Implacable (Generations 3) 31. Renacimiento
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31. Renacimiento

R ENACIMIENTO

—¿Vais a salir? —oyeron los dos hombres en la cámara extradimensional, y la voz les resultó conocida.

—Jarlaxle —confirmó Entreri, después de mirar por la ventanita a la zona bajo ellos. Dejó caer la cuerda, se arrastró fuera del bolsillo dimensional y se deslizó por la cuerda hasta el suelo, con Wulfgar siguiéndolo de cerca.

Cuando salió, Wulfgar vio que sí que era Jarlaxle, y no estaba solo: Regis y Zaknafein estaban con él.

—¿Cómo…? —comenzó a preguntar Entreri, pero negó con la cabeza y rechazó la idea. ¿Tenía algún sentido preguntarle a Jarlaxle cómo sabía lo que sabía?

—Regis me ha dicho que habías venido para aquí —respondió Jarlaxle de todas formas, pero, naturalmente, no le dijo a nadie cómo había encontrado la cámara dimensional. Si que tenía ese parche en el ojo, pero…

Jarlaxle miro a Wulfgar.

—Eres tío, amigo mío —le dijo con una sonrisa de medio lado—. Más o menos, supongo, y sí, la hija de Drizzt y Catti-brie es tan hermosa como cabía esperar.

—Debo ir a casa —dijo Wulfgar.

—Quizá eso sería lo mejor para todos nosotros —dijo otro, y el cuarteto se volvió y vio a Yvonnel y Kimmuriel acercándose.

—¿Lo habéis oído? — preguntó la sacerdotisa a Wulfgar y Entreri.

Este la lanzó el disco de clariaudiencia.

—Lo hemos oído.

—¿Se marchan los drow? —preguntó Wulfgar.

—Todos —confirmó Yvonnel—. Ya están en marcha, o corriendo, dependiendo de que casa te interese. Huyen a los corredores de la Infraoscuridad más baja, y supongo que se emplearán muchas rutas diferentes, mientras ellos, como nosotros, corremos de vuelta a nuestros vigilados hogares.

—Bueno, no todos —soltó Jarlaxle.

—¿Dónde ves a Bregan D’aerthe en medio de todo esto? —preguntó Kimmuriel a Yvonnel.

—No estoy segura de que sea dónde me veo yo en todo esto —respondió Yvonnel—. No hay ejemplos de lo que está a punto de sucedernos, me temo.

—Solo los recuerdos de Yvonnel —replicó Kimmuriel. Y esta asintió.

—Devuélvele el anillo a Catti-brie como te pedí —dijo Yvonnel a Entreri—. Porque ahora debo partir para luchar por mi casa. Mi auténtica casa y no la que ha estado… infectada durante dos milenios. —Miró a Zak—. ¿Vendrás conmigo?

—Ni siquiera sé de lo que estás hablando. No sé lo que acaba de pasar.

—Y yo tampoco sé lo que ha pasado —señaló un molesto Jarlaxle.

—No os lo he contado porque sé que no podéis comprender la magnitud de lo que ha pasado —comenzó Yvonnel—.

Pero, claro, quizá vosotros dos en particular, más que la mayoría de los demás, entenderéis lo suficiente para valorarlo; y estoy segura de que Kimmuriel os podrá proporcionar los detalles rápidamente.

»Lo cierto es que no conocéis Menzoberranzan.

Ni siquiera tú, Jarlaxle, que te has pasado la vida tratando de entenderlo.

No podéis entender la esperanza que nos llevó a esa gran caverna todos esos milenios atrás.

Sí, esperanza. No fue rabia lo que nos llevó allí, ni miedo.

Fue la esperanza. Huíamos de un mundo de reinas tiranas y reyes locos, un lugar de guerra e injusticia inacabables.

Encontramos un santuario, una cueva profunda, cargada de la magia de la Faerzress; aunque en aquel momento no lo entendíamos; y que era fácil de defender.

Un santuario, digo, y eso lo que quería decir la palabra Menzoberranzan en la antigua lengua de los drow.

»Cien familias —continuó—. Diez mil elfos oscuros.

Y cada uno tenía voz en su familia, y cada familia tenía voz en el plenum, y las grandes familias hablaban de esos problemas en el cónclave, que ahora solo se conoce como el Consejo Regente.

En aquel tiempo éramos más sirvientes que gobernantes, y prestábamos atención a las palabras de todos los drow.

Y fue lady Lloth la que nos condujo allí, antes de ser llamada la Reina Araña.

Yvonnel lanzó una pequeña carcajada y sacudió la cabeza.

—Ahora recuerdo bien que pensaba… me refiero a mi tocaya…

ella pensaba que las arañas eran unos bichos feos y bastante aterradores —añadió—.

Pero como muchas otras cosas que creía feas o estaban mal, todas las demás y yo llegamos a verlas como normales y buenas, incluso exaltadas, con el paso de los años.

—¿Había hombres en ese… cónclave? —preguntó Jarlaxle—. ¿O al menos en eso del plenum?

La mujer lanzó otra carcajada triste.

—No, lo lamento —contestó la mujer—. No digo que fuera idílico, ni que estuviéramos muy lejos de la barbarie y la injusticia de la que habíamos pretendido huir.

Incluso así, e insisto, ese no era el Menzoberranzan que habéis conocido.

Cuando veo nuestra ciudad como es y la comparo con la visión de cómo era, me siento horrorizada y casi sin esperanza.

»Casi.

»Y voy a guardar esa esperanza a mi corazón. Porque esta lucha vale la pena.

Zak parecía confuso, al igual que Jarlaxle, pero Wulfgar estaba asintiendo.

—Ya os lo he dicho, pero no espero que lo entendáis —les dijo Yvonnel—. Solo tened esperanza. Y mi tía Quenthel no puede decírselo a otras…

—¿Tu tía Quenthel? —preguntó Jarlaxle, lo que hizo sonreír ampliamente a Yvonnel.

—Lo es, a fin de cuentas. Pues no puede decírselo a las otras, sobre todo no a las otras matronas, porque ellas no tienen el don que nos fue concedido a ella y a mí.

—Los recuerdos de Yvonnel la Eterna —aventuró Jarlaxle.

—Y la capacidad, gracias a tu lugarteniente aquí, de ver esos recuerdos de forma separada y desde lejos, sin el vínculo emocional y visceral que llevó a mi tocaya…

y sí, tengo que decir que me llevó a mí, porque en este contexto, ¡sus acciones realmente forman parte de mí!

, a hacer las cosas que hizo, que yo hice.

Jarlaxle y Zaknafein intercambiaron una mirada de absoluto desconcierto.

—Ver el principio y el final sin ver el medio —les dijo Yvonnel—. Ver claramente el efecto, sin ver los pasos de la causa.

Jarlaxle soltó un jadeo ahogado y asintió.

—El agujero se cava puñado a puñado —dijo Zak, que también acababa de comprenderlo.

—La oscuridad se acentúa de mentira en mentira, de acto en acto —coincidió Kimmuriel.

—Deseadme lo mejor, amigos míos, porque lo que os jugáis en esto no es menor de lo que me juego yo —concluyó Yvonnel—. Ahora, el rey Bruenor obtendrá la victoria; la batalla casi ha acabado.

—Pronto recuperaremos Luskan —añadió Kimmuriel.

Yvonnel les hizo una reverencia a todos, se marchó y no tardó en desaparecer en el bosque.

—Espero que nos puedas explicar todo eso —dijo Jarlaxle a Kimmuriel.

—Yvonnel lo ha explicado bastante bien —contestó el psiónico.

—Y a ti no te ha sorprendido en absoluto. ¿Cómo has podido saberlo?

—La mente colectiva de los ilícidos es un gran repositorio de conocimientos —respondió Kimmuriel—. Una gran biblioteca, la mayor de las bibliotecas, llena de pensamientos mohosos en lugares desconocidos.

—¿Así que se lo dijiste a Yvonnel y Quenthel? —preguntó su sorprendido Jarlaxle.

—Las conduje a sus propios recuerdos, nada más —explicó Kimmuriel—. No sabía exactamente adónde conduciría ese camino, pero me parecía evidente que el camino les mostraría la verdad de Lloth, y que esa revelación las alejaría de la Reina Araña. En eso confiaba y por eso aposté mi vida.

Jarlaxle respondió con un desacostumbrado «Umm».

—Eso como mínimo —concordó Zaknafein.

—Así que averiguaste esto con los ilícidos —razonó Jarlaxle, y hablaba muy despacio y seguía el desarrollo de sus pensamientos con mucho cuidado—, y los recuerdos de Yvonnel la Eterna enseñaron la verdad a Yvonnel y a la Madre Matrona de Menzoberranzan.

—Sí.

—Y los recuerdos de Yvonnel la Eterna ¿les fueron dados a Yvonnel y a Quenthel por…?

—Por Methil El Vidden… —Kimmuriel se detuvo de golpe.

—Por un ilícido —remarcó Jarlaxle—. Todo nos lleva de vuelta a los azotamentes.

No ocurría a menudo que Jarlaxle viera a Kimmuriel Oblodra nervioso, pero en ese momento lo estaba, y de un modo evidente.

—O quizá aún más lejos —añadió el astuto mercenario, mientras clavaba el dedo en el aire como si estuviera teniendo una revelación—. Por Methil El Viddenvelp, ¿que lo hizo por orden de…?

Kimmuriel fue a contestar, pero se detuvo y simplemente rio ante el absurdo cada vez mayor.

—De Gromph Baenre. —Jarlaxle contestó su propia pregunta—. Hace que nos preguntemos quién sería el que inspiró a Gromph a comenzar una historia como esta.

—Involuntariamente —apuntó Kimmuriel.

—Probablemente —acepto Jarlaxle—. Pero Gromph a menudo está en la compañía de… ¿demonios? ¿Sirvientas? A fin de cuentas, hasta hace poco era el archimago de Menzoberranzan.

—Quizá no hay una causa más profunda, ni una gran fuerza detrás de este cambio, ni ninguna revelación, ni nada de lo que se te pueda ocurrir —aportó Artemis Entreri—. Quizá simplemente sucedió.

—O tal vez fuera un resultado inesperado de una inspiración demoniaca —añadió Kimmuriel—. O un mal cálculo de Lloth.

—¿O exactamente lo que Lloth quería que pasara? —sugirió Jarlaxle—. O tal vez… —comenzó a añadir Jarlaxle, pero se detuvo y sonrió con bastante malicia a Kimmuriel—. Sí… —dijo sin voz, solo moviendo los labios.

Kimmuriel lo miró fijamente con los ojos entrecerrados. Sabía lo que seguía.

—Mi amigo conoce bien a los ilícidos —explicó Jarlaxle a Wulfgar, Zak y Entreri—. Y él mismo, Kimmuriel, lleva siglos queriendo vengarse de Menzoberranzan por la caída de la Casa Oblodra.

—¿Vengarme rescatando a la Madre Matrona Baenre? —replicó Kimmuriel con más sarcasmo del que nunca antes había logrado.

—Ah, sí, cierto —admitió Jarlaxle, fingiendo derrota—.

Me olvidaba que careces del gran sentido de la ironía necesario para ir por esa deliciosa ruta.

—Jarlaxle se volvió hacia los otros—. Entonces, ya lo tenemos —declaró—.

¡Fueron los ilícidos, un plan brillante!

O fue la propia Lloth, creando el caos para divertirse.

O alguno de sus grandes rivales, ¡tal vez el Demogorgon!

, para hacer saltar por los aires todo el maldito mundo llothiano de Faerun.