31. Renacimiento #2
—O no fue nada, más allá de la revelación de dos mujeres en una posición de marcar la diferencia —dijo Entreri muy seco.
Suspiró y movió la cabeza, luego miró Wulfgar, que estaba a su lado—.
¿Lo ves, amigo mío? —preguntó con un sarcasmo que excedía al de todos los demás—.
Es por esto por lo que no puedo tener cosas buenas, buenos pensamientos, simple alegría o esperanza.
Jarlaxle se rio con fuerza, divertido. Pero existía realmente una duda insistente, sobre todo lo que había pasado. La lección más importante que había aprendido en su lucha desesperada por sobrevivir en Menzoberranzan era que nada, nada en absoluto, era lo que parecía.
Nunca.
Pero ¡cómo quería creer que esa vez sería diferente!
Vio esa energía mágica allí con tanta claridad como si Catti-brie hubiera plantado una baliza en el suelo donde se hallaba su arrugado hábito.
El hábito del Monasterio de la Rosa Amarilla. El hábito de un maestro, que le había dado el Gran Maestro Kane, que le había advertido sobre esta transcendencia.
Una punzada de arrepentimiento llenó a Afafrenfere a través de sus desparramados pensamientos, y ese arrepentimiento tiró de su consciencia en dispersión como un gran remolino, y la hizo rodar y rodar hacia el centro, hasta fusionarse de nuevo.
Entonces oyó la llamada mágica aún con mayor claridad, Catti-brie anunciando el nacimiento de su bebé. ¡Una hija! ¡La hija de Drizzt!
Afafrenfere está a punto de reconstituir su cuerpo mortal. Cualquiera que hubiera mirado al patio de Thornhold lo hubiera visto como puntos de luz mágica, que caían en cascada sobre el suelo, como un grupo de sapos jóvenes saltando hacia un punto común.
¡La hija de Drizzt!
Tenía que pasar ese mensaje. ¿Cómo podía volver a ser un simple hombre y no decirle nada a los restos esparcidos de ese drow al que había llegado a querer como a un hermano?
El grupo de sapos se deshizo de nuevo, y un decidido monje buscó otra vez aquellos fugaces fragmentos de Drizzt Do’Urden, esta vez con el poder de la certeza tras él.
Afafrenfere sintió la magia residual con intensidad, y comprendió que estaba comenzando a desvanecerse, que no tenía mucho tiempo.
Y también comprendió que no era lo bastante fuerte para poder llevar a Drizzt Do’Urden de vuelta al patio de Thornhold con él.
Artemis Entreri entregó el anillo a Wulfgar para que se lo devolviera a Catti-brie. No estaba preparado para volver a Gauntlgrym en ese momento. Se preguntaba si alguna vez regresaría allí.
—¿Vas a ir a buscar a Dahlia? —preguntó Wulfgar.
El asesino se encogió de hombros, incluso negó con la cabeza un poco. Demasiadas cosas le habían pasado ahí ese día. No podía negar que Dahlia había ido a rescatarle corriendo un gran riesgo o que, en muchos sentidos, la quería.
Pero lo único que Artemis Entreri sabía seguro en ese momento era que no sabía… ¡nada! Su encuentro con Sharon, con la manifestación física de la conciencia, su propia conciencia, no perdía importancia. El poder de ese encuentro colgaba sobre él, la asustaba, le daba esperanzas.
Simplemente no sabía.
Nada.
Sospechaba que Dahlia no soportaría los cambios que le habían sobrevenido a él. Podría explicarle a ella su revelación una y otra vez, pero ¿realmente podía? ¿Podía alguien entender una cosa como el capullo con el que Sharon lo había envuelto, sin experimentarlo?
O quizá fuera parte de la propia redención de Entreri hacer que Dahlia lo entendiera. Ella era otra alma perdida, claro, y lo había sido durante mucho mucho tiempo. Dahlia tenía cicatrices no solo en el cuerpo. Sin duda, su corazón estaba cruzado por líneas de desconfianza y rabia.
Incluso esa última idea lo sobrepasó. ¿Tenía que ser el maestro de ella? ¿Él? ¿El codiciado asesino de Calimport?
Casi se echó a reír, pero en vez de eso, simplemente comenzó a caminar.
Cuando había recorrido una corta distancia en el interior del bosque, oyó a Jarlaxle que se apresuraba a alcanzarle.
El mercenario no dijo nada, ¡y el atormentado Entreri se alegró de verdad!
, pero se puso a caminar a su lado al mismo paso.
Poco después, Jarlaxle le puso un brazo sobre los hombros a Entreri, y el asesino no tuvo la fuerza para apartárselo.
Supo que se estaba engañado de nuevo. No quería apartárselo.
No estaba seguro de hacia dónde iba hasta que casi estuvo allí, y ya giraba hacia el camino que conducía al prado.
Todo estaba extrañamente en silencio, y sorprendentemente vacío de drow, drañas y goblinoides. En realidad, solo quedaba una solitaria figura, que los dos compañeros reconocieron.
Se unieron a Thibbledorf Pwent, que se hallaba frente a la telaraña, con los brazos en jarras.
—¿Lo habéis visto? —preguntó el vampiro enano cuando llegaron—. ¿Habéis visto lo que ha hecho?
—Yo sí —contestó Entreri antes de que Jarlaxle pudiera decir nada.
—¡Volvió esas cosas arañas drow en elfos otra vez! —exclamó Pwent.
Jarlaxle ahogó un grito.
—A todas —confirmó Entreri—. Yvonnel y Quenthel tejieron esta… Ni siquiera sé cómo llamarla.
—¿Las drañas pasaron a través de ella y se volvieron drow de nuevo? —preguntó Jarlaxle con voz temblorosa—. No puedes…
—Así fue —afirmó Entreri.
—Cientos y cientos de las malditas cosas —añadió Pwent.
Jarlaxle dio un paso hacia un lado y se colocó donde había estado el enano, brazos en jarras y meneando la cabeza.
—Ya veo que hay mucho de lo que tengo que enterarme sobre lo que ha pasado aquí fuera.
—Kimmuriel te lo contará —respondió Entreri.
Llevado por un impulso repentino, el asesino sacó un arma del cinturón.
No sabía por qué, ni tenía ni idea de lo que podría pasar, pero lanzó su daga enjoyada a través de la telaraña.
Pasó con un gran destello de energía de color púrpura muy oscuro, y luego cayó al suelo al otro lado.
Entonces comenzó a soltar chispas y fue saltando, mientras salía humo de ella.
No, no era humo.
¡Espíritus!