Capítulo 6
C atalina piensa que con esa boca que está mirando de lleno podría hacer tantas cosas que bien el demonio tendría que hacerle un lugar exclusivamente para ella en el infierno para pagar penitencias por cada deseo que ha tenido tan solo esa mañana.
Lleva diez minutos sentada a la mesa de siempre en el comedor, solo que esta vez, siendo sábado, no se escucha el murmullo constante de las chicas ni las conversaciones susurradas entre las hermanas.
Está junto a sor Clemencia y sor Ignacia, dos monjas demasiado mayores con las que Catalina apenas habla, y frente a ella, en la mesa del fondo, la única alumna que no puede salir del colegio Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia: Sara Navarro.
La chica come despacio, saboreando cada bocado que se lleva a esa irresistible boca.
Cuando traga, se pasa la lengua por los labios, y sor Catalina Loyola sabe que la está provocando.
Sara, de vez en cuando, levanta la mirada, pero no la observa directamente; se fija en otras cosas que la monja sabe que no tienen ninguna importancia, y solo durante una décima de segundo clava sus ojos color avellana en los de ella, haciendo que se estremezca por dentro de una manera tan violenta que tiene una de sus manos cerradas en un puño sobre su pierna.
—¿No es así, hermana?
Catalina vuelve mentalmente a la mesa y gira el cuello para mirar a la monja que está a su lado.
—Perdone, hermana —sonríe con amabilidad—. Estaba dando gracias a nuestro Señor por estos alimentos.
—Amén —dicen las dos religiosas al mismo tiempo mientras se hacen la señal de la cruz.
Es un hecho: Catalina arderá en el infierno.
—Le estaba pidiendo confirmación sobre las jornadas de la semana que viene —habla sor Clemencia—; había comentado la madre superiora que no era seguro que la doctora Mendizábal viniera.
Catalina suspira y aprieta las piernas como si con ellas estuviera intentando que una ladrona no huya de la escena del crimen.
—Anoche hemos hablado con ella; vendrá el martes.
La doctora Mendizábal va al colegio dos veces a la semana para tratar a las chicas de cualquier dolencia o para hacerles seguimiento de las que tienen tratamientos médicos.
Las monjas son las más beneficiadas, sobre todo aquellas que apenas salen de la institución, y la semana siguiente la médica irá con una enfermera del laboratorio clínico de Vitoria para hacer los análisis de sangre que suelen llevar a cabo cada inicio de año escolar.
Catalina no puede seguir con la conversación porque justo en ese momento Sara Navarro se ha puesto de pie, y los ojos de la religiosa se deslizan lentamente por cada centímetro de su cuerpo.
Lleva el uniforme de deporte y la monja nunca, en sus años en el colegio, había visto que ese pantalón tan deslucido le hiciera un trasero tan increíble a ninguna de sus alumnas.
La chica no hace nada especial; camina a paso tranquilo y sale del comedor.
El detalle está en lo que no ha hecho: no le ha dedicado ni una sola mirada a Catalina cuando ha pasado casi por su lado.
Eso la irrita, y se sorprende al sentir el fuego atravesarle el cuerpo, como si por un momento hubiera necesitado que esos ojos claros se posaran en ella al menos un segundo.
—Que tengan un buen sábado, hermanas. Que la paz esté con vosotras.
Catalina ni siquiera espera la respuesta de las dos mujeres y, cuando se gira, borra la sonrisa falsa que les había dedicado.
Sube a su habitación a pesar de que su cerebro la está martirizando para que vaya a otro sitio.
Necesita calmarse, controlar ese temblor en las manos que últimamente parece ingobernable, y centrarse en corregir los temas propuestos que las alumnas le entregaron ayer, porque no puede ir a casa de sus padres en ese estado, y mucho menos cuando se trata de una detestable comida familiar.
A la una de la tarde, el taxi se detiene frente a una casa inmensa y Catalina respira profundamente antes de poner un pie en el asfalto.
Sube la mirada y observa —siempre con la misma expresión— el caserón antiguo y reformado que ha pertenecido a la familia Loyola durante varias generaciones.
Esos muros altos de piedra oscura, ventanales que ocupan un gran espacio y que, aunque deberían embellecer la fachada, a ella siempre le han parecido de lo más siniestros.
Cuando hay comida familiar, la verja de la propiedad suele estar abierta.
Por practicidad, dice su padre. Así que Catalina accede por el lateral y camina hacia la robusta puerta principal.
Los Loyola son de seguir tradiciones, por lo que el timbre no es muy querido en esa casa; en cambio, una aldaba con el escudo que creó su bisabuelo hace más de un siglo descansa en el centro de la madera.
Sube la mano para sujetarla y la deja caer tres veces con un sonido hueco.
—Señorita Loyola —saluda Indira, una mujer que lleva años al servicio de su familia y a la que se le ilumina la mirada cuando ve a la religiosa—. ¿Me da su bendición, hermana?
Lo dice bajando la cabeza, un acto de fe que Indira siente de verdad.
Catalina tuerce el gesto y se obliga a mantener la expresión amigable que una monja como ella debería tener.
—Dios te bendiga, hija.
La mujer se persigna tres veces seguidas y luego levanta la mirada como si Catalina le hubiera regalado un millón de euros.
—Su familia está ya en la mesa esperándola —le indica con el brazo levantado en dirección al salón.
La monja hace una especie de reverencia absurda y camina dejando atrás el recibidor para envolverse en el olor que siempre tiene la casa en la que creció: madera, libros viejos y el perfume de su madre, uno que lleva usando toda su vida y que Catalina detectaría a kilómetros.
—Hija —María Cristina se levanta con los brazos abiertos y abraza a Catalina como si no se hubieran visto en años—. Estás preciosa.
Su madre le pasa la mano por los hombros, acariciando el hábito con orgullo, porque eso es lo que sienten los Loyola Orbe por la mayor de sus hijas: la religiosa, la entregada al Señor sin importarle todo a lo que tuvo que renunciar.
Su padre aparece y el saludo es el mismo, casi reverencial, con abrazos cortos pero sentidos y palabras que a veces ella ni siquiera entiende.
—Hermana —la saluda Tomás, su cuñado, y Catalina —como siempre que lo ve— tiene que reprimir una arcada.
No tiene ni la más mínima idea de qué vio Inés en él.
No es un tema físico; Tomás es un hombre alto, fuerte y atractivo, pero es esa forma tan extraña de funcionar, tan mecánica y extremadamente religiosa.
Más de una vez, ella se ha visto arrodillada junto a él porque le ha pedido que recen juntos por alguna causa triste en el mundo.
—Esos pobres niños, Catalina —le dijo una tarde con los ojos anegados—. Ven, vamos a rezar por ellos para que sus protectores en la tierra tengan la suficiente fuerza para cuidarlos.
Y la monja quiso contestarle que esos —los curas— no necesitaban más fuerza, porque si se la daban, eran capaces de acabar matando a los niños. Porque Tomás tiene fe ciega en la iglesia y no es capaz de ver que los monstruos se esconden entre sus muros.
—Sor Catalina —la voz suena a burla y ella ladea una sonrisa cuando su hermana se pega a ella para atraparla entre sus brazos y susurrarle—: ¿Sigues siendo la monja más sexy de ese colegio?
Tiene que morderse los labios para reprimir una carcajada. Con veintinueve años, Inés no es capaz de madurar, pero es irremediablemente la persona favorita de su mundo.
—Colegio, no convento —la corrige y baja la voz—: claro que sigo siendo la más sexy.
—Bueno, vamos a comer, que esto se está enfriando —su padre da dos palmadas suaves en la mesa de madera—. Mira quién ha venido hoy, Catalina.
La monja sonríe y al lado de una silla vacía está Daniela Echevarría, la hermana de veintiún años de Tomás que ha vuelto hace dos meses de estudiar en Madrid.
—Has crecido una barbaridad —la religiosa le aprieta el hombro antes de tomar asiento.
—Eso me dice todo el mundo —dice la chica, que siempre ha tenido cara de inocencia y un rostro para enmarcar en una revista.
Catalina siente una molestia azotarla porque en otro momento habría disfrutado de las vistas.
Siempre ha sido una mujer que admira la belleza, pero se da cuenta de que ver a Daniela ha sido como toparse con su propia hermana.
No le da importancia, ni mucho menos piensa que lo que está experimentando con Sara la está estropeando por dentro.
La comida es como siempre: charla trivial, su padre hablando de las empresas familiares e Inés comentando algún tema jurídico que llevan en su despacho.
Los Loyola poseen un conglomerado especializado en infraestructura portuaria, energía eólica marina, astilleros y transporte marítimo, lo que los convierte en la familia con más dinero del País Vasco y, en consecuencia, hace de Catalina una millonaria.
Su abuelo dejó un fideicomiso que ella cobró cuando tenía veintidós años y, antes de hacer los votos definitivos, realizó varios movimientos que le permitieron duplicar esa fortuna.
Ahora está en cuentas de inversión que ella no puede tocar, y si cumpliera el voto de pobreza a rajatabla, no podría ni siquiera tenerlo a su nombre, al igual que ninguna de las propiedades que posee; pero siempre se ha blindado, sobre todo cuando se dio cuenta de que no podía escapar de su gusto por las mujeres, cuando entendió que algún día todo podría explotar por los aires y ella se quedaría sin nada, así que decidió jugar de manera inteligente.
Si ya peca con mujeres, que también arda por tener dinero.
—Hija, ¿has podido hablar con la madre superiora sobre el tema de la misión?
Su padre está obsesionado con que Catalina compre una propiedad, la convierta en convento y sea ella quien lo dirija.
La monja preferiría sacar todo lo que tiene en efectivo —que es muchísimo— y quemarlo en una hoguera con gasolina antes de cumplir con ese deseo absurdo.
Además, ella no quiere dirigir ninguna orden religiosa, así que siempre suelta alguna excusa que su familia se traga con gesto comprensivo.
—Me necesitan en Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, papá, pero estoy segura de que tarde o temprano llegará nuestro momento.
Su padre asiente y dice algo, pero Catalina no lo escucha porque se queda congelada con lo que ve de soslayo.
Su hermana tiene los ojos clavados en Daniela, su cuñada, y la chica le está devolviendo la mirada con un gesto pícaro y mordiéndose el labio inferior.
Inés sonríe y le guiña un ojo antes de dar un sorbo a su copa de agua.
—Hija —escucha de fondo a su madre y se gira con los ojos muy abiertos—, que si quieres postre.
La monja asiente y no puede evitar una sonrisa pequeña mientras piensa en que al parecer no es la única pervertida de las Loyola Orbe.
Media hora después, Catalina se está despidiendo de su familia.
—Nos vemos dentro de dos semanas —María Cristina la abraza y le besa la mejilla.
—Aquí estaré —contesta, y aunque detesta profundamente haber nacido en una familia tan religiosa que, de una u otra manera, la haya obligado a convertirse en quien es, disfruta de algunos momentos que comparten juntos.
Cuando se despide de Inés, la abraza durante más tiempo porque esta vez es ella quien le susurra:
—Te llamo esta semana, tenemos que hablar.
Inés asiente y le da un beso en la mejilla.
Catalina la admira: si hubiera sido al revés, ella estaría ideando algún plan para ocultar cualquier pensamiento extraño que pudieran tener sobre ella; en cambio, a Inés parece que todo le da igual, incluso que Catalina haya descubierto que posiblemente se esté acostando con la hermana de su marido.
Cuando se sube al taxi de vuelta al colegio, cierra los ojos y recuesta la cabeza en el asiento.
A veces se pregunta —últimamente más de lo que quisiera— cómo es capaz de aguantar ir vestida de esa manera, estar dentro de un internado católico y seguirle la corriente a su familia sobre una fe que ella nunca ha sentido ni sentirá.
Suspira, y cuando vuelve a abrir los ojos es solo para pensar que, aunque está en un sitio que no quiere, al menos la llegada de Sara Navarro la está manteniendo muy entretenida.