Impura Capítulo 1
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Impura

Impura

Por Lily Wilder

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Capítulo 1

C atalina hunde la mano en la melena castaña de la novicia y tira con fuerza hacia atrás. La chica, que entró en el Colegio Nuestra Señora de la Pureza hace apenas tres semanas, la mira desde abajo con los ojos brillando de lujuria y una sonrisa torcida.

—Perdóname, padre, porque voy a pecar —dice, mirando a Catalina fijamente justo antes de inclinarse hacia delante y hundir la lengua en su abertura.

Catalina, que tiene la espalda apoyada en la pared y el hábito subido hasta la cintura, emite un murmullo de placer cuando siente el músculo caliente de Miriam, que debe reconocer que tiene una habilidad muy especial con la lengua.

Le aprieta más el mechón de pelo que retuerce entre sus dedos y empuja la cintura hacia delante, buscando más contacto.

Miriam llegó con la mirada demasiado baja y jurando obediencia a la madre superiora tras confesarse con ella, y pecó la primera noche cuando se cruzó con Sor Catalina Loyola en los jardines interminables del exterior.

A Catalina le bastó verla una vez para saber que Miriam tenía muy poco de santurrona y mucha imaginación para disfrutar.

Follaron contra una pared aprovechando que era de noche y la cobertura de una hilera de setos.

Catalina la folló con los dedos y después exigió que Miriam los limpiara con la boca antes de arrodillarse justo como la tiene ahora.

—Eres el mayor de los pecados —murmura Miriam cuando aparta la boca para meterle dos dedos—. Y esto es tan tú…

Catalina aprieta la mandíbula cuando la novicia le pasa los dedos por la herida de su pierna. Le escuece como si acabara de echarle sal, pero ignora el dolor y echa la cabeza hacia atrás cuando Miriam vuelve a añadir la boca a su tarea.

El vaivén de los dedos de la chica es lento y, unido a la presión que ahora ejerce sobre su clítoris con los labios, hacen que Catalina no pueda aguantar y se muerda el puño libre mientras se corre, apretando con fuerza la cabeza de la chica contra su sexo.

Cuando se libera con el último espasmo, aparta a Miriam y suspira mirando al techo un momento antes de posarse en la novicia, que sonríe otra vez con media cara empapada por los fluidos de Catalina.

—Me encanta follar contigo —dice Miriam, incorporándose mientras espera una orden, porque no puede hacer nada que la monja no le pida antes.

Catalina se sube las bragas con tranquilidad y se baja el hábito, que le llega hasta los tobillos; después levanta la mirada y se queda observando a la novicia unos segundos con esos ojos color azul pizarra que parecen hipnóticos.

—Sal, tengo cosas que hacer —ordena, haciendo un movimiento seco con la cabeza para señalar la puerta.

Miriam asiente, se arregla el pelo con las manos y se dobla sobre sí misma para sacudirse la suciedad de las marcas que ha dejado en el hábito tras arrodillarse en el suelo.

—¿Quieres que vuelva esta noche?

Catalina se gira hacia la puerta de su propia habitación y pone la mano en el pomo.

—No será necesario. Por cierto, mañana te vas.

Miriam se detiene en seco, confundida.

—¿Me voy? ¿Adónde?

—Eso lo desconozco; la madre superiora te informará. Ahora vete.

Catalina abre la puerta y Miriam la atraviesa con el ceño fruncido, las bragas empapadas y el vientre temblando de necesidad.

La monja cierra y echa el pestillo plateado antes de girarse y caminar hacia el armario.

Se mira en el espejo de cuerpo entero de la puerta de la derecha y observa su reflejo.

Tiene el pelo de color negro azabache recogido en un moño severo que en pocas ocasiones deshace.

No lleva velo; ninguna monja de este colegio de alto nivel lo hace porque no es obligatorio, una decisión tomada por los que mandan para proyectar una imagen menos estricta y hacer que las alumnas sientan que sus profesoras son más cercanas, lo que se traduce en padres millonarios dispuestos a pagar una fortuna al año por educar a sus hijas aquí.

Su mirada azul es fría como todo en su apariencia: pálida de piel, porte rígido y controlado, y rara vez sonríe.

Se quita el hábito y lo deja caer al suelo, quedándose en ropa interior.

Es atractiva, lo sabe y lo aprovecha. No aparenta los treinta y siete años que tiene; parece más joven, aunque ella se sienta mayor porque cada día que pasa aquí dentro sin hacer nada para salir es uno más que amarga su existencia y la hace sentir una cobarde.

Los ojos de Catalina bajan hasta su pierna derecha, donde tiene la marca del cilicio que utiliza para castigarse.

Abre la puerta del armario y saca la caja de zapatos de la balda superior.

La lleva hasta el pequeño escritorio, se sienta en la silla de madera y abre la tapa.

Dentro está el cilicio, una tira de alambres retorcidos que forman círculos superpuestos unos con otros, uniendo ambos extremos con una correa de cuero.

Catalina lo coge y lo coloca alrededor de su muslo —justo encima de las heridas anteriores— y empieza a apretarlo muy despacio mientras lo mira fijamente.

Tiene que sufrir; su cobardía debe expiarse de alguna manera, así que Catalina va apretando.

Lo primero que se tensa es el músculo de la pierna, después su abdomen, mientras la respiración se le entrecorta y la recorre un escalofrío.

Aprieta un poco más y exhala con fuerza; después se muerde los labios, cierra los ojos y tira un poco más de la correa.

Cuando los abre, el labio inferior le tiembla porque le cuesta controlar la respiración.

Las aletas de su nariz se abren y se cierran y ella aprieta la mandíbula hasta que logra adaptarse al nivel de dolor.

Pasa la aguja de la hebilla por la correa y la deja ahí, en el tercer agujero de los cinco que tiene.

Tras un par de minutos, se pone de pie y camina cojeando hasta el armario para recoger su hábito del suelo y vestirse.

Quiere llevar el cilicio al menos media hora, pero su castigo no será completo si no se mueve, porque es cuando camina cuando nota cómo las pequeñas púas del metal se le clavan en la carne, así que abre la puerta y recorre el pasillo entre las paredes de piedra desgastada y antigua que hacen del colegio un lugar entre místico y siniestro.

Sube las escaleras del fondo muy despacio, agarrada con una mano a la baranda de hierro y madera mientras contiene la respiración. Catalina suelta el aire de alivio al terminar de subir y camina unos metros más hasta la enorme puerta de madera del despacho de la madre superiora.

No llama cuando llega; simplemente abre la puerta y entra, encontrándose con la mirada severa de Pilar Castro, que la observa desde detrás de su mesa.

A Catalina este despacho siempre le eriza la piel.

Con las mismas paredes de piedra que todo el colegio, ventanas altas redondeadas por arriba y cortinas de terciopelo.

Los techos son altos y forman arcos, pero lo que más perturba a Catalina es el vitral de colores que hay justo detrás de la mesa de la madre superiora, que hace que su pelo canoso parezca cambiar de color según el tipo de reflejo que le da.

—Te he dicho mil veces que no entres sin llamar —espeta Pilar.

Catalina la ignora y camina cojeando hasta la mesa.

Pilar es muy delgada, pero tiene una constitución fuerte, y eso, junto a su expresión siempre tensa y malhumorada, le da un aspecto que provoca respeto y miedo a partes iguales.

Catalina no le tiene ninguno de los dos; se los perdió hace mucho tiempo cuando descubrió cosas que no debería haber descubierto y que ahora utiliza a su favor para tener una vida más cómoda aquí dentro.

—Le he dicho a Sor Miriam que hoy es su último día aquí. Me da igual adónde la envíes; la quiero fuera de aquí.

Pilar deja el bolígrafo que tenía en la mano sobre la mesa con un golpe seco.

—No puedes pedirme esas cosas de un día para otro, Catalina; necesito tiempo para hacer las gestiones.

—No lo había pensado hasta hace unos minutos —responde tranquila.

En realidad está mintiendo, aunque no piensa ir a confesarse ni rezará por ello.

Sabe que tiene que sacar a esa novicia de aquí desde hace un par de noches, cuando Miriam se coló en su habitación de madrugada y trató de meterse en su cama.

Catalina tiene sus propias normas, y folla solo cuando quiere, con quien ella elige y, sobre todo, sin nada más a cambio.

Vio cómo la miró Miriam cuando la cogió del pelo y la arrastró fuera de su cuarto.

La chica no estaba dolida porque Catalina la estuviera echando; estaba dolida por el rechazo, porque Miriam está desarrollando algún tipo de sentimiento por ella que la monja no está dispuesta a tolerar.

La novicia ha pasado de ser alguien útil con la lengua a alguien que estorba, y cuando alguien pasa a ese siguiente nivel, Catalina simplemente lo aparta de la forma más cómoda para ella, haciendo que la trasladen a otro colegio de los once que hay repartidos por todo el país.

—Me da igual lo que hagas con esas chicas, pero si sigues haciendo que las traslade, al final llamaremos la atención. Podrías mantener las piernas cerradas durante una temporada —espeta Pilar, cogiendo el bolígrafo de nuevo para tomar nota del nombre de Miriam.

—Me gusta tenerlas abiertas, y creo recordar que no soy la única por aquí —Catalina se levanta, aprieta los dientes cuando la atraviesa una descarga de dolor y después exhala—. Sácala de aquí.

Pilar la mira y aprieta el bolígrafo hasta casi partirlo.

A quien le gustaría sacar del colegio que dirige es a esta monja impertinente y soberbia que se mueve con impunidad sin que ella pueda detenerla; y no la puede echar porque la familia de Catalina Loyola Orbe es una de las más ricas del País Vasco y una de las que aporta las donaciones más importantes que recibe la entidad.

Catalina sale del terrorífico despacho y camina hasta la puerta de salida del edificio.

Esto es lo único que le gusta de estar aquí: las vistas a las montañas casi siempre cubiertas de niebla, el amplio camino empedrado encajonado entre dos pequeños muros de piedra de medio metro de altura que lo mantienen libre de cualquier hierba y que recorre trescientos metros desde la inmensa verja de entrada —entre los muros bajos del exterior con rejas retorcidas de color negro— hasta la puerta del colegio.

Los amplios jardines laterales, unos con caminos de setos altos que parecen laberintos y otros con césped y árboles que siempre están verdes.

Catalina baja los dos escalones hasta el camino.

Está lloviendo, una llovizna suave que mantiene el suelo húmedo y deja un olor a pureza en el aire que es lo único que logra calmarla.

Hace frío y la humedad se le mete por los huesos, pero ella sigue caminando despacio por el exterior hasta que está lo suficientemente lejos de la entrada como para girarse y ver todo el edificio.

Es tan imponente que todavía no se ha acostumbrado a verlo a pesar de todos los años que lleva aquí.

Una parte central más alta, con ventanas de madera, dos vitrales y el tejado de pizarra acabado en punta con una enorme cruz encima.

A ambos lados, dos alas enormes. En la derecha, las habitaciones individuales de las alumnas que tienen el privilegio de estudiar aquí.

En la de la izquierda, la capilla, las dos aulas, la biblioteca, los despachos de las profesoras —Catalina imparte historia y literatura— y el comedor.

El edificio central es el único al que las alumnas solo tienen acceso en la parte baja, para entrar o para pasar de un ala a la otra.

Tienen prohibido subir las escaleras que llevan al despacho de la madre superiora, a la capilla reservada para las monjas o a cualquier otra puerta cerrada a la que solo acceden si son llamadas o castigadas.

Catalina se queda unos minutos en el exterior dejando que el cilicio haga su función.

No hay ninguna alumna fuera a estas horas, tampoco ninguna hermana, solo el silencio absoluto de este recinto a los pies de la montaña, alejado del pueblo lo suficiente como para que no se escuche nada que no sea el viento o el sonido perturbador del campanario de la capilla.