Impura Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Sara vuelve a impresionarse, pero ningún gesto en ella lo demuestra.

La biblioteca es una sala amplia con las paredes cubiertas de estanterías llenas de libros de suelo a techo.

Hay un ventanal antiguo al fondo y en el centro cuatro mesas de madera con sillas.

Un ligero murmullo muere en cuanto ella pone un pie dentro, y lo que Sara puede identificar como una manada de perras giran el cuello para mirarla.

Unas ni siquiera le dedican un segundo, pero otras la observan con calma, con desdén, incluso con asco.

Las ignora y empieza a caminar por uno de los laterales mientras toca los lomos de todos esos libros perfectamente ordenados. Está perdida, pero de nuevo ni lo demuestra ni se acerca a ninguna de sus compañeras.

A Sara la nuca empieza a arderle, como si alguien le estuviera acercando un objeto caliente; entonces se gira, porque con todo lo que ha experimentado en los centros de menores siempre está alerta.

Unos impresionantes ojos azules la golpean de lleno, enmarcados en el rostro perfecto de la encarnación de la diosa de la lujuria.

Piel blanca, nariz fina, melena azabache recogida en un moño. El rostro del pecado.

—Eres la nueva, ¿no? —pregunta una voz edulcorada y Sara desvía la mirada.

—Sí —su respuesta es seca; no está acostumbrada a confiar en nadie.

Tres pares de ojos la observan como si fueran corderos recibiendo a un nuevo miembro, y Sara sabe que es lo contrario, sobre todo cuando se mueven de forma sincronizada haciendo que sus cuerpos bloqueen la visión de la monja que está sentada detrás.

—¿Y a qué coño te traen aquí? —escupe una que no es un cordero sino una perra con rabia—. Porque aquí no encajas.

—Dicen que viene de uno de esos sitios —habla otra casi mostrando los dientes, como si estuviera a punto de atacar—, donde solo hay delincuentes.

Sara las mira, una a una, grabándose las caras de sus tres entusiastas compañeras.

Las chicas se envalentonan; confunden el silencio de la nueva con cobardía, y la tercera del grupo da un paso adelante con gesto amenazante.

—Cuidado por donde vas, reclusa —susurra con desprecio—. Me da igual que seas una obra social o como coño lo llamen. Aquí eres basura y no eres bienvenida.

Sara se queda con ese rostro y esa voz. A esta la va a guardar en un lugar muy especial y durante el siguiente año le hará algunos recordatorios de lo cálida que fue con ella el primer día.

Cuando está a punto de perder el control, un estruendo las sobresalta a todas. Varias hileras de libros caen al suelo y detrás de ella, a un metro, está de pie la monja que hace un momento estaba sentada al fondo de la biblioteca.

—Señorita Elorza —sisea sor Catalina Loyola—, como bien sabe, en Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia, la educación y los buenos modales son dos de nuestros pilares.

El silencio cae entre ellas; no se escucha ni siquiera la respiración de ninguna.

—Arrieta, Goikoetxea —Catalina niega lentamente con la cabeza y disfruta del miedo dibujado en sus ojos—. Las tres vais a recoger y ordenar todos estos libros por orden alfabético.

Catalina se tensa por dentro cuando nota la sonrisa ladeada de la nueva alumna.

Siente el familiar cosquilleo que comienza en su vientre y baja para alojarse en su sexo.

Lo nota: su clítoris empieza a palpitar con una fuerza inusual y tiene que moverse ligeramente para calmar la presión.

No le gusta lo que acaba de sentir, pero le molesta mucho más esa sonrisa burlona que desearía hacer desaparecer enseguida.

—Sor Catalina, solo le estábamos dando la bienvenida —se atreve a decir Ainhoa Elorza —la que Sara ha identificado como la líder—, con la voz melosa y calmada.

A Catalina solo le basta mirarla directamente a los ojos para que Ainhoa dé dos pasos hacia atrás.

—Tenéis media hora —escupe la monja, y las tres palidecen—; si no acabáis a tiempo, os castigaré.

Entonces la risa de Sara es audible y las fosas nasales de Catalina se expanden. La rabia le corre por las venas y la furia empieza a vibrarle bajo la piel.

Catalina coge por el brazo a Sara sin medir la fuerza y la arrastra fuera de la biblioteca.

La chica no dice nada; se mantiene en silencio, y eso hace que la monja se erice.

No detiene sus pasos hasta que llegan a la zona lateral del colegio, un tramo de jardín relativamente oculto entre setos y fuentes de piedra.

Hace un rato que ha empezado a llover otra vez y el cielo está oscuro, encapotado. La imagen no puede ser más siniestra.

—Señorita...

Catalina no sabe cómo se llama la chica; recuerda vagamente la reunión con las hermanas y la madre superiora donde se habló de la nueva incorporación, pero ella estaba demasiado ocupada pensando en que Miriam la estaba esperando arrodillada en su habitación y no prestó atención.

—Sara —la chica se limpia el agua de la cara; la lluvia parece caer más fuerte, y cuando la monja levanta la ceja, vuelve a abrir la boca—. Navarro. Sara Navarro Torres.

—Señorita Navarro, explíqueme qué le hizo tanta gracia allí dentro.

Sara no contesta y Catalina se da cuenta de que su mano sigue alrededor del brazo de la chica. La cierra con más fuerza y se asegura de clavarle las uñas, pero Sara no se mueve; su respuesta es morderse esos apetitosos labios que Catalina quiere dejar completamente amoratados.

—Si no va a responder le...

—Esas tres de ahí no son más que unas gilipollas que creen que porque papi está forrado pueden tratar al resto como quieren —Sara levanta la barbilla y sus ojos atraviesan los de Catalina—.

Me reía del castigo, porque en media hora no serán capaces de acabarlo y estoy deseando saber qué es lo que sigue.

—¿Y qué le hace pensar que usted va a salvarse de ser castigada también?

Sara no está ni ligeramente impresionada. Toda su vida la han castigado incluso por estar viva.

—Haz lo que te dé la gana —lo dice con rabia, con cansancio, pero también con una seguridad que hace que sor Loyola se tambalee.

Catalina tira del brazo de Sara hacia abajo con fuerza, haciendo que la chica pierda el equilibrio y caiga de rodillas ante ella.

La visión le nubla la mirada, y si ya estaba excitada, la humedad repentina en sus bragas la sorprende; pero le impacta aún más que Sara la mire desde abajo de esa forma.

No es como lo hacía Miriam, ni ninguna de las novicias que ha tenido a sus pies a lo largo de los años; no, esto es diferente.

Sara Navarro la mira con deseo, con maldad, como si en algún momento fuera a levantarse, a coger a Catalina del pelo y hacerle ahogarse en su coño. Es impresionante.

—Va a aprender a respetar, señorita Navarro —Catalina empieza a caminar alrededor de ella—.

La disciplina en este colegio es importante, pero para mí es imprescindible.

Estaremos aquí hasta la hora de comer y le aseguro que esas piedras en las que está arrodillada serán un encantador recordatorio de que mi palabra siempre es la última y siempre —Catalina se detiene frente a Sara y le coge el mentón con fuerza—, se respeta.