Implacable (Generations 3) 31. Renacimiento #3
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31. Renacimiento #3

Almas atrapadas en el interior de esa cosa malvada, que salían a bandadas. Almas arrebatadas en el curso de un milenio y más de uso letal y malvado, que por fin volaban libres hacia el multiverso, saltando y esparciéndose, y subiendo hacia el sol para desvanecerse rápidamente en la eternidad.

—¡Sí! —aulló Thibbledorf Pwent, y sin pensarlo más, siguió a la daga y saltó a través de la telaraña.

Otro destello de luz color púrpura oscuro estalló, y el enano se tambaleó y cayó sobre la hierba del prado al otro lado. Intentó saltar para ponerse en pie, pero no pudo; cayó hacia delante a cuatro patas y comenzó a vomitar violentamente, con un moco negro que le salía por la boca.

Jarlaxle corrió hacia la izquierda para rodear el roble donde se anclaba un extremo de la telaraña.

Artemis Entreri tomó una ruta más directa y no se detuvo pese al grito de «¡No!» de Jarlaxle.

Se metió directamente en la telaraña.

Pero no hubo ningún destello y Entreri no fue tirado al suelo ni frenado de ningún modo. Llegó junto a Pwent antes que Jarlaxle y le puso al enano la mano en la espalda.

—Libre —consiguió proclamar Pwent, antes de que otro chorro de fluido negro le saliera por la boca.

Entreri le sujetó durante el vómito y las convulsiones. Cuando acabó, Pwent se echó a reír, y ¡con tanta alegría! ¡Tanta… libertad!

—Libre —repitió, y se dejó caer de lado para rodar luego sobre la espalda—. Se ha llevado la maldición —dijo, con Jarlaxle y Entreri inclinados sobre él—. Sí, y eso seguro, pero me ha matado muerto.

—Pwent —dijo Jarlaxle.

—Díselo a mi rey. —Pwent tragó aire, y saltó otro chorro de líquido asqueroso—. Dile que su Pwent murió feliz… Que murió libre…

Su voz se fue apagando.

—¡No! —exclamó Artemis Entreri, y pasó un brazo bajo la espalda del enano y el otro bajo la cadera; lo levantó en brazos, y cargó con el pesado enano con armadura como si fuera un niño—. ¡No! —exclamó de nuevo, y comenzó a dirigirse hacia Gauntlgrym.

—El mundo entero se ha vuelto loco —afirmó Jarlaxle, que se había quedado solo en el campo, con los brazos en jarras. Notó un destello a un lado y se echó a reír, luego fue hacia allí y arrancó la daga enjoyada de donde se había clavado en el suelo.

—Esto puede ser divertido —dijo el pícaro, y comenzó a seguir el camino que había tomado Entreri—. Y provechoso.

Jarlaxle miró a Entreri de nuevo; este cargaba con Pwent, casi tambaleándose bajo el peso, pero decidido a seguir. Jarlaxle tenía varios objetos mágicos que podían aliviar esa carga, o incluso portar a Thibbledorf todo el camino. Pero rechazó esa idea, y negó con la cabeza.

Artemis Entreri necesitaba hacer eso.

Con Mal’a’voselle Amvas Tol a la cabeza, porque la mayoría habían estado en el Abismo durante muchos años, el vasto ejército de elfos drow retrasformados, que incluía a las drañas que habían vuelto de la tumba y las muchas drañas que habían subido a la superficie al servicio de las diferentes casas, marchaba al unísono tras los estandartes de la Casa Baenre.

Ninguna había jurado lealtad todavía, pero ese parecía ser el curso de acción evidente para todas; comprendían la verdad de Lloth porque habían visto lo espantoso de su peor ira.

El indescriptible tormento les había grabado a fuego una desesperación que solo en esos momentos comenzaba a dejar pasar un destello de esperanza.

Ese destello brillaba desde la mujer que debería haberse hallado entre las más odiadas de ese grupo, pero era la mismísima Madre Matrona Baenre la que les había dado esperanza y las que les prometía un futuro muy diferente.

Soldados Baenre y los colaboradores más cercanos a Mal’a’voselle se metieron entre las largas filas, y fueron identificando a los nuevos reclutas y organizándolos en grupos de batalla, por si se topaban con otra casa drow durante el largo camino.

Una antigua draña observaba con inquietud al trío de soldados que se le acercaban.

—Bienvenido —le saludó uno—. ¿Has regresado del Abismo o vienes de otra casa?

—¿O de la Casa Baenre? —preguntó un segundo.

El hombre se encogió de hombros.

—Estaba muerto, muerto desde hace mucho.

—¿Cómo te llamas?

—Dini… —comenzó, y rápidamente añadió—, nae.

—¿Dini Nay? —preguntó el soldado Baenre.

—Dininae —le corrigió, mientras intentaba ocultar su nerviosismo, porque había oído lo suficiente de los acontecimientos que habían llevado a ese suceso aún increíble para comprender que su auténtico nombre, Dinin Do’Urden, podría acarrearle un montón de problemas y dolor.

—¿De qué casa?

—Sin casa —mintió—. Vivía en las Calleshediondas.

Los soldados anotaron su nombre y siguieron adelante. Dinin no sabía qué pensar o qué hacer.

Sus espíritus compartieron el conocimiento. El mensaje de Catti-brie había sido entregado.

De nuevo el nudo de luces mágicas rebotó por el patio, y esta vez se fusionaron; el hombre desnudo tomó el hábito y se lo puso, y empleó esos recuerdos para ir al interior de la torre de Thornhold, hasta una grieta en la pared.

Los dedos rebuscaron hasta dar con una cadena.

La sujetó en la mano, mirando el silbato, la llamada al unicornio que había trasportado a Drizzt Do’Urden durante muchos años.