Impura Epílogo
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Epílogo

Ocho meses después.

C atalina aparca frente a la empresa de jardinería donde Sara hace prácticas tras haber finalizado un curso de formación de cuatro meses.

Apenas son diez kilómetros desde su casa en las afueras, un recorrido que Catalina hace dos veces cada día, una por la mañana para llevarla y ahora por la tarde para recogerla.

Sacarse el permiso de conducir es el próximo objetivo de Sara, pero dice que lo hará con su dinero, cuando termine las prácticas y el vivero que Catalina ha montado en la finca para ella esté en funcionamiento.

La exmonja apaga el motor y espera. Su chica termina su horario a las seis de la tarde y pasan un par de minutos.

Decide coger su móvil para entretenerse mirando los precios de sus acciones, pero justo cuando va a desbloquearlo, ve tres figuras aparecer por la puerta de la empresa.

Su cuello se gira de golpe, como si una fuerza invisible la obligara a moverlo, y ve a Sara y otras dos chicas con las que ha entablado amistad.

Algunas tardes se queda con ellas, le pregunta a Catalina si la puede recoger más tarde o simplemente coge un taxi.

A ella no le importa, o no lo hacía hasta que una de las veces que fue a buscarla al parking de un centro comercial, las vio salir por la puerta.

No eran tres, eran cuatro chicas, y Catalina reconoció de inmediato a la que no tenía controlada: Nagore, la amiga de Sara que conocía su cuerpo casi tan bien como ella misma.

Algo comenzó a arderle por el pecho, pero se enfrió de golpe cuando se dio cuenta de que Nagore y una de las compañeras de su chica iban de la mano.

El alivio le duró poco, porque entonces se fijó en el modo en que la otra chica miraba a Sara, con ese brillo casi adolescente de quien se ha enamorado por primera vez y no sabe qué hacer con lo que siente.

Nagore y la otra chica se fueron por un lado, y Sara llegó al coche acompañada de la otra.

—¿Te importa que llevemos a Vanesa? —le preguntó tras besarla en los labios a través de la ventanilla.

Catalina apretó la mandíbula, pero fue incapaz de negarse, y durante todo el trayecto la observó a través del retrovisor. No le parecía ofensiva, pero sí que miraba mucho la mano que Sara tenía en la pierna de Catalina.

—Le gustas —soltó la exmonja en cuanto la dejaron frente a la puerta de su casa.

—¿A Vane? No digas tonterías. —Sara sonrió divertida, pero los labios de Catalina permanecieron tensos en una línea recta.

—No me tomes el pelo, Sara. No tienes ni un pelo de tonta, tú también te has dado cuenta.

Sara la miró de reojo y se encogió de hombros.

—Bueno, puede que un poco, pero sabe que estoy enamorada de ti. Jamás intentará nada, te lo prometo. Es buena chica, Cata.

Ella la miró de reojo y se estremeció cuando Sara se inclinó hacia ella y le susurró al oído.

—Sabes que solo te quiero a ti.

Le besó la mejilla y Catalina sintió las jodidas mariposas que tanto odiaba aletearle por el pecho.

Ahora las ve ahí, riéndose de algún comentario mientras esperan porque Sara todavía no la ha visto, y ella solo puede mirar a Vanesa, cuyos ojos chispean con estrellitas cuando mira a su chica.

Catalina jamás se ha considerado una mujer insegura, pero con Sara no puede evitarlo. Son muchos años de diferencia entre ellas. Sara es muy joven, alegre, divertida y con tanta energía que Catalina a veces siente miedo de no estar a la altura de sus expectativas.

En estos ocho meses, la convivencia —que era lo que más miedo le daba— ha resultado ser casi perfecta. Se compenetran muy bien, tanto para repartirse las tareas de la casa como para la cocina o sus propios momentos de espacio personal.

A Catalina le sigue gustando pasear por las tardes en silencio, solo que ahora, en lugar de hacerlo alrededor del maldito colegio, lo hace por su terreno un poco antes de acostarse; le ayuda a despejarse.

Sara suele esperarla en la cama, entretenida con su móvil o viendo una serie en la televisión de la habitación.

Entre semana, mientras ella hace sus prácticas, Catalina pasa horas sumergida en sus inversiones porque ahora que tiene tiempo está decidida a seguir aumentando su patrimonio y el de su hermana, a la que asesora y ayuda cuando encuentra una oportunidad interesante.

Por las tardes alterna paseos por la montaña si el tiempo lo permite o queda con Isabel para tomarse un café y ponerse al día.

Su amiga suele contarle todos los chismes del colegio, como que la madre superiora anda histérica por los pasillos porque la nueva alumna becada es un problema andante que se salta las normas y no respeta a ninguna monja.

—Creo que esa vieja zorra te echa de menos en el fondo —aseguró Isabel hace unas semanas.

—Lo dudo, te aseguro que lo que más deseaba esa desgraciada era perderme de vista.

Catalina nunca le ha contado a Isabel lo que sabe, pero sí que se asegura de mantenerse informada de todo lo que pasa en el colegio a través del amante de la madre superiora, a quien tiene sobornado para que le cuente cualquier cosa extraña que note o confesión que le haga esa bruja en medio de esos orgasmos que la dejan con los ojos en blanco.

En general, Catalina es muy feliz desde que se fue y comenzó su vida con Sara.

Pensó que quizá echaría de menos a sus padres de alguna manera retorcida y tóxica, pero no ha sido así.

Ellos se mantienen firmes en su postura de hacer ver que solo tienen una hija, sobre todo desde que se enteraron de que vivía con una chica que apenas había cumplido la mayoría de edad, pero Catalina no se ha sentido mal con eso en ningún momento porque es ahora cuando siente que de verdad está viviendo la vida que ha elegido y no la que otros han dictaminado para ella, y ella eligió esto: su casa, su hermana Inés, su mejor amiga, su tiempo para dedicarse a lo que le gusta y a Sara.

Las risas de las tres chicas le llegan de nuevo y la sacan de sus pensamientos, y en un arrebato que no puede controlar, Catalina toca el claxon como una desquiciada para hacerle saber a su chica que está ahí.

Las tres se giran de golpe y la sonrisa de Sara se vuelve tan amplia y luminosa que Catalina se siente estúpida por esa inseguridad que experimenta a veces, porque la chica le ha demostrado con creces cada día que la quiere, que está enamorada hasta la médula y que tampoco se imagina ningún tipo de vida en la que Catalina no esté presente, igual que ella.