Impura Capítulo 8
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Capítulo 8

—El material llegará dentro de unos días, tendréis que distribuirlo muy bien porque la última vez nos quedamos sin folios una semana antes y eso es inadmisible.

Catalina, que está sentada en la zona opuesta a la madre superiora, piensa con cansancio que lo que es inadmisible es su completa incapacidad para hacer un pedido correctamente.

Las reuniones de los miércoles son todas iguales: Pilar Castro soltando tonterías por esa boca demasiado vieja para seguir funcionando mientras el resto de las hermanas la escuchan con una devoción que ella jamás ha comprendido.

Quizá es que están tan ciegas como lo estuvo ella en sus inicios, pero cuando supo quién era realmente la madre superiora, se dio cuenta de que siempre había tenido razón: mientras más arriba estés en la cúpula eclesiástica, más podrido estás.

—Sugiero, madre, que se revise la lista antes de enviarla —Pilar endurece el gesto de inmediato al escuchar a esa puta monja que no la respeta—.El material no llegó completo en el último pedido, faltaba una caja entera y yo misma constaté que hubo un error al enviar la solicitud.

—Yo puedo hacer esa tarea —ofrece sor Ignacia—. Se me da bien el papeleo, ya lo sabe, madre.

Pilar asiente con el cuello tenso y evita mirar a Catalina Loyola.

—Bien, pasemos al siguiente punto —la madre superiora pega su agotada espalda al respaldo de la silla—. ¿Cómo veis a las alumnas este año?

Catalina suprime un bostezo traidor que casi la sorprende.

Está cansada; la noche anterior apenas pudo dormir bien las pocas horas que estuvo en la cama.

La guardia le tocó hasta las dos de la madrugada y cuando volvió a su habitación le fue muy complicado conciliar el sueño.

La presencia de Sara Navarro está socavando su tranquilidad.

La monja sabe muy bien que no está viviendo la vida que quiere, pero al menos hasta ahora todo era más llevadero.

En el colegio la respetan y ve a su familia solo dos domingos al mes, lo que hace que aguantarlos no sea un deporte de riesgo.

El sexo no le falta y algunas veces, cuando tiene que viajar fuera del País Vasco por una encomienda religiosa específica, logra divertirse lo suficiente, refugiada en el anonimato que le permite liberarse del hábito por unas horas y usar el dinero que posee.

En cambio, ahora su cuerpo está siempre tenso, no se sacia jamás por mucho que se corra y tiene una necesidad enfermiza de castigar a esa chica una y otra vez mientras se pierde en esa miel derretida que reflejan sus ojos. Una delicia.

—Yo las percibo más alteradas de lo habitual con la presencia de la nueva alumna —el comentario hace que Catalina centre su atención en sor Clemencia.

—¿Por qué piensa eso, hermana? —pregunta Pilar, y su mirada se ancla una décima de segundo en Catalina para luego retirarla.

Sor Clemencia lo analiza un instante.

—En varias ocasiones he visto a los grupos habituales hablando entre ellas mientras no le quitan ojo a…

La monja, que Catalina calcula que tiene al menos ciento cincuenta años, rebusca en su memoria el nombre que no le llega.

—Navarro —le recuerda sor Ernestina—, Sara Navarro.

—¿Y no es así siempre? —interrumpe Catalina antes de que la hermana siga hablando.

—Sí, pero quizá ahora están más alertas, como si tuvieran miedo.

Pilar Castro se regodea con la información; incluso hay un brillo malévolo en su mirada.

—Esto es muy grave —dice la superiora a todas—, no podemos permitirnos que en una institución tan prestigiosa como el Colegio Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, nuestras alumnas no estén seguras, y menos por culpa de otra estudiante que viene de un centro de acogida del Estado.

—Estado que paga muy bien para que la tengamos aquí y para ayudar a reinsertarla en la sociedad —Catalina lo dice con la voz aterciopelada, justo como una víbora antes de atacar—. Si hemos aceptado formar parte del programa es para cumplirlo.

Pilar Castro tuerce la boca y a la hija mayor de los Loyola siempre le ha parecido que ese gesto le queda horrible, le deforma la cara y la hace parecer una auténtica bruja.

—La señorita Navarro se está adaptando muy bien para una chica que viene de un centro de menores en el que, como ya sabemos, no aprenden nada bueno —sigue Catalina—.

Cuando ha cometido faltas, de inmediato se le ha aplicado el correctivo adecuado y las labores de jardinería que forman parte de las horas que hace para contribuir al pago por estar aquí son mejores de lo que me esperaba.

Pilar la mira con los ojos encendidos porque conoce esa faceta de la monja: la que a todo le parece bien porque está sacando algún beneficio, y que luego, cuando se aburre, se la endosa como con las últimas tres novicias que tuvo que sacar del colegio de un día para otro.

Alguien carraspea y todas se giran hacia el origen.

Sor Ernestina está tan roja que parece que haya venido de tomar el sol.

Mueve los ojos con nerviosismo porque no quiere contradecir ni agregar nada más a las palabras de la hermana Catalina, pero su deber es que todas estén informadas de lo que ocurre en la institución.

—¿Algo que comentar, sor Ernestina? —pregunta la madre superiora, tamborileando los dedos contra la mesa.

—Sí, bueno, muy poco porque yo solo estuve con Sara cuando llegó —vuelve a carraspear—, pero la he visto dos madrugadas deambulando por los pasillos del colegio. Fue en mis guardias, pero temo que lo esté haciendo otros días y no la hayamos visto.

A Catalina el corazón le empieza a latir con más fuerza. Hay una mezcla de incertidumbre y rabia.

—No se me ha informado de esto —las palabras le salen como un pequeño rugido que hace que la hermana baje la cabeza, acobardada por su error.

—Lo siento, sor Catalina, entre una cosa y otra, ya sabe… —tose y se lleva la mano al pecho—. Y ahora me parece el momento más oportuno para comentarlo. La chica me ha dicho que sufre de pesadillas y lo único que logra calmarla es caminar.

A Catalina se le marca la línea de la mandíbula e intenta hablar con toda la calma que no posee, y es que cuando se trata de Sara, todo en ella se dimensiona.

—Soy quien está a cargo de la señorita Navarro; por lo tanto, tengo que saber todo lo que ocurra con ella y a su alrededor —respira dos veces—. A la hora que sea, sin importar el momento, cualquiera de vosotras tiene la responsabilidad de buscarme e informarme.

El murmullo se oye entre las monjas, todas le dicen que sí, sor Ernestina sigue disculpándose y a Pilar Castro le encantaría hacer desaparecer a la mujer que tiene al frente porque, pretendiéndolo o no, Catalina siempre logra lo que quiere así esté ella, la máxima autoridad, en la misma sala.

El día ha pasado entre reuniones y gestiones.

Hoy Catalina no ha dado clases; de hecho, cada día vienen profesores externos que se encargan de dar cobertura al resto de asignaturas.

Solo ella y otra religiosa son profesoras, lo que hace que tengan que encerrarse en las aulas con las alumnas apenas un par de veces a la semana.

Hoy ha estado inquieta —más de lo habitual— porque no le han gustado las insinuaciones de la madre superiora sobre la inseguridad que pueden sentir las alumnas con la presencia de Sara.

Esa vieja maldita lo único que busca es molestarla porque sabe que Catalina tiene algún interés por la chica.

Lo otro es lo de los paseos nocturnos: de nuevo ese tirón en el pecho que le recuerda que ahí dentro hay un corazón latiendo y que por primera vez en muchísimo tiempo —diría que no le viene a la memoria cuándo fue la última vez— alguien le genera una fascinación nada propia de sí misma.

Cuando sale hacia el jardín con un libro en la mano, Sara está abriendo unos surcos en la tierra. Ahora lleva una trenza que le despeja el rostro y el gesto de concentración la hace ver más guapa que de costumbre.

Ninguna dice nada, ni un «buenas tardes» por educación.

Catalina se sienta en el banco frente a la chica y abre el libro.

Es un poemario que le llamó la atención hace tiempo y de vez en cuando se sumerge en sus hojas releyéndolo, algo que no ha podido lograr a plenitud desde que Sara llegó al colegio.

Vuelve a clavar su mirada azul tormenta en la alumna, que no rompe la concentración ni un segundo; tanto es su ahínco en trasplantar unas flores de la maceta a la tierra, que Catalina puede adivinar que en realidad la está ignorando a propósito.

Un trueno hace que la religiosa levante la mirada y se encuentre con un cielo más oscuro de lo que ya está acostumbrada.

Va a llover; no hay que ser adivina para saberlo cuando el aire empieza a moverse tan gélido que hace que su cuerpo se remueva incómodo.

Las primeras gotas empiezan a caer y ella se guarda el poemario para que no se moje mientras piensa que deberían entrar al colegio, pero Sara sigue ahí sin dedicarle ni siquiera un segundo de su tiempo, y eso hace que Catalina se muerda el interior de la mejilla con rabia. ¿Quién se cree esa niñata?

Las gruesas gotas lo empapan todo de un minuto a otro y ambas mujeres permanecen en sus puestos como si estuvieran pagando una penitencia. Sara no deja de mover las manos, trabaja con eficiencia e incluso inclina su torso para evitar que la pequeña zanja se llene de agua antes de poder cerrarla.

Cuarenta minutos después, Catalina la ve temblar como un pajarillo herido en pleno invierno, pero Sara sigue igual, sin fijarse en ella ni un instante.

—Levántate —dice Catalina, también poniéndose de pie.

Ahora Sara sí que levanta la mirada y sus ojos se posan en ella tanto rato que la desestabilizan. Luego ladea una sonrisa victoriosa, se quita los guantes con una pequeña mueca de dolor que desaparece enseguida y se pone de pie.

—Camina.

La monja quiere cogerla por el cuello, arrastrarla y castigarla. Esa sonrisa burlona, esa mirada soberbia… Maldita Sara Navarro.

Cuando las dos entran al colegio, la alumna se queda esperando la siguiente orden.

Es el juego que le gusta: hacer pensar a Catalina Loyola que es ella quien tiene el control, cedérselo por un tiempo para que disfrute mientras pueda recrearse en todos esos castigos que sabe que imagina su mente retorcida; pero de una forma más perversa, Sara quiere que la mujer pierda el control como lo hizo ayer con esa regla de madera que le dejó las manos hinchadas, haciendo que cada movimiento con ellas le recuerde esa dulce tortura a la que fue sometida.

—Ve a tu habitación a cambiarte —Catalina lo dice sin mirarla—. Ponte ropa seca y prepárate para la cena.

Con esa última palabra, se gira hacia la izquierda y sube las escaleras hasta sus aposentos. La monja camina dando zancadas largas y llenas de incomodidad sin mirar a ninguna de las hermanas que la observan con los ojos muy abiertos.

Cuando entra a su habitación, se quita el hábito con desespero, pero está tan mojado que lo tiene pegado a la piel de una manera que le hace muy difícil deshacerse de él.

Cuando lo logra, lo tira al suelo y abre su armario con las manos temblando.

Lo encuentra enseguida: el látigo de disciplina la espera como siempre, y Catalina lo coge entre sus manos y va directa a arrodillarse frente a su cama.

Empuña la cuerda de cáñamo y empieza a susurrar con la cabeza gacha.

—Eres débil —el primer golpe la atiza con fuerza y las cuatro tiras anudadas caen en la piel de su espalda como cuchillazos—. Tu debilidad es una vergüenza —la mano derecha no titubea, cae sobre el hombro izquierdo con una intensidad que le hace soltar un gemido de dolor.

Catalina Loyola no se castiga porque piense que está faltando a sus votos o porque no está respetando la palabra del Señor; de hecho, está segura de que el que está allí arriba acepta abiertamente su excelente gusto por las mujeres.

En realidad, la monja se flagela porque nunca ha cedido ante ninguna.

Catalina no sabe cuántas han pasado por su cama ni cuántas se han enamorado de ella; lo que sí sabe es que jamás se ha permitido ser permisiva con ellas, no como lo está siendo con Sara, porque en cualquier otra ocasión hubiera dejado a la alumna bajo la lluvia hasta la hora de la cena, obligándola a ir al comedor con la ropa empapada y castigándola por temblar en el proceso.

En cambio, ahora solo se ha permitido tenerla bajo la lluvia durante cuarenta minutos.

—Tu fragilidad da asco.

El sexto golpe la hace retorcerse y soltar el látigo con un sollozo, mientras se escurre hasta quedar completamente tumbada en el suelo con el único pensamiento en la mente de que hará que Sara Navarro pague por todo esto.