Capítulo 7
C uando Catalina entra en el aula, todas las alumnas se callan de golpe y se sientan en su sitio, salvo dos, Ainhoa y Sara, que no se han percatado de la presencia de la monja porque están muy ocupadas discutiendo.
—Será mejor que no camines sola por los pasillos, zorra pueblerina —amenaza Ainhoa, que todavía piensa que tiene a sus dos amigas inseparables detrás.
—¿Crees que tú y tu panda de perras sarnosas me dais miedo? —responde Sara.
—Parece que las señoritas Elorza y Navarro tienen muchas ganas de hablar —dice Catalina, apareciendo a su lado.
Ainhoa pierde el color del rostro y baja la cabeza, dócil y obediente, mientras que Sara levanta una ceja y la mira con asco.
—Puta cobarde... —murmura mirando a su compañera.
—¿Qué ha dicho? —le pregunta Catalina.
Sara se gira un poco para mirarla con sus ojos avellana que a la religiosa le recuerdan a la miel, y a Catalina le gusta la miel siempre que pueda chuparla en el cuerpo de una mujer desnuda. El pensamiento le provoca un escalofrío desagradable que le recorre toda la columna.
—Nada —responde Sara, pero en sus ojos hay ese destello despreocupado que la monja no soporta.
—Pónganse de cara a la pared durante quince minutos, así no molestarán a sus compañeras con sus impertinencias. Y presten atención a la clase porque después les haré preguntas.
Catalina se gira y vuelve a su mesa sin necesidad de explicar nada más, porque Ainhoa —y el resto de las alumnas— sabe perfectamente a qué pared dirigirse.
La chica camina hasta la parte delantera del aula y se coloca de cara a la pared entre la pizarra y la puerta, con la nariz rozando la pintura y las manos entrelazadas a su espalda.
—¿A qué espera, señorita Navarro?
Sara se mueve y camina con tranquilidad y la mirada clavada en Catalina —provocándola— para colocarse al lado de su enemiga.
—Ahí no, usted póngase en este lado de la pizarra.
La sonrisa torcida de Sara aparece de golpe, porque en ese lado está la mesa de la monja y apenas queda espacio, por lo que tendrá que colocarse detrás de su silla.
Se acerca, y cuando pasa por su lado la roza muy levemente a propósito, algo que para sus compañeras —si es que lo han visto— puede parecer casual, pero que Catalina sabe muy bien que el roce que ha sentido en el dorso de la mano y que ahora le quema de excitación ha sido intencionado.
Durante los siguientes quince minutos, la monja inicia la clase de literatura mencionando un libro que tendrán que leer y que les será facilitado en la biblioteca cuando vayan a la sesión de estudio diaria.
Explica de qué va y menciona un par de rasgos de la protagonista antes de pedir a todas que abran sus portátiles e inicien sesión en el aula de la asignatura.
—Hoy trabajaremos en el primer documento. Verán párrafos muy extensos extraídos del libro en cuestión; quiero que los resuman en tres líneas, que eliminen todo lo que sobra sin aportar y lo expliquen con sus propias palabras.
Todas las alumnas obedecen y, mientras espera, Catalina mira el reloj. Ya han pasado diecisiete minutos desde el inicio del castigo.
—Señoritas Elorza y Navarro, gírense.
Ainhoa se gira la primera y Sara lo hace después, bostezando.
—¿Tiene sueño o es que mi clase le aburre, Navarro?
Para irritación de la monja y perplejidad de sus compañeras, Sara bosteza de nuevo, aunque tiene el detalle de taparse la boca con la mano.
—Lo siento, sor Catalina, no he dormido mucho esta noche.
La monja la mira fijamente unos segundos y después se fija en Ainhoa.
—¿Cuántos años tiene la protagonista del libro, señorita Elorza?
—Diecinueve.
—Muy bien, puede tomar asiento y empezar la tarea —se gira hacia Sara—. ¿Cuál diría que es la personalidad de la protagonista teniendo en cuenta la descripción mencionada antes?
—Creo que es una niñata consentida, y probablemente lesbiana.
Un murmullo bajo recorre el aula mientras Catalina tensa el estómago.
—¿En qué se basa para afirmar algo así si no hay contexto?
—Ha dicho que tiene una mejor amiga con la que estudia todas las tardes en su cuarto; el roce hace el cariño, ya sabe...
Los comentarios entre las alumnas aumentan y se escucha alguna risa floja por el fondo. Catalina tiene la mandíbula apretada y está retorciendo el hábito con una de sus manos.
—Quizá usted no lo sabe porque...
—Siéntese —ordena, y su voz suena tan atronadora que todas se callan.
Durante los siguientes diez minutos, Catalina intenta continuar la clase, pero sus ojos se detienen siempre en la misma cara, en la expresión provocadora de Sara Navarro, que acaba de escurrirse por la silla para estirar las piernas por debajo de la mesa.
—Siéntese bien, Navarro —Catalina pasa por su lado y da dos golpes en su mesa con los nudillos.
Sara obedece, pero cuando la monja pasa de largo, suelta un bufido de aburrimiento que hace que Catalina cierre los puños hasta clavarse las uñas. Sigue hablando mientras camina entre las mesas y, cuando vuelve a la suya y se gira, Sara se está aflojando el nudo de la corbata.
—¿Qué hace? Vuelva a apretar el nudo ahora mismo.
—Tengo calor —se queja Sara.
—Si tiene calor, se aguanta. El código de vestimenta del colegio es claro y a estas alturas ya debería haberlo aprendido.
Sara sube el nudo, pero lo deja mal puesto y la corbata queda torcida hacia un lado.
—Póngala bien.
Catalina se está desesperando y trata de mantener la calma, pero cuando Sara coge la corbata y roza su pecho claramente al moverla mientras mira fijamente a la monja, decide intervenir porque no puede permitir ese comportamiento insolente o perderá su autoridad.
—Levántese, voy a enseñarle que en mi clase se obedece y se respetan las normas.
Sara, suspirando divertida, la sigue hasta su mesa.
—Póngase de rodillas y extienda las manos con las palmas hacia arriba.
La entrepierna de Catalina se humedece de golpe cuando Sara se deja caer frente a ella.
Sus rodillas emiten un golpe seco contra el suelo, pero ella no se queja; solo mantiene la mirada sobre la monja, desafiándola, y la religiosa solo puede pensar en lo mucho que le gustaría cogerla del pelo y pegarla a su sexo para que use esa lengua afilada y provocadora que tiene para algo más que decir estupideces.
Se gira y coge una regla de madera que provoca más de un suspiro de contención entre las demás alumnas.
Sara traga saliva; sabe que su chulería le va a salir cara, pero se está deshaciendo ante la mirada intensa de la monja y toda la contención que nota en la mujer.
El primer golpe suena tan fuerte que algunas chicas se sobresaltan.
Sara contiene un aullido de dolor porque prefiere desmayarse antes que darles el gustazo de que la vean quejarse.
La palma de la mano le arde, pero ese dolor se va convirtiendo en otra cosa conforme pasan los segundos, algo que le provoca excitación y placer.
El segundo llega sin que se lo espere, en la misma mano, y Sara exhala todo el aire de golpe y se inclina un poco hacia delante mientras contiene el temblor de su labio inferior.
De nuevo, pasados unos segundos, llega una corriente de placer que no puede explicarse, pero está deseando recibir otro golpe de esta mujer.
De alguna manera, Catalina cree intuir lo que Sara está sintiendo; lo ve en su mirada encendida y en el intento de sonrisa de su boca.
No quiere golpearla otra vez —Sara trabaja con las manos en el jardín y no podrá hacerlo si ella se las deja hinchadas—, pero reparte tres golpes más antes de lograr que la sonrisa burlona de la alumna desaparezca de su rostro y las manos comiencen a temblarle de dolor.
—Levántese —ordena la monja.
Sara obedece, apoyando un codo en la rodilla porque es incapaz de tocar nada con las manos. Se queda de pie delante de Catalina, y esta, sin apartar la mirada de ella, coge la corbata y sube el nudo con un tirón seco que sacude el cuerpo de Sara y después la deja caer sobre su pecho.
—No vuelva a provocarme —susurra de forma que solo la alumna pueda escucharla—. Vaya a sentarse.
La sigue con la mirada hasta que llega a su silla, intentando explicar de alguna forma el goteo que baja por sus muslos.
Se siente desesperada y confundida al mismo tiempo, porque cada vez que daba un golpe y Sara la miraba como si le gustara, ella sentía que podría haberse corrido si se hubiera concentrado; pero, por otro lado —una parte diminuta y desconocida de ella misma hasta ahora—, se sentía angustiada, porque Catalina sabe muy bien cuánto duelen esos golpes en las manos, y hubiera querido no tener que hacerlo.
La clase al fin termina y la monja es la primera en abandonar el aula, aliviada por librarse de su alumna y también porque hoy está en el edificio la doctora Mendizábal.
Catalina camina a paso rápido por el pasillo y no se detiene hasta que llega a la puerta de la enfermería.
La abre sin llamar y asoma la cabeza; Isabel Mendizábal se gira para ver quién entra y sus ojos, ya de por sí de un marrón oscuro, se vuelven negros cuando sus pupilas se dilatan ante la visión de Catalina.
—¿Estás sola? —pregunta la monja, mirando a un lado y a otro.
—Sí, no tengo la siguiente visita hasta dentro de media hora, como siempre.
El sexo de Catalina se contrae. «Como siempre» significa que la doctora se asegura de no atender a nadie en esa franja horaria porque es cuando la monja termina su clase, y ambas esperan este momento con ansia, sobre todo Isabel.