Impura Capítulo 2
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Capítulo 2

S ara levanta la mirada ante el oscuro edificio y lo que la mayoría de las alumnas experimentan al verlo por primera vez —escalofrío y respeto— ella no lo siente en absoluto.

Lleva cuatro años en centros de menores por toda España, entrando en uno, permaneciendo unos meses y siendo trasladada a otro en la otra punta del país, y antes de eso...

antes de eso, su vida era un infierno que se esfuerza en no recordar.

—Tienes que subir por ahí —el tipo que conduce la pequeña furgoneta que la ha traído a su nueva prisión —lo que se traduce en el colegio Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia— le tira la mochila al suelo haciendo que caiga en un charco de agua.

Sara gira y cuando sus ojos color avellana se clavan en él, el tipo se aprieta la entrepierna mientras la observa de arriba abajo.

Sara Navarro Torres tiene diecisiete años, una piel dorada que nunca pierde su color aunque no le dé el sol, la melena larga castaña y unos labios tan irresistibles como apetitosos.

Es atractiva y eso, en ocasiones, juega a su favor, pero en otras —como esta— hace que tenga momentos desagradables que por fortuna sabe muy bien cómo manejar.

—¿Qué quieres? —le pregunta con su marcado acento sevillano—. ¿Por qué me miras así?

El conductor sonríe y gira el cuello hacia la entrada para asegurarse de que nadie lo está viendo, y da un paso hacia ella.

—Tienes una boca, niña —el hombre se pasa la lengua por el labio en un gesto que a Sara le causa repulsión—. Te la llenaría con esta.

Sara baja los ojos, le mira el paquete y luego lo observa a él.

—¿Con eso? —suelta una carcajada y se echa la melena hacia un lado—, pero si con eso no llenas ni el tubo de una flauta.

El tipo endurece el gesto y antes de levantar la mano, Sara se yergue ante él.

Ya ni siquiera cuenta los años que ha tenido que aguantar las mierdas de los hombres, el tiempo que ha tenido que defenderse sola y cómo ha perdido el miedo, porque a estas alturas de su vida sabe bien que no le tiembla el pulso para quitarse a gente como esta de encima.

—No se te olvide de dónde vengo —susurra Sara y ladea una sonrisa que nada tiene de amistosa—. No tienes ni puta idea de por qué he estado ahí dentro tantos años, así que si yo fuera tú, subiría esas lorzas a la furgoneta y me iría de una vez.

Sara no lo sabe, pero el hombre frente a ella ha temblado por dentro. No suele encontrarse con chicas así; la mayoría baja la cabeza o apresura el paso.

—Puta —lanza un escupitajo al suelo y se gira para subirse a la furgoneta.

Sara suelta una exhalación y se recuerda que prometió no meterse en problemas.

Solo tiene que sobrevivir un año en este sitio y será completamente libre.

No sabe cómo es el colegio; desde luego nunca ha estado en un sitio como este, pero según la directora del último centro de menores en el que estuvo, el Nuestra Señora de la Pureza es una institución para chicas provenientes de familias con un poder adquisitivo bastante alto en el que Sara recibirá una educación estricta y de las mejores del país.

—Sara Navarro, ¿verdad? —pregunta una monja con gesto amable mientras se acerca a ella.

—Sí, soy yo —Sara la mira escéptica. En el primer centro de menores en el que estuvo, cuando apenas tenía catorce años, las monjas proporcionaban castigos que iban desde lo físico hasta lo psicológico.

—Bienvenida a casa —sonríe la hermana, una mujer que aparenta unos treinta años, con la cara redonda y las manos pequeñas—. Bueno, al menos el que será tu hogar durante el siguiente año. Soy Sor Ernestina, la responsable de que tu estancia en el colegio sea lo más llevadera posible.

Sara asiente imaginando que eso se traduce en que la mujer será su carcelera.

Según le explicaron, el colegio acepta cada año a una interna de cualquiera de los centros adscritos al programa de reinserción social que promueve la iglesia católica española.

El problema es que, oficialmente, Sara sigue cumpliendo condena, por lo que alguien tiene que vigilarla prácticamente las veinticuatro horas, y entiende que esa será Sor Ernestina.

—Gracias —dice Sara mientras evalúa a la monja.

Una de las primeras cosas que aprendió desde que un juez dictó su ingreso a un centro es que los guardias de seguridad son tus enemigos, pero que también pueden convertirse en tus mejores amigos, los que te consiguen lo que necesitas o se vuelven más flexibles según la ocasión, y Sor Ernestina irradia una bondad que pocas veces ha visto, así que intentará que eso juegue a su favor.

—Iremos primero a tu dormitorio —empieza a explicar la hermana—. Luego irás a la biblioteca; las clases no empiezan hasta mañana, pero debéis cumplir con vuestras horas de lectura y estudio.

Sara la sigue en silencio. El colegio da verdadero terror de un modo que es complicado de explicar, porque todo parece limpio y muy cuidado, pero a la vez hay un halo de oscuridad en sus muros, como si cada rincón tuviera una historia que sería mejor no conocer.

—Este es el edificio central —explica Sor Ernestina cuando entran a un salón inmenso, y luego señala un par de escaleras dispuestas a ambos lados—. No tenéis permitido subir.

—¿Qué hay arriba? —Sara lo pregunta con la mirada levantada. Los techos son impresionantes.

—El despacho de la madre superiora y nuestras habitaciones —contesta, y gira a la derecha por un pasillo estrecho hasta llegar a una hilera de puertas cerradas—. Contigo sois veintidós alumnas; dormís en esta zona y esta es la tuya.

Cuando la religiosa abre una de las puertas, esa pequeña niña que aún habita en algún rincón de la adulta Sara se estremece y no puede evitar que los ojos se le humedezcan.

No recuerda haber tenido nunca un espacio así para ella, limpio, sin el suelo lleno de mierda y con una ventana que iluminara sus días.

Hay una cama a la derecha perfectamente hecha con una manta azul por encima con el logo del colegio.

A su izquierda una mesilla de noche; le sigue un escritorio y una cómoda.

También tiene un armario que parece de madera robusta y otra puerta al lado.

—El baño —señala la monja y empuja la puerta para que Sara pueda verlo.

—¿Es solo para mí? —pregunta, y sus ojos se mueven con curiosidad.

Sor Ernestina sonríe y junta las manos delante de su cuerpo.

—En Nuestra Señora de la Pureza y la Santa Obediencia todas las alumnas tienen sus aposentos privados —la mujer sube la mirada para comprobar la hora en un reloj de tamaño mediano—. Te dejo cinco minutos para que te pongas el uniforme; lo tienes en el armario.

La monja sale de la habitación y ella mira la cama deseando poder probarla.

De repente siente un doloroso tirón en su entrepierna; le encantaría tener a Nagore sobre ese colchón y ponerle la almohada en la cara para sofocar sus gemidos mientras la folla con todas las ganas acumuladas que tiene desde hace meses, que fue la última vez que la vio.

Se lame los labios; cuando llegue la hora de dormir se encargará de liberarse con calma, porque no sabe cuándo será la próxima vez que pueda ver a su amiga.

Nagore Aguirre coincidió con ella en un centro en Madrid en el que estuvo ocho meses.

Lo que comenzó con una pelea por una bandeja de comida acabó con ellas dos gimiendo en las duchas mientras Nagore le devoraba el sexo, arrodillada como a Sara le encanta.

Durante ese tiempo se dieron compañía y en el camino se unieron mucho, haciéndose amigas con ciertos beneficios.

Nagore salió hace tiempo y la vida las ha llevado a que ahora solo estén a cuarenta kilómetros de distancia.

En la última llamada que tuvieron hace dos días, acordaron día y hora para que Nagore se acercara a la verja en el lateral del colegio y puedan verse al menos unos minutos.

—¿Estás lista? —Sor Ernestina da un par de toques a la puerta y luego la abre despacio.

—Sí —contesta Sara, que se ha puesto la falda oscura, la camisa de manga larga blanca y la corbata con los colores de la escuela.

La monja se acerca a ella y le ajusta la corbata.

—Todos los botones de la camisa cerrados hasta arriba y la corbata bien puesta —pareciera que fuera un regaño, pero la cara de pan de la pobre mujer lo hace parecer un consejo de amiga.

Vuelven a bajar y cuando llegan al salón donde las alumnas tienen prohibido casi respirar, la religiosa camina hacia el pasillo izquierdo, donde otro edificio del mismo tamaño que el de las habitaciones aparece ante ellas.

—Esta es la zona donde más estarás —la hermana empieza a señalar—, ahí está el comedor y la biblioteca es aquella. Las dos aulas donde os repartís son las que ves al fondo.

—¿Qué tengo que hacer ahora? —pregunta Sara, que lleva por lo menos dos años sin tocar un libro, porque aunque en los centros en los que estuvo fingían educarlas, en realidad lo que hacían era encerrarlas en un aula durante dos horas al día y nada más.

—De lunes a viernes tenéis asignada una hora de lectura libre y otra de estudio en la biblioteca —le explica la mujer—. Tus compañeras ya están dentro; la mayoría llegó ayer, así que ve a conocerlas, lee lo que te apetezca y luego te avisarán a la hora de la comida.

Sara asiente poco entusiasmada, porque aunque de pequeña le encantaba estudiar y casi se podía catalogar como una empollona, parece que de eso han pasado décadas y no está muy segura de cómo volver a encontrar el ritmo.

—En cuanto sea la hora de ir al comedor, estaré aquí esperándote. Dentro tenemos a otra hermana por si necesitas algo.

Sor Ernestina sonríe y le señala la puerta de la biblioteca para que entre. Sara gira sobre sus talones y empuja la pesada madera.