Capítulo 5
S i Sara pudiera gritar, lo haría, pero el pánico la tiene paralizada sobre la cama.
Son las dos y diez de la madrugada y la alumna no necesita mirar el reloj para saberlo porque siempre sucede a la misma hora, la hora maldita.
Está sudando y tiene el pulso disparado; el terror la está consumiendo y su mano izquierda está cerrada en un puño retorciendo la sábana bajera, mientras que la derecha lo está de otra forma, como si estuviera sujetando algo.
Siente presión en la garganta, como si hubiera una mano que la asfixia y un peso sobre su cuerpo que le impide levantarse.
Las lágrimas le caen a ambos lados de la cara, mezclando el miedo con la impotencia de sentir que no puede hacer nada, que su cuerpo no responde aunque su mente esté despierta.
La visión se le nubla durante unos segundos, y no es porque tenga los ojos encharcados, sino porque la opresión en su garganta es tan real que se está mareando.
Como sucede casi todas las noches, todo desaparece de golpe.
El aire llega a sus pulmones y ella boquea como un pez fuera del agua intentando llenarlos.
Se incorpora con torpeza, se seca las lágrimas con la sábana y pone los pies descalzos en el suelo.
No necesita encender la lamparilla de noche porque nunca la apaga cuando se acuesta.
A veces la luz le ayuda y le impide tener estos ataques de pánico, aunque casi nunca lo logra; pero agradece tener algo de claridad cuando abre los ojos.
Se levanta y se pone una sudadera, el pantalón de gimnasia y las zapatillas.
No coge la chaqueta a pesar del frío de los primeros días de octubre, que en esa zona montañosa del País Vasco ya es tan incómodo como si fuera invierno.
Está sofocada, todavía temblorosa por el miedo y sudando, así que lo que necesita es aire frío que la despeje y no un abrigo.
Sara sale de su habitación sin hacer ruido. Es una especialista en cerrar puertas muy despacio y en caminar como si flotara sobre el suelo. Son años de experiencia, concretamente cuatro, porque todo sucedió cuando tenía catorce y desde entonces vive acompañada por los terrores nocturnos.
Sale al patio del colegio por la puerta trasera de la cocina.
No debería entrar ahí y lo sabe, pero tampoco tiene permitido salir por la noche y lo hace igualmente.
El aire frío la golpea y la alumna siente cómo los pulmones se le llenan al mismo tiempo que se le congelan las mejillas.
Mete las manos en los bolsillos y empieza a caminar por el patio.
Es lo que hace siempre después de uno de estos ataques: necesita despejarse para que se le pase del todo y no puede dormirse si no hace esto antes, así que la mayoría de las noches Sara pasea por los jardines de Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia durante cerca de una hora, hasta que sus pulsaciones se calman, el miedo se disipa y empieza a sentir frío.
Iluminada por los faroles que cuelgan por distintas zonas del edificio y los caminos empedrados, se mete entre los setos para recorrer la verja.
Ya que pasea, aprovecha para buscar un hueco o una zona accesible por la que Nagore se cuele cuando vuelva a visitarla.
Sara no se conforma con besarla a través de la verja; sor Catalina la tiene con el vientre vibrando a todas horas y necesita que Nagore la sacie.
Es experta en estas cosas porque desde que entró en el primer centro aprendió que, si no eres superviviente, eres víctima, y que si necesitas algo debes apañártelas para conseguirlo; así que Sara sabe abrir cerraduras con dos alambres, caminar con un sigilo fantasmal, fingir como nadie si la descubren y resolver cualquier necesidad como sea posible.
Follar se ha convertido en su máxima prioridad desde hace días.
Se agarra a la verja con las dos manos en una zona que da a la parte trasera del edificio y se sube sobre el muro.
Sara mira al otro lado y asiente con un intento de sonrisa que le sale temblorosa por culpa del miedo y la ansiedad que todavía corren por su cuerpo.
Nagore tendrá que caminar un poco para rodear el edificio y llegar hasta aquí, pero es una buena zona por la que colarse.
Los setos la cubren de las ventanas del colegio y al otro lado hay una roca en la que puede subirse para ayudarse a trepar la verja.
Una vez dentro, pueden correr entre los setos hacia la zona más aislada del recinto, donde hace un par de noches —en otro de sus paseos— descubrió una caseta que sirve de cuarto de herramientas cuando los albañiles tienen que hacer alguna reparación o reforma en el edificio.
Es un cuarto pequeño y polvoriento, pero está alejado de todo, así que es un buen sitio para acostarse sin miedo a ser descubiertas y, al fin y al cabo, han estado en sitios peores.
Sonríe satisfecha y sigue su camino, y justo cuando está accediendo de nuevo al camino de piedra, la figura de una monja frente a ella casi la hace escupir el corazón por la boca.
—Sara —dice sor Ernestina mientras la ilumina con el farolillo que sostiene en una mano, lo que le da un aspecto siniestro a pesar de la dulzura de la monja—. ¿Qué haces aquí fuera? —pregunta sorprendida.
—No podía dormir —responde Sara, hundiendo el cuello en los hombros para protegerse del frío.
—Eso no es excusa; sabes que está prohibido salir de las habitaciones por la noche.
Sara sabe muchas cosas, pero respeta muy pocas.
—Lo siento, he tenido una pesadilla terrible y necesitaba que me diera el aire.
Sor Ernestina la mira y, aunque sabe que debería aplicarle un castigo como dictan las normas del colegio, es incapaz de hacerlo ante esos ojos que la miran con un brillo de tristeza que Sara no ha aprendido a esconder todavía, aunque le gustaría.
—Está bien, vamos; te acompaño a tu habitación y me quedaré contigo un rato. Rezaremos un poco, eso seguro que te ayuda a tranquilizarte.
Sara abre mucho los ojos. Lo último que le apetece es rezar —o fingir que sabe hacerlo—, pero la monja le cae bien y le está ofreciendo una salida que cualquier otra no le daría, así que asiente y camina junto a Ernestina hasta su habitación.
—¿Dónde está tu rosario? —pregunta la monja con inocencia.
Sara hace una mueca y mira en todas direcciones. Odia tanto esa cuerda con pelotitas que cuando viene de la capilla la suelta en cualquier parte. Ella no cree en Dios ni lo hará nunca, porque si existiera jamás hubiera permitido lo que sucedió aquella noche a las dos y diez de la madrugada.
—No me acuerdo; todavía tengo la pesadilla aquí metida —Sara se toca la sien, casi clavándose el dedo.
—No importa, usa el mío —la alumna no es capaz de negarse y coge el rosario, arrodillándose a los pies de la cama junto a ella—. ¿Quieres contarme tu sueño antes de que empecemos? Puede que te ayude a librarte de él si lo verbalizas.
Sara niega con vehemencia, incapaz de decirle que no es un sueño sino una maldita pesadilla que la hace revivir lo que vivió de verdad aquella noche, y no cree que una monja como esta esté preparada para escucharla; seguro que ella también tendría pesadillas a partir de entonces.
—No, prefiero no hablar de ello.
—Está bien, vamos a empezar entonces.
Sor Ernestina junta las manos delante de su pecho, cierra los ojos y empieza a murmurar en voz muy baja.
Sara la imita, pero ni cierra los ojos ni reza.
Mira la puerta de su baño privado, donde Catalina la metió ayer por la tarde y le cruzó la cara de un bofetón.
Sara nunca había experimentado una sensación como esa, en la que un golpe la hubiera puesto tan excitada.
En cuanto la monja se fue, salió de debajo del chorro y sacó el móvil que había escondido en las bragas —se había mojado un poco y ahora lo tiene escondido en el hueco detrás del cajón del armario, apoyado de pie contra la pared para que se seque—, lo dejó sobre una toalla, se quitó la ropa, cambió el sentido del grifo para que saliera agua caliente y se masturbó dos veces pensando en la boca de Catalina.