Impura Capítulo 3
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Capítulo 3

L os susurros de las oraciones de Catalina son apenas un murmullo que solo ella comprende.

Las pronuncia de memoria porque se las sabe y le salen en automático, pero ni siquiera se ha detenido a pensar alguna vez en lo que significan.

Coge aire, tensa el abdomen y levanta su mano derecha como si quisiera llevarla hasta su hombro izquierdo, y entonces se escucha el sonido del látigo de disciplina golpeando su espalda desnuda.

La monja está de rodillas junto a su cama y este es el tercer latigazo que se da mientras sujeta con fuerza la empuñadura de cuerda de cáñamo de la que salen cuatro tiras con nudos a distintas alturas que golpean contra el centro de su espalda.

No lo había utilizado nunca. Le fue entregado cuando entró en la orden —junto con el cilicio— porque, según la madre superiora de aquel momento, ser consciente de tus errores y castigarte por ellos te acerca más a Dios.

Catalina no quiere acercarse a Dios; ella quiere meterse entre las piernas de Sara, la chica impertinente, deslenguada y de mirada desafiante, con la boca más tentadora que la monja ha mirado jamás.

Por eso está ahí y ha optado por algo más doloroso que el cilicio, aunque no está muy segura de que este látigo sea peor, porque una cosa es acostarse con las novicias, todas mayores de edad, y otra pensar en esta chica de diecisiete años que la miraba desde el suelo, con las rodillas clavadas en las piedras sin quejarse ni una sola vez, haciendo que sus ojos almendrados brillaran mientras la provocaba con la mirada.

La monja nunca había sentido nada igual: esa combinación de rabia por la insubordinación mezclada con un deseo ansioso que le devoraba las entrañas y goteaba por sus piernas.

No sabe el tiempo que la tuvo en el patio arrodillada bajo la lluvia, pero sí sabe cuántas veces pensó en apretar su cabeza contra su coño empapado.

Catalina se da otro latigazo y este la hace exhalar con fuerza. Le escuece la espalda como si le hubieran arrancado la piel y al mismo tiempo la siente dolorida como si le hubieran dado con una maza.

Detiene las plegarias, que le parecen hipócritas, y se golpea de nuevo cuando recuerda su cobardía.

Es débil; si tuviera valor, no estaría aquí, y eso, unido al hecho de no parar de pensar en esa chica malcriada, hace que merezca un último golpe.

Para este no se ha preparado mentalmente y el dolor la atraviesa con una descarga que la dobla hacia delante, haciéndola soltar el látigo de disciplina al mismo tiempo que ahoga un grito contra el colchón.

Sudorosa por el dolor y sofocada por sus propios pensamientos, la monja se incorpora y camina desnuda hacia su baño privado.

Se mira en el espejo con las dos manos apoyadas en el mármol y, en lugar de sentir alivio por la penitencia realizada, lo que siente es una excitación repentina al recordar la mirada desafiante de Sara Navarro.

Muerde sus labios con fuerza y aprieta las piernas, pero su cuerpo está demasiado sensible tras los golpes, y la presión hace que su sexo vibre y ella se maldiga por sentir todo esto.

Con una mano todavía apoyada, separa las piernas y contempla su propia imagen cuando se lleva la mano al coño y presiona contra su clítoris con las yemas.

Está tan mojada que sus dedos resbalan hacia su entrada y los desliza hacia dentro, follándose mientras se mira y piensa en la boca de la estudiante.

El orgasmo la golpea tan rápido que Catalina lo siente como otro latigazo que la deja jadeando y más sedienta de lo que estaba.

—Joder —masculla iracunda, girándose hacia la ducha para abrir el grifo de agua fría y meterse debajo.

Toma una decisión de la que probablemente se arrepentirá, pero cualquier otra opción no es viable para ella si quiere tener a la chica cerca y controlada y, a ser posible, castigada.

Una vez vestida, sale de su habitación conteniendo la respiración con cada paso porque la tela le roza la piel y hace que le arda.

No tiene heridas sangrantes, pero sí la piel levantada como si se hubiera rascado con las uñas con demasiada fuerza.

Cruza el pasillo, sube las escaleras y de nuevo —sin llamar— abre la puerta del despacho de la madre superiora.

Pilar Castro está de pie frente a una de las dos librerías que hay en su despacho, dos estanterías de suelo a techo que Catalina sabe que cuestan una fortuna porque las pagó su familia.

—¿Qué quieres, Catalina? Tendrás que ser breve; mi hora de misa empieza enseguida.

La monja camina hasta la silla y se sienta, y Pilar resopla y vuelve a su sitio al otro lado de la mesa para atender a la monja impertinente que la espera.

—¿Qué pasa? —pregunta con hartazgo.

—La nueva. Sara Navarro.

Pilar se cruza de brazos, recostándose en su silla.

—He oído que la castigaste en el patio. ¿Qué hizo?

—Eso no es relevante —Catalina se echa hacia atrás, pero cuando nota la presión de la madera en su espalda vuelve a ponerse recta.

—¿No? ¿Entonces qué problema hay con ella?

—Ninguno del que no me pueda ocupar.

—¿Ocuparte? ¿De qué hablas? —pregunta Pilar, mirándola como si le estuviera haciendo perder el tiempo.

—Me haré cargo de ella; yo seré su monja responsable. Dile a sor Ernestina que se ocupe de su huerto y no vuelva a intervenir en nada que tenga que ver con Sara Navarro.

Catalina hace el intento de levantarse, porque ya ha dicho lo que tenía que decir y no quiere pasar ni un minuto más con esta mujer.

—Eh, espera. Siéntate, Catalina —la orden es directa y, aunque la monja no tiene ningún respeto por Pilar, sí lo tiene por la jerarquía.

—¿Qué pasa aquí? Llevamos con el programa de inserción de los centros más de seis años y en ninguno de ellos te has ofrecido para ser la tutora de ninguna de las alumnas becadas que han pasado por aquí. ¿Por qué con ella sí?

—Porque necesita control, y tú y yo sabemos que Ernestina no sabe hacerse respetar; es demasiado... —Catalina busca la palabra para describirla, pero no termina de encontrar nada que encaje.

—Devota —completa Pilar.

Catalina se encoge de hombros; ella hubiera elegido algo más realista, como mojigata, pero no va a discutir por esto.

—Escucha —Pilar se inclina hacia delante sobre la mesa, amenazante como una víbora—. No sé qué pasa aquí, Catalina, pero una cosa es que perviertas a las novicias y otra a una de las alumnas, y me da igual de dónde venga; esto no lo voy a consentir.

—¿Qué no vas a consentir, Pilar? ¿Que eduque a esa chica y le enseñe modales y el camino del Señor? Porque eso es lo que hacemos aquí, ¿verdad?

Pilar resopla.

—Mis padres estarán muy orgullosos de mí.

Lo considerarán una obra de caridad, el esfuerzo de una monja por enderezar el camino de un alma condenada.

Seguro que harán una buena donación por ella, pero si eso no es suficiente —Catalina se levanta—, deja que te recuerde que te conviene mantenerme entretenida para que no abra la boca.

Los ojos de Pilar se clavan en la cruz tallada en piedra que hay sobre su mesa. Sabe que pesa dos kilos exactos, y no es la primera vez que piensa en aplastar la cabeza de Catalina con ella.

—Muy bien —concede—, si es lo que quieres, ocúpate de ella. Hablaré con Ernestina cuando vuelva del rezo...

—No hace falta; yo se lo digo.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer? Ya sabes que a todas las chicas que vienen de esos centros se las hace trabajar en tareas del colegio para que aprendan disciplina y sepan que las cosas no son gratis —Pilar abre un cajón y saca el expediente de la chica, que todavía tiene a mano porque justo hoy, entre ella y Ernestina, han decidido cuál podía ser la mejor tarea para la alumna becada.

Deja la carpeta sobre la mesa y señala el nombre con su dedo, más arrugado de lo normal para su edad.

—Se le han atribuido tareas de jardinería. ¿De verdad te quieres pasar las tardes con ella en el patio?

A Catalina le da igual el patio o las catacumbas que hay debajo del colegio; lo que quiere es estar cerca de la chica.

—¿Por qué jardinería? —pregunta intrigada.

Pilar se pone las gafas de ver y abre el expediente, pasando algunas hojas.

—Se le da bien, al parecer. Es lo único bueno que señalan de ella en todos los centros donde ha estado. Si está con las plantas, es inofensiva.

—Entiendo.

Catalina se da la vuelta.

—Quizá quieras echar un ojo a su expediente —sisea Pilar, y Catalina se gira y la encuentra observándola con esos ojos negros de tiburón, vacíos de cualquier emoción—. Puede que te interese saber qué fue lo que la llevó al centro.

Por un momento Catalina duda y está a punto de decirle que su expediente no le interesa, que la deje en paz de una vez, pero decide que a lo mejor es importante saberlo todo sobre ella, así que se acerca y lo coge con la intención de echarle un vistazo cuando tenga tiempo.

Cinco minutos después, Catalina está cruzando las enormes puertas de entrada al edificio.

Son las cinco de la tarde y el cielo está igual de encapotado que la tarde anterior, tan gris que los faroles que iluminan la entrada y el camino empedrado ya están encendidos.

Baja los escalones y la brisa fría le entra por el cuello y la hace estremecerse, pero le gusta la sensación, y también el silencio.

Gira a la derecha hacia una de las zonas ajardinadas, con árboles enormes, parterres y setos hasta donde alcanza la vista.

Camina con las manos entrelazadas sobre el regazo y mira hacia las enormes montañas que rodean el colegio en las afueras de Otxandio, un pueblo situado en el valle de Ubide.

Las ve a lo lejos y algo se le tensa por el vientre. Sor Ernestina está de pie, con el rosario entre las manos, rezando mientras Sara Navarro pasa el rastrillo por el césped para limpiar las hojas que caen de los árboles.

A Catalina la escena le parece casi cómica, y se pregunta qué estará pensando una chica como esa mientras mueve la herramienta con una monja al lado que reza en voz baja como si de verdad sirviera de algo.

—Sor Ernestina —dice Catalina.

La monja, que tenía los ojos cerrados, se sobresalta y da un gritito de angustia que hace que Sara se gire con esa sonrisa torcida y provocadora en esos labios que Catalina sabe que dejará morados en algún momento.

—Sor Catalina, no la he escuchado acercarse.

—Perdone, hermana, no quería asustarla —dice Catalina, con un tono suave y amable que hace que la alumna levante una ceja.

—No pasa nada, ¿qué necesita?

—He estado hablando con la madre, y hemos decidido que a partir de ahora yo me ocuparé de tutelar a la chica.

Catalina no pronuncia su nombre a propósito, porque no quiere darle esa entidad a la chica hasta que se la gane.

—Oh —Ernestina parpadea, desconcertada—. Pensaba que usted no se oc...

—A veces las situaciones cambian. Puede marcharse; se está levantando un aire bastante fresco; ya me ocupo yo.

Ernestina envuelve el rosario de cuentas alrededor de su mano y asiente con la cabeza a Catalina.

—Te dejo en buenas manos, Sara —dice, con toda su inocencia—. Sor Catalina es una de nuestras monjas más respetadas; aprenderás mucho de ella.

—Seguro que sí —responde Sara, y Catalina ve el destello burlón en su mirada cuando sus ojos pasan de sor Ernestina hacia ella.

La monja se aleja y Catalina da dos pasos hacia Sara.

—Te aseguro que haré que se te quiten las ganas de dibujar esa sonrisa estúpida —susurra, y Sara siente algo extraño en el estómago: unas ganas que no pueden ser sanas de que cumpla su palabra.

—Lo estoy deseando.

—No hables; sigue trabajando.