Capítulo 7 #2
Catalina entra, cierra la puerta y echa el pestillo mientras mira a la mujer que tiene delante.
Isabel tiene cuarenta y cinco años, el pelo castaño claro a la altura de los hombros y un atractivo muy difícil de ignorar, además de una pasión incontrolable por el cuerpo de una mujer que esconde a su marido y a todo el que la conoce bajo su expresión inocente y esa devoción que siente por la iglesia, que Catalina no comprende, pero que es el motivo por el que se conocieron.
Isabel viene aquí dos días a la semana para ofrecer sus servicios como médica de forma desinteresada porque es su manera de mostrar su devoción a Dios.
—Quítate los pantalones —ordena la monja.
Isabel, a la que ya le tiemblan las piernas de anticipación, se descalza y se deshace de la prenda en un par de movimientos tan rápidos como desesperados.
Catalina se acerca, la coge por las solapas de la bata con brusquedad y la besa mientras su mano se posa por encima de la braga de la mujer, que jadea contra su boca.
—Estás mojada —comprueba Catalina con deleite.
—Sabes que siempre me mojo cuando pienso en ti.
Catalina la besa otra vez, le muerde el labio inferior hasta clavarle los dientes y después se aparta para ver la expresión de Isabel mientras se toca el labio hinchado con los dedos para comprobar que tiene sangre.
Su expresión cambia, y no porque esté enfadada o sienta dolor, sino porque la brusquedad es lo que más la excita, y Catalina necesita ser brusca para calmar la ansiedad que le ha provocado Sara.
—Primero tienes que hacer algo por mí —dice, subiéndose el hábito hasta la cintura.
Isabel se relame al mismo tiempo que se arrodilla. Después la mira desde abajo como sabe que le gusta, pero solo lo hace durante un par de segundos antes de apartar las bragas de Catalina hacia un lado, pasar los dedos por su humedad y meter la lengua entre sus pliegues.
La monja la coge por el pelo, se abre un poco más de piernas y mira hacia el techo mientras Isabel se esmera en darle lo que necesita, sin tener que esforzarse mucho porque Catalina estaba tan excitada que en cuestión de un par de minutos se corre contra su boca.
El orgasmo la deja un poco mareada y en parte insatisfecha, porque sabe que no se sentirá saciada hasta que sea la lengua de Sara Navarro la que se pierda por su entrepierna.
La levanta del pelo, la gira y la empuja contra la camilla, apretándole la cabeza contra el fino colchón mientras tira de sus bragas hacia abajo, mete la mano y la penetra con tres dedos de golpe.
Isabel gimotea de puro placer y Catalina se inclina sobre ella mientras sus dedos la embisten con fuerza y un ritmo constante que sacude el cuerpo de la médica como si tuviera convulsiones.
—Muérdeme —balbucea contra el colchón.
Catalina le muerde la base de la nuca y nota cómo le chorrean los fluidos de Isabel por la mano.
Retira los dedos de golpe haciéndola jadear, le da la vuelta y se los mete en la boca para que los limpie.
Isabel tiembla mientras chupa; sus muslos se sacuden con espasmos violentos y la monja la sujeta ahora por la garganta, hasta que decide que sus dedos están limpios y vuelve a penetrarla.
—Di cuánto te gusta que te folle —le pide Catalina, presionando su clítoris con el pulgar.
—Muchísimo —jadea Isabel—, me dejaría follar por ti a todas horas.
Catalina libera la presión de su garganta, le da un bofetón que hace eco en la pared y mete un cuarto dedo sin piedad.
Isabel se corre y ella le tapa la boca con la mano para amortiguar sus gemidos.
Le encanta verla así, deshecha, mientras la mira con los ojos desorbitados de placer.
Cuando lo más fuerte ha pasado y el orgasmo empieza a disiparse, la doctora muerde la base de la mano de Catalina haciendo que esta apriete la mandíbula y le dé otro bofetón con la mano libre, que hace que la suelte.
La monja se aparta e Isabel sonríe mientras la mira.
No tiene prisa por subirse las bragas ni adecentarse; le gusta que Catalina la vea así, con las piernas abiertas y el sexo brillando e hinchado tras el polvo.
Al fin encuentra fuerzas para incorporarse y se pone la ropa mientras Catalina se mira la mano, marcada por sus dientes.
Son amantes desde la primera vez que se vieron.
La monja entró para una revisión obligatoria y lo único que revisó Isabel aquel día fue el aguante de Catalina mientras se la follaba contra la pared.
Desde entonces —y ya hace más de dos años— se acuestan siempre que tienen ocasión y se han convertido en amigas.
A Isabel no le gusta el sexo convencional —y mucho menos con su marido— y Catalina es la única que le da lo que necesita cada vez que están juntas.
—¿Qué te pasa hoy? Estabas empapada —susurra Isabel, sentándose en la camilla.
Catalina se sienta a su lado, pensativa.
—Nada.
—Cata... —dice Isabel.
La monja duda; confía en esta mujer, de hecho es la única persona de la que se fía y también la que conoce de primera mano todos y cada uno de sus deslices, pero hablarle de una alumna...
Ni siquiera ella misma sabe cómo encajar lo que le pasa con Sara Navarro, así que opta por el camino fácil y seguro.
—Fui a comer a casa de mis padres.
—Entiendo —susurra Isabel, porque también conoce la relación de la monja con su familia, no la que aparenta, sino la real, la que incluye toda la incomodidad que siente Catalina cuando está en su casa y el sentimiento de culpabilidad y cobardía que la embarga por seguir haciendo todo aquello que odia solo por una lealtad a sus padres que roza la oscuridad, que ellos alimentaron durante toda su infancia para asegurarse de que su primogénita hacía sus deseos realidad y se convertía en una monja respetada y querida por todos.
—Lo siento, amor —dice Isabel, pasándole un brazo sobre los hombros para atraerla hacia ella—, pero si me vas a follar así de bien, deberías ir a verlos cada día.
Las dos se echan a reír hasta que la siguiente paciente de la doctora llama a la puerta.
—Lávate la boca antes de dejarla entrar, que sabes a coño —susurra Catalina, besándola antes de salir.