Impura Capítulo 4
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Capítulo 4

C atalina está sentada en ese maldito banco del jardín que es tan incómodo que está segura de que a quien se le ocurrió la idea de ponerlo ahí es un adorador del demonio y quiere castigar a todas las religiosas.

Lo único bueno de estar ahí sentada son las magníficas vistas de las que lleva media hora deleitándose.

Sara Navarro está arrodillada con las manos enguantadas metidas en la tierra mientras cava agujeros de tamaño mediano para meter las plantas que llegaron esa mañana al colegio.

Tiene puesto el uniforme de deporte que le queda como si estuviera hecho a medida para ella.

Lleva el cabello recogido, pero de una forma tan rebelde como lo es su propia dueña.

Los mechones le caen desordenados por la cara, la frente la tiene algo sudada y Catalina tiene que apretar bien los muslos para no levantarse, tumbarla boca arriba y sentarse en su preciosa cara.

—Tengo que ir al baño. —Dice de pronto la chica, sobresaltándola. No sabe cuánto tiempo llevaba con la mirada perdida en su cuerpo, pero sí que Sara se ha dado cuenta porque, como siempre, la sonrisa burlona aparece en sus labios.

La monja se endereza y su mirada fría se clava en el paisaje que tiene frente a ella, más allá de Sara, donde las montañas y el cielo eternamente nublado no auguran nada bueno. Nunca lo hacen.

—Acaba de salir de su habitación, señorita Navarro.

Sara se quita los guantes y los deja caer al suelo.

—No puedo aguantarme, tengo que ir a hacer pis —dice mientras se suelta la melena, y Catalina siente ganas de comérsela entera—. Incluso de donde vengo, podía ir al baño cuando tuviera ganas.

La queja hace que la monja quiera negarle el permiso. Que si se tiene que mear encima, que lo haga. Entonces un deseo retorcido se aloja en su vientre porque Catalina la desea tanto que sería capaz de servirle como baño portátil a la chica que tiene enfrente.

—Ve —suelta mientras aprieta con los dedos el libro que tiene en la mano.

Sara camina hacia el edificio central, pero en vez de girar a la derecha para ir a su habitación o a uno de los baños que están fuera, va por el camino de la izquierda y sale a uno de los patios laterales.

Se acerca hasta la verja y camina durante unos minutos pegada a ella hasta que ve el inconfundible pelo rubio y corto que tantas veces ha tenido en su puño.

Sara siente alivio porque habían planificado verse ese día a esa hora en la verja trasera del Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, pero eso fue antes de que Sara llegara y, como no tenían forma de comunicarse, no sabía si iban a lograr verse.

—Hola, preciosa —saluda Nagore en cuanto Sara llega hasta ella—. Te queda muy bien el uniforme.

Sara sonríe y acepta el porro que le entrega Nagore. Le da una calada y cierra los ojos mientras retiene el humo durante unos segundos. Cuando lo expulsa, lo hace con calma mientras abre de nuevo los ojos y ve a su amiga.

—Te he echado de menos. —Sara pega la cara a la verja y con la mano que no sostiene el porro, atrae a Nagore para besarla.

Nagore Aguirre es un par de años mayor que ella, pero tiene unas facciones tan finas que parece menor.

No solo extraña sus manos, sino también su compañía, las largas charlas y esos debates que tenían sobre la vida de mierda que les había tocado, porque lo cierto es que Sara, por muy dura que sea, su personalidad ha sido creada a base de latigazos, lo que la ha llevado a una soledad casi extrema.

Sin familia cercana, sin nadie que apueste por ella. Nagore es todo lo que tiene.

—Yo también te he echado de menos. —Nagore sonríe y se le forman ese par de hoyuelos en las mejillas que la hacen ver tan dulce como atractiva—. ¿Cómo estás?

Sara suelta un bufido, pero de inmediato se contagia de la risa de su amiga. No puede estar peor que en los últimos años de su vida, aunque si es sincera, contaría desde que llegó a este mundo.

—Chicas asquerosamente ricas que se creen dueñas del mundo, ya sabes —le da una calada al porro y se lo devuelve a Nagore—. El primer día quisieron joderme.

—Espero que no estén en enfermería.

Sara niega y recuerda ese primer momento en que vio a sor Catalina Loyola con sus impresionantes ojos azules sentada en la esquina de la biblioteca y cómo les dio un escarmiento a las tres que se metieron con ella para después aplicarle un castigo en el jardín del colegio.

—Las monjas llevan el control de todo.

Sara lo dice mientras se encoge de hombros sin dar demasiados detalles porque Nagore la conoce mejor que nadie y, si habla más de lo que debe, enseguida su amiga se dará cuenta de que algo pasa.

Primero se alertará, pensará que está en peligro o algo peor, entonces ella tendrá que explicarle que no es nada de eso, simplemente que hay una jodida monja que hace que su pecho se contraiga y su sexo palpite con una sola mirada.

—He llegado hace un rato y en esa curva —Nagore señala la zona que está a unos cincuenta metros—, creo que podría saltar. O hacerlo tú si quieres irte de este sitio.

La rubia levanta la mirada y observa el edificio. Siente un escalofrío porque el primer orfanato en el que estuvo se parece bastante y solo desea que aquí no pase ni una décima parte de lo que ocurría en ese lugar infernal.

—Tengo mi propia habitación con baño privado. —Nagore abre mucho los ojos y silba por lo bajo—. La comida es bastante decente y me han puesto a trabajar en el jardín.

—Joder, qué cambio. —Nagore lo dice con una sonrisa—. Me alegro por ti.

Y de verdad lo hace. Los meses que estuvieron juntas en ese centro en Madrid no se los desea a nadie. Ellas eran de las que estaban relativamente bien, un par de pequeñas matonas a las que no les temblaban las manos si alguien iba en contra de ellas, pero no todas corrían con la misma suerte.

Nagore salió cuando cumplió la mayoría de edad y lamentó dejar a su amiga atrás, pero se contenta de que esté en un sitio donde pueda dormir con los dos ojos cerrados y donde no tenga que fabricar puñales con cucharas de plástico.

—El fin de semana esto se vacía —explica Sara—. Solo estoy yo y las monjas que no tienen tareas fuera. Hay menos seguridad y, aunque dudo que podamos llegar a la habitación…

—Eso nunca ha sido un problema para nosotras. —El guiño de Nagore le aprieta el vientre a Sara, que recuerda sus encuentros fortuitos en lugares que darían para escribir un libro—. Toma, te he traído esto, así podremos hablar.

Le entrega un móvil de una marca que Sara no conoce, pero perfecto en tamaño. Se lo esconde en las bragas, lo acomoda bien para que no se le caiga al caminar y se vuelve a acercar a Nagore para darle otro beso.

—Gracias. —Nagore suelta el humo que tenía en la boca y Sara lo aspira con los ojos cerrados—. Joder, sí que está buena.

—Aquí se consigue todo lo bueno —dice la rubia, y cuando nota el gesto de su amiga, niega con la cabeza—. Nada de drogas más fuertes, lo prometo, solo estoy fumando de esto y un par a la semana.

Sara asiente y le deja una caricia en la mejilla.

Nagore se enganchó a la mefedrona cuando tenía diez años por culpa de su madre, que consumía frente a ella y le daba igual que una niña la imitara en todo.

A los trece daba palizas a cualquiera para robarle y conseguir una dosis.

A los quince casi llegó a suicidarse en el proceso de desintoxicación y a los dieciséis logró estar limpia hasta ahora que, tal como dice, fuma de vez en cuando algún porro, pero cada vez menos.

—¿Qué tal el trabajo? —pregunta Sara y se gira para comprobar que siguen estando solas.

Se sorprende porque, siendo ese un colegio de élite y que además albergue a una chica como ella que viene de un centro de menores, la seguridad sea bastante escasa.

—Estoy aprendiendo mucho. —Nagore le regala a Sara una de sus sonrisas reales—. Ayer mi jefe me dejó hacer parte de la instalación eléctrica.

—Entonces te queda un año para aprender porque cuando salga de aquí, tendremos que empezar a construir nuestra casa. —Ambas se ríen recordando ese trato absurdo de irse a vivir juntas al campo cuando ambas estuvieran en libertad.

—¿Nos vemos el fin de semana? —pregunta Sara, que no sabe cuánto tiempo lleva ahí, pero sabe que sor Catalina se estará impacientando.

Sonríe ante el hecho de hacer enfurecer a la monja.

—Dale por hecho.

Se despiden con otro beso que a Sara le sabe a poco.

Está cachonda, demasiado para poder aguantar más días sin sentir unas manos por todo su cuerpo, y es que desde que llegó a Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, su nivel de excitación ha ido creciendo por horas dejándola desesperada y con ganas de hincarle el diente a alguien, a poder ser, a una religiosa de ojos azules y gesto contraído.

Cuando va de vuelta al jardín, nota cómo sus pasos se deslizan con más suavidad que hace unos minutos.

Tiene la risa floja y los ojos están levemente entrecerrados.

La marihuana ha hecho su efecto, desde luego, y por un momento se siente tan relajada que le encantaría tumbarse en la cama para experimentar al máximo la sensación.

—Dudo bastante, señorita Navarro, que su habitación quede en esa dirección. —La voz que le retumba en los oídos la asusta y cuando se da cuenta, está frente a Catalina.

—Fui a otro baño —responde, y la risa le sale sin que pueda contenerla.

Catalina frunce el ceño y acerca su cara a la de la chica. Sus fosas nasales se dilatan y de inmediato se da cuenta de que Sara tiene los ojos vidriosos, las pupilas dilatadas y su ropa tiene un olor inconfundible.

—¿Qué estabas haciendo? —pregunta Catalina con los dientes apretados.

Sara vuelve a reírse porque la monja no le ha dicho «señorita Navarro» y esa estupidez hace que sus ojos incluso se humedezcan por contener una carcajada.

—Si no me lo dices, voy a castigarte por…

—Hazlo —contesta Sara mirándola a los ojos con la comisura izquierda levantada—. Castígame y aprovecha porque solo me tendrás aquí un año.

Catalina no sabe si es porque algo se ha movido en su pecho al escuchar esa frase y con ello esa verdad de que cuando esa chica acabe las clases, sus caminos se separarán, o simplemente está furiosa porque Sara Navarro es la única alumna que se ha cruzado en su camino que se ha atrevido a desafiarla, a burlarse de sus reglas y a empujar sus límites, y eso la está volviendo loca.

La monja la coge por un brazo con tanta fuerza que Sara siente cómo las uñas se le clavan en la carne.

Sin entender muy bien lo que pasa, la chica se ve empujada por los pasillos del colegio.

Catalina prácticamente la arrastra con tanto ímpetu para que la siga que cuando empiezan a subir las escaleras que conducen a las habitaciones de las estudiantes, Sara trastabilla y la religiosa tira de ella para levantarla como si apenas pesara.

—Vas a decirme dónde estabas y quién te ha dado eso. —Catalina escupe las palabras y mete a Sara al baño empujándola hasta la ducha.

Catalina la ve sonreír y la rabia le recorre el cuello y las orejas dejándole un calor casi infernal. Abre el grifo del agua fría y el grito de Sara al sentir cómo le ha empezado a caer por la cabeza es una pequeña recompensa que la monja saborea con gusto.

—Aquí vas a aprender disciplina, Navarro. —Catalina la mantiene pegada a la pared mientras el agua sigue cayendo.

De un momento a otro, Catalina se da cuenta de que el uniforme ha empezado a pegarse a la piel de la chica haciendo que sus turgentes pezones se noten a través de la tela. La boca de la monja se humedece al igual que su coño y daría lo que fuera por tener esas delicias enredadas en su lengua.

—¿Quiere que me quite la camisa para que las vea mejor, hermana?

La pregunta, hecha con un tono entre infantil y retorcido, hace que Catalina levante la mirada y cuando ve la sonrisa soberbia en la boca de la chica, levanta la mano y la abofetea tan fuerte que le pica la palma.

—La monja odia lo que ha sentido porque por primera vez en años, un castigo le está doliendo más a ella que a quien lo está recibiendo, pero lo peor no es eso, no, lo peor es el gemido que ha brotado de la garganta de Sara, que nada tiene que ver con dolor, sino más bien con excitación.

Sus ojos ahora brillan más y Catalina ve una súplica, un «fóllame ya» que la hace retroceder varios pasos.

Una cría no puede lograr eso en ella, la monja siempre ha tenido el control y se niega a perderlo.

Se da la vuelta y sale de la habitación de Sara sosteniéndose de las paredes. Está mareada, tiene el pulso acelerado y la sensación de que Sara Navarro la tiene en sus manos.