barrotes de la reja y trata de ver algo entre la negrura.

—Nagore… —susurra para llamarla.

—¡Buh! —su amiga aparece de repente al otro lado y Sara casi se cae de culo por el susto.

—¿Qué coño te pasa? ¿Eres gilipollas o qué? —pregunta irritada, sacudiéndose el trasero cuando se levanta.

Nagore se ríe y utiliza la roca que hay al otro lado para subirse y saltar la verja.

—No seas gruñona —murmura, cogiendo a Sara de la sudadera y besándola mientras la empotra contra un árbol.

El beso se profundiza y la alumna jadea, comprendiendo que su necesidad es mucho mayor de lo que esperaba.

—Espera, nena, ¿quieres follar aquí en medio? —pregunta Nagore, divertida—. Lo hemos hecho en sitios peores, pero no sé, ¿no has encontrado nada mejor? —sus cejas se levantan y Sara sonríe.

—¿No has traído nada?

—Claro que sí, ¿por quién me tomas? —responde Nagore, pero mete la mano en la pequeña bandolera que lleva cruzada sobre el pecho y saca un canuto y un mechero para encenderlo.

Le da una profunda calada y se lo pasa a Sara, que da otra y expulsa el humo con placer.

—Joder, necesitaba esto, y a ti —dice la alumna, cogiéndola de la mano—. Ven, hay un cuartucho de madera allí delante, nadie nos molestará.

Nagore la sigue encantada. Jamás ha disfrutado con nadie como lo hace con Sara Navarro, no por el sexo en sí, sino por todo el peligro que siempre envuelve sus encuentros.

Llegan a la caseta y Sara quita el candado sin esfuerzo porque hace un par de noches se aseguró de dejarlo abierto tras fabricarse unas ganzúas con un par de alambres. Le llevó su tiempo, pero lo logró y han tenido suerte de que nadie haya venido y lo haya cerrado.

—Eres una jodida delincuente —dice Nagore, entrando a trompicones con ella mientras se besan.

Sara se detiene un momento para dar otra calada y después lanza lo que queda del porro al suelo, justo en la puerta, que no han cerrado porque necesitan que entre un poco de luz.

—Me encanta que no lleves nada debajo —murmura Nagore con la boca pegada al cuello de Sara y sus manos colándose debajo de la sudadera para acariciarle los pechos.

La alumna jadea, sintiendo un escalofrío cuando le roza los pezones.

—No necesitas las dos manos ahí —dice Sara, cogiendo a Nagore por la muñeca derecha, tirando de la goma de su pantalón de pijama y las bragas al mismo tiempo y llevándola a donde quiere.

—No sabes lo cachonda que me pone que hagas eso —sisea Nagore, hundiendo los dedos en la abertura empapada de Sara para penetrarla directamente.

—Joder, sí —gruñe la alumna.

Catalina sale al patio y baja los escalones.

Hace frío y está muerta de sueño, pero tiene guardia hasta las seis de la mañana, así que le toca mantenerse despierta.

Se reconforta con el aire fresco y mira el cielo, donde apenas unas pocas estrellas se cuelan entre la capa de nubes.

Inspira con fuerza para llenar sus pulmones con el aroma a bosque y tierra húmeda y entonces lo nota.

Su nariz se arruga y la monja empieza a olfatear el aire como un perro hasta que le llega el inconfundible olor a marihuana.

Su pulso se acelera de golpe, casi un estallido dentro de su pecho que la hace dar un paso adelante.

Al principio se siente estúpida moviéndose de un lado a otro tratando de seguir el rastro, hasta que encuentra el camino correcto y empieza a caminar hacia el lateral del edificio.

Sabe que ese rastro la va a llevar a Sara; no le cabe duda, y sonríe satisfecha y ansiosa porque al fin va a pillarla con las manos en la masa.

Tiene que acercarse más a la zona boscosa para seguir el rastro, pero cada vez es más intenso y sabe que va por buen camino.

Tras avanzar unos cuantos metros más, ve la caseta al fondo y, de algún modo, intuye que es allí.

Mide sus pasos y trata de pisar sin hacer ruido, pero se detiene en seco cuando apenas está a unos metros porque un sonido le atraviesa los tímpanos y la deja congelada, ladeando la cabeza como si así escuchara mejor.

El sonido se repite y sus ojos se abren mucho porque lo reconoce con la misma facilidad que la hierba: son gemidos, sonidos de pura satisfacción sexual que le erizan la piel, la irritan profundamente y a la vez le mojan las bragas porque reconoce el tono petulante de Sara en ellos.

Movida por una rabia incontrolable y otra cosa que sabe que son celos y le jode sentir, se olvida de no hacer ruido y camina con prisa hasta la puerta.

Catalina tiene que parpadear varias veces para procesar lo que ve: Sara tiene la espalda pegada a una estantería polvorienta mientras otra chica la folla con un ritmo imparable.

Sara tiene los ojos cerrados y se muerde los labios mientras resopla por la nariz, y la chica está de espaldas a ella, así que ninguna se percata de su presencia hasta que Sara empieza a correrse, sus ojos se abren y se encuentran con los de Catalina mirándola fijamente.

—Joder —gime Sara, que no puede describir lo que acaba de experimentar porque su orgasmo se ha mezclado con el susto de verla y con la situación de verse expuesta ante la monja en ese estado, y eso le ha producido un placer que no había experimentado hasta ahora.

—Apártate de ella —gruñe Catalina cuando logra reaccionar.

Nagore se lleva un susto de muerte y casi trastabilla cuando se echa hacia atrás. Se ve acorralada porque la monja está en la puerta y empieza a moverse de un lado a otro intentando salir.

—Déjame irme —dice nerviosa.

Catalina lo medita un momento; realmente quiere que desaparezca de su vista, pero está tan rabiosa que se niega a dejar que esa chica que acaba de follarse a su alumna se vaya de rositas.

—Has invadido una propiedad privada, vas a venir conmigo, llamaremos a las autoridades y que ellos se ocupen de ti —Catalina la coge por un brazo y cierra la mano como un cepo mientras Sara, a la que todavía le tiemblan las piernas, contempla la escena intentando procesarla.

—Déjala ir —dice al fin—. Si llamas a la policía la vas a meter en un lío, por favor… —suplica, y Catalina se gira hacia ella enfurecida.

—Ese no es mi problema, eres…

Aprovechando la distracción de la monja, Nagore da un tirón con el brazo, logra soltarse y le pone una mano en el hombro para empujarla, apartarla de la puerta y salir corriendo, despavorida.

Catalina pierde el equilibrio y acaba en el suelo, donde cae de lado y nota un dolor agudo en el codo y en la nalga.

Sara, impactada por la rapidez de lo que ha sucedido, duda entre ayudar a Catalina a levantarse o aprovechar y correr detrás de su amiga.

Finalmente, opta por lo primero y, sin poder esconder su sonrisa burlona, le tiende una mano.

Catalina Loyola no solo está enfadada y celosa; ahora se siente humillada. Rechaza la ayuda de la alumna, se levanta maldiciendo y la coge de una mano para arrastrarla al edificio.

Sara se pregunta cómo es posible que la monja camine tan deprisa.

Le cuesta seguirle el paso y tropieza un par de veces, pero Catalina parece una mujer de hierro en ese momento: la equilibra y sigue caminando hasta llegar a la habitación de Sara, donde la lleva hacia el baño como la otra vez, la mete debajo del grifo y abre el agua helada.

—Vas a aprender modales y a respetar la beca que se te ha dado y que sin duda no mereces, mañana…

Catalina se detiene cuando Sara, mirándola fijamente, se quita la sudadera y después la camiseta.

Ha sido tan rápido que la monja no ha podido detenerla, y ahora la chica está ahí, empapada debajo del chorro de agua, vestida solo con el pantalón corto del pijama, con los pechos generosos y unos pezones oscuros endurecidos como piedras que la apuntan.

—¿Qué demonios? —logra decir, pero no termina porque la alumna se acerca, la coge del cuello del hábito y tira hacia ella con la intención de besarla.

La monja logra apartarse a tiempo a pesar de que es lo que desea y de que su entrepierna está chorreando como nunca, pero lo único que puede hacer es detenerla, y está tan rabiosa por no atreverse a tomar lo que desea que le cruza la cara con otro bofetón que sale más fuerte que el anterior.

Sara, que nunca había sentido tanta necesidad como ahora por una mujer, tiene que apoyarse en las baldosas de la pared tras el golpe, pero después, con la mejilla palpitando y su sonrisa arrogante, se gira hacia Catalina mientras se pasa los dedos por los labios y encuentra una pequeña mancha de sangre que no duda en limpiar con la lengua.

La turbación de la monja es tan evidente que a Sara ya no le quedan dudas del deseo que la mujer siente por ella, y Catalina, que no puede soportar la debilidad que siente en ese momento, se gira y abandona la habitación como si estuvieran a punto de dispararse.

Llega a la suya jadeando y, con torpeza mezclada con nervios, abre el armario y saca el cilicio.

Se sienta en la cama después de subirse el hábito hasta la cintura y se lo coloca alrededor de la pierna, y justo cuando está a punto de apretarlo, percibe un olor en su ropa que no debería estar ahí.

Catalina gira la cabeza hacia su hombro y, cuando descubre el origen del olor, siente un pinchazo entre las piernas y un dolor agonizante en el sexo, donde sabe que su clítoris está hinchado y palpitante, necesitado de alivio.

El olor proviene de su hombro, donde la intrusa ha apoyado la mano para empujarla, y Catalina recuerda perfectamente que esa es la mano que estaba utilizando para follar a Sara, por lo que ese aroma en su ropa es el de la intimidad de la chica.

La monja tira de la tela hacia arriba y aspira con fuerza sin poder controlarse, dejando que ese olor se incruste en su cerebro y se convierta en algo en lo que no podrá dejar de pensar a partir de ese momento.

Decide que no lavará ese hábito y, tras ese pensamiento, tira de la correa del cilicio con tanta fuerza que el dolor la marea y la hace caer hacia un lado en la cama.